La moda es ese amplio margen del mercado que se fundamenta en el confuso concepto de la exclusividad, es decir, pagar gustosamente un valor agregado por un producto con la esperanza de separarnos del comprador común. El fundamento de ese valor agregado es ser únicos a través de lo que consumimos. Es curioso que lo generalizado de esta conducta no resulte contradictoria para muchos más allá de lo axiomático. Ocasionalmente, este valor agregado suele tener implicaciones tangibles en el producto tales como la calidad o la utilidad, u otras veces ser más un respaldo psicológico detrás de una marca o un símbolo. Aunque misteriosa, la psicología del consumo es abrumadoramente simple; todo bien consumido es un símbolo de estatus en la diferenciación sexual—no sentimos ningún placer en comprar un objeto costoso si el otro no sabe o no comprende que lo es, y si no lo sabe se lo informamos; de otro modo la diferenciación deseada carece de objetivo—Pareciera ser que en una sociedad hipersexualizada y cargada de frustraciones eróticas necesitamos desesperadamente consumir y demostrarlo para sentirnos libidinalmente satisfechos y apetecibles. 

Nos adobamos con objetos deseados para ser también deseados y reconocidos, no sólo por una pareja sexual, sino también por un círculo económicamente equivalente a nosotros. Sin embargo en la moda no todo es negativo; al generar distintos perfiles de consumo, la moda diversifica la economía, genera empleo y genera una poderosa percepción de libertad. Esta es la justificación del concepto liberal contemporáneo de libertad, y justifica el hecho de que las modas florezcan y decaigan con una fluida vaciedad. El mercado exige que las mercancías se renueven. Ello implica que toda estética sea efímera, tenga vigencia, caiga luego en la decrepitud y luego se conciba socialmente el rechazo patológico por lo anacrónico.

 Esta libertad de decisión es el único fundamento de la libertad en una la sociedad gobernada por el liberalismo democrático. El paroxismo está en la posibilidad de elegir distintos nichos de mercado que, siendo cuidadosamente estudiados en salas de mercadeo, son perfiles de consumo dentro de los cuales el individuo tiene libertad para ser, comprar, desear y consumir. Sin embargo, esta definición nos lleva a ciertos cuestionamientos que parecieran ser metafísicos, pero que son estrictamente económicos. 

 La moda nos lleva a pensar que el ser necesita obligadamente de un objeto que lo identifique y que lo refleje. Sin este objeto el ser no es reconocido, por lo tanto. 

Consumo, luego existo. De no consumir, mi existencia es cuestionable, dudosa. 

Toda libertad se fundamenta en el poder de adquirir o generar mercancía, lo que conlleva obligatoriamente a aceptar que la libertad no es un bien común si no un objeto tangible, medible, cuantificable que adquirimos de manera indirecta al comprar.

 ¿Y si la educación y la cultura también son bienes de consumo? ¿Podemos asegurar que los fundamentos igualitarios de las democracias pueden sostenerse en este sentido? 

Por tanto, en un sistema político sin mercado, no hay libertad, tal y como la concibe el liberalismo. 

 Pero ¿Existe individualidad más allá del deseo y del objeto? ¿Podemos ser reconocidos como individuos más allá de lo que consumimos o no consumimos?

 El deseo es el núcleo existencial de occidente, en cualquiera de sus presentaciones ontológicas. Sin deseo ni nuestros aciertos ni nuestros defectos existirían, ¡qué lejos estamos de la anulación oriental del deseo, y que mal nos hace cuando la concebimos! Admiro y desconfío de los occidentales que procuran hacerse un lugar en la cosmovisión budista, y a veces considero impensable que un hombre cualquiera logre traicionar de tal modo la cosmovisión de su cultura materna. Somos, para bien o para mal, productores de toneladas de deseo. Deseamos tanto que en lo profundo, de no ser por la fluidez volátil de la moda, no consumiríamos nada. Esa vaciedad es lo que hace más evidente lo superfluo de nuestra desesperación. O como dijo alguna vez Proust, sobre la naturaleza del deseo “El deseo todo lo florece; la posesión todo lo marchita”

 Los desarraigados no saben que el deseo es el principal objeto del capitalismo, y que ellos son ricos en él. Al ignorarlo roban, se venden y se sacrifican con tal de disfrutar así sea efímeramente del objeto deseado. Por desgracia, su deseo es tan intenso que no se alivia al contacto con el objeto, y la sentencia de Proust queda en ascuas. Masas sedientas de posesión se abalanzan sobre el primer mundo. Los mercados emergentes desean tener un nivel de consumo desenfrenado equivalente al del Estados Unidos, pero no hay un mundo que tolere tal necesidad de recursos. La libertad discriminativa del liberalismo económico no tolera en realidad que todos los seres humanos posean la misma libertad de consumo y despilfarro que el primer mundo. 

