sábado, 25 de agosto de 2012

Del Commotus de Lucrecia Dalt al Valtari de Sigur Rós





Me resultó algo sarcástico que un disco tan lento y apacible llevase como título Commotus—movido, en latín. Hace algunos días mi amigo Deicidium hizo un par de bromas sobre la similitud entre estos dos trabajos, ¿Lucrecia influenciada por Sigúr Ros? Si algo ha demostrado nuestra querida compatriota es un excelente olfato para detectar los movimientos alternativos, al punto de hacerse una buena popularidad por medio de su capacidad de mímesis, adaptación y expresión. Su fortaleza, siempre lo he creído, gira en torno a su sensibilidad y su intuición (su destreza musical, sin embargo, es limitada comparada con la de otros artistas, pero tiene el buen don de manejar a la perfección lo poco que tiene, que es ella misma) por eso el post-rock es para para su sonido el agua más potable y la tierra más fértil. En el poderoso caso de Sigur Rós, cuya base musical es mucho más importante, he llegado a temer que la simplificación excesiva llegue a dañarles. Aunque me encante en el diseño web y en el software, el minimalismo me resulta peligroso en el arte porque coarta las posibilidades comunicativas, cosa que a la final parece importarte poco a los movimientos sobre - conceptualizados que abundan en las modas actuales.

Siempre me he resistido al arte precedido de un discurso que lo justifique, y no había encontrado la valentía necesaria para defender esa postura hasta leer “el mundo como supermercado y como burla” de Houebellecq, que por cierto, subí aquí hace poco. En ambos casos, el de Lucrecia y el de Sigur, hay antecedentes de arquitectura musical poderosos y bien logrados; el congost, que conseguí de la mano de la propia Lucrecia, es uno de mis discos favoritos, y sin duda alguna, lo mejor que escuchado en cuestión de post-rock latinoamericano. Commotus por su parte no ha perdido del todo su poder primario, pero parece más contenido, más anquilosado; Es menos íntimo, menos secreto, menos poderoso; ha perdido la dolorosa intimidad de su predecesor. En el caso de Sigur hay un antecedente glorioso, el takk, una mezcla entre la Mélancolie de los smashing pumpkins y algo de armonía radiohead…  de un buen paquete de sensaciones poderosas Sigur Rós pasó a describir la belleza de un solo instante. El valtarí parece un disco congelado en un amanecer, descrito sin palabras, y por lo tanto, víctima y artífice de una saturada sensación de vaciedad.





Desde los sesenta el arte puede cruzar las referencias estilísticas de una pesadilla. La chica de boina, contorsionándose mientras repite palabras de profundidad reseca, tocando un tambor  bajo el éxtasis de la poesía abstracta. El postulado “todo debe ser reinterpretado” exilia el sentido de lo comunicativo haciéndolo netamente referencial. Es cierto, vuelve al intérprete tan artista  como al emisor, pero a su vez vuelve inútil la obra. Ya no hay narrativa en la pintura contemporánea, y puede que terminemos perdiendo la narrativa oculta tras la música.

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martes, 14 de agosto de 2012

Los Vendedores y su desesperación






Tuve que escuchar a aquella  mujer hablando de la sagacidad  como el mayor don de sus empleados durante 4 horas seguidas. Apenas le vi tuve la sensación de encontrarme con una de esas profesoras de preescolar que en secreto maltrata a sus alumnos. Sus subordinados se quejaban de un abrupto  y unilateral cambio  en el sistema en sus responsabilidades; de visitadores  —hombres que vienen, cumplen por venir y luego se van— pasarían a cazadores, o mejor decir, vendedores. Ya no les pagarían por obedecer, si no por cazar cada día, y de manera desesperada, nuevas presas. Bueno, pensé; estos al menos tienen un sueldo base, no los bajarán de allí y eso les permitirá comer cuando los tiempos estén fríos. Algo de la jocosa modalidad del cambio que presenta la empresa como la mayor novedad y que los  me resultó chocante; evidentemente a la empresa le convienen los cazadores y no los recolectores, esto es en esencia el cambio de modelo de la socialdemocracia al libremercado, pero me ofende un poco su actitud de menosprecio por la pasiva nostalgia con la que los empleados antiguos recordaban la certeza de su antiguo salario. Recordé que quizá esa misma imagen se repetía en la mayor parte de las empresas de Bogotá, y que aunque no lo notemos, en una ciudad tan turbia estamos al acecho de esos hombres desesperados que sólo pueden vivir a costa de venderte cosas. El capitalismo es desenfrenado y audaz, pero esa velocidad es peligrosa e irreflexiva. Su naturalidad nos devuelve a la primitiva estancia del matar o morir, cosa que no enriquece para nada nuestros intentos fallidos de crear una sociedad funcional. Michel Houebellecq dice en su primera novela ampliación del campo de batalla “el capitalismo es el sistema más natural de todos los posibles y por eso mismo es el más aborrecible” Personalmente odio a los vendedores, esos depredadores de tres pesos que poco saben de moral y deben vivir en el colmo de la inestabilidad y la violencia para respirar tranquilos.  El vendedor encarna la desesperación del capitalismo moderno y padece además  todos sus vicios. O es ambicioso o carecerá de tranquilidad. En el lado contrario existe un animal inerte que será en el futuro remplazado por algún tipo de software; el oficinista. Como oficinista sé que ocupo esa leve brecha entre lo rústico y lo intelectual que aún no pueden llenar las máquinas. Mi labor es mecánica e irreflexiva. Carezco completamente de la ansiedad y la desesperación del vendedor. 

El impacto de esa inercia es tan fuerte que hoy me cuesta un esfuerzo considerable escribir. Apenas duermo y los sueños se han hecho esquivos. Por ello siempre he preferido los empleos  que impliquen fuerza o sólo tiempo. No me agotan mentalmente, no desmiembran mi capacidad para pensar. 

¿Que soy yo si no puedo pensar? Una pequeña partícula de polvo halada en la existencia por un sueldo miserable. Alguien que vive de lo que hace, pero no lo hace para vivir. Pues en definitiva, actuar para vivir no es lo mismo que vivir para actuar. 

Me pregunto si algún día el mundo académico se dejará permear por esa desesperación. Quizá un día le paguen al  profesor sólo por los buenos estudiantes, o al médico sólo por los pacientes que salve (cosa, por lo demás,  que no caería mal en un sistema como la ley 100, que promueve en realidad el dejar morir para no gastar) 

14 de agosto del 2012
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