jueves, 15 de marzo de 2012

La gran dictadura.


“Pelea con todo” dice el adagio. Hemos estudiado a los primates inferiores y en ellos encontramos nuestra caricatura… La guerra sucia, territorial, natural en una especie condenada al conductismo del patriarcado, todo ese despectivo comportamiento, antes tan humano, convertido ahora en un padecimiento familiar…. Pensaba eso en la mañana; tan obligados estamos a formular explicaciones sobre nuestros misterios, en los que sin duda estamos hundidos, sin siquiera comprender… vivimos lo humano sin reflexionar lo humano, ¿qué sentido tiene toda la dinámica de la crueldad o la justicia? ¿Por qué los estados son tan corruptibles y deficientes? ¿Por qué la distancia radical entre lo teórico y lo práctico a la hora de administrar nuestras ambiciones? Quiero pensar en una humanidad diferente, pero me mentiría; construir apenas y es suficiente para mantenernos a flote. La quietud equivale a condenar lo insalvable. El despotismo invita a unirse a lo odiado, pero ¿qué nos queda? ¿Un equilibrio en donde lo bueno nunca debe someterse a lo malo, pese a que comprenda que jamás podrá vencer? La lucha del hombre social, del hombre altruista, ese hombre que sólo parece existir en las pancartas, en las paredes o en la purificada recreación del recuerdo, versus el hombre positivista que buscará su bienestar a través del movimiento, de la crueldad, del negocio, con su delicado lema “son sólo negocios, amigo, nada personal” mientras aplasta tu cráneo frente a la nada. Nuestros líderes, banqueros, capitalistas, educados, delicados, son monstruos de conciencia limpia, tan inocentes como los nobles de la era monárquica, sólo crueles gracias a las circunstancia plana y vacía del destino; dirán ellos… No contra los otros, los monstruos insurrectos. No como los otros, tan victimas como ellos, tan valientes y fríos, sobrediabolizados, satanizados hasta el hastío, nunca como ellos. El mundo sólo atacara la crueldad trasgresora, nunca la evidente… de ella y para ella somos como ciegos, pues nos hemos acostumbrado a la contemplación silenciosa.
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