A los veintidós años de la muerte de mi padre, quisiera compartir este fragmento de " el primer hombre" novela póstuma de Albert Camus. 


"Jacques Cormery, la mirada puesta en la lenta navegación de las nubes en el cielo, trataba de percibir, detrás del olor de las flores mojadas, el aroma salado que en ese momento venía del mar lejano e inmóvil, cuando el tintineo de un cubo contra el mármol de una tumba lo sacó de sus ensoñaciones. Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. El tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él. Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin..."


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El autobús suele ser mi mayor y única fuente de interacción con desconocidos en la ciudad.

A veces suceden cosas extrañas, cosas que tengo la necesidad de escribir o de recordar. Cosas que parecen fragmentos de historias más grandes, o para ser más precisos, son como piezas de rompecabezas que procuran ensamblarse en una historia mayor.  Mi forma de catalogarles siempre ha sido la misma; son impresiones estéticas.  Hoy, por ejemplo, tuve una impresión estética bastante fuerte.

Como es mi costumbre tomé el mismo autobús de siempre en la avenida x con calle y, a eso de las dos y media, justo después de salir de clase. Extrañamente encontré uno bús XXX vacío que en cuestiones de ruta y decencia cumplía moderadamente mis expectativas. Me hice en la primera silla justo a la derecha del conductor. La tarde era soleada pero fresca; el día había sido para mí lo bastante agitado como para que al sentarme sintiera una profunda tranquilidad.  Creo que me dormí durante unas veinte o treinta cuadras. Y como sucede cuando duermo en un bus, mi sueño fue profundo y vacío. Me desperté bastante satisfecho. Escuchaba música, y en ningún instante me quité los audífonos, así que no tuve ninguna sensación exterior respecto a los demás ocupantes del autobús. Sólo noté que ya tenía tantos pasajeros como le es habitual. Todas las sillas estaban ocupadas y unas veinte personas se agarraban de los tubos estando de pie.

Entre aquellos pasajeros había una persona junto a mí. Una chica bastante joven. La vi algo menos de un segundo y de reojo, luego, regresé a la ventana. Sonaba en mi celular una excelente canción de Lucrecia Dalt, y por tanto la ventaba protagonizaba para mí una especie de fluido y citadino soundtrack. Durante el resto del trayecto no le presté ninguna atención a lo que sucedía a mí alrededor. Ni a la chica, ni a los demás pasajeros, ni a la vía misma. Mi mente estaba en blanco. Sentía una pasiva tranquilidad. Estaba poderosamente  narcotizado por mi soundtrack imaginario.

Creo que en algún punto perdí la concentración por un trancón. Uno usual en la avenida j. Me retiré los audífonos y miré hacia los demás pasajeros. El bus ahora estaba medio vacío. Vi a una anciana de aspecto andrajoso sentada en las sillas azules. Más atrás, algunos jóvenes conversaban groseramente, y aún más al fondo vi a un par de hombres mayores y a dos niños que al parecer regresaban del colegio. Y a mi lado seguía la misma chica de siempre, que seguía dibujando. Traté de recordar la estación en donde ella había subido pero recordé que la vi por primera vez luego de despertar. Así que no tenía registros mentales del momento en el cual decidió sentarse junto a mí.

Ella tenía el pelo negro, ojos castaños, y unos rasgos afilados y pequeños. Era delgada y vestía con sencillez.  No llevaba maleta, pero si un bloc enormes y un puñado de lápices en el bolsillo frontal de su chaqueta.

Y bueno, sin más preámbulos me fije en lo que dibujaba. No lo había hecho hasta entonces. Tuve una impresión extraña, una sensación muy bogotana, muy usual; fue el impacto de la desconfianza inicial, fue como un escalofrío. La chica me había dibujado a mí, observando la ventana. En su imagen yo tenía la mirada vacía frente a una hilera de edificaciones distantes.

Y extrañamente el dibujo no me resultaba repelente. Había corregido hábilmente gran parte de mis defectos faciales.

¿Por qué lo hizo? Me pregunté. Lo más curioso fue que al notar que vi su dibujo la chica no  mostró la más mínima expresión de disgusto o necesidad de aprobación, y por el contrario continuó mejorando los detalles y los trazos, perfeccionando su obra pero sin mirarme, como si yo no estuviese ahí. Sin embargo,  y aunque no puedo del todo decir que me ignoraba, parecía no percatarse de mi curiosidad, de mi asombro. Al parecer no esperaba ninguna reacción de parte del objeto que había decidido dibujar. Era como si me creyera un árbol, o un frutero.

Entonces pensé; probablemente al terminar me pida dinero, pero no lo hizo.

¿Y tú, no has hecho exactamente lo mismo? Me dije a lo mismo, como si entendiera al fin el sentido de lo que ella hacía. Muchas veces, al llegar a casa, acostumbro a escribir decenas de historias sobre personas con las que me cruzo en trasmilenio. Todas las impresiones terminan en una libreta.  Me detengo en personas extrañas,  en pequeños escándalos callejeros, en situaciones cotidianas que apenas y pueden ser anécdotas de pasillo. Y así, pienso, al escribirles detalladamente,  ejercito mis dedos y estímulo mis músculos narrativos.

Como cuento con mi memoria indudablemente mi arte es mucho más sutil, pero no deja de ser tan descarnado como un dibujo frente a frente, un dibujo no autorizado, una fotografía robada.

Pero, ¿por qué ella ha decidido dibujarme a mí? Yo escribo sobre gente extraña,  gente ocasionalmente llamativa. Pero que me elija a mi es algo que no alcanzo a entender. ¿Seré tan extraño? Sentí la incomodidad de un observador morboso expuesto socialmente, me sentí como un espía traicionado por las sombras, expuesto abruptamente a la luz.

No soporté la sensación y me bajé del autobús un par de estaciones antes de llegar a casa.

Al bajarme noté que ella volteó la hoja de su bloc, y sin siquiera mirarme,  de inmediato empezó a dibujar a otro desconocido.

Oscar M Corzo
06 de agosto del 2014

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