sábado, 29 de diciembre de 2012

La supermemoria.




He dormido entre cables, y mi carne estuvo tibia gracias a la electricidad. Ahora duermo entre redes invisibles. Redes inertes. Líneas silenciosas. Hay tibieza en mis manos, en mi rostro, y en mi cerebro; el computador se ha convertido en una extensión de mi capacidad para recordar. Sin él soy un ser humano lisiado, una aproximación bastante burda a lo que fueron mis antecesores. Sin embargo, cuido de mi computador con tan poco interés como cuido del resto de mí mismo. Pese a su importancia esa nueva parte de mi es desechable y prescindible—Y del mismo modo soy tan prescindible como él, a una escala mucho más trágica pero igual de obvia. La sociedad me utiliza y me desecha, y hace exactamente lo mismo con el resto de mis congéneres—La nueva esclavitud no presentó para mí la más mínima violación a mi dignidad, y por tanto no presenté la más mínima resistencia. Al fin y al cabo sigo siendo un individuo. Deseo y me sacio con facilidad. Todas las cadenas de mi tiempo son tan sutiles que en cierta medida resultan cómodas.

Estoy escarbando en lo artificial. Quiero regresar la estética de lo obvio. Si quiero despertar una sensibilidad adormecida, no me bastan las analogías típicas. Quiero beber de la mentira que se esconde detrás de las verdades absolutas. Somos seres repelentes, enclaustrados y vacíos.

¿Cuántos de nuestros prejuicios conservan su validez práctica? ¿Qué razón destruyó la solidez de los prejuicios descontinuados?  Si el machismo, el racismo, la xenofobia y todas las demás estructuras ideológicas que hoy no son toleradas tuviesen una contradicción diferente a las justificaciones económicas de la sociedad, tal vez podríamos hablar de una evolución del pensamiento. Pero cuando detrás del derrumbamiento de un prejuicio existe una razón económica, ¿somos realmente libres? ¿Somos realmente racionales? Siempre seremos elementos pasivos. Hoy lo somos tanto como en el pasado.

Pienso en las redes, en la información que conducen, en la futilidad de sus significados. Miles de terabits que repiten incansablemente los mismos sentidos. Miles de escenas humanas demasiado similares, demasiado vacías para ser merecedoras de la inmortalidad. Lo cierto es que aunque nuestro cerebro ya descubrió que no todo debe ser recordado, nosotros persistimos. Corremos, volamos, estamos desesperados por ir en la dirección contraria. La superestimulación nos hace torpes. Deberíamos olvidar más frecuentemente. El dolor nos enseñó a olvidar incluso lo más amado ¿por qué no olvidar también lo fútil? ¿Por qué deseamos conservarlo todo?

La inmortalidad es la única contradicción práctica entre lo humano y la naturaleza.

Cada tanto quiero destruirlo todo, borrar toda evidencia de lo que fui en el pasado. La amnesia es mi única manera de cambiar, de empezar nuevas fórmulas, de concederme a mí mismo una esencia diferente, corregida. Si me equivoco quiero tener el derecho de volver a comenzar. Sin  el fuego es imposible reconstruir. La supermemoria impide por completo los pasos en falso. Ningún criminal puede escapar de su absoluta conservación de las verdades locales y residuales. Las manchas ya no palidecen, se vuelven perfectas aún con el paso de los años. Gracias a la supermemoria nuestros errores se hacen incorregibles. Su existencia, por lo tanto, es una forma de tiranía; la tiranía del recuerdo.

En estas palabras hay una contradicción. Si todo es recordado nada sobrevivirá en el concepto de lo importante.

El pensamiento consiste en organizar, de manera coherente, un conjunto de recuerdos y sus respectivas conclusiones

La memoria ejerce una selección maquinal entre alternativas ya clasificadas. No puede ser remplazada fácilmente por una alternativa artificial. Necesita coherencia. En este momento existen algoritmos que intentan emular la clasificación selectiva de nuestro cerebro. Aunque hoy sean primitivos, pueden volverse prometedores con el paso de los años.

Estas palabras carecen de valor, ¿alguien las leerá? Lo dudo mucho. Presiento que moriré pronto.

 Todo lo que fui y todo lo que prometí ser será olvidado con el paso de los años.

No. Estas palabras me sobrevivirán. Estas sembradas en la supermemoria. Ya estoy muerto; no tengo libertad. Las redes me rodean desde antes de nacer, y mi cerebro se acostumbró a ellas con demasiada facilidad.

Hay mayor probabilidad de felicidad en una esclavitud invisible que en una libertad absoluta.

Las cadenas tienen una legitimidad; fueron creadas por nosotros. Nacieron de nuestro miedo a la libertad. Aún desconocemos las consecuencias de derrumbar cada uno de los muros que contenían nuestra naturaleza.

El progreso es el mayor engaño semiológico que ha sufrido la humanidad.

Nunca seremos libres. Pero esta sentencia no es una inquietud. Tan sólo es un parte de tranquilidad.

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jueves, 20 de diciembre de 2012

patris - matris.. etimología de la violencia.




