No construí un mundo, tomé uno prestado. Lo decoré con pasto embarrado de estiércol de vaca, sobre el que se extienden enormes cúmulos de nubes perezosas. Hay vacas en mi mundo, cientos de vacas, rumiando la existencia mientras esperan impacientes la liberación de un mesías con forma de cuchillo. Soy como esas vacas. Estoy tan aburrido como ellas. El pasto es ruidoso y descolorido. Huele a clorofila. Huele a sangre verde derramándose por tripas endurecidas y pastosas. Quiero escribir poemas que evoquen la pestilente mierda de las vacas y los caballos. Con sus moscas diminutas volando en círculos a su alrededor, y los montoncitos de hormigas grises que pululan en esos pastos que poco a poco se transforman en desiertos resecos.
Quiero hablar de las arrugas en el rostro de las mujeres que llevan pescados entre las casas diminutas de esos acorralados hijos de la guerra.
Nota; no hay que burlarse de la iglesia católica, así sea la única cosa divertida que se haya inventado el ateísmo.
Los hombres humildes se hastiaron de su vanidad natural, o se sintieron ridículos cuando encontraron en sí mismos vestigios de la arrogancia de otros. Ese pecado de otros, vanagloriarse de méritos que son tan tímidos como sus existencias infelices.
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