lunes, 16 de julio de 2012

Al otro lado del atlántico.



Mi muy querido amigo.

No sé si la vieja simpatía que sentía por mí haya sido disuadida por nuestras actuales y abismales diferencias. Como bien le expliqué, de un tiempo para acá me alejé de todas esas viejas obsesiones espirituales que me aquejaban, y me dediqué a la búsqueda concreta de la belleza, que en mi opinión es la única religiosidad posible. En una adolescencia como la mía, en donde experimenté tantas religiones y tantos pensamientos contradictorios, en donde conocí tantos secretos lagunosos y tantas doctrinas que llegaban juntas al mismo grado de absorción y ataraxia, la negación de lo absoluto fue la única manera que tuve de seguir viviendo. Negarlo todo fue la manera sencilla de continuar mi vida dándole exactamente la misma importancia a cada doctrina que conocí y experimenté. Asumir una, por razonable que fuese, equivaldría a una desconsideración con todas las demás. Además, siendo la búsqueda de la novedad tan importante como lo fue la búsqueda de la plenitud, ¿cómo no rechazar y olvidar al cristianismo, si como occidentales es la doctrina que conocemos más profundamente?

Pero lo sé; no hablamos, al mencionar al evangelio en breve, de un cristianismo tradicional. Hablamos más bien de un cristianismo gnóstico, totalizante, humanista. Hablamos del cristianismo personal de León Tolstoi.
Ya es dieciséis. Mañana regresaré a ese pueblo del que usted y yo creímos despedirnos para siempre. Como bien sabrá, los cambios en aquella pequeña estructura pre-moderna de arquitectura insípida y costumbres católicas y conservadores son extraños. La gente allí nace y muere, pero no cambia; usted y yo a nuestra manera fuimos cambios que mal que bien algo han hablado de la realidad laboyana. Los “hombres sabios”—como alguna vez usted los llamó— que nos guiaron a través de nuestras múltiples preguntas siempre hablaron de la distancia como condición absoluta para comprender mejor aquello que observábamos. Esa distancia, que no es otra cosa que una buena dosis de soledad espiritual, me aqueja desde hace mucho pese a no haber abandonado Colombia.
La realidad que compartimos, tan flexible, tan lacónica, tan cruel y tan humana, es como un antiguo telar lleno de hilos sueltos casi equivalentes desde los cuales parece imposible sujetarse. En ese aspecto sigo siendo el mismo crio del que usted se despidió ocho años atrás, con una diferencia; si algo he entendido hasta ahora es que sólo yo puedo aliviar mis cargas y mis preguntas.

Después de todo, eso hizo Tolstoi; respondió a sí mismo lo que no había encontrado en ningún filósofo, científico o teólogo. Era urgente para él darle un sentido a su existencia y lo hizo en una doctrina acorde a su cultura y a su tiempo. Suponer que esta doctrina es válida hoy o que puedo adherirme a ella con facilidad, sería para mí un diminuto acto reaccionario.

Es posible que le exaspere la arrogancia de mi posición.

En nuestro pueblo éramos pequeños huérfanos sin rumbo, sin una identidad, sin una filosofía. La realidad en la que siempre nos creímos extraños, y en la que buscamos fallidamente alivio a nuestras desconcertantes ambiciones era tan parcial y diminuta como lo es físicamente Pitalito. Pero anhelábamos mucho más y en ese deseo no había arrogancia ni ingratitud, si no simple deseo de paz interior. Usted, mayor que yo y mucho más consecuente, ha logrado avanzar con mayor éxito y ahora es un ciudadano del mundo. En Londres, caminando por las frías calles del East End, o cruzando el Támesis sobre el London Bridge, es posible que no haya perdido el rumbo de sus incertidumbres. Reclamar un libro no escrito por usted como verdad absoluta tal vez sólo quiere decir que su tranquilidad requiere recordar constantemente lo que debe sentirse. Soy incapaz de ese grado de obediencia. Su incertidumbre a diferencia de la mía no lo ha inmovilizado, pero de algún modo, es mucho más amenazante. Yo aún sigo luchando con el idioma, mi mayor limitación y mi mayor incertidumbre. Por lo demás, sigo siendo igual de inconsecuente. Tengo menos dinero que antes y las fronteras colombianas aún me resultan inevadibles, pero a mi modo, estoy en paz conmigo mismo.