Creo que la historia de los hombres y de las mujeres es mucho más compleja de lo que la gente supone. Aunque repudiable desde cualquier punto de vista, la violencia contra la mujer no es algo que pueda solucionarse con protestas, legislaciones ingenuas y palabras bonitas. Creo que lo mínimo que puede exigirse a la hora de hablar de un problema social es algo de honestidad práctica. Cuando la ley es culturalmente arbitraria  y parte de un postulado moral mal referenciado, tiende a producir cierta sensación de hipocresía. Algo parecido ocurre con la prohibición de las drogas, pero hablaré de ello en otra ocasión. Esta tarde pensaba en el feminicidio, y concluí que cuando un hombre golpea a una mujer no lo hace acudiendo a la razón, por ello suplicarle que use la razón para que se detenga no tiene sentido alguno. No hablemos de machismo porque el término es emocionalmente limitado, y además como palabra me resulta realmente molesta. Hablemos de patriarcado, término de comodidad universal, que resulta ser  mucho más incluyente y efectivo a la hora de hablar de conductas. El patriarcado es una forma de organización social en donde priman los derechos masculinos. Digamos, además, que posiblemente sea una organización biológica, entendiendo que a la hora de ser netamente materialistas las divisiones entre lo biológico y lo cultural en el hombre no tienen mucho sentido. La cultura es esencialmente biológica porque la desarrolla un ser vivo y sus aspectos reproductivos y alimenticios están determinados por ella. La función del machismo en la cultura biológica del hombre distribuyó unos roles específicos en la supervivencia humana al hombre y a la mujer, papeles que fueron importantes durante gran parte de nuestra historia. Desde el origen del cristianismo estos papeles contaron con una notable estabilidad, y como sociedad nos construimos alrededor de un modelo de producción y subsistencia agrícola en donde la herencia, la familia, el hogar y la fuerza de trabajo jugaron un papel decisivo. En el siglo veinte, y tras el derrumbamiento de las instituciones patriarcales cristianas la mujer tuvo una transformación absoluta en la sociedad. En apariencia, ya no fue subyugada por el hombre de manera directa. Se le requirió como fuerza de trabajo  y eso le otorgó independencia económica, y además fue libre de ejercer su voluntad reproductiva. Sin embargo su libertad debilitó la institución más importante dentro del patriarcado cristiano occidental: el matrimonio. Si uno se fija en la etimología de la palabra matrimonio comprenderá la esencialidad del patriarcado del que hablo. El término matrimonio está compuesto de dos términos "matris munium" provenientes de dos palabras del latín: la primera "matris", que significa "madre" y, la segunda, "munium" que significa gravamen o cuidado. Patrimonio, por su parte, designa ya no a la entrega de un ser humano, si no a la entrega de una propiedad, de una proyección económica y productiva, pero posee la misma estructura etimológica y conductual. En el ritual cristiano del matrimonio, el padre de la chica la entrega al marido diciendo “te la encargo”  alusión que no considero gratuita…y por ella realizaré una sentencia que muchos considerarán irrisoria “el matrimonio no es una institución que busque unir a dos seres libres. Por el contrario, entrega la custodia de un ser dependiente a uno independiente, dotado de capital para sustentarle, otorgándole su propiedad reproductiva para crear una familia” en el matrimonio la mujer se entrega. El hombre recibe.  El hogar es nuestro idilio supremo, el sentido de nuestro deseo de posesión, el fin último de un hombre  y una mujer en la sociedad. Un siglo atrás la mujer que se entregaba antes del matrimonio se entregaba por nada. Para ser amada no buscaba placer o amor, si no la certidumbre de un contrato. Hoy la certidumbre del contrato fue remplazada por el idilio volátil del amor eterno. En el pasado el contrato correspondía en el marido a unas obligaciones económicas por parte del hombre. Este rol, que no considero completamente injusto, le otorgó al hombre certidumbre reproductiva, propiedad sobre mano de obra y un idilio llamado hogar. Su definición como individuo partir de su capacidad para cumplir estas demandas sociales, al punto que se trasformaron en señales de su capacidad de realización. Las costumbres en el ser humano no son objetos aislados, que puedan desaparecer o aislarse como si fuesen átomos. Las barreras entre la conducta, la costumbre y las emociones humanas son difusas, endebles, unas se expresan a través de las otras, formando una masa conceptual que parece ser mucho más grande que la limitada puerta de la ley. En el siglo veinte sufrimos una penetración cultural enorme, pero en realidad nosotros llevamos más de cinco siglos de transformación constante, en donde nunca hemos tenido un horizonte fijo diferente al dictaminado por la fe cristiana. Hoy, por simple temor al cambio, aborrecemos los nuevos grilletes y nos adornamos con los antiguos, pero estos resultan completamente inútiles en nuestra moderna incertidumbre de significados y sentidos. A veces creo indisoluble la distancia existente entre la conducta y las emociones, sobre todo cuando se extiende a comportamientos en las sociedades. Creo que el matrimonio, concebido en nuestra cultura como la entrega de una mujer de parte del padre a un hombre para convertirla en madre, no se diferencia en esencia a la entrega de los medios de producción que el padre de aquel hombre le hereda a su hijo para subsistir. La familia es la construcción social por la cual cumplimos una obligación biológica; perpetuarnos. La certidumbre de la propiedad y la familia se sustentan bajo el sometimiento femenino. Estos valores han sido por dos mil años los dictámenes patriarcales del cristianismo. No podemos insinuar que en cincuenta años de liberalismo cultural realmente podamos desentendernos de los grilletes construidos alrededor de las muñecas femeninas, y mucho menos de los imaginarios masculinos. La mujer en la cultura un medio de producción mediante el cual los hombres llegamos a un fin; el hogar. La certeza, la construcción de un capital para que nuestros  hijos hereden, y sobre todo, la construcción de un nombre que nos defina y nos signifique. Somos en función de lo que poseemos, esa idea no es nueva, y lleva siglos haciendo parte de nuestra cultura. Pero no sólo el hombre encuentra su identidad y su significado a través del matrimonio, también lo hace la mujer. Creamos un sentido, una estética, una identidad femeninas que justifican una realización dentro del papel asignado por la sociedad a la mujer. Como seres humanos, enfrascados en la sensibilidad y la virilidad, encontramos nuestro valor como individuos a partir de nuestra capacidad para cumplir con los deberes de nuestras instituciones sociales. La violencia masculina es el resultado a su incapacidad de conciliar sus significantes culturales con la libertad femenina, antes inexistente. La libertad femenina es incompatible con el matrimonio y con nuestra cultura cristiana. Incapaz de conciliarla, el hombre es hoy en día un enorme fanfarrón que sólo logra comunicarse a través del despecho, emoción que no es otra cosa que la estética de su orfandad. En el momento en el que escribo estas líneas comparto muro con un cantante de música popular. Llevo casi un mes en este lugar, bombardeado por cientos de canciones que nunca antes había escuchado, y todas hablan sobre el despecho. Todas mencionan mujeres que abandonan el hogar, todas están plagadas de desamor, de abandono. Hoy decidí que lo que otros llaman machismo yo lo llamaré orfandad masculina. La violencia es el resultado de la perdida de toda certidumbre emocional respecto a una libertad ajena. Recordé un chiste gráfico hoy que decía “cuando una mujer piensa en matrimonio, piensa en que por fin podrá comer sin temer engordar. Cuando un hombre le propone a una mujer matrimonio, quiere que sea ilegal para ella acostarse con otro hombre” Ahora hablaré de los celos. La respuesta simple que algunos dan a su existencia (desconfianza, o falta de amor propio) me resulta terriblemente mediocre. Creo que ninguna incertidumbre es tan válida como la que surge a partir de la voluntad de otro ser humano. Tememos a la libertad de otros porque no la controlamos, desconfiamos porque conocemos sus alcances, y sobre todo porque entendemos que no tenemos ningún recurso para negar o coartar su ejecución. El modelo de relación familiar exige una certidumbre a largo plazo que nuestras relaciones, hoy enfrascadas en la atracción física, no pueden satisfacer. Nuestras relaciones son volátiles porque la sociedad rompió los contratos que las hacían permanentes. Es posible que no exista amor eterno diferente al sometimiento o la costumbre. Estas concepciones, pese a las ideas en boga o a las leyes, están arraigadas a nuestras tradiciones reproductivas y a nuestros imaginarios. Creo que allí se encuentra el origen de la enfermedad. Gran parte de las personas idealiza  sus relaciones y las asume como absolutas. En una era de libertades el amor absoluto resulta enfermizo, y lo que otro interpreta como amor puede convertirse con facilidad en ejercicio de sometimiento. Un hombre poco experimentado difícilmente puede sobrellevar esta confrontación. Pocos logran asimilar lo volátil del amor contemporáneo, lo efímeros que resultan nuestros sentimientos. No podría insinuar, sin embargo, que no existan excepciones. Pero a la larga, es posible que los hombres merezcan tanta consideración como las mujeres. Las instituciones que nos definían como individuos válidos dentro de la sociedad se están desvaneciendo. En los hombres la visión de la virilidad y la familia hacen parte de su identidad, y no logran crear un imaginario de sí mismos sin los valores reproductivos o económicos que hoy parecen débiles y devaluados. La violencia no desaparecerá hasta que no logremos acostumbrarnos a la libertad ajena. Para entonces otros significantes sobre los individuos dentro de la sociedad deberán aparecer, algo que remedie la inutilidad de nuestros idilios, que nos ayude a vivir pero que no sea tan estéril y frío como lo simplemente económico. Una estética nueva que recree o construya un romanticismo nuevo, y que no se alimente de nuestra individualidad hecha pedazos. 
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lunes, 5 de noviembre de 2012

El amor




Esta semana terminé la lectura de “la posibilidad de una isla” de Michel Houebellecq y releí algunos apuntes de “la insoportable levedad del ser” de Milan Kundera. Ambas son novelas que con facilidad pueden catalogarse como post-modernas. Abunda en una de ellas el lenguaje simple y algo de cinismo, abundan las reflexiones apócrifas sobre la vida y sobre todo hay en ambas un punto en común, y es el desquebrantamiento  humano del amor. En ambos libros el “verdadero amor” sólo puede conocerse a través de las mascotas domésticas. Seres simples—dice Houellebecq sobre Fox, el perrito de su protagonista—de ego limitado, cuyas necesidades son sencillas de satisfacer. Algo parecido dice Kundera sobre Karenin, el perrito del matrimonio entre Tomás y Teresa. Seres previos al paraíso, aún  inocentes de nuestro crimen más evidente en comparación con las demás especies; la libertad. Dios nos expulsó del paraíso precisamente por ejercer la libertad; nos repudió como hoy repudiamos a los hombres en preferencia de los animales que en busca de amor, mantenemos cautivos. El perro es, precisamente, un animal diseñado para el cautiverio afectivo, cuyo amor no se niega ni en cantidad ni en calidad. Hace algunos días, tras la muerte de Chavela Vargas, alguien hizo eco de una de sus frases más reconocidas. No se puede amar en la libertad.  Para un cachorro huérfano es más sencillo despertar la compasión de la gente común que para un hombre andrajoso. Houebellecq subraya que esa limitación en el ego de los perros alguna vez existió en la mujer, condenada por la cultura a ser un hermoso animal domestico decorativo. Los perros, carentes de voluntad, y por lo tanto de vicios, son seres predecibles, monótonos, fáciles de querer,  y sobre todo, urgentes del cariño humano. Ese es nuestro punto en común, ese es el lazo cultural que nos unió con el pasar de los siglos, les atamos a nosotros con el cebo del cariño y los moldeamos a nuestra imagen y semejanza.  A nadie parece sorprenderle hoy que un perro merezca más cariño que un ser humano.  En la frase misma hay una obviedad conceptual muy difícil de debatir. Los perros para Kundera hacen posible un amor idílico. Creo que eso evidencia la imposibilidad del amor abnegado en la modernidad, es decir, de un amor sincero según la pureza del concepto, y hace evidente la necesidad de exigir sometimiento al entablar un lazo afectivo. Pareciera que esta conducta no confesa de menosprecio por la voluntad humana y de aprecio por el sometimiento afectivo hoy son generales en la opinión pública, y por consecuencia, la indignación por el maltrato animal es más grande que la indignación contra el maltrato humano. Al parecer, y por ser seres conscientes, decidimos, dicen algunos;  eso nos hace previamente culpables de nuestro destino.