Por ello es necesario y plausible un amplio margen de separación, de distancia entre consumidores y no consumidores. Esto fundamenta el estado de terror, el lento genocidio que se avecina sobre un mundo separado y hambriento.

 Este ciclo de consumo sin sentido que nunca para y que nunca se siente satisfecho no sería peligroso si nuestros recursos fuesen ilimitados. De hecho, ideológicamente fue concebido cuando los recursos parecían inagotables. El impulso del deseo es tan fuerte que probablemente termine llevando nuestra supervivencia a un verdadero riesgo, y allí quizás necesitemos realmente de un milagro misterioso, como el agujero de gusano de la película interestelar. Milagro poético, pero poco probable si somos realmente honestos.

Charles Baudelaire afirmó, para definir la modernidad  “todo lo que una moda contemporánea puede contener de poético dentro de la historia” y cuyos rasgos constitutivos son “lo efímero, lo fugitivo, lo contingente (…) un destilado de lo eterno a partir de lo transitorio"

La moda es una interpretación fetichista del tiempo, una estética de la fugacidad pura de una generación. Es innegable la vigencia de la interpretación de Baudelaire, pues no concebimos ni recordamos una generación sin antes imaginar sus atuendos. Mucho antes que deslumbrar sus autores predilectos, su filosofía o su arte, acudimos a lo más superficial, lo que mejor está guardado en nuestra memoria. 
0

Hace cuatro años escribí un febril ensayo titulado “el colapso de las instituciones liberales” influenciado por las acorraladas lecturas de sociología que tenía entonces sobre mi escritorio. Recuerdo con nostalgia aquellos folios de fotocopias cuyos autores hoy ya no reconocería y que nada importante dejaron en mi memoria. Todos retrataban el mismo marco argumentativo, y defendían sistemáticamente los principios de libertad y democracia, sin siquiera plantearse una reflexión seria al respecto sobre el contenido metafísico de esas dos palabras. Su entusiasmo era casi panfletario. Creo que sólo leí con devoción a Bauman y a Maturana, uno por su exactitud y el otro por su calidez, y allí me percaté de cierto malestar en todos esos conceptos, en cierta malformación argumentativa que pasa desapercibida cuando uno se refiere a los ideales institucionales que nos gobiernan.

 Por un lado está el papel, la lógica del papel, y por el otro está la práctica, las leyes inherentes e inconfesables que construyen la realidad. Ambos espacios de desarrollo son muy distintos y los padres de la democracia no lo sabían. Pertenecientes a una época de calidez romántica y humanista, nadie desconfiaba del ser humano, ni de las leyes, ni del estado, nadie conocía los límites de la razón y aunque abundaba la monstruosidad esta se consideraba una excepción, no una regla. Hasta el momento sólo he leído en Cioran una verdadera definición de la libertad—obviamente, no puedes definir la libertad sin destruirla, y eso fundamenta su poder como argumento romántico y su inutilidad retórica en la condición de libertad aparente de la democracia—Pero mucho antes de cualquier lectura en sociología 

Erich Fromm me dio algunos elementos para reflexionar de un modo objetivo la libertad, pero ¿qué opino yo de la libertad? Supongo que la libertad no es más que una condición, una herramienta, un acto estacionario. No se puede opinar sobre un cuchillo. El cuchillo es bueno o malo dependiendo del uso que se le dé. Así que el problema está atrás de la libertad, está implícitamente en el poder, o mejor dicho, en el “para qué” de la libertad. Es el poder, después de todo, donde se encuentran las limitaciones realmente importantes.

 Aquel ensayo tenía todos los tintes de una decepción. Hasta los diecinueve o veinte años fui un liberal y demócrata convencido. Era yo un liberal que nunca había pensado en la libertad, y la definía en mis escritos como una carencia. La libertad estaba en los libros. En las definiciones tradicionalmente liberales de expansión humana, de realización, de gestión de una individualidad. Mi más viejo concepto de libertad siempre se justificó en el derecho, en la elección y justificación de un deseo. Como nací en una familia católica tradicional y en un pueblo muy conservador, yo sólo deseaba libertad para tener el pelo largo y escuchar la música que me gustaba. Lo que deseaba era libertad de consumo. Fanático de problemas sin sustancia, ansiaba entregar mi libertad a una moda y a un discurso preestablecido para evitarme la molestia de resolver algunas preguntas que me torturaban. 

 Todas las modas juveniles son, sin lugar a dudas, paquetes ideológicos para tarados. 

