Imperium, imperare… (Mandar) un imperio es un territorio que obedece a un centro de mando. En el centro se construye lo que interpretamos como civilización. Estar dentro del imperio es placentero. La cultura y la plenitud, los lujos y el oro; estar fuera implica someterse a la barbarie que construye la dinámica del imperio para sobrevivir. Afuera están los valores de la fuerza y la dominación, pero lo que ocasionalmente no racionalizamos es el papel del imperio dentro de la violencia que él mismo rechaza.  Existe una gran distancia entre lo que significa la vida dentro del imperio y fuera de él, y esto puede entenderse en la forma distintiva en la que se comporta un soldado dentro y fuera de las fronteras. Adentro, en la zona de sus iguales, el soldado es completamente civilizado; puede participar en el festín estético, del arte, la cultura y los modales refinados. Puede ser caritativo y religioso. Es propietario, un miembro de la sociedad; puede ser respetado y construirse una reputación. Fuera del imperio, en el campo de batalla, el soldado es  prácticamente igual o aún más sanguinario que el bárbaro,  y sólo puede enfrentarlo bajo la convicción de que combate en contra de algo  que no le pertenece y nada tiene que ver con él mismo. Por ello es obvio que el imperio centra la cultura y desplaza la violencia de sus ciudadanos hacia el mundo exterior. Es una arquitectura psicológica masiva. No corresponde que la violencia y la barbarie lleguen al centro de mando, pues ello implicaría la caída misma del imperio (por ello es tan interesante pensar en los resientes atentados de París) Las grandes ciudades, los lujos y la arquitectura, las salas de teatro y los conciertos deben estar alejados de la violencia. Cuando se relaciona el interior y el exterior como una unidad, como una realidad única, es casi inevitable el presentimiento de que los ciudadanos del imperio están atrapados en un sueño ¿Nos engaña acaso el imperio?  El presentimiento de un sueño nos lleva a la oposición, a resistir, pero esta oposición es aún más idílica que la existencia misma del imperio. La violencia es la frontera real  y el mundo, por fuerza, no puede unificarse. El imperio, por tanto, va hasta donde estén sus soldados aplacando a los otros, aquellos que justifican la existencia de sus muros, y la defensa militar de sus fronteras.


Pero, ¿No es esta acaso una interpretación inversa? ¿No aparecen primero los intrusos y luego las fronteras? ¿No creamos, precisamente, las fronteras y los muros para expulsarles?


Es casi una necesidad psicológica que los soldados destruyan al enemigo con placer y sin ninguna inhibición compasiva. Entre menos empatía desarrollen, entre menos humanistas sean, tanto mejor será su vida privada y su ejercicio militar. Nada peor para los militares que la idea de relacionar aquel ser exterior, aquel bárbaro (ser que balbucea nuestro idioma, que ni siquiera puede dirigirnos la palabra correctamente) con su propia humanidad, con los suyos, con lo que resguarda el imperio dentro de sus muros. La orden imperare implica expansión, someter y extinguir. La relación mental del soldado entre lo que hay dentro del imperio y lo que hay fuera; no es posible que el imperio sobreviva a la vehemente penetración de la compasión. Es imposible la existencia de un imperio humanista, civilizado en las dos direcciones.

Claro, esta idea sólo se sostiene si extirpamos quirúrgicamente la obsesión humana del poder en sí, la megalomanía.


Tampoco creo que existan imperios que en el transcurrir de los siglos puedan sobrevivir al golpeteo constante de la barbarie en sus puertas.


A veces la humanidad actúa como un líquido, insoluble en sí mismo.
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 la Tempestad. 
                                           a  H. P Lovecraft 

Nadie entendió la oscuridad
Hasta que él escupió en los ídolos de barro.
Luego alzó los brazos y gritó muy fuerte,
Como hablándole a los Astros.
Las estrellas no existían para él y
Él no existía para las estrellas:
La apatía gobernaba el cosmos.
Civilizaciones extintas,
Musgo fétido y tentáculos.
Él sabía que el cielo y el infierno perecerían tras
Sus palabras.
No había magia en la materia,
No hay realismo en lo diabólico.
Ninguna coherencia en la deidad.
Por eso
La indiferencia y la soledad
Construirían un nuevo caos reptante.
Algo digno de esta inmensidad imposible,
Algo que ridiculice este
minúsculo instante,
Naufragio silencioso en un océano de sombras.
 Porque
Somos un espejismo en el tiempo.
Alguien debía recordarlo.
Alguien debía crear una parábola
Para esa verdad insoportable.

Miles de otras razas
En el transcurrir de los eones
Se habían creído dueñas
Del suelo bajo sus pies:
¡Cuanta inocencia!

Aborreces a tus semejantes.
Ese desprecio alimentó tus pesadillas.
Entonces pronunciaste por primera vez,
Sus nombres secretos;
“Azathoth. Cthulhu. Niarlatothep”
El suelo tiembla bajo tus palabras
He creado  a los dioses,
Y con ellos,
Miles de abismos;
Ya nadie verá de nuevo el cosmos
Sin sentir escalofríos
Luego alzaste tus hijos al cielo
Y te pusiste de rodillas
Para adorarte a ti mismo.
“Soy el primer primordial”
Una sentencia visceral,
Una victoria inútil
En un universo sin sentido.
Todo morirá tras de ti,
No puedes evitarlo:
"La tempestad se avecina"
y aún estamos ciegos.