Pareciera que no es posible el amor en la individualidad, y que el amor por la humanidad sólo puede concebirse de manera abstracta. Este comportamiento no sólo se ha hecho conceptual y personal, si no que ha tomado evidentes rasgos ideológicos.

Por primera vez desde la revolución francesan os deshacemos teóricamente del humanismo.

El amor liquido, dice Sigmund Bauman, encierra el miedo a la decepción y el miedo al compromiso. A medida que por inseguridad y comodidad nos deshacemos del amor humano, nos enfocamos más y más en amar a la naturaleza. Las causas sociales son abandonadas, y las causas ecologistas están en la obligada participación de la juventud. El ecologismo es un método de ahorro, por eso va tan bien con los países anglosajones.
La muerte del amor aparece tras la liberación femenina. Lo que sugiere que ya no es posible amar si el ser amado es libre o entabla en el compromiso algún vínculo de libertad.  Se trató de conciliar la libertad del ser amado con nuevas variantes de pareja, en donde existe la libertad sexual y el poli compromiso. Hasta ahora, ningún intento ha tenido una verdadera aceptación práctica. Según Fromm,  el aceptar la libertad de la pareja y deshacerse de todo idilio de posesión se logra tan sólo a través de un grado profundo de conocimiento y experiencia. La música popular colombiana vive repitiendo, incesablemente, que la mujer ha partido de manera definitiva. El engaño, otros amores, la orfandad romántica del hombre, la abundancia empalagosa del género despecho en toda la cultura, aunque  en la practica no es forzosamente cierto  pareciera que al hombre le cuesta trabajo ponerse a la altura de la libertad de la mujer, pues hay en él una negligencia afectiva que sólo puede saciarse con la absoluta posesión. Esta mentalidad a nivel global, creo, sólo evidencia los rezagos de nuestro machismo aferrado en la cultura y en nuestra mentalidad. Históricamente asumimos de muy buena gana las ideologías dominantes sin reparar en la comodidad que estas puedan representar a nuestra cultura. En el primer mundo se ha cruzado a una forma un poco más decadente en la estructura de las relaciones humanas y la familia. En España y Francia, bajo esta estructura ideológica nacen los kids definitivos, individuos de una profunda mentalidad práctica que parecieran nacer prematuramente hastiados. Incapaces de perseguir cualquier tipo de visión idílica, aceptan como absoluto el presente.  En estos individuos hay una incapacidad total de inmiscuirse en causas políticas que planteen un futuro posible para la humanidad. Siendo el idioma nuestra herramienta de procesamiento de información, uno de mis maestros afirmó que esta perdida va acompañada de la desaparición de la conjugación subjuntiva en el español.  Su visión de la realidad es presente y total. En cambio abogan, de manera constante y precisa, por un mundo más natural, más ecológico.

La industria mundial se ha apoderado de la palabra “ecológico” y la ha transformado en un sello de garantía. La explotación sostenible, en la práctica, apenas y va superado en una mínima parte su etapa experimental. Algunas industrias se limitan sólo a pagar las multas por contaminar, multas que son mínimas junto a las ganancias que obtienen por hacerlo. Las multas, los impuestos y la venta de cuotas extras. Estos términos encierran el interés del estado por la conservación ambiental.

A nadie le parece sospechoso que el estado lo promueva a través de los medios de comunicación, y sin embargo, este deseo de conservar parece  sólo punzar en los consumidores, no en los productores. En comparación, un norteamericano consume 10 veces más electricidad per capita que un colombiano, y la población norteamericana es unas seis o siete veces superior. Este consumo excesivo no solo proviene de los gastos civiles de los hogares, urgidos de calefacción en invierno, si no de la industria nacional. Teniendo  un 5% de la población mundial, estados Unidos consume el 25% de los recursos naturales. Y sin embargo hay una campaña pública latinoamericana que busca el ahorro de energía y de recursos naturales. Nuestros efectos en el consumo internacional apenas superan el 12 por ciento para el 2006 ¿que pueden hacer unos televisores, unas neveras, y unos ventiladores apagados pro el calentamiento mundial? En realidad, nuestra participación tanto en el problema como en la solución es mínima.  La producción eléctrica nacional proviene en su gran mayoría de hidroeléctricas y termoeléctricas, de producción fija. Es decir, la energía que no gastamos queda en vela y es vendida a otros países. Pero el dinero de esas ventas no es para nosotros, si no para las multinacionales que administran las centrales eléctricas. Lo mismo sucede con los excedentes en bonos de carbono, nuestra cuota internacional de emisión atmosférica. En nada alivia al ambiente, las vendemos a las grandes industrias que exceden sus cuotas de emisión.

 El ecologismo, antes subversivo, se convirtió en una moda estética. Creo que esa era la mejor manera para vencerlo. Se venden camisetas con sellos verdes, se promueven valores de conformidad enfermiza  y  en cierta medida, publicitarios. Queremos parecer conscientes, pero nos aterraría cualquier tipo de compromiso político. Pero las decisiones que conciernen al ambiente no se toman en la moda (aunque si afecten los mercados) si no en la política. Sin la guía ideológica de Rousseau, Hobbes y Locke quizá la revolución francesa habría terminado en la imposición de otra monarquía. El mundo hoy padece de una revolución publicitaria y emocional que no tienen ningún efecto en la política porque carece de pensamiento. Esta disposición es gobernada por la emoción y la indignación, pero la sociedad necesita de la razón para poder organizarse.  Nadie negará que el medio ambiente y nuestro ecosistema merecen una fuerte consideración, pues de él depende nuestra existencia. Pero convertida la ideología en mercancía, las personas llegan a cierto grado de tranquilidad tras comprar un producto “saludable” o de medidas analgésicas que lejos de  mejorar las cosas incrementan otros problemas. Y sobre todo, nuestro amor incondicional  hacia la naturaleza  suele tomar una dirección de crueldad hacia nuestros congéneres.  Pareciera que incapaz de amar a dos objetos a la vez, amando a la naturaleza le damos la espalda al hombre. Los temores personales e individuales a la decepción se han hecho ideológicos y neurálgicos. Pero si el hombre ya no está en el centro de las ideologías, es posible que la sociedad no pueda seguir avanzando.

12 de octubre del 2012

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miércoles, 3 de octubre de 2012

Parábola sobre la Soledad.


El experimento del que voy a hablarles toma la siguiente argumentación.



