El escepticismo como método de aprendizaje



¿Exactamente en qué se debe creer? ¿Por qué debe cuestionarse toda idea? ¿En qué creo yo? Aunque mi concepción de la vida le disgusta a mucha gente procuro ser escéptico, pero me equivoco constantemente. ¿la razón? Primeramente soy un poco tonto, pero además soy un hombre terriblemente pasional. Soy un hombre que ama la historia por la historia, que disfruta el artificio y la belleza de la fábula. Soy un mentiroso convincente y entrenado, que decidió convertir su mentira en literatura.

La primera mentira de la que me convencí es que tengo talento para escribir. Me he aferrado tan pasionalmente a esa mentira que casi puedo decir, a veces logro convencer a los demás. 

No recuerdo exactamente si fue Chejov o Rulfo quien habló de la importancia de la mentira en la construcción literaria (solo recuerdo que el contrario posee una postura totalmente antagonista) pues bien, yo conozco la mentira; es mi materia prima, así que conozco cuando otro miente, y admiro de un modo mezquino a los buenos farsantes. Amo la belleza de las construcciones de la imaginación. Soy un pendejo que siente cualquier metáfora en su propia sangre, que se emociona imaginando. Habría sido en ello un excelente religioso o un excelente charlatán, pero elegí un buen camino; la literatura me otorga libertad para imaginar y la tranquilidad moral de saber que “no destruyo a nadie diferente a mí mismo”. Tengo tanta imaginación que ser escéptico me ha constado un verdadero trabajo, pero a pesar de todo, a pesar de las decepciones y la disminución de todo sentido económico, me siento orgulloso de mi grado de escepticismo. No soy exactamente un ejemplo claro de hombre práctico, pero he querido entablar una saludable distancia entre mis emociones y mis ideas.

Todos deberíamos hacerlo, creo yo; aquello estimula nuestra capacidad crítica para comprender nuestra realidad. Aquello nos hace menos dóciles ante la mentira y menos manipulables emocionalmente.

A diferencia de la mayoría de escépticos, soy uno muy divertido. La mayoría de escépticos son terriblemente secos, no comprenden la belleza emocional de algunas mentiras, están tan atenazados a su verdad que no comprenden la pureza de la imaginación de un buen charlatán. Ese es un fallo lamentable de nuestro método de comunicación. Un buen charlatán sabe seducir. Es un hombre entrenado para manipular masas, para llegarle a su intima necesidad de calidez.
Pero, ¿para que librarnos de la mentira? La mentira sin lugar a dudas es divertida, siempre y cuando la comprendamos como tal. La importancia de una fábula está en el hecho de que seamos capaces de comprender que vivimos una recreación, y la literatura ofrece ese acuerdo previo. “Érase una vez” el farsante pretende vender su fabula como verdad, pretende comercializarla y disfrazarla de hecho verídico, y sobre todas las cosas, no soporta las refutaciones; huye de ellas. Es ahí donde entra en juego la importancia del escepticismo. Porque en realidad, y por mucho que nos simpatice una historia, no podemos darla por sentado como verdad. El primer impulso de la pasión es el de atar cabos, y cuando la gente lo hace emocionalmente es cien por ciento seguro que se equivoque. En la adultez uno comprende que no puede creerlo todo pues pone en riesgo su salud mental, su credibilidad y su propio bienestar. Dichosos habrían sido quienes invirtieron todo su dinero al supuesto Apocalipsis de Harold Camping si hubiesen gozado del más mínimo escepticismo. La duda, bien sabían los sacerdotes de cada una de las religiones esparcidas sobre la tierra, es el peor enemigo de los mitos, de las manipulaciones y de la fe. Cuando el feligrés duda el sacerdote tiene los bolsillos vacíos, y eso, amigos míos, no se puede permitir.

La duda es nuestro mayor derecho. Nadie puede imponernos su “verdad” su concepción del universo, sin interponer antes la carga de las pruebas.