 En aquel entonces yo era un tarado bastante entusiasta. Identidad, individualidad, deseo, todos son conceptos que parecieran justificarse, en la práctica, en el deseo insatisfecho, y en la posibilidad de consumir para ser individuo. En la escritura de “el colapso de las instituciones liberales” reflejo la muerte y la nostalgia de aquella ignorante inocencia, tratando de sostener esa ideología que fracasó en mi opinión porque nunca fue siquiera un rezago de lo que prometió ser. La teoría no contempla los vectores no lineales de la realidad. El liberalismo no contemplaba la corrupción, el exceso de poder en la propiedad y en la industria, y convertía a la larga al poder industrial y económico en una nueva forma de nobleza intocable. La libertad es un bien de consumo y a nadie le importa que la pobreza implique ausencia de libertad. La revolución francesa—que me entusiasmaba mucho de pequeño—había sido inútil y de nuevo estábamos divididos en castas, muertos de hambre, unos revolcándose en la opulencia y otros muriéndose en las alcantarillas. A eso llamaba yo el fracaso de las instituciones, el fracaso de los discursos que fundamentaban al liberalismo. Pero el Profesor Aguilar, sonriendo, me dijo. 

 —Todo lo contrario. Lo que describes es la cúspide del éxito liberal. En realidad los discursos ideológicos solo decoran contextos económicos, pujas por el poder, pujas por fundamentar y legitimar el poder. En su momento, muchos liberales ansiaban el apoyo popular. Los burgueses solos no bastaban para derrumbar la monarquía. Libertad, igualdad y fraternidad fueron los argumentos para que el ocaso de la monarquía francesa pareciera un principio universal, una necesidad de todos. Pero los fundamentos económicos del nuevo sistema, del nuevo orden mundial, estaban por debajo, lejos de los muertos de hambre. Es la economía la que realmente fundamenta la destrucción de un viejo sistema y la construcción de otro. Los ideólogos son los hechiceros de una conciencia económica, y los economistas modernos lo negarán hasta la muerte, pero créeme; ninguna revolución ocurre sin dinero de por medio. Y el dinero siempre implica exigencias, siempre anhela intereses. 

 El profesor Aguilar era en ese entonces director de la licenciatura en ciencias sociales de la distrital. Lo recuerdo como un hombre inteligente, curtido comunista fanático de Apple. Aceptó leer mi ensayo y comentarlo, y agradecí muchísimo su gesto, pues me ayudó a entender muchas de las cosas que ahora escribo.

 La legitimidad del leviatán de Hobbes, el estado acuerdo, el monstruo construido por el bien de todos se derrumba porque aquella mascarada ha ido perdiendo poco a poco su brillo. Son los seres humanos los que en teoría, fundamental la legitimidad de la democracia. En la práctica la economía nos gobierna a todos, y el mercado toma las decisiones más importantes. La democracia liberal margina el fracaso, y se defiende con esa clase media, estadísticamente cómoda pero poco densa, a la que se le cumplieron las promesas. La propaganda, la opinión y el poder están centralizados. El dinero está centralizado. El poder está centralizado. Los marginados, los no consumidores, están al margen de la ecuación, no son necesarios y fundamentan los temores del ciudadano promedio. Son la perfecta justificación para el miedo, y el miedo es la mejor manera de exigir obediencia. Lo que yo llamaba fracaso es en realidad, la mayor de las victorias. Sin embargo, esta mesa sigue tambaleándose; no existen poderes absolutos. Es verdad que aún falta mucho para un verdadero desgaste y pareciera que ninguna ideología existente que despierte intereses militantes engloba el interés de toda la humanidad.
0



 Zdzislaw Beksinski
Homenaje.



 No hay preguntas.
 Ni fantasmas.
 No hay moral.
 No existen recuerdos.
 No hay sentido.
sólo carne reseca
Sólo imágenes desde la periferia
Sólo gritos y cuchillos, y
Asteroides fecundando la tierra moribunda.
Fuiste testigo, de
Dioses muertos y catedrales en ruinas, de
Sacerdotes escondidos tras
el misterio y la gangrena.
“todo está condenado a desaparecer conmigo”
—Después de todo,
            Toda existencia es una ecuación
 Que inevitablemente
 Colapsará en ceros—
Toda vida es en sí misma
 Un holocausto.
Una aberración.
Tú lo sabías.
 Eras un profeta.
La verdad te había envilecido.
Las misterios envenenaron tu mente
 En fracciones de segundo.
 Y mientras morías, en tus pesadillas,
 Pasaste días enteros cosechando aquellos
Retratos de tu destierro.

"No me conozco, no estoy interesado en hacerlo"
Toda moralidad me repugna, y sin embargo
 Toda forma creada  por mí es una fábula.
Una fábula marchita en donde lo vivo
Serpentea y se desquebraja.
 En esencia, repugnante.
 Arrastrándose sobre el desierto y el hielo,
sobre el fuego y la niebla. 
Semejante a la arquitectura de una calavera.
 Asechando, inexpugnable,
Como un demonio insurrecto
    Contemplando la orfandad del mundo
 y el silencio del abismo...
Esperando el anhelado colapso
De la última molécula, y la
Última respiración
De lo insalvable.


Oscar M Corzo 
12 de septiembre del 2014
0


A los veintidós años de la muerte de mi padre, quisiera compartir este fragmento de " el primer hombre" novela póstuma de Albert Camus. 