El sujeto A llega a un entorno completamente desconocido con poca comida y una abrumadora soledad. Aunque no tiene memoria del pasado decide recorrer el terreno y se percata de que no cuenta con mucha movilidad. Descubre que habita una isla sin mucha extensión, con pocos árboles y pocos animales, hace un rápido inventario y concluye, es suficiente para sobrevivir. De vez en cuando llegan mensajes del mundo exterior que en realidad nunca van dirigidos a él (y al no existir evidencias de una conversación o de cualquier tipo de inteligencia fuera de la isla, el individuo A puede imaginar que la humanidad ha desaparecido, y que él, por ende, es el último sobreviviente) El sujeto A deja pasar el tiempo en aquel escenario, deambulando y durmiendo a veces, comiendo en otras ocasiones, y de él se apodera una poderosa sensación de aburrimiento. Cuenta con materiales para recrear aquel ruido exterior, aquel mundo que le atrae por simple curiosidad pero al cual no tiene ningún acceso. Tiene además un cuchillo ¿que hacer en la absoluta soledad? Pienso en un entorno apocalíptico, en algún trasfondo extraño, engañoso en donde el sujeto piense que el escenario  en el cual  deambula es una recreación de la realidad. El cuchillo entonces sería la única salida, pero si el escenario es la única realidad el cuchillo sólo sería una estupidez. Sin embargo, imaginar mundos externos a ese diminuto escenario hace que el sujeto A alivie la sensación de claustrofobia.  Otra cosa es que piense que un día será rescatado; entonces sólo tendría que dormir y comer hasta el momento oportuno. Sin embargo, pensemos en que ninguna alternativa de fuga es posible, y que el Sujeto A está completamente solo en aquel escenario, en aquel universo y que no hay una salida ni un mundo exterior, así que todo lo que haga de antemano es inútil. Su estética y su terquedad carecerán de sentido. En ese aspecto, considero que toda individualidad conlleva indirectamente a la soledad, y que el sujeto A podría ser una parábola del hombre contemporáneo. Su única posibilidad de encontrar voluntad de acción consiste en la posibilidad de idealizar el mundo exterior a él e imaginar que su obra, su placer y su existencia poseen un sentido. Por otra parte, ¿y que sucede con la belleza y con el arte? ¿El sujeto A podría construir una escultura, escribir una novela, o componer una canción si sabe de antemano que nadie diferente a él va a percibirles? ¿Que sentido tendría todo ello? ¿El sujeto A siquiera concebiría ese interés? Creo que sin la posibilidad de comunicar el arte es una completa pérdida de tiempo, y que en la soledad absoluta sólo parece importante la distancia que exista entre el cuchillo y el presente. 
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martes, 11 de septiembre de 2012

Dos Animales Cautivos




La raya está atrapada en un estanque de cuatro metros por uno, y el estanque está en un restaurante del Restrepo, atrapado tras un cartel que dice “almuerzos a 3.500 pesos” me sedujo el precio y la buena pinta de la comida. La primera vez que fui el restaurante estaba a reventar. Junto a la puerta, un hombre moreno de barba de varios días volteaba y acomodaba la carne en un planchón de metal sobrecalentado, y tras él, los cadáveres de varios pollos daban vueltas y vueltas, de manera un poco torpe y asimétrica. Cuatro personas trabajaban en la cocina y unas cuatro más daban vueltas entre las mesas, llevando platos repletos de comida y trayéndolos desnudos, mientras los clientes, como es costumbre, hablaban y masticaban como animales. La raya intentaba huir golpeando el cristal del estanque, pero su esfuerzo era inútil; su cuerpo era demasiado blando para lastimar el cristal, y sin embargo, no parecía tener la intención (¿los animales pueden, acaso, tener intencionalidad?)  De dejar de intentarlo. En el estanque había una luz tenue y azul, y en el fondo, una decoración de piedras blancas que pretendía imitar el fondo marino. Había inclusive un coral de plástico y unas ramitas verdes de andrajosa vitalidad. Junto a la raya dos peces más, un poco extraños, parecían mucho más indiferentes y tranquilos. Paseaban por el estanque perezosamente, consientes de que su vida carecía en lo absoluto de esfuerzo, y que  por lo tanto debían dejarse ir de la menor manera. Morir y nacer son cuestiones asintomáticas para estos peces, pero no para la raya, que parecía desesperada y enferma de física soledad. Es tan única, tan solitaria, y tan impotente…

Y por ella recordé una historia que una vieja amiga me contó.

De hecho, definir esto como historia es inverosímil; apenas y es el fragmento de una sensación. Tengo una amiga soñadora, un poco ingenua, que está realmente desesperada por huir de aquí. ¿A donde quiere ir? A cualquier parte en realidad; tiene un apetito de mundo muy ingenuo y encantador, pero no tiene los medios para hacerlo, y por lo tanto, se siente claustrofóbica y desgraciada. Algo parecido me sucedía a mí en Pitalito, pero yo tuve al menos el consuelo de llegar a Bogotá. Ella, nacida aquí, no ha podido moverse del sitio que le vio nacer, ¿que hacer? Sé que ha tocado cada puerta que le prometía una salida fácil, y a fracasado siempre. Alguna vez, en medio de sus pensamientos pesimistas, almorzó en un restaurante a las afueras de la ciudad. Allí vio a un loro enorme y algo feo cautivo en una jaula diminuta, al grado que ni siquiera podía abrir sus alas, y debía mantenerse casi que inmóvil parado sobre un palito de escasos 40 centímetros de largo. Tenía, sin embargo, una vista majestuosa del exterior, de los árboles y del revoloteo de todas las otras aves libres, cosa que mi amiga concluyó, aumentaba su pena.  En algún punto mi amiga sintió una empatía tan grande por el loro que no pudo verle de nuevo, y evitó cualquier contacto visual hasta que pudo irse de allí, jurándose nunca volver.

Algo parecido sentí yo con la Raya Del Restrepo. No soporté verle, y me prometí no volver allí. Y no sé cómo justificar mi actitud, pues últimamente me he comportado más como los peces indiferentes que como ese repugnante y liso Sísifo de mar. 
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sábado, 25 de agosto de 2012

Del Commotus de Lucrecia Dalt al Valtari de Sigur Rós





Me resultó algo sarcástico que un disco tan lento y apacible llevase como título Commotus—movido, en latín. Hace algunos días mi amigo Deicidium hizo un par de bromas sobre la similitud entre estos dos trabajos, ¿Lucrecia influenciada por Sigúr Ros? Si algo ha demostrado nuestra querida compatriota es un excelente olfato para detectar los movimientos alternativos, al punto de hacerse una buena popularidad por medio de su capacidad de mímesis, adaptación y expresión. Su fortaleza, siempre lo he creído, gira en torno a su sensibilidad y su intuición (su destreza musical, sin embargo, es limitada comparada con la de otros artistas, pero tiene el buen don de manejar a la perfección lo poco que tiene, que es ella misma) por eso el post-rock es para para su sonido el agua más potable y la tierra más fértil. En el poderoso caso de Sigur Rós, cuya base musical es mucho más importante, he llegado a temer que la simplificación excesiva llegue a dañarles. Aunque me encante en el diseño web y en el software, el minimalismo me resulta peligroso en el arte porque coarta las posibilidades comunicativas, cosa que a la final parece importarte poco a los movimientos sobre - conceptualizados que abundan en las modas actuales.

Siempre me he resistido al arte precedido de un discurso que lo justifique, y no había encontrado la valentía necesaria para defender esa postura hasta leer “el mundo como supermercado y como burla” de Houebellecq, que por cierto, subí aquí hace poco. En ambos casos, el de Lucrecia y el de Sigur, hay antecedentes de arquitectura musical poderosos y bien logrados; el congost, que conseguí de la mano de la propia Lucrecia, es uno de mis discos favoritos, y sin duda alguna, lo mejor que escuchado en cuestión de post-rock latinoamericano. Commotus por su parte no ha perdido del todo su poder primario, pero parece más contenido, más anquilosado; Es menos íntimo, menos secreto, menos poderoso; ha perdido la dolorosa intimidad de su predecesor. En el caso de Sigur hay un antecedente glorioso, el takk, una mezcla entre la Mélancolie de los smashing pumpkins y algo de armonía radiohead…  de un buen paquete de sensaciones poderosas Sigur Rós pasó a describir la belleza de un solo instante. El valtarí parece un disco congelado en un amanecer, descrito sin palabras, y por lo tanto, víctima y artífice de una saturada sensación de vaciedad.





Desde los sesenta el arte puede cruzar las referencias estilísticas de una pesadilla. La chica de boina, contorsionándose mientras repite palabras de profundidad reseca, tocando un tambor  bajo el éxtasis de la poesía abstracta. El postulado “todo debe ser reinterpretado” exilia el sentido de lo comunicativo haciéndolo netamente referencial. Es cierto, vuelve al intérprete tan artista  como al emisor, pero a su vez vuelve inútil la obra. Ya no hay narrativa en la pintura contemporánea, y puede que terminemos perdiendo la narrativa oculta tras la música.

