sábado, 14 de junio de 2014

Sobre la escritura de Dios, de Borges.



La escritura de dios es una de los cuentos que más profundamente ha marcado mi vida. Lo leí por primera vez a los dieciocho años, y fue posterior a algunas lecturas de Carl Sagan que fortalecieron mi sensación de insignificancia individual. En aquel entonces trataba de armarme una personalidad; mi intención era recrear un individuo partiendo de un montón de retazos morales y lecturas disuasorias. No tenía antecedentes familiares, no tenía nada a mi alrededor que explicara mis preguntas. La religión y su moral no lograba convencerme. Podía, de algún modo, ser un fanático, pero aún y así sentirme vacío. Sólo tenía una convicción, una convicción imposible de argumentar; soy diferente. Por alguna razón soy diferente. 

Estaba descompuesto, era un individuo disfuncional, de algún modo. No comprendía mis deseos y odiaba que mi voluntad tomara siempre la contracorriente; ello me obligaba a estar siempre solo. No existían antecedentes ni un camino marcado para seguir y comprender que me diferenciaba de los demás, y tampoco imaginaba como podría remediarlo. Me paralizaba una profunda sensación de incomunicación, de soledad. Desde mucho antes me sentía infinitamente pequeño debido a lecturas persistentes sobre astrofísica. Pasé semanas así, sintiéndome insignificante tanto en el tiempo como en el espacio, ¿que era yo?  definirme como un individuo me asustaba. no lograba dilucidar siquiera el significado total de la expresión " yo soy..."  Quería renunciar a mi individualidad, quería entregarme a cualquier fuerza que se tomara el trabajo de darle un significado a mi existencia. De haberlo hecho debía además asumir las consecuencias de mis errores. Sufría o más bien creía sufrir. Constantemente tenía la sensación de que intuía algo. Era como si mi mente hubiese capturado una idea demasiado abstracta para poder expresarse, una idea que me obsesionaba. Creía entender algo que escapaba de mi lenguaje y que por tanto no podría comunicar. 

 Entendí que todos los hombres sufren por la desesperación, pero algunos logran evadirla más fácilmente que otros. Yo era uno de los incomunicados, yo era uno de los extraños. La religión y el amor son formas de evadir la desesperación. Yo no lograba sucumbir ante ningún consuelo. 

Constantemente imaginaba la sensación de morir. Soñaba con lo que sentiría, recreaba  aquellas sensaciones una y otra vez. Soñaba con un momento fuera del tiempo, con la paralización de todos mis sentidos. Imaginaba una oscuridad impenetrable en donde me sumergiría sin remedio. En aquella oscuridad no existía la esperanza. Era fría como la humedad de la tierra. Era cómo ahogarse en un tanque repleto de brea oscura y fría. Era como un sueño aún más profundo que el mismo sueño, un sueño sin retorno ni segundas oportunidades. Un sueño sin imágenes ni sonido. Sin tiempo, ni espacio.

 Y sin embargo yo  seguía existiendo, sin recuerdos, sin palabras. Era desesperante. 

Asumí entonces que la muerte no solucionaría la desesperación. Supongo que aquellos sueños fueron una especie de advertencia en contra de mis ideas suicidas. No encontraría paz en la muerte. Le temía a la oscuridad. Le temía a su violencia, a  la suspensión de todas mis sensaciones. Le temía al tiempo.

Llevo muchos años queriendo reproducir una perturbación semejante. Alguna vez sentí que el universo se abalanzaba sobre mi, que me destruía reclamando la propiedad de todos mis átomos. Tenía pesadillas constantes en donde era despedazado en trozos diminutos por un carnicero enmascarado. Lo peor era que ni un segundo perdía la conciencia de mi mismo, pero tras ser reducido lentamente a una parte más y más pequeña mi cuerpo terminaba desintegrándose y dejando a mi conciencia desnuda.  Que mi cuerpo fuese destruido parte por parte me causaba una sensación comparable con la desnudez. Aquel sueño tenía una escalofriante enseñanza. No eres tus órganos, ni tu carne, ni tus átomos. 

sólo era una conciencia sin forma, ultrajada y violentada. 

En aquel entonces me sentía el ser humano más insignificante sobre la tierra. 

El sentido del odio es uno solo; producir en el contrario un dolor semejante al que anteriormente nos causó, es decir, reponer un desequilibrio. Se supone que a través de la venganza el individuo inicialmente lastimado encontrará tranquilidad. 

Como la antigua ley del Talión “ojo por ojo, diente por diente” Su lógica implica que el crimen merece una respuesta semejante y proporcional.

Esta proporcionalidad esconde una visión del yo y del mundo. Una visión total de la individualidad. una visión limitada, egocéntrica. 

Entonces Borges llegó a mi vida con estas palabras:

Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.

Nunca he sido algo tangible. Nunca he tenido un nombre. Sólo he sido llamado por sentido práctico.  En el cuento el mago renuncia a su cuerpo, renuncia a su destino, renuncia a su desgracia y a su tragedia por una conciencia universal sobre si mismo. Renuncia a la venganza. Ha alcanzado la ataraxia, la imperturbabilidad. 

Comparado con el cosmos el hombre es sencillamente insignificante. Entendí que aquella verdad podría consolar la desesperación.

Estas conclusiones sin embargo, Desvirtúan la justicia, y desvirtúan la moral. 

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