"Jacques Cormery, la mirada puesta en la lenta navegación de las nubes en el cielo, trataba de percibir, detrás del olor de las flores mojadas, el aroma salado que en ese momento venía del mar lejano e inmóvil, cuando el tintineo de un cubo contra el mármol de una tumba lo sacó de sus ensoñaciones. Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él. Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin..."


0



El autobús suele ser mi mayor y única fuente de interacción con desconocidos en la ciudad.

A veces suceden cosas extrañas, cosas que tengo la necesidad de escribir o de recordar. Cosas que parecen fragmentos de historias más grandes, o para ser más precisos, son como piezas de rompecabezas que procuran ensamblarse en una historia mayor.  Mi forma de catalogarles siempre ha sido la misma; son impresiones estéticas.  Hoy, por ejemplo, tuve una impresión estética bastante fuerte.

Como es mi costumbre tomé el mismo autobús de siempre en la avenida x con calle y, a eso de las dos y media, justo después de salir de clase. Extrañamente encontré uno bús XXX vacío que en cuestiones de ruta y decencia cumplía moderadamente mis expectativas. Me hice en la primera silla justo a la derecha del conductor. La tarde era soleada pero fresca; el día había sido para mí lo bastante agitado como para que al sentarme sintiera una profunda tranquilidad.  Creo que me dormí durante unas veinte o treinta cuadras. Y como sucede cuando duermo en un bus, mi sueño fue profundo y vacío. Me desperté bastante satisfecho. Escuchaba música, y en ningún instante me quité los audífonos, así que no tuve ninguna sensación exterior respecto a los demás ocupantes del autobús. Sólo noté que ya tenía tantos pasajeros como le es habitual. Todas las sillas estaban ocupadas y unas veinte personas se agarraban de los tubos estando de pie.

Entre aquellos pasajeros había una persona junto a mí. Una chica bastante joven. La vi algo menos de un segundo y de reojo, luego, regresé a la ventana. Sonaba en mi celular una excelente canción de Lucrecia Dalt, y por tanto la ventaba protagonizaba para mí una especie de fluido y citadino soundtrack. Durante el resto del trayecto no le presté ninguna atención a lo que sucedía a mí alrededor. Ni a la chica, ni a los demás pasajeros, ni a la vía misma. Mi mente estaba en blanco. Sentía una pasiva tranquilidad. Estaba poderosamente  narcotizado por mi soundtrack imaginario.

Creo que en algún punto perdí la concentración por un trancón. Uno usual en la avenida j. Me retiré los audífonos y miré hacia los demás pasajeros. El bus ahora estaba medio vacío. Vi a una anciana de aspecto andrajoso sentada en las sillas azules. Más atrás, algunos jóvenes conversaban groseramente, y aún más al fondo vi a un par de hombres mayores y a dos niños que al parecer regresaban del colegio. Y a mi lado seguía la misma chica de siempre, que seguía dibujando. Traté de recordar la estación en donde ella había subido pero recordé que la vi por primera vez luego de despertar. Así que no tenía registros mentales del momento en el cual decidió sentarse junto a mí.

Ella tenía el pelo negro, ojos castaños, y unos rasgos afilados y pequeños. Era delgada y vestía con sencillez.  No llevaba maleta, pero si un bloc enormes y un puñado de lápices en el bolsillo frontal de su chaqueta.

Y bueno, sin más preámbulos me fije en lo que dibujaba. No lo había hecho hasta entonces. Tuve una impresión extraña, una sensación muy bogotana, muy usual; fue el impacto de la desconfianza inicial, fue como un escalofrío. La chica me había dibujado a mí, observando la ventana. En su imagen yo tenía la mirada vacía frente a una hilera de edificaciones distantes.

Y extrañamente el dibujo no me resultaba repelente. Había corregido hábilmente gran parte de mis defectos faciales.

¿Por qué lo hizo? Me pregunté. Lo más curioso fue que al notar que vi su dibujo la chica no  mostró la más mínima expresión de disgusto o necesidad de aprobación, y por el contrario continuó mejorando los detalles y los trazos, perfeccionando su obra pero sin mirarme, como si yo no estuviese ahí. Sin embargo,  y aunque no puedo del todo decir que me ignoraba, parecía no percatarse de mi curiosidad, de mi asombro. Al parecer no esperaba ninguna reacción de parte del objeto que había decidido dibujar. Era como si me creyera un árbol, o un frutero.

Entonces pensé; probablemente al terminar me pida dinero, pero no lo hizo.

¿Y tú, no has hecho exactamente lo mismo? Me dije a lo mismo, como si entendiera al fin el sentido de lo que ella hacía. Muchas veces, al llegar a casa, acostumbro a escribir decenas de historias sobre personas con las que me cruzo en trasmilenio. Todas las impresiones terminan en una libreta.  Me detengo en personas extrañas,  en pequeños escándalos callejeros, en situaciones cotidianas que apenas y pueden ser anécdotas de pasillo. Y así, pienso, al escribirles detalladamente,  ejercito mis dedos y estímulo mis músculos narrativos.