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martes, 14 de agosto de 2012

Los Vendedores y su desesperación






Tuve que escuchar a aquella  mujer hablando de la sagacidad  como el mayor don de sus empleados durante 4 horas seguidas. Apenas le vi tuve la sensación de encontrarme con una de esas profesoras de preescolar que en secreto maltrata a sus alumnos. Sus subordinados se quejaban de un abrupto  y unilateral cambio  en el sistema en sus responsabilidades; de visitadores  —hombres que vienen, cumplen por venir y luego se van— pasarían a cazadores, o mejor decir, vendedores. Ya no les pagarían por obedecer, si no por cazar cada día, y de manera desesperada, nuevas presas. Bueno, pensé; estos al menos tienen un sueldo base, no los bajarán de allí y eso les permitirá comer cuando los tiempos estén fríos. Algo de la jocosa modalidad del cambio que presenta la empresa como la mayor novedad y que los  me resultó chocante; evidentemente a la empresa le convienen los cazadores y no los recolectores, esto es en esencia el cambio de modelo de la socialdemocracia al libremercado, pero me ofende un poco su actitud de menosprecio por la pasiva nostalgia con la que los empleados antiguos recordaban la certeza de su antiguo salario. Recordé que quizá esa misma imagen se repetía en la mayor parte de las empresas de Bogotá, y que aunque no lo notemos, en una ciudad tan turbia estamos al acecho de esos hombres desesperados que sólo pueden vivir a costa de venderte cosas. El capitalismo es desenfrenado y audaz, pero esa velocidad es peligrosa e irreflexiva. Su naturalidad nos devuelve a la primitiva estancia del matar o morir, cosa que no enriquece para nada nuestros intentos fallidos de crear una sociedad funcional. Michel Houebellecq dice en su primera novela ampliación del campo de batalla “el capitalismo es el sistema más natural de todos los posibles y por eso mismo es el más aborrecible” Personalmente odio a los vendedores, esos depredadores de tres pesos que poco saben de moral y deben vivir en el colmo de la inestabilidad y la violencia para respirar tranquilos.  El vendedor encarna la desesperación del capitalismo moderno y padece además  todos sus vicios. O es ambicioso o carecerá de tranquilidad. En el lado contrario existe un animal inerte que será en el futuro remplazado por algún tipo de software; el oficinista. Como oficinista sé que ocupo esa leve brecha entre lo rústico y lo intelectual que aún no pueden llenar las máquinas. Mi labor es mecánica e irreflexiva. Carezco completamente de la ansiedad y la desesperación del vendedor. 

El impacto de esa inercia es tan fuerte que hoy me cuesta un esfuerzo considerable escribir. Apenas duermo y los sueños se han hecho esquivos. Por ello siempre he preferido los empleos  que impliquen fuerza o sólo tiempo. No me agotan mentalmente, no desmiembran mi capacidad para pensar. 

¿Que soy yo si no puedo pensar? Una pequeña partícula de polvo halada en la existencia por un sueldo miserable. Alguien que vive de lo que hace, pero no lo hace para vivir. Pues en definitiva, actuar para vivir no es lo mismo que vivir para actuar. 

Me pregunto si algún día el mundo académico se dejará permear por esa desesperación. Quizá un día le paguen al  profesor sólo por los buenos estudiantes, o al médico sólo por los pacientes que salve (cosa, por lo demás,  que no caería mal en un sistema como la ley 100, que promueve en realidad el dejar morir para no gastar) 

14 de agosto del 2012
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lunes, 16 de julio de 2012

Al otro lado del atlántico.



Mi muy querido amigo.

No sé si la vieja simpatía que sentía por mí haya sido disuadida por nuestras actuales y abismales diferencias. Como bien le expliqué, de un tiempo para acá me alejé de todas esas viejas obsesiones espirituales que me aquejaban, y me dediqué a la búsqueda concreta de la belleza, que en mi opinión es la única religiosidad posible. En una adolescencia como la mía, en donde experimenté tantas religiones y tantos pensamientos contradictorios, en donde conocí tantos secretos lagunosos y tantas doctrinas que llegaban juntas al mismo grado de absorción y ataraxia, la negación de lo absoluto fue la única manera que tuve de seguir viviendo. Negarlo todo fue la manera sencilla de continuar mi vida dándole exactamente la misma importancia a cada doctrina que conocí y experimenté. Asumir una, por razonable que fuese, equivaldría a una desconsideración con todas las demás. Además, siendo la búsqueda de la novedad tan importante como lo fue la búsqueda de la plenitud, ¿cómo no rechazar y olvidar al cristianismo, si como occidentales es la doctrina que conocemos más profundamente?

Pero lo sé; no hablamos, al mencionar al evangelio en breve, de un cristianismo tradicional. Hablamos más bien de un cristianismo gnóstico, totalizante, humanista. Hablamos del cristianismo personal de León Tolstoi.
Ya es dieciséis. Mañana regresaré a ese pueblo del que usted y yo creímos despedirnos para siempre. Como bien sabrá, los cambios en aquella pequeña estructura pre-moderna de arquitectura insípida y costumbres católicas y conservadores son extraños. La gente allí nace y muere, pero no cambia; usted y yo a nuestra manera fuimos cambios que mal que bien algo han hablado de la realidad laboyana. Los “hombres sabios”—como alguna vez usted los llamó— que nos guiaron a través de nuestras múltiples preguntas siempre hablaron de la distancia como condición absoluta para comprender mejor aquello que observábamos. Esa distancia, que no es otra cosa que una buena dosis de soledad espiritual, me aqueja desde hace mucho pese a no haber abandonado Colombia.
La realidad que compartimos, tan flexible, tan lacónica, tan cruel y tan humana, es como un antiguo telar lleno de hilos sueltos casi equivalentes desde los cuales parece imposible sujetarse. En ese aspecto sigo siendo el mismo crio del que usted se despidió ocho años atrás, con una diferencia; si algo he entendido hasta ahora es que sólo yo puedo aliviar mis cargas y mis preguntas.

Después de todo, eso hizo Tolstoi; respondió a sí mismo lo que no había encontrado en ningún filósofo, científico o teólogo. Era urgente para él darle un sentido a su existencia y lo hizo en una doctrina acorde a su cultura y a su tiempo. Suponer que esta doctrina es válida hoy o que puedo adherirme a ella con facilidad, sería para mí un diminuto acto reaccionario.

Es posible que le exaspere la arrogancia de mi posición.

En nuestro pueblo éramos pequeños huérfanos sin rumbo, sin una identidad, sin una filosofía. La realidad en la que siempre nos creímos extraños, y en la que buscamos fallidamente alivio a nuestras desconcertantes ambiciones era tan parcial y diminuta como lo es físicamente Pitalito. Pero anhelábamos mucho más y en ese deseo no había arrogancia ni ingratitud, si no simple deseo de paz interior. Usted, mayor que yo y mucho más consecuente, ha logrado avanzar con mayor éxito y ahora es un ciudadano del mundo. En Londres, caminando por las frías calles del East End, o cruzando el Támesis sobre el London Bridge, es posible que no haya perdido el rumbo de sus incertidumbres. Reclamar un libro no escrito por usted como verdad absoluta tal vez sólo quiere decir que su tranquilidad requiere recordar constantemente lo que debe sentirse. Soy incapaz de ese grado de obediencia. Su incertidumbre a diferencia de la mía no lo ha inmovilizado, pero de algún modo, es mucho más amenazante. Yo aún sigo luchando con el idioma, mi mayor limitación y mi mayor incertidumbre. Por lo demás, sigo siendo igual de inconsecuente. Tengo menos dinero que antes y las fronteras colombianas aún me resultan inevadibles, pero a mi modo, estoy en paz conmigo mismo.

