La raya está atrapada en un estanque de cuatro metros por uno, y el estanque está en un restaurante del Restrepo, atrapado tras un cartel que dice “almuerzos a 3.500 pesos” me sedujo el precio y la buena pinta de la comida. La primera vez que fui el restaurante estaba a reventar. Junto a la puerta, un hombre moreno de barba de varios días volteaba y acomodaba la carne en un planchón de metal sobrecalentado, y tras él, los cadáveres de varios pollos daban vueltas y vueltas, de manera un poco torpe y asimétrica. Cuatro personas trabajaban en la cocina y unas cuatro más daban vueltas entre las mesas, llevando platos repletos de comida y trayéndolos desnudos, mientras los clientes, como es costumbre, hablaban y masticaban como animales. La raya intentaba huir golpeando el cristal del estanque, pero su esfuerzo era inútil; su cuerpo era demasiado blando para lastimar el cristal, y sin embargo, no parecía tener la intención (¿los animales pueden, acaso, tener intencionalidad?)  De dejar de intentarlo. En el estanque había una luz tenue y azul, y en el fondo, una decoración de piedras blancas que pretendía imitar el fondo marino. Había inclusive un coral de plástico y unas ramitas verdes de andrajosa vitalidad. Junto a la raya dos peces más, un poco extraños, parecían mucho más indiferentes y tranquilos. Paseaban por el estanque perezosamente, consientes de que su vida carecía en lo absoluto de esfuerzo, y que  por lo tanto debían dejarse ir de la menor manera. Morir y nacer son cuestiones asintomáticas para estos peces, pero no para la raya, que parecía desesperada y enferma de física soledad. Es tan única, tan solitaria, y tan impotente…

Y por ella recordé una historia que una vieja amiga me contó.

De hecho, definir esto como historia es inverosímil; apenas y es el fragmento de una sensación. Tengo una amiga soñadora, un poco ingenua, que está realmente desesperada por huir de aquí. ¿A donde quiere ir? A cualquier parte en realidad; tiene un apetito de mundo muy ingenuo y encantador, pero no tiene los medios para hacerlo, y por lo tanto, se siente claustrofóbica y desgraciada. Algo parecido me sucedía a mí en Pitalito, pero yo tuve al menos el consuelo de llegar a Bogotá. Ella, nacida aquí, no ha podido moverse del sitio que le vio nacer, ¿que hacer? Sé que ha tocado cada puerta que le prometía una salida fácil, y a fracasado siempre. Alguna vez, en medio de sus pensamientos pesimistas, almorzó en un restaurante a las afueras de la ciudad. Allí vio a un loro enorme y algo feo cautivo en una jaula diminuta, al grado que ni siquiera podía abrir sus alas, y debía mantenerse casi que inmóvil parado sobre un palito de escasos 40 centímetros de largo. Tenía, sin embargo, una vista majestuosa del exterior, de los árboles y del revoloteo de todas las otras aves libres, cosa que mi amiga concluyó, aumentaba su pena.  En algún punto mi amiga sintió una empatía tan grande por el loro que no pudo verle de nuevo, y evitó cualquier contacto visual hasta que pudo irse de allí, jurándose nunca volver.

Algo parecido sentí yo con la Raya Del Restrepo. No soporté verle, y me prometí no volver allí. Y no sé cómo justificar mi actitud, pues últimamente me he comportado más como los peces indiferentes que como ese repugnante y liso Sísifo de mar. 
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