Como cuento con mi memoria indudablemente mi arte es mucho más sutil, pero no deja de ser tan descarnado como un dibujo frente a frente, un dibujo no autorizado, una fotografía robada.

Pero, ¿por qué ella ha decidido dibujarme a mí? Yo escribo sobre gente extraña,  gente ocasionalmente llamativa. Pero que me elija a mi es algo que no alcanzo a entender. ¿Seré tan extraño? Sentí la incomodidad de un observador morboso expuesto socialmente, me sentí como un espía traicionado por las sombras, expuesto abruptamente a la luz.

No soporté la sensación y me bajé del autobús un par de estaciones antes de llegar a casa.

Al bajarme noté que ella volteó la hoja de su bloc, y sin siquiera mirarme,  de inmediato empezó a dibujar a otro desconocido.

Oscar M Corzo
06 de agosto del 2014

0

 Al medio día creí reconocerte entre una multitud de pasajeros. Yo cruzaba una estación en el centro de la ciudad, en un sitio que seguramente jamás conociste. Fue algo  extraño y perturbador. Creí por un instante que podría seguirte  y saludarte, como si nos encontráramos casualmente en Pitalito una mañana cualquiera. Seguramente encontraría algo de qué hablarte y te contaría un montón de cosas sobre la familia y sobre tu hijo, y me mencionarías lo mucho que he envejecido con un jocoso tono de reproche. Por un instante, por un instante diminuto existías de nuevo. El cáncer y la muerte no te habían vencido. Sólo tuve que pronunciar—o pensar—la palabra “muerte” para que un montón de imágenes me devolvieran a la realidad. Fue así como entendí que habían quedado muchas palabras pendientes entre nosotros.

 Ese ha sido un incómodo remordimiento, uno que no he podido remediar. Nuestra relación fue difícil, lo sé, pero yo te quería, de alguna manera.

 Más que una tía fuiste una especie de hermana mayor. Y nuestras peleas fueron insulsas. Sé que también me tenías cariño. Tuviste que soportar ese pequeño petardo egoísta y  grotesco que fui de niño.  Te pido perdón por todas aquellas rabietas que provoqué golpeándome contra tu orgullo o contra el mundo.

 Nunca—que recuerde—tuve la intención de lastimar.

Lo que sucedió al medio día se ha repetido una o dos ocasiones aquí en Bogotá.  Creo encontrarte en lugares donde no estás, y creo  verte en rostros que nada tienen que ver contigo.  Y cada vez que sucede recuerdo que el Aqueronte es infranqueable, y que no podré verte de nuevo; nuestras batallas desaparecieron para siempre. Entonces siento que el pecho se me contrae, y que el transcurrir de los segundos me produce vértigo. Todas tus pasiones, tu inteligencia y tu carácter están escondidos en el pasado, latiendo en mi memoria, en la memoria de quienes vivimos contigo. Pero particularmente siento que tus pasiones me siguen, que tus dolores me acompañan, que todo tu amor y tu sufrimiento buscan catalizarse a través de mí. Cuando eso sucede siento escalofríos. Siento la necesidad de justificarte. De explicar tus sentimientos, de enmendar tus errores. Quiero sacarte del absurdo, darle un sentido al caos. Quisiera convertirte en literatura; sólo entonces los dos encontraremos tranquilidad, al menos dentro de mi cabeza. Sólo entonces huiremos de la desesperación y la nostalgia, de ese infierno que nos obliga a olvidar a quienes una vez quisimos para  de algún modo seguir sobreviviendo.

"Cáncer" mi próxima novela, será un pequeño homenaje a  tu memoria. 
0


La escritura de dios es una de los cuentos que más profundamente ha marcado mi vida. Lo leí por primera vez a los dieciocho años, y fue posterior a algunas lecturas de Carl Sagan que fortalecieron mi sensación de insignificancia individual. En aquel entonces trataba de armarme una personalidad; mi intención era recrear un individuo partiendo de un montón de retazos morales y lecturas disuasorias. No tenía antecedentes familiares, no tenía nada a mi alrededor que explicara mis preguntas. La religión y su moral no lograba convencerme. Podía, de algún modo, ser un fanático, pero aún y así sentirme vacío. Sólo tenía una convicción, una convicción imposible de argumentar; soy diferente. Por alguna razón soy diferente. 