Para concluirle de manera sencilla, evidentemente le debo agradecimiento por preocuparse por mis incertidumbres, pero la vida para mi tiene un sentido, un sentido que se aleja de las religiones e incluso de las explicaciones científicas. Un sentido dionisiaco, de algún modo. Un sentido que me ha costado el alma, y todo éxito sencillo que pude tener en mi vida. He huido del sinsentido como se huye de la peste, lo que implica que a la larga me entregado a un sinsentido para los demás (ser un buen escritor es algo que cuesta bastante si hablamos de tiempo y esfuerzo, y la mayoría de mis contemporáneos ya han salido de su moratoria laboral y trabajan) entregado a mi propio absurdo no tengo nada que envidiarle a quienes construyeron el propio. Soy, al fin de cuentas, simplemente un hombre libre.
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viernes, 13 de julio de 2012

El miedo en “ el ruido de las cosas al caer”

trabajo final para la materia “análisis y redacción de textos”

portada-ruido-cosas-caer_grande Mi primera prevención con “el ruido de las cosas al caer” fue el temor de invertir mi tiempo en un mal libro. Quiero reconocer gustosamente que me equivoqué. Llevaba un tiempo considerable con una apatía sincera hacia las obras contemporáneas por su vaciedad, especialmente las colombianas. Gamboa, Mendoza y Franco me dejaron un mal sabor de boca, aunque Rosero y caballero me regresaron un poco la fe en la literatura posterior al realismo mágico. Creo que “sin remedio” de Antonio Caballero es el antecedente más notable antes de la novela de Vásquez, exceptuando por el poderoso valor del miedo, del que quiero hablar aquí, que Caballero no definió de una manera actual por carecer del momento histórico propicio. Aunque el dilema no es sólo generacional, la ciudad es diferente para Caballero y para Vásquez. Puede que huelan y se sientan arquitectónicamente de manera parecida, pero hay algo mucho más profundo en Vásquez, pues el miedo se convierte en el síntoma central de la ciudad. Otra ciudad literaria, la de Mendoza, goza de un temor pálido y macabro que carece de matices sinceros, pero no me siento a gusto con su desarrollo psicológico porque en él el miedo más parece una palabra sentenciosa que una sensación. ¡En realidad hay tanto para temer dentro de la ciudad! El temor de Vásquez  me encanta y no puedo definir con una palabra menos pomposa para el desarrollo de su personaje desde el atentado y la muerte de Laverde. Es un temor visceral y psicológico, inmóvil, claustrofóbico. Pero no suficiente con ello, Vásquez impregno la novela de sonido—a lo que viene la importancia del título y la importancia del sonido en varios apartados de la novela—como su lacónica representación auditiva de la muerte en el avión o el penetrante sonido de los disparos. En definitiva, su libro está impregnado de un sonido que sólo puede trasmitirse a través de la literatura.

Aunque leí hace ya bastante “sin remedio” de Caballero, tengo pocas impresiones sobre el miedo a la ciudad en ella. Miedo concreto a la “ciudad” al monstruo que habita en ella, la violencia, pues como la novela trascurre en los setenta  el temor se enfoca en la represión militar. Algo parecido ocurre con cobro de Sangre de Mendoza, novela de corte casi patético que tiende a parecerse a ciertas películas norteamericanas de los ochenta. En el caso del ruido de las cosas al caer existe la secuela tras la violencia, el trauma y casi que la mutilación tanto física como interior. El personaje principal, Antonio, tras el atentado empieza a mostrar los síntomas sutiles de la obsesión y la paranoia. Junto a él, y sin haber recibido un disparo, muchos  compartimos los síntomas de la ciudad. Tal vez hace parte de mi paranoia citadina el hecho de considerar que el mayor atributo de la ciudad actualmente es el miedo. En la época de Vásquez el miedo estaba centralizado en un grupo reducido de individuos o en un individuo (Pablo Escobar) así que aunque abstracto, parecía derrotable (y en sí la búsqueda de la paz se consolaba con aquella sensación; la posibilidad de triunfar fácilmente si se pasa por encima de un solo individuo que personifica el miedo, por fuerte que demostrase ser)  parecía ser sólo una noche nublada, pero hoy el miedo se ha esparcido por toda la ciudad, ocultándose tras cada puerta, tras cada vagabundo nocturno, tras cada desconocido en la calle, transformándonos de manera silenciosa e irreductible en una ciudad de paranoicos; Hay por tanto una diferencia notable entre el miedo contemporáneo y el miedo al narco-terrorismo, el miedo al atentado, el miedo al carro bomba, el miedo a los sicarios. Hoy el miedo ya no es exclusivo de quienes deciden “enfrentar” o castigar al narcotráfico, no; el miedo es propiedad de todos. En una  ciudad de abundantes  y pequeños crímenes sin sentido todos nos sentimos amenazados.

Ya que en nuestro país parecen abundar los crímenes sin sentido,  y además parece que con ellos abunda la apatía consecuente, las relaciones humanas parecen agotar el significado del temor. Laverde y Yammara fueron una simple simpatía distante con curiosas consecuencias para el protagonista. Laverde fue el inicio de un descubrimiento poderoso, pues ir más allá del miedo es adentrarse en sus causas,  en donde la verdad de repente se hizo más poderosa que la comodidad, que la tranquilidad, e incluso que el bienestar familiar.
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jueves, 12 de julio de 2012

Caldas y su “Oh larga y negra partida”

 





















 La Leyenda dice lo siguiente.

La noche del 28 de octubre de 1816 (una noche antes de su fusilamiento)  Francisco José de Caldas dibujó este símbolo en su celda 

                                      Ø

La interpretación popular dice que el símbolo significa " oh larga y negra partida" 

Personalmente me niego a creer que un hombre culto de la calidad de Caldas dedicara los últimos instantes de su vida a encriptar un pésimo verso de despedida. Caldas se ganó el apodo de “sabio” en una época en donde la cultura se entremezclaba con la superstición y las antiguas tradiciones europeas, y en donde la principal muestra de educación era el dominio de las culturas helenísticas y romanas. Así que es posible que aquel símbolo significase mucho más de lo que la gente acostumbra a pensar.  En este texto voy a lanzar posibles interpretaciones un poco más interesantes:

Seguramente supo que la "Ø" mejor conocida como “ur” o como “th” (cuya representación es "Θ") era un símbolo estrechamente vinculado con la muerte. Mientras que en Roma fuese usado para designar a los gladiadores caídos se dice que el “Th” es una invocación griega al Thanatos. Pero dejémoslo simplemente en “vacío” que es su equivalencia matemática. Si algo me impacto al escuchar la historia por primera vez fue esa idea lógica y pesada que para mí fue escribir y designar al vacío antes de morir. Sin embargo también está la alquimia y la masonería, doctrinas que no eran desconocidas para Caldas. "Ø"  es un símbolo que uno ve frecuentemente para subrayar o designar un principio masónico (y ni que decir que la masonería en aquella época era el símbolo de una esperanza tibia en una humanidad más racional y liberal) la masonería puede sacarnos rápidamente del pesimismo de esa interpretación matemática que nos lleva a la nulidad. Antes de morir, Caldas escribió en un muro un símbolo que le recodase sus principios. "Ø"  representa la apertura a lo superior y metafísico para la carne, una metafísica de las ideas. En la alquimia, por su parte, hay dos símbolos que se acercan al grafema de Caldas, uno es el símbolo de la sal “el cuerpo, lo sólido” y otro es el símbolo del nitrato de potasio; la tierra es la conjunción de ambos símbolos en una anulación “convertir una cosa en algo superior a ella misma”. Es posible que con aquel grafema, por tanto,  registrase la tierra que estaba a punto de abandonar o en la visión materialista " a la que sería entregado" prontamente.  

No quiero ser ni idealista ni romántico al respecto, no tengo conclusiones que hacer sobre el mensaje encriptado que Caldas dejo a sus copartidarios. Pues así como el mensaje se ha escapado del estudio histórico desde entonces muy probablemente se escapa también de mí lectura superficial. Sólo quiero subrayar; la conclusión particular y popular es bastante pintoresca y ridícula, pero la ausencia de preguntas al respecto deja un sinsabor bastante triste.



Aquí hay una entrada elegante para la especulación narrativa, ¿y si era un símbolo específico en un código entre la resistencia a Morillo? ¿ y si era un mensaje en clave? de una especulación semejante podría salir un "código da vinci" a la colombiana.


Subrayo que mi conclusión más apasionante es matemática “el vacío” frente a la muerte, lo que haría la muerte de Caldas un hecho aún más trágico de lo habitual (aunque hace un rato, conversado al respecto con mi amiga Isabel—quien me planteó el problema—me propuso una solución judicial. Si Ø es el símbolo de la nulidad, ¿porque no suponer que esa era su opinión frente a la sentencia que acontecía sobre su propia vida?) “En el Derecho la nulidad es la invalidez del acto jurídico”


Posdata; el primer CD que me compré de pequeño fue el “iowa” de slipknot. En él hay una ecuación que concluye con el símbolo del vacío, a lo que concluí, tiempo después; todo acto concluye en la nada. No entendía nada en la ecuación, pero tras ella había un presentimiento palpable, materializado en un lenguaje desconocido, que confirmaba mis pretenciosas suposiciones sobre el universo; por alguna razón tras escuchar aquel disco se me metió la idea en la cabeza de que todo acto humano es inútil porque concluye en el vacío.
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domingo, 1 de julio de 2012

La orfandad de dios y el mundo como enemigo.