Para concluirle de manera sencilla, evidentemente le debo agradecimiento por preocuparse por mis incertidumbres, pero la vida para mi tiene un sentido, un sentido que se aleja de las religiones e incluso de las explicaciones científicas. Un sentido dionisiaco, de algún modo. Un sentido que me ha costado el alma, y todo éxito sencillo que pude tener en mi vida. He huido del sinsentido como se huye de la peste, lo que implica que a la larga me entregado a un sinsentido para los demás (ser un buen escritor es algo que cuesta bastante si hablamos de tiempo y esfuerzo, y la mayoría de mis contemporáneos ya han salido de su moratoria laboral y trabajan) entregado a mi propio absurdo no tengo nada que envidiarle a quienes construyeron el propio. Soy, al fin de cuentas, simplemente un hombre libre.
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viernes, 13 de julio de 2012

El miedo en “ el ruido de las cosas al caer”

trabajo final para la materia “análisis y redacción de textos”

portada-ruido-cosas-caer_grande Mi primera prevención con “el ruido de las cosas al caer” fue el temor de invertir mi tiempo en un mal libro. Quiero reconocer gustosamente que me equivoqué. Llevaba un tiempo considerable con una apatía sincera hacia las obras contemporáneas por su vaciedad, especialmente las colombianas. Gamboa, Mendoza y Franco me dejaron un mal sabor de boca, aunque Rosero y caballero me regresaron un poco la fe en la literatura posterior al realismo mágico. Creo que “sin remedio” de Antonio Caballero es el antecedente más notable antes de la novela de Vásquez, exceptuando por el poderoso valor del miedo, del que quiero hablar aquí, que Caballero no definió de una manera actual por carecer del momento histórico propicio. Aunque el dilema no es sólo generacional, la ciudad es diferente para Caballero y para Vásquez. Puede que huelan y se sientan arquitectónicamente de manera parecida, pero hay algo mucho más profundo en Vásquez, pues el miedo se convierte en el síntoma central de la ciudad. Otra ciudad literaria, la de Mendoza, goza de un temor pálido y macabro que carece de matices sinceros, pero no me siento a gusto con su desarrollo psicológico porque en él el miedo más parece una palabra sentenciosa que una sensación. ¡En realidad hay tanto para temer dentro de la ciudad! El temor de Vásquez  me encanta y no puedo definir con una palabra menos pomposa para el desarrollo de su personaje desde el atentado y la muerte de Laverde. Es un temor visceral y psicológico, inmóvil, claustrofóbico. Pero no suficiente con ello, Vásquez impregno la novela de sonido—a lo que viene la importancia del título y la importancia del sonido en varios apartados de la novela—como su lacónica representación auditiva de la muerte en el avión o el penetrante sonido de los disparos. En definitiva, su libro está impregnado de un sonido que sólo puede trasmitirse a través de la literatura.

Aunque leí hace ya bastante “sin remedio” de Caballero, tengo pocas impresiones sobre el miedo a la ciudad en ella. Miedo concreto a la “ciudad” al monstruo que habita en ella, la violencia, pues como la novela trascurre en los setenta  el temor se enfoca en la represión militar. Algo parecido ocurre con cobro de Sangre de Mendoza, novela de corte casi patético que tiende a parecerse a ciertas películas norteamericanas de los ochenta. En el caso del ruido de las cosas al caer existe la secuela tras la violencia, el trauma y casi que la mutilación tanto física como interior. El personaje principal, Antonio, tras el atentado empieza a mostrar los síntomas sutiles de la obsesión y la paranoia. Junto a él, y sin haber recibido un disparo, muchos  compartimos los síntomas de la ciudad. Tal vez hace parte de mi paranoia citadina el hecho de considerar que el mayor atributo de la ciudad actualmente es el miedo. En la época de Vásquez el miedo estaba centralizado en un grupo reducido de individuos o en un individuo (Pablo Escobar) así que aunque abstracto, parecía derrotable (y en sí la búsqueda de la paz se consolaba con aquella sensación; la posibilidad de triunfar fácilmente si se pasa por encima de un solo individuo que personifica el miedo, por fuerte que demostrase ser)  parecía ser sólo una noche nublada, pero hoy el miedo se ha esparcido por toda la ciudad, ocultándose tras cada puerta, tras cada vagabundo nocturno, tras cada desconocido en la calle, transformándonos de manera silenciosa e irreductible en una ciudad de paranoicos; Hay por tanto una diferencia notable entre el miedo contemporáneo y el miedo al narco-terrorismo, el miedo al atentado, el miedo al carro bomba, el miedo a los sicarios. Hoy el miedo ya no es exclusivo de quienes deciden “enfrentar” o castigar al narcotráfico, no; el miedo es propiedad de todos. En una  ciudad de abundantes  y pequeños crímenes sin sentido todos nos sentimos amenazados.