Estaba descompuesto, era un individuo disfuncional, de algún modo. No comprendía mis deseos y odiaba que mi voluntad tomara siempre la contracorriente; ello me obligaba a estar siempre solo. No existían antecedentes ni un camino marcado para seguir y comprender que me diferenciaba de los demás, y tampoco imaginaba como podría remediarlo. Me paralizaba una profunda sensación de incomunicación, de soledad. Desde mucho antes me sentía infinitamente pequeño debido a lecturas persistentes sobre astrofísica. Pasé semanas así, sintiéndome insignificante tanto en el tiempo como en el espacio, ¿que era yo?  definirme como un individuo me asustaba. no lograba dilucidar siquiera el significado total de la expresión " yo soy..."  Quería renunciar a mi individualidad, quería entregarme a cualquier fuerza que se tomara el trabajo de darle un significado a mi existencia. De haberlo hecho debía además asumir las consecuencias de mis errores. Sufría o más bien creía sufrir. Constantemente tenía la sensación de que intuía algo. Era como si mi mente hubiese capturado una idea demasiado abstracta para poder expresarse, una idea que me obsesionaba. Creía entender algo que escapaba de mi lenguaje y que por tanto no podría comunicar. 

 Entendí que todos los hombres sufren por la desesperación, pero algunos logran evadirla más fácilmente que otros. Yo era uno de los incomunicados, yo era uno de los extraños. La religión y el amor son formas de evadir la desesperación. Yo no lograba sucumbir ante ningún consuelo. 

Constantemente imaginaba la sensación de morir. Soñaba con lo que sentiría, recreaba  aquellas sensaciones una y otra vez. Soñaba con un momento fuera del tiempo, con la paralización de todos mis sentidos. Imaginaba una oscuridad impenetrable en donde me sumergiría sin remedio. En aquella oscuridad no existía la esperanza. Era fría como la humedad de la tierra. Era cómo ahogarse en un tanque repleto de brea oscura y fría. Era como un sueño aún más profundo que el mismo sueño, un sueño sin retorno ni segundas oportunidades. Un sueño sin imágenes ni sonido. Sin tiempo, ni espacio.

 Y sin embargo yo  seguía existiendo, sin recuerdos, sin palabras. Era desesperante. 

Asumí entonces que la muerte no solucionaría la desesperación. Supongo que aquellos sueños fueron una especie de advertencia en contra de mis ideas suicidas. No encontraría paz en la muerte. Le temía a la oscuridad. Le temía a su violencia, a  la suspensión de todas mis sensaciones. Le temía al tiempo.

Llevo muchos años queriendo reproducir una perturbación semejante. Alguna vez sentí que el universo se abalanzaba sobre mi, que me destruía reclamando la propiedad de todos mis átomos. Tenía pesadillas constantes en donde era despedazado en trozos diminutos por un carnicero enmascarado. Lo peor era que ni un segundo perdía la conciencia de mi mismo, pero tras ser reducido lentamente a una parte más y más pequeña mi cuerpo terminaba desintegrándose y dejando a mi conciencia desnuda.  Que mi cuerpo fuese destruido parte por parte me causaba una sensación comparable con la desnudez. Aquel sueño tenía una escalofriante enseñanza. No eres tus órganos, ni tu carne, ni tus átomos. 

sólo era una conciencia sin forma, ultrajada y violentada. 

En aquel entonces me sentía el ser humano más insignificante sobre la tierra. 

El sentido del odio es uno solo; producir en el contrario un dolor semejante al que anteriormente nos causó, es decir, reponer un desequilibrio. Se supone que a través de la venganza el individuo inicialmente lastimado encontrará tranquilidad. 

Como la antigua ley del Talión “ojo por ojo, diente por diente” Su lógica implica que el crimen merece una respuesta semejante y proporcional.

Esta proporcionalidad esconde una visión del yo y del mundo. Una visión total de la individualidad. una visión limitada, egocéntrica. 

Entonces Borges llegó a mi vida con estas palabras:

Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Nunca he sido algo tangible. Nunca he tenido un nombre. Sólo he sido llamado por sentido práctico.  En el cuento el mago renuncia a su cuerpo, renuncia a su destino, renuncia a su desgracia y a su tragedia por una conciencia universal sobre si mismo. Renuncia a la venganza. Ha alcanzado la ataraxia, la imperturbabilidad. 

Comparado con el cosmos el hombre es sencillamente insignificante. Entendí que aquella verdad podría consolar la desesperación.

Estas conclusiones sin embargo, Desvirtúan la justicia, y desvirtúan la moral. 

