La orfandad de dios y el mundo como enemigo.

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Si le observamos sin prejuicios y sin miedo, el fin del mundo es uno de los inventos más maravillosos de la religión. Aún antes de entender las verdaderas consecuencias de lo que podría tildarse científicamente como “ fin del mundo” intuimos por una lógica simple que todo debía acabarse en algún instante. “De otro modo, seríamos dioses” firma una sentencia de San Agustín. La plenitud tras el fin es una simple extensión vacía para justificar esa fusión con el Todo Eterno que significa dios. Pero, ¿ y que sucederá con lo demás? ¿que sucede con aquello que no es congraciado con la gracia divina? ¿Como regresarle al mundo un orden supra-humano cuando lo humano haya desaparecido? Si dios es bueno carecer de él es malo. Por ello, lo que no es bueno debe perecer.

Siempre he supuesto, a modo de explicación personal, que dios es una extensión simbólica de la nada. Lo que significa conciliar sus atributos supremos; la nada es omnipresente y omnisapiente. Si la nada es sagrada, por lógica, toda la materia es blasfema...En esta notable contradicción  dios es el creador del mundo y sin embargo su mayor enemigo, lo que viene a que en el territorio de la materia dios este parcialmente derrotado. Lo esencial, lo ideal, perece aquí bajo la evidencia; si se admitiese lo contrario implicaría reconocer que dios es un invento material y no lo material una inversión de dios. Quienes padecen de éxtasis religioso se concilian con el universo entero al asumirse como anti-tesis de sí mismos porque así calman su angustia. Negándose, niegan su individualidad, su forzosa soledad, y su obligación de armarse de un algo de lo que carecen... Con la sustancia y la carencia, dios es una forma de amnesia de lo individual. ¿Entregarse a la totalidad requiere la anulación de lo individual? Creo que el ser vive en constante discusión con la nada, tratando de situarse o de encontrar armonía entre lo interno o lo externo. Esta discusión, al menos en la posmodernidad, es angustiosa; así que sólo hay dos salidas para ese dilema; fortalecer lo interno o desaparecer en lo exterior.

La ataraxia metafísica es la forma más humana de desaparecer. Si estamos, en esencia, unidos con el todo, nada puede perturbarnos, pues como dicen los filósofos mediocres, estamos unidos al universo, al colectivo, a la humanidad, a la naturaleza, a dios. Si dios es todo, también es la naturaleza, el universo, el polvo de estrellas del que estamos fabricados. Esa falsa armonía es terriblemente tranquila. Regresamos al útero. Nada puede agredirnos.
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