Ya que en nuestro país parecen abundar los crímenes sin sentido,  y además parece que con ellos abunda la apatía consecuente, las relaciones humanas parecen agotar el significado del temor. Laverde y Yammara fueron una simple simpatía distante con curiosas consecuencias para el protagonista. Laverde fue el inicio de un descubrimiento poderoso, pues ir más allá del miedo es adentrarse en sus causas,  en donde la verdad de repente se hizo más poderosa que la comodidad, que la tranquilidad, e incluso que el bienestar familiar.
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jueves, 12 de julio de 2012

Caldas y su “Oh larga y negra partida”

 





















 La Leyenda dice lo siguiente.

La noche del 28 de octubre de 1816 (una noche antes de su fusilamiento)  Francisco José de Caldas dibujó este símbolo en su celda 

                                      Ø

La interpretación popular dice que el símbolo significa " oh larga y negra partida" 

Personalmente me niego a creer que un hombre culto de la calidad de Caldas dedicara los últimos instantes de su vida a encriptar un pésimo verso de despedida. Caldas se ganó el apodo de “sabio” en una época en donde la cultura se entremezclaba con la superstición y las antiguas tradiciones europeas, y en donde la principal muestra de educación era el dominio de las culturas helenísticas y romanas. Así que es posible que aquel símbolo significase mucho más de lo que la gente acostumbra a pensar.  En este texto voy a lanzar posibles interpretaciones un poco más interesantes:

Seguramente supo que la "Ø" mejor conocida como “ur” o como “th” (cuya representación es "Θ") era un símbolo estrechamente vinculado con la muerte. Mientras que en Roma fuese usado para designar a los gladiadores caídos se dice que el “Th” es una invocación griega al Thanatos. Pero dejémoslo simplemente en “vacío” que es su equivalencia matemática. Si algo me impacto al escuchar la historia por primera vez fue esa idea lógica y pesada que para mí fue escribir y designar al vacío antes de morir. Sin embargo también está la alquimia y la masonería, doctrinas que no eran desconocidas para Caldas. "Ø"  es un símbolo que uno ve frecuentemente para subrayar o designar un principio masónico (y ni que decir que la masonería en aquella época era el símbolo de una esperanza tibia en una humanidad más racional y liberal) la masonería puede sacarnos rápidamente del pesimismo de esa interpretación matemática que nos lleva a la nulidad. Antes de morir, Caldas escribió en un muro un símbolo que le recodase sus principios. "Ø"  representa la apertura a lo superior y metafísico para la carne, una metafísica de las ideas. En la alquimia, por su parte, hay dos símbolos que se acercan al grafema de Caldas, uno es el símbolo de la sal “el cuerpo, lo sólido” y otro es el símbolo del nitrato de potasio; la tierra es la conjunción de ambos símbolos en una anulación “convertir una cosa en algo superior a ella misma”. Es posible que con aquel grafema, por tanto,  registrase la tierra que estaba a punto de abandonar o en la visión materialista " a la que sería entregado" prontamente.  