0


No deseaba respirar
ni tampoco deseaba sobrevivir
había hielo en sus pupilas
hielo seco y sucio;
lodo de viejos desamparos.
No deseaba respirar ni tampoco seguir viviendo
la sangre no fluía como antes
las heridas eran marcas estériles sobre su costado.
El corazón se hace sólido con el paso de los años....
los vagabundos son como
viajeros que no tienen destino
Son desterrados sin nada que buscar
si nada a que aferrarse
él ni siquiera tenía recuerdos
él creyó que podría dormir en cualquier parte
en cualquier caño
dormir y desvanecerse
no por decepción
ni por tristeza
ni siquiera por pobreza
si no por simple desgano
en su opinión.
su existencia no valía el oxigeno que consumía
¿ que es una existencia sin esperanza?
Ni siquiera merece lástima
ni siquiera merece consuelo
no hay consuelo para aquel
que no cree en la sombra de sus zapatos
No hay consuelo para aquel que no desea placer.
Su existencia es un insulto a la coherencia.
Los hombres más miserables eran seres dichosos
a su lado.
No soportaba la sonrisa de los miserables
no soportaba que los huérfanos llenaran
 la tierra de retoños y sonrisas
el universo debería contaminarse
debería compartir su desesperada
 Era necesario, pensó, un Apocalipsis. 
Pero él siquiera lograba pensar en el suicidio sin temblar
sin sentir los escalofríos del último calabozo
sin pensar en la gruta húmeda en la tierra
que lo acogería como a un hijo pródigo.
Lo asustaba demasiado el último silencio.
Sin placer se es un cobarde excepcional.
Él ignoraba todas las señales.
No existe futuro para aquel que existe por simple terquedad
y mata sin parpadear, sólo para seguir sobreviviendo.

Pobre hombre sin lágrimas para dar
sin luz para respirar
sin pudor para entregarse
sin paciencia
sin deseo
sin ruido en sus recuerdos
sin amor
sin señales en sus párpados
rostro de marfil triturado
agua de riachuelos carcomidos
basura de la civilización que
por hastío renuncia a todos los consuelos


el cuchillo siempre es el último redentor
el redentor de la sombras
el amo de las ultimas plegarias
señor de la compasión
 Es el eterno amor incomprendido.



0

Aunque no siento ninguna pasión por tu obra, comprendí al estudiar tu vida que eras un hombre irreprochable. Dicen que transpirabas una tibia y profunda alegría de vivir. Otro de mis poetas favoritos dijo alguna vez que esa alegría sólo podía sentirse en la completa ignorancia, pero tú no ignorabas las cosas, y puede decirse que las sobrellevaste de la mejor manera. Era esa ingenua fe en los tuyos, tan típica de tu tiempo, lo que te hacía un hombre aparentemente satisfecho. Desde mi tiempo tus miedos, tus sueños y  tus prejuicios se han diluido.  Hoy envidio esa esperanza en un futuro diferente, esperanza que sobrevivió al fracaso de todos los planes utópicos de tu generación. Sin embargo, siento malestar al pasar junto a la sección de poesía y observar aquellos bodrios enormes de un testimonio repetitivo y cursi que para no ofender denominaré poesía de cóctel  En tu tiempo también existía, pero yo no me vi obligado a soportarla. Este curioso género es consumido en restaurantes elegantes, llenos de compradores aburridos que se pudren por dentro intentando conmoverse. Así que recuerdo tus lecturas y pienso ¿qué ha sucedido?  Algo le sucedió a la belleza, pero esa suposición no puede pronunciarse por alguien que apenas y lleva existiendo un cuarto de siglo. Vos ya no puedes hablar (lo cual es una pena) así que tampoco podrás responderme. Puede que seas lo suficientemente tonto para alegrarte de ser leído por un montón de lambones tibios y pienses que este mundo es mejor al tuyo por que te sobran lectores, pero créeme, te equivocas. Yo me cargo de paciencia y sigo escarbando en los secretos más espurios de la humanidad, secretos que abandonaste  y dejaste medio mordidos, secretos que pocos han comprendido, secretos que realmente pocos soportan. Ellos conjuran la vieja espiritualidad escondida en el arte. Ese arte que aunque nos hace amargos, nos empujan a embarrarnos en los aspectos más lamentables de la existencia hasta lograr uno que otro éxtasis estético... Ya que estás muerto es probable que nunca entiendas el significado de esa horrible orfandad de cosas bellas que padece mi tiempo. Puede que el mundo esté perturbado y sea un momento sumamente doloroso para la humanidad, puede que al menos tus miedos fueran proféticos e infalibles...y que como todo poeta estés satisfecho por atinarle a los males del futuro. Ciertamente la belleza del lenguaje cayó en desgracia y puede que  esa pérdida sea cosa de la sobreproducción o de la manipulación excesiva…Sin misterio y sin ternura todo lo humano se vuelve anfibio, repelente. O tal vez hay tanta basura en el agua que cada vez es más difícil observar el movimiento de los peces y para los peces mismos es más y más difícil respirar. Y vos eras un pez grande, sin duda alguna, un pez al que no le asustaban la soledad ni la mugre.  Eres el pez más grande en este riachuelo moribundo llamado Colombia. Hoy somos frívolos y superficiales, supongo que lo sabes ya, te confieso que aunque la queja sea justa para mí es fastidioso seguir repitiendo lo mismo; no soporto la poesía: No soporto los cócteles o reuniones light de recitales insolubles en donde ahora florece esa poesía técnica y carente de alma. Y no la soporto porque no puedo sentir la más mínima pizca  de sinceridad en ella. Y no exijo precisamente que la poesía sea un reflejo de la realidad (pensarlo siquiera es bastante imbécil) sólo quiero que adentro exista algo humano, algo tibio, algo que pueda recordar la fuerza de tu fuego interior.


