Hace mas o menos un año llegó a mis manos “las vidas de pedro Antonio Marín Alias Manuel Marulanda Velez” Libro que supe censurado políticamente en el país, y por ese simple hecho lo leí. Aclaro; sin ningún tipo de prejuicio político, y  sinceramente me encantó. Durante tiempo atrás buscaba un antecedente a una tradición estética que se distanciara del “realismo mágico” con la que geográficamente no tengo nada en común, para que me alimentara a su vez  con algo de lo que yo mismo he vivido. El único antecedente estético por mi conocido eran “los ejércitos” de Evelio Rosero.

Alape fue una respuesta feliz a esa expectativa.  Encontré en él una prosa delicada y descriptiva, tan cercana a mí que me sentí físicamente y moralmente golpeado por su narrativa. Lo que comprendo estéticamente de país estaba retratado por su estilo, con elegancia, con certera desesperación. En él hay casi un paso entre la locura y las armas. Es probable que el antecedente más importante tras él sea la Vorágine, de Rivera.

El poder, la desesperanza y la brutalidad de la violencia. Una Colombia de caminos cortos, que siguió existiendo enterrada viva. Una brutalidad seca que es como una mordaza en la boca, como un codazo de un brazo fuerte. El silencio de fondo del campo colombiano, de la montaña, o mejor aún; el ruido de fondo. Y es que, no puedo hablarles  sin citarlo. Les daré un ejemplo simple. Alape describe así el miedo

“En Cali, entonces, confluyen los miedos que cargan como amuletos sobre la conciencia, los  exiliados de la cordillera; lo único que los hace sentir que están vivos, aunque tiemblen de  pies a corazón y en sus cerebros acechen sombras que invaden sin misericordia los eternos pasadizos de la imaginación. Miedo a que un cafeto en la noche sea un hombre agazapado;  miedo a pensar en un disparo de revólver, cuando se escuchan los ruidos de los árboles pepeando en la madrugada; miedo a confundir con otras huellas, las huellas recientemente  pisadas; miedo a cruzar palabra con el vecino que también ya desconfía de el; miedo a que  les señalen los ojos en el pueblo; miedo al crujir de las llamas apenas se levantan en el  fogón; miedo a la inundación de la oscuridad; miedo a la lluvia que cae con benevolencia  sobre el techo de cinc; miedo al escuchar el llanto lejano de un niño; miedo que al rasgar de  una guitarra entonando una canción restituya recuerdos perdidos; miedo a las voces que llegan a llamar en la noche en la puerta del rancho; miedo a que pronuncien el nombre y el  apellido a deshoras; miedo a perder en un segundo muchos años de compañía de la familia;  miedo de voltearse en la cama y no encontrar el calor de la mujer; miedo a que la sombra se  disfrace de otro cuerpo; miedo a no volver a pisar la tierra y olvidar, porque el olvido es un alivio, que esa tierra un día le dio la cosecha; miedo a no atinar sobre el tronco con el  hacha; miedo a perder la vida sin el más mínimo gesto y un último grito de agonía; miedo a  dejar de ser en otras distancias; en fin, miedo al miedo que desgasta el sudor del hombre y  enceniza la riza”


¿Pueden notarlo? Hay algo realmente vivo allí dentro. Una realidad entera comprimida en un párrafo. Algo realmente doloroso. Yo, muy feliz por mi descubrimiento, sentí que de verdad era algo digno de imitarse en la literatura. Durante todo el libro, que circula por la ya conocida vida de tirofijo, está también presente Colombia, la selva, la tradición campesina, los conflictos entre ese campesino acorralado y el estado, el conflicto y la insignificancia de ese hombre - soldado – guerrillero con la selva misma, con su despiadada oscuridad, con su crueldad tan aplastante, que nos hace humildes y fuertes;en él hay un pedazo importante de nuestra historia no contada. Alape es sin duda alguna un escritor subvalorado.

No hay que ignorar tampoco su profundo sentido periodístico. Alape logra equilibrar a la perfección la investigación y la literatura. En todo el libro esta presente un muy bien logrado principio de documentación. Este respeto tanto por la estética como por la verdad histórica es único en nuestra literatura contemporánea. 

Así que me dediqué a buscar más libros de Alape. Sólo encontré uno, evidentemente no político. El cadáver de los hombres invisibles, un ejemplar metafórico, no tan contundente como el anterior. Son un conjunto de narraciones selváticas que encantan por su poética fuerte. En él está también la voz campesina, el sonido de la lluvia y sobre todo,  por su humanidad acorralada y sudorosa, la selva, la indomable, la mortífera, la que no considera, la grandeza verde despiadada y oscura, el misterioso universo de la desolación guerrillera. Estás metáforas, podría decirse, son no políticas, pero en realidad si lo son. Pero hay que decirlo en voz baja, para que los represores no nos escuchen XD

finalmente, les recomiendo este blog. Temática sobre el escritor. 

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Quiero hablarles de muchas cosas. No he comprendido una gran parte de ellas.

 Algunas estaban escritas en mi libreta. Ideas imposibles que se supone no debería olvidar. Esa era toda la función que debía cumplir  ese cúmulo de papel, esa memoria sin forma; conservar. Sólo eso puede pedírsele. Porque uno debe pensar por ella. Debe actuar en consecuencia en cada una de sus páginas, en cada uno de sus reglones. Tengo un millón de libretas guardadas en la basura, con frases estúpidas conservadas para una posteridad inexistente, que nadie jamás leerá. Así esta mejor. Un escritor debería estar más satisfecho si toda su obra se pierde y su nombre queda entredicho, nombrado, susurrado, pero jamás comprendido. Epicuro es afortunado al quedar como un fantasma prolífico perdido entre la amnesia saludable de la historia.

Casi es una vergüenza que tus palabras se perpetúen. Que sean usadas sin tus legítimas intenciones. Que otros las deshagan y las manipulen. Tú estás siempre indefenso ante toda manipulación, ante toda vejación contra lo más sagrado en ti; el sentido, el significado. Permitir que la humanidad entera te prostituya no es más que un acto legítimo de amor. Como el de bola de cebo. Son inevitables luego las lágrimas y los arrepentimientos.

Hoy me siento realmente un nihilista. Un nihilista de fuego, ateo, inmoral. Un hombre libre.

Luego de aquella libertad debe construirse algo. Sólo la delimitación libra al individuo de ahogarse en la nada.  La idea en realidad no me molesta. Nada más saludable que un poco de dolor, y un poco de ahogamiento. Egoísmo racional. Egoísmo hedonista.

En todos los días de ocio desperdigados por mi vida, en donde abundan las depresiones injustificables y la migraña, en donde pasé uno que otro instante vendiéndole mi inútil tiempo a otro, en donde me conecté a esa salvaje alucinación denominada producción, en todos aquellos días nada de lo que soy yo mismo tuvo un significado.  Los sentidos absolutos se atrofiaron con la muerte de dios.

No mucho que decir luego de una noche de lecturas.  Se ha perpetuado la sensación de que ya nada queda por objetarse. Al menos en mi tablero de ajedrez, el mundo ha ganado la batalla.
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