Al medio día creí reconocerte entre una multitud de pasajeros. Yo cruzaba una estación en el centro de la ciudad, en un sitio que seguramente jamás conociste. Fue algo  extraño y perturbador. Creí por un instante que podría seguirte  y saludarte, como si nos encontráramos casualmente en Pitalito una mañana cualquiera. Seguramente encontraría algo de qué hablarte y te contaría un montón de cosas sobre la familia y sobre tu hijo, y me mencionarías lo mucho que he envejecido con un jocoso tono de reproche. Por un instante, por un instante diminuto existías de nuevo. El cáncer y la muerte no te habían vencido. Sólo tuve que pronunciar—o pensar—la palabra “muerte” para que un montón de imágenes me devolvieran a la realidad. Fue así como entendí que habían quedado muchas palabras pendientes entre nosotros.

 Ese ha sido un incómodo remordimiento, uno que no he podido remediar. Nuestra relación fue difícil, lo sé, pero yo te quería, de alguna manera.

 Más que una tía fuiste una especie de hermana mayor. Y nuestras peleas fueron insulsas. Sé que también me tenías cariño. Tuviste que soportar ese pequeño petardo egoísta y  grotesco que fui de niño.  Te pido perdón por todas aquellas rabietas que provoqué golpeándome contra tu orgullo o contra el mundo.

 Nunca—que recuerde—tuve la intención de lastimar.

Lo que sucedió al medio día se ha repetido una o dos ocasiones aquí en Bogotá.  Creo encontrarte en lugares donde no estás, y creo  verte en rostros que nada tienen que ver contigo.  Y cada vez que sucede recuerdo que el Aqueronte es infranqueable, y que no podré verte de nuevo; nuestras batallas desaparecieron para siempre. Entonces siento que el pecho se me contrae, y que el transcurrir de los segundos me produce vértigo. Todas tus pasiones, tu inteligencia y tu carácter están escondidos en el pasado, latiendo en mi memoria, en la memoria de quienes vivimos contigo. Pero particularmente siento que tus pasiones me siguen, que tus dolores me acompañan, que todo tu amor y tu sufrimiento buscan catalizarse a través de mí. Cuando eso sucede siento escalofríos. Siento la necesidad de justificarte. De explicar tus sentimientos, de enmendar tus errores. Quiero sacarte del absurdo, darle un sentido al caos. Quisiera convertirte en literatura; sólo entonces los dos encontraremos tranquilidad, al menos dentro de mi cabeza. Sólo entonces huiremos de la desesperación y la nostalgia, de ese infierno que nos obliga a olvidar a quienes una vez quisimos para  de algún modo seguir sobreviviendo.

"Cáncer" mi próxima novela, será un pequeño homenaje a  tu memoria. 
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