No quiero ser ni idealista ni romántico al respecto, no tengo conclusiones que hacer sobre el mensaje encriptado que Caldas dejo a sus copartidarios. Pues así como el mensaje se ha escapado del estudio histórico desde entonces muy probablemente se escapa también de mí lectura superficial. Sólo quiero subrayar; la conclusión particular y popular es bastante pintoresca y ridícula, pero la ausencia de preguntas al respecto deja un sinsabor bastante triste.



Aquí hay una entrada elegante para la especulación narrativa, ¿y si era un símbolo específico en un código entre la resistencia a Morillo? ¿ y si era un mensaje en clave? de una especulación semejante podría salir un "código da vinci" a la colombiana.


Subrayo que mi conclusión más apasionante es matemática “el vacío” frente a la muerte, lo que haría la muerte de Caldas un hecho aún más trágico de lo habitual (aunque hace un rato, conversado al respecto con mi amiga Isabel—quien me planteó el problema—me propuso una solución judicial. Si Ø es el símbolo de la nulidad, ¿porque no suponer que esa era su opinión frente a la sentencia que acontecía sobre su propia vida?) “En el Derecho la nulidad es la invalidez del acto jurídico”


Posdata; el primer CD que me compré de pequeño fue el “iowa” de slipknot. En él hay una ecuación que concluye con el símbolo del vacío, a lo que concluí, tiempo después; todo acto concluye en la nada. No entendía nada en la ecuación, pero tras ella había un presentimiento palpable, materializado en un lenguaje desconocido, que confirmaba mis pretenciosas suposiciones sobre el universo; por alguna razón tras escuchar aquel disco se me metió la idea en la cabeza de que todo acto humano es inútil porque concluye en el vacío.
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domingo, 1 de julio de 2012

La orfandad de dios y el mundo como enemigo.




Si le observamos sin prejuicios y sin miedo, el fin del mundo es uno de los inventos más maravillosos de la religión. Aún antes de entender las verdaderas consecuencias de lo que podría tildarse científicamente como “ fin del mundo” intuimos por una lógica simple que todo debía acabarse en algún instante. “De otro modo, seríamos dioses” firma una sentencia de San Agustín. La plenitud tras el fin es una simple extensión vacía para justificar esa fusión con el Todo Eterno que significa dios. Pero, ¿ y que sucederá con lo demás? ¿que sucede con aquello que no es congraciado con la gracia divina? ¿Como regresarle al mundo un orden supra-humano cuando lo humano haya desaparecido? Si dios es bueno carecer de él es malo. Por ello, lo que no es bueno debe perecer.

Siempre he supuesto, a modo de explicación personal, que dios es una extensión simbólica de la nada. Lo que significa conciliar sus atributos supremos; la nada es omnipresente y omnisapiente. Si la nada es sagrada, por lógica, toda la materia es blasfema...En esta notable contradicción  dios es el creador del mundo y sin embargo su mayor enemigo, lo que viene a que en el territorio de la materia dios este parcialmente derrotado. Lo esencial, lo ideal, perece aquí bajo la evidencia; si se admitiese lo contrario implicaría reconocer que dios es un invento material y no lo material una inversión de dios. Quienes padecen de éxtasis religioso se concilian con el universo entero al asumirse como anti-tesis de sí mismos porque así calman su angustia. Negándose, niegan su individualidad, su forzosa soledad, y su obligación de armarse de un algo de lo que carecen... Con la sustancia y la carencia, dios es una forma de amnesia de lo individual. ¿Entregarse a la totalidad requiere la anulación de lo individual? Creo que el ser vive en constante discusión con la nada, tratando de situarse o de encontrar armonía entre lo interno o lo externo. Esta discusión, al menos en la posmodernidad, es angustiosa; así que sólo hay dos salidas para ese dilema; fortalecer lo interno o desaparecer en lo exterior.

La ataraxia metafísica es la forma más humana de desaparecer. Si estamos, en esencia, unidos con el todo, nada puede perturbarnos, pues como dicen los filósofos mediocres, estamos unidos al universo, al colectivo, a la humanidad, a la naturaleza, a dios. Si dios es todo, también es la naturaleza, el universo, el polvo de estrellas del que estamos fabricados. Esa falsa armonía es terriblemente tranquila. Regresamos al útero. Nada puede agredirnos.
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