Creías en la humanidad, y eso es algo que realmente envidio. Lastimosamente contamos con pocas esperanzas, y el tiempo sigue inexpugnable como siempre.
0

—Sucedió hace muchos años, tantos que ya casi no recuerdo los detalles. En aquel entonces Le Clezió no era tan conocido fuera de su país, y podía viajar por Colombia—aún puede hacerlo—con cierto amigable anonimato. Y es que, precisamente al conocerle más profundamente, uno entiende que decidiera abandonar Francia con una mueca de fastidio contra la “escena” literaria que le abrigó en su juventud. Le Clezió era otra cosa, algo muy diferente al europeo asmático y resentido; siempre ha sido un hombre demasiado fuerte como para demostrar debilidad y agotamiento, de eso no hay duda. Mostrarse débil sería  algo artificial en él. Por tanto asumió una postura vital contra natura en su país. Ha sido fiel a su fuerza desde entonces. El papel de pálido y enfermizo existencialista resultaba caricaturesco en él.

—De hecho no es muy popular, o no tanto como Houellebecq. Creo que el calificativo exacto sobre Le Clezió Houellebecq podría darlo en un ensayo de “el mundo es un supermercado” llamado “Jacques Prevert es un imbécil”  sin embargo, Houellebecq no odiaría a Le Clezió, y es posible que en otro contexto lo admirase, claro está, sin darle una pizca de razón, pues sus verdades le resultarían imposibles e incomunicables.  Las juzgaría como inocencias infantiles, como discursos desgastados  y cursis. Puede que a su modo, tenga razón. Houellebecq es una criatura de ciudad. Un monstruo urbano, una verdad retorcida de la civilización. Le Clezió es algo más arcano. Algo más burdo, más sencillo, más humano y a su vez animalesco.

—Pero Le Clezió no es un imbécil.

—Ese es el gran lio. Hay que aceptar moderadamente que Houellebecq tiene razón. Cualquiera encerrado en su sueldo, encerrado en su auto, encerrado en su apartamento sentiría que Houellebecq tiene razón. La existencia es insufrible. La vida es un asco. Houellebecq tiene razón. Supongamos que le Clezió lo supo también, supo presentir ese espíritu pestilente que se arrojaría sobre él,  pese a que nunca fue precisamente un parisino hastiado, y que quizá no conozca siquiera a Houellebecq. Creo que los dos son los polos opuestos del pensamiento literario francés. Le Clezió, atado a la nostalgia de su infancia provincial, atado a su fuerza decidió viajar por el mundo buscando otros horizontes estéticos. Y encontró belleza en la miseria, en la selva, en la mugre y en la sangre. Explotó la belleza de la humanidad, la encontró lejos de la ciudad. Su literatura huele a todas esas cosas.  Dentro de su obra, en cada lugar, en cada misterio, en cada agujero  hay una belleza ensordecedora. Una belleza imposible para Houellebecq, una belleza de hecho imposible de aceptar en un mundo condenado a la decadencia y al arrepentimiento.

—según sé, le Clezió es un poco ingenuo, pero quizá esa no sea la palabra precisa. Precisamente estuvo por aquí buscando a un chamán. Y lo encontró. Bebió Yagé. Dicen que vio a los espíritus de la selva

— ¿y escribió al respecto?

—si. Pero de manera ambigua, mitad entusiasta mitad antropológica.  O mejor; mitad falacia y mitad poesía. Cosa de misterios, de espíritus y fantasmas bastantes conocidos de la humanidad. Dudo que sea un observador imparcial. Dudo que no se involucre emocionalmente en todas las mentiras que ha conocido en el mundo entero. Es más, creo que es víctima de la línea que intercepta toda falacia espiritual en la humanidad, así que seguramente esa sea su religión. Una interceptación, una mezcla muy personal de poesía y experiencias de viajero.  Él cree fervorosamente que la cura a las enfermedades de Houellebecq está en las hierbas, en la selva y en la primitiva nostalgia de las tribus y los hechiceros, pero buscó esa cura para sí mismo. Quizá sea el hombre más parecido a Dostoievski en nuestro tiempo, pero ya incapaz de ser un místico cristiano, ha decidido crearse una espiritualidad de paria. Además carece de angustia. Su propia esencia quizá sea un collage. En mi opinión él es una criatura incomprensible.

— ¿a quién nos parecemos?

— Puede que a los dos. De algún modo, pero el destino nos inclinó más hacia Houellebecq, salvo por el hecho de que nunca hemos podido ser del todo miserables gracias a la pobreza.


—sí, lo recuerdo. Le Clezió, un  francés cansado de lo superficial, a veces confunde la pobreza con la inocencia. 
0