Si le observamos sin prejuicios y sin miedo, el fin del mundo es uno de los inventos más maravillosos de la religión. Aún antes de entender las verdaderas consecuencias de lo que podría tildarse científicamente como “ fin del mundo” intuimos por una lógica simple que todo debía acabarse en algún instante. “De otro modo, seríamos dioses” firma una sentencia de San Agustín. La plenitud tras el fin es una simple extensión vacía para justificar esa fusión con el Todo Eterno que significa dios. Pero, ¿ y que sucederá con lo demás? ¿que sucede con aquello que no es congraciado con la gracia divina? ¿Como regresarle al mundo un orden supra-humano cuando lo humano haya desaparecido? Si dios es bueno carecer de él es malo. Por ello, lo que no es bueno debe perecer.

Siempre he supuesto, a modo de explicación personal, que dios es una extensión simbólica de la nada. Lo que significa conciliar sus atributos supremos; la nada es omnipresente y omnisapiente. Si la nada es sagrada, por lógica, toda la materia es blasfema...En esta notable contradicción  dios es el creador del mundo y sin embargo su mayor enemigo, lo que viene a que en el territorio de la materia dios este parcialmente derrotado. Lo esencial, lo ideal, perece aquí bajo la evidencia; si se admitiese lo contrario implicaría reconocer que dios es un invento material y no lo material una inversión de dios. Quienes padecen de éxtasis religioso se concilian con el universo entero al asumirse como anti-tesis de sí mismos porque así calman su angustia. Negándose, niegan su individualidad, su forzosa soledad, y su obligación de armarse de un algo de lo que carecen... Con la sustancia y la carencia, dios es una forma de amnesia de lo individual. ¿Entregarse a la totalidad requiere la anulación de lo individual? Creo que el ser vive en constante discusión con la nada, tratando de situarse o de encontrar armonía entre lo interno o lo externo. Esta discusión, al menos en la posmodernidad, es angustiosa; así que sólo hay dos salidas para ese dilema; fortalecer lo interno o desaparecer en lo exterior.

La ataraxia metafísica es la forma más humana de desaparecer. Si estamos, en esencia, unidos con el todo, nada puede perturbarnos, pues como dicen los filósofos mediocres, estamos unidos al universo, al colectivo, a la humanidad, a la naturaleza, a dios. Si dios es todo, también es la naturaleza, el universo, el polvo de estrellas del que estamos fabricados. Esa falsa armonía es terriblemente tranquila. Regresamos al útero. Nada puede agredirnos.
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lunes, 25 de junio de 2012

El Sexo y la soledad


Hablaba con Sofía hace un par de horas. De manera resumida me contó todos sus dilemas sentimentales y de lo activa que se hizo de golpe su vida sexual. No hablábamos desde hace un semestre, es curioso; todo lo que me contó me dio a entender que en la estructura misma de su vida se había realizado un cambio profundo en donde había saltado de una incertidumbre a otra. De la soledad a la confusión. Yo, sin querer desmotivarla, le dije una cruenta verdad; “bienvenida a la vida adulta” ella sonrió. Supongo que no había racionalizado todos aquellos cambios hasta conversar conmigo.

Mi amiga Sofía posee un defecto; tuvo una infancia feliz. No es que  precisamente se sienta sola, pero  me causó esa sensación toda nuestra conversación; ella suele ser integra e independiente, y pareciera al vivir que no carga con deudas de su pasado. En vez de existir para solucionar viejos conflictos su verdadera búsqueda está en la experimentación; aprender, creo, es su primera necesidad; su vida se vuelve un proyecto a largo plazo en donde “ aprender” y “hacer” son las principales cuestiones. Tiene un comportamiento levemente errático pero coherente en ese aspecto; como todos, padece de ese “agujero en el alma” que busca ser llenado con la complementación de otro. Es una chica inteligente, pero esa inteligencia la hace, a largo plazo, un ser evasivamente solitario.  Escuchándole recordé un poco mi propia vida, porque por algún defecto moral congénito no puedo entenderme si no veo mis defectos reflejados en otra persona: Con algo de gravedad, la amnesia de los crímenes propios nos ayuda a juzgar los ajenos.

“El agujero en el alma” mi amiga marlyn lo escribió hace muchos años en mi cuaderno, mucho antes de que yo mismo pudiese entenderlo. La necesidad de los otros, a veces abstracta o a veces personificada.  Su sentido, asumimos entonces, es estrictamente genital; necesitamos a otros porque es nuestro deber reproducirnos. O como dice una de las frases más horrorosas e influyentes de mi vida, de Richard Dawkins “los organismos son máquinas inventadas por los genes para perpetuarse indefinidamente”

Parados desde el mecanicismo puro la sexualidad es. a su medida, un crimen estético.  Lo descubrí un poco al escucharle; esa sexualidad desordenada que apenas y puede justificarse con el apetito, y que carece de símbolos porque en realidad nada representa,  pues en su forma desabrida y analgésica carece de espíritu. El desdén por el amante y por su cuerpo, por su moral, por sus excreciones, esa sensación de analgésico que disuade la verdadera soledad. ¿Que buscamos exactamente con el amor?  La literatura del siglo veinte introdujo en su afán de sinceridad una cuota tajante de sexualidad, al punto de que  un escritor de la talla de Asimov fue criticado por evadirle…Sólo Houellebecq supo convertir aquel afán inútil en una genuina señal de desesperación. Cuando se habla de darle un sentido metafísico al hombre la sexualidad en sí es una vaca pesada y babosa. Para que signifique algo hay que darle un sentido o hacerle repulsiva, maquinal, arbitraria.

En el sexo sólo la ternura puede librarnos de lo absurdo… la ternura o la animalidad pura; amén a que hay gente que disfruta de la animalidad sexual como es debido, cosa que en realidad, no es mi caso.

La representación de la sexualidad como una equivocación es un artilugio estético del patetismo de nuestro tiempo. En la época en donde la moral cristiana castraba a las sociedades occidentales, el sexo era un sinónimo de sublevación. Ese tiempo ha concluido. Al referirme a la sexualidad no hablo de cualquier versión del sexo, amoroso, anacrónico, tradicional o nuevo, hablo del sexo por fuera del amor. Creo que nos inventamos al amor para no odiarnos mientras copulamos, pues en el sexo violamos la individualidad para convertirnos en otra cosa. Esa violación posee un sentido en el artilugio teórico llamado amor, pero por fuera de él, y sustentado sólo en el placer, el sexo tiene la sensación de allanar un vacío. Es un analgésico, un remedio que no nos lleva a ningún sitio… y que inútiles parecen los actos y  las objeciones que no son absolutas. “Lo que ocurre una sola vez, es como si no hubiese sucedido”  como escribió Kundera alguna vez… ¿siendo el sexo y el orgasmo, gracias a su inmediatez, objetos de tanta levedad, porqué les otorgamos, con el amor, tanta pesadez
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domingo, 24 de junio de 2012

El mundo como supermercado y como burla—Michel Houellebecq



                                                                                      


