conclusión tras El colapso de las instituciones liberales

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Hace cuatro años escribí un febril ensayo titulado “el colapso de las instituciones liberales” influenciado por las acorraladas lecturas de sociología que tenía entonces sobre mi escritorio. Recuerdo con nostalgia aquellos folios de fotocopias cuyos autores hoy ya no reconocería y que nada importante dejaron en mi memoria. Todos retrataban el mismo marco argumentativo, y defendían sistemáticamente los principios de libertad y democracia, sin siquiera plantearse una reflexión seria al respecto sobre el contenido metafísico de esas dos palabras. Su entusiasmo era casi panfletario. Creo que sólo leí con devoción a Bauman y a Maturana, uno por su exactitud y el otro por su calidez, y allí me percaté de cierto malestar en todos esos conceptos, en cierta malformación argumentativa que pasa desapercibida cuando uno se refiere a los ideales institucionales que nos gobiernan.

 Por un lado está el papel, la lógica del papel, y por el otro está la práctica, las leyes inherentes e inconfesables que construyen la realidad. Ambos espacios de desarrollo son muy distintos y los padres de la democracia no lo sabían. Pertenecientes a una época de calidez romántica y humanista, nadie desconfiaba del ser humano, ni de las leyes, ni del estado, nadie conocía los límites de la razón y aunque abundaba la monstruosidad esta se consideraba una excepción, no una regla. Hasta el momento sólo he leído en Cioran una verdadera definición de la libertad—obviamente, no puedes definir la libertad sin destruirla, y eso fundamenta su poder como argumento romántico y su inutilidad retórica en la condición de libertad aparente de la democracia—Pero mucho antes de cualquier lectura en sociología 

Erich Fromm me dio algunos elementos para reflexionar de un modo objetivo la libertad, pero ¿qué opino yo de la libertad? Supongo que la libertad no es más que una condición, una herramienta, un acto estacionario. No se puede opinar sobre un cuchillo. El cuchillo es bueno o malo dependiendo del uso que se le dé. Así que el problema está atrás de la libertad, está implícitamente en el poder, o mejor dicho, en el “para qué” de la libertad. Es el poder, después de todo, donde se encuentran las limitaciones realmente importantes.

 Aquel ensayo tenía todos los tintes de una decepción. Hasta los diecinueve o veinte años fui un liberal y demócrata convencido. Era yo un liberal que nunca había pensado en la libertad, y la definía en mis escritos como una carencia. La libertad estaba en los libros. En las definiciones tradicionalmente liberales de expansión humana, de realización, de gestión de una individualidad. Mi más viejo concepto de libertad siempre se justificó en el derecho, en la elección y justificación de un deseo. Como nací en una familia católica tradicional y en un pueblo muy conservador, yo sólo deseaba libertad para tener el pelo largo y escuchar la música que me gustaba. Lo que deseaba era libertad de consumo. Fanático de problemas sin sustancia, ansiaba entregar mi libertad a una moda y a un discurso preestablecido para evitarme la molestia de resolver algunas preguntas que me torturaban. 

 Todas las modas juveniles son, sin lugar a dudas, paquetes ideológicos para tarados. 

 En aquel entonces yo era un tarado bastante entusiasta. Identidad, individualidad, deseo, todos son conceptos que parecieran justificarse, en la práctica, en el deseo insatisfecho, y en la posibilidad de consumir para ser individuo. En la escritura de “el colapso de las instituciones liberales” reflejo la muerte y la nostalgia de aquella ignorante inocencia, tratando de sostener esa ideología que fracasó en mi opinión porque nunca fue siquiera un rezago de lo que prometió ser. La teoría no contempla los vectores no lineales de la realidad. El liberalismo no contemplaba la corrupción, el exceso de poder en la propiedad y en la industria, y convertía a la larga al poder industrial y económico en una nueva forma de nobleza intocable. La libertad es un bien de consumo y a nadie le importa que la pobreza implique ausencia de libertad. La revolución francesa—que me entusiasmaba mucho de pequeño—había sido inútil y de nuevo estábamos divididos en castas, muertos de hambre, unos revolcándose en la opulencia y otros muriéndose en las alcantarillas. A eso llamaba yo el fracaso de las instituciones, el fracaso de los discursos que fundamentaban al liberalismo. Pero el Profesor Aguilar, sonriendo, me dijo. 

 —Todo lo contrario. Lo que describes es la cúspide del éxito liberal. En realidad los discursos ideológicos solo decoran contextos económicos, pujas por el poder, pujas por fundamentar y legitimar el poder. En su momento, muchos liberales ansiaban el apoyo popular. Los burgueses solos no bastaban para derrumbar la monarquía. Libertad, igualdad y fraternidad fueron los argumentos para que el ocaso de la monarquía francesa pareciera un principio universal, una necesidad de todos. Pero los fundamentos económicos del nuevo sistema, del nuevo orden mundial, estaban por debajo, lejos de los muertos de hambre. Es la economía la que realmente fundamenta la destrucción de un viejo sistema y la construcción de otro. Los ideólogos son los hechiceros de una conciencia económica, y los economistas modernos lo negarán hasta la muerte, pero créeme; ninguna revolución ocurre sin dinero de por medio. Y el dinero siempre implica exigencias, siempre anhela intereses. 

 El profesor Aguilar era en ese entonces director de la licenciatura en ciencias sociales de la distrital. Lo recuerdo como un hombre inteligente, curtido comunista fanático de Apple. Aceptó leer mi ensayo y comentarlo, y agradecí muchísimo su gesto, pues me ayudó a entender muchas de las cosas que ahora escribo.

 La legitimidad del leviatán de Hobbes, el estado acuerdo, el monstruo construido por el bien de todos se derrumba porque aquella mascarada ha ido perdiendo poco a poco su brillo. Son los seres humanos los que en teoría, fundamental la legitimidad de la democracia. En la práctica la economía nos gobierna a todos, y el mercado toma las decisiones más importantes. La democracia liberal margina el fracaso, y se defiende con esa clase media, estadísticamente cómoda pero poco densa, a la que se le cumplieron las promesas. La propaganda, la opinión y el poder están centralizados. El dinero está centralizado. El poder está centralizado. Los marginados, los no consumidores, están al margen de la ecuación, no son necesarios y fundamentan los temores del ciudadano promedio. Son la perfecta justificación para el miedo, y el miedo es la mejor manera de exigir obediencia. Lo que yo llamaba fracaso es en realidad, la mayor de las victorias. Sin embargo, esta mesa sigue tambaleándose; no existen poderes absolutos. Es verdad que aún falta mucho para un verdadero desgaste y pareciera que ninguna ideología existente que despierte intereses militantes engloba el interés de toda la humanidad.
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