Así podemos encontrar un mundo mínimamente funcional, mínimamente confiable. Un mundo en donde todos tenemos algo de derecho. “Probar algo” equivale a demostrar su funcionalidad practica, su falseabilidad o su eficacia como hecho demostrable. La fe huirá de las pruebas porque la verdad demostrable es práctica e inútil a la hora de las manipulaciones, es abierta, es educativa; en cambio toda religión, todo mito, toda patraña, necesita del prejuicio, del secreto, de la discriminación. Toda religión necesita de un sacerdote. Donde existan sacerdotes inevitablemente estará refugiada la mentira.

Claro que la literatura también tiene sus sacerdotes.  Un enorme poder de persuasión hace un gran maestro literario.

Como ser humano tienes la libertad de creer lo que quieras. Cree en ovnis,  en Santa Claus, en los reptilianos o cree en ti mismo; todas son mentiras colosales que despertarán el escepticismo de los otros. Pero considera antes, cuando alguien planee evangelizarte, cuando alguien quiera llevarte su versión de la historia, ¿es un poseedor imparcial? ¿Busca su beneficio personal? Camping gana más de 120 millones de dólares anuales en su cadena de emisoras, ¿eso desgasta su credibilidad? ¿No hace ligeramente sospechosa su versión?

Ocurre sin embargo que la verdad puede ser en esencia inabordable. Llegamos a ella por una mitología clásica judeocristiana; por un lado Jesús al decir " la verdad os hará libres" ancló los conceptos de libertad y verdad, cosa que nos ha hecho un tanto miserables, y por el otro John Keats con su helenística frase "La belleza es verdad y la verdad es belleza" arruinó el arte del romanticismo. No, la verdad no es bella, ni tampoco liberadora; todos vamos a morir y nuestras muertes serán dolorosas y humillantes. En nuestra degeneración biológica y nuestra ínfima insignificancia se  resume toda la fealdad del mundo. Creamos el arte para huir de esas verdades.  Creamos las ciudades para colocar una frontera sobre nuestra naturaleza salvaje. 

Cuando el mundo nos es hostil, cuando la economía nos golpea y el pesimismo oscurece nuestras perspectivas del futuro huimos a la ficción. Una época pesimista crea héroes y grandes ficciones. La ficción y la fantasía son respuestas naturales a las crisis económicas.

Como la realidad es hostil e inabordable, y no podemos acoplarla a nuestro cerebro por nuestra propia cuenta, necesitamos puntos de confianza. Se dice que un profesional en determinada materia es alguien en quien podemos confiar; confiamos nuestra vida a un médico o al ingeniero que construyó nuestras casas, confiamos  en los educadores porque su profesionalismo nos transmite una sola idea; saben discernir la verdad de la mentira. El médico y el ingeniero tienen una metodología, un campo para refutar los mitos, no son infalibles ciertamente, pero al menos intentan aproximarse a la verdad a través de un estudio metodológico frente al mundo. No sucede lo mismo con el periodista que por su naturaleza especulativa carece de método, o siquiera de un criterio, y no es otra cosa más que un charlatán, un sacerdote moderno. Incapaz de enfrentarse al mito, incapaz de encontrar una verdadera sustancia en su materia prima ( los hechos) termina siendo más un proselitista que un profesional de la información. Sin embargo, acusarlo de farsante también es un poco injusto. La información, al representar la realidad posee una carga ideológica binaria; o la ocultas o la muestras. O la resaltas o la ignoras. Cuando la información nos habla de un problema que debe resolverse nos está hablando de una ideología.  El periodista, al igual que nosotros, está amarrado a su perspectiva, a su visión de la realidad. No puede llamársele un profesional en ningún sentido. Es un charlatán con un traje un un sello que le permite difundir sus mentiras con mayor cobertura que el resto de nosotros.


¿Como usar el escepticismo como método de aprendizaje? Ten todas las consideraciones. Concibe todas las posibilidades. Piénsalo todo. Analízalo todo. Las circunstancias te dotarán de las pruebas para confirmar o desechar una tesis. ¡Es sencillo! ¿ no crees?

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