Arthur Schopenhauer no creía en la Historia. Murió convencido de que la revelación que había hecho sobre el mundo, que por una parte existía como voluntad (como deseo, como impulso vital), y por otra era percibido como representación (neutro, inocente y puramente objetivo en sí, y por lo tanto susceptible de reconstrucción estética), sobreviviría generación tras generación. Ahora podemos decir que, al menos en parte, se equivocaba. Podemos seguir reconociendo en la trama de nuestras vidas los conceptos que puso en juego; pero han sufrido tales transformaciones que cabe preguntarse qué validez les queda.    La palabra «voluntad» parece indicar una tensión de larga duración, un esfuerzo continuo, consciente o no, pero coherente, hacia una meta. Cierto que los pájaros siguen construyendo nidos, que los ciervos siguen luchando por la posesión de las hembras; y en sentido schopenhaueriano podemos decir que, desde el penoso día de su aparición sobre la tierra, el que lucha es el mismo ciervo y la que excava es la misma larva. Pero con los hombres ocurre todo lo contrario. La lógica del supermercado induce forzosamente a la dispersión de los sentidos; el hombre de supermercado no puede ser, orgánicamente, un hombre de voluntad única, de un solo deseo. De ahí viene cierta depresión del querer en el hombre contemporáneo; no es que los individuos deseen menos; al contrario, desean cada vez más; pero sus deseos se han teñido de algo un tanto llamativo y chillón; sin ser puros simulacros, son en gran parte un producto de decisiones externas que podemos llamar, en sentido amplio, publicitarias. No hay nada en esos deseos que evoque la tuerza orgánica y total, tercamente empeñada en su cumplimiento, que sugiere la palabra «voluntad». De ahí se deriva cierta falta de personalidad, perceptible en todos los seres humanos. Profundamente infectada por el sentido, la representación ha perdido por completo la inocencia. Podemos llamar inocente a una representación que se ofrece simplemente como tal, que sólo pretende ser la imagen de un mundo exterior (real o imaginario, pero exterior); en otras palabras, que no incluye su propio comentario crítico. La introducción masiva en las representaciones de referencias, de burla, de doble sentido, de humor, ha minado rápidamente la actividad artística y filosófica, transformándola en retórica generalizada. Todo arte, como toda ciencia, es un medio de comunicación entre los hombres. Es evidente que la eficacia y la intensidad de la comunicación disminuyen y tienden a anularse desde el momento en que se instala una duda sobre la veracidad de lo que se dice, sobre la sinceridad de lo que se expresa (¿hay quien pueda imaginar, por ejemplo, una ciencia con doble sentido?). La propensión al desmoronamiento que muestra la creatividad en las artes no es sino otra cara de la imposibilidad, tan contemporánea, de la conversación. Es como si, en la conversación corriente, la expresión directa de un sentimiento, de una emoción o de una idea se hubiera vuelto imposible, por ser demasiado vulgar. Todo tiene que pasar por el filtro deformante del humor, un humor que termina girando en el vacío y convirtiéndose en trágica mudez. Ésta es, a la vez, la historia de la famosa «incomunicabilidad» (hay que subrayar que la explotación repetida de este tema no ha impedido que la incomunicabilidad se extienda en la práctica, y que esté más de moda que nunca, aunque nos hayamos cansado un poco de hablar de ella) y la trágica historia de la pintura del siglo XX. La trayectoria de la pintura ha llegado a representar, más por una semejanza de ambiente que por una relación directa, la trayectoria de la comunicación humana en la época contemporánea. En ambos casos nos adentramos en una atmósfera malsana, trucada, profundamente insignificante; y trágica al final de su insignificancia. Por eso el transeúnte normal que entra en una galería de arte no puede quedarse mucho tiempo si quiere conservar su actitud de irónico desapego. Al cabo de unos minutos, y a su pesar, se apoderaría de él cierta sensación de desarraigo; al menos un entumecimiento, un malestar; una inquietante disminución de su función humorística.    (Lo trágico interviene exactamente en el momento en que lo irrisorio ya no consigue parecer divertido; es una especie de inversión psicológica brutal que traduce la aparición de un deseo irreductible de eternidad del individuo. La publicidad sólo puede evitar este fenómeno, opuesto a su objetivo, renovando de forma incesante sus simulacros; pero la pintura conserva la vocación de crear objetos permanentes, dotados de carácter propio; esta nostalgia de ser le otorga su halo doloroso y la convierte, de grado o por fuerza, en un fiel reflejo de la situación espiritual del hombre occidental.)    Hay que señalar, en contraste, la relativa buena salud de la literatura durante el mismo período. Es muy fácil de explicar. La literatura es un arte profundamente conceptual; en realidad, es el único. Las palabras son conceptos; los tópicos son conceptos. Nada puede afirmarse, negarse, relativizarse, de nada se puede uno burlar sin ayuda de los conceptos y las palabras. De ahí la sorprendente robustez de la actividad literaria, que puede negarse, autodestruirse o decretarse imposible sin dejar de ser ella misma. Que resiste a todos los abismos, a todas las deconstrucciones, a todas las acumulaciones de grados, por sutiles que sean; que simplemente se levanta, se sacude y vuelve a estar vivita y coleando, como un perro que sale de un estanque.    Al contrario que la música, que la pintura, incluso que el cine, la literatura puede absorber y digerir cantidades ilimitadas de burla y de humor. Los peligros que actualmente la amenazan no tienen nada que ver con los que han amenazado y a veces destruido a las demás artes; están mucho más relacionados con la aceleración de las percepciones y de las sensaciones que caracteriza a la lógica del hipermercado. Porque un libro sólo puede apreciarse despacio; implica una reflexión (no en el sentido de esfuerzo intelectual, sino sobre todo en el de vuelta atrás); no hay lectura sin parada, sin movimiento inverso, sin relectura. Algo imposible e incluso absurdo en un mundo donde todo evoluciona, todo fluctúa; donde nada tiene validez permanente: ni las reglas, ni las cosas, ni los seres. La literatura se opone con todas sus fuerzas (que eran grandes) a la noción de actualidad permanente, de presente continuo. Los libros piden lectores; pero estos lectores deben tener una existencia individual y estable: no pueden ser meros consumidores, meros fantasmas; deben ser también, de alguna manera, sujetos.    Minados por la obsesión cobarde de lo politically correct, pasmados por una marea de pseudoinformación que les proporciona la ilusión de una modificación permanente de las categorías de la existencia (ya no se puede pensar lo que se pensaba hace diez, cien o mil años), los occidentales contemporáneos ya no consiguen ser lectores; ya no logran satisfacer la humilde petición de un libro abierto: que sean simplemente seres humanos, que piensen y sientan por sí mismos.    Con mayor motivo, no pueden desempeñar ese papel frente a otro ser. No obstante, tendrían que hacerlo: porque esta disolución del ser es trágica; y cada cual, movido por una dolorosa nostalgia, continúa pidiéndole al otro lo que él ya no puede ser; cada cual sigue buscando, como un fantasma ciego, ese peso del ser que ya no encuentra en sí mismo. Esa resistencia, esa permanencia; esa profundidad. Todo el mundo fracasa, por supuesto, y la soledad es espantosa.    En Occidente, la muerte de Dios fue el preludio de un increíble folletín metafísico, que continúa en nuestros días. Cualquier historiador de las mentalidades sería capaz de reconstruir en detalle sus etapas; para resumir, digamos que el cristianismo consiguió dar ese golpe maestro de combinar la fe violenta en el individuo —en comparación con las epístolas de San Pablo, la cultura antigua en conjunto nos parece ahora extrañamente civilizada y triste— con la promesa de la participación eterna en el Ser absoluto. Una vez desvanecido este sueño, hubo diversas tentativas para prometerle al individuo un mínimo de ser; para conciliar el sueño de ser que llevaba en su interior con la omnipresencia obsesiva del devenir. Todas estas tentativas han fracasado hasta el momento, y la desdicha ha seguido extendiéndose La publicidad es la última tentativa hasta la fecha. Aunque su objetivo es suscitar, provocar, ser el deseo, sus métodos son, en el fondo, bastante semejantes a los que caracterizaban a la antigua moral. La publicidad instaura un superyó duro y terrorífico, mucho más implacable que cualquier otro imperativo antes inventado, que se pega a la piel del individuo y le repite sin parar: «Tienes que desear. Tienes que ser deseable. Tienes que participar en la competición, en la lucha, en la vida del mundo. Si te detienes, dejas de existir. Si te quedas atrás, estás muerto.» Al negar cualquier noción de eternidad, al definirse a sí misma como proceso de renovación permanente, la publicidad intenta hacer que el sujeto se volatilice, se transforme en fantasma obediente del devenir. Y se supone que esta participación epidérmica, superficial, en la vida del mundo, tiene que ocupar el lugar del deseo de ser.   La publicidad fracasa, las depresiones se multiplican, el desarraigo se acentúa; sin embargo, la publicidad sigue construyendo las infraestructuras de recepción de sus mensajes. Sigue perfeccionando medios de desplazamiento para seres que no tienen ningún sitio adonde ir porque no están cómodos en ninguna parte; sigue desarrollando medios de comunicación para seres que ya no tienen nada que decir; sigue facilitando las posibilidades de interacción entre seres que ya no tienen ganas de entablar relación con nadie
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