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Todo quedará registrado en la memoria absoluta de internet...

 (obviamente  esta sentencia me intranquiliza)

Y  mi intranquilidad va más allá del derecho al olvido que fue reglamentado en la Unión Europea, o siquiera del respeto por la privacidad del usuario, o la desaparición de esa minúscula cantidad de bytes que somos cada uno de nosotros en la red. Al morir, quisiera que también desapareciera mi información, este blog y desaparecieran también mis discos duros junto con toda mi metadata. El impacto en la sociedad del registro absoluto me empieza a generar un terror absoluto junto con una pesada sensación de bastedad empalagosa. Inicialmente siento que la sociedad se ahogará en la cantidad desmesurada de información inútil que está produciendo sin tener la capacidad de discernir. Pero por otro lado, tengo la sensación de encontrarme frente a un problema moral; ayer veía a un cantante de pop que le llevó una rosa a una niña, famosa en YouTube por hacer un berrinche frente a una cámara al enterarse que él estaba casado.

Un par de páginas atrás, estaban las fotografías de un actor que visitaba  niños enfermos de cáncer disfrazado como su personaje  de cine más popular. En otro lado, un cantante famoso se unía a un cantante callejero que interpretaba una de sus canciones y lo acompañaba frente a los “atónitos” transeúntes. Todos estos gestos fueron cuidadosamente registrados y presentados a los medios para su difusión, pero su mayor impacto fue en Internet. Numerosas personas comparten y comentan estas fotografías y vídeos, otorgándoles a los actores o celebridades lo que siempre han buscado desesperadamente; que hablen de ellos. Se convirtió en noticia mundial que determinada celebridad realizara un acto de amabilidad, o de empatía, en esa lucha publicitaria por demostrar que las celebridades son de carne y hueso como nosotros, y que tienen corazón, o que nos simpatizan por ser buenas personas.

 En lo personal, creo que no había naturalidad en aquellos gestos, y como puestas en escena, ni siquiera eran situaciones originales. El más claro fue el del cantante con la niña. Se notaba demasiado la intención de crear un espectáculo. La niña y su madre fueron llevadas a un programa de entrevistas donde le regalaron un traje lleno de fotos del cantante, y una chaqueta con un corazón y los nombres del cantante y de la niña encerrados en letras amarillas. De repente la niña se convirtió en un emblema de publicidad. La bondad  en cualquiera de sus formas se convirtió en una forma elevada de mercadeo. Y bueno; a veces no hay una distancia demasiado grande entre ser bueno y aparentar serlo.

Pero hay algo que no me gusta. Algo en el espectáculo diario que me resulta desalentador. 


El Internet se convierte con rapidez en un suplemento mecánico del dios omnipresente judeocristiano. Todo lo malo que hagas será registrado por una cámara. No puedes tener una discusión, realizar algo ridículo o asesinar a alguien en la calle. De la nada puedes convertirte en un ser repudiado por el mundo entero o en una celebridad ridícula; todo quedará registrado y serás víctima del criterio totalitario de la opinión web, cada día más importante, cada día más violento. Frente a su omnipresencia, es normal que queramos aparentar ser buenos frente a la lente de cualquier cámara o cualquier teléfono. No me preocupa, a la larga, que un actor o un cantante finjan que les importa una mocosa malcriada o un niño con cáncer. Me preocupa que no tengan alternativa, y que ya no tengan ningún derecho a la indiferencia, so pena de ser juzgados por la red. La omnipresencia de dios siempre hizo la bondad cristiana banal. La omnipresencia nos obliga a ser políticamente correctos, a presenciar el mundo con unas emociones públicas, hipócritas. El registro absoluto nos puede llevar, de alguna manera, a una segunda gran oscuridad. Creo que por fin estamos cerca de que exista un verdadero dios que todo lo ve. Y no estamos a salvo de su juicio, su memoria absoluta o su capacidad  ininterrumpida de observación.   

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Un viejo conocido me dijo ayer, en tono de reproche "es increíble que escribieras una sentida nota sobre un niño muerto en las costas de Turquía, pero que hasta ahora no hayas escrito nada sobre flor"

La verdad es que el asesinato de Flor me aturdió tanto (y no sólo a mí, si no también a mi familia) que no he podido sacar ninguna idea en limpio de esta tragedia. Muchas cosas me indignaban al respecto, y me entristecían profundamente. Flor era una mujer amable y cordial, una chica inofensiva, como dijo otro amigo cercano. Representaba ese ideal de periodista local feliz, que ama su trabajo y lo hace bien. Siempre que uno le veía en pitalito parecía una niña pequeña jugando a ser periodista. Murió en una emisora en la que yo mismo he sido escuchado, lugar para mí lleno de recuerdos amables y gratos con mis amigos de la embarrada. Asesinaron a un miembro de mi familia en un lugar significativo para mí, y eso me ha sido difícil de asimilar. Algunos dicen que la asesinaron por denunciar la muerte de un perro, o una banda de sicarios; a mí todo motivo me parece  insuficiente y absurdo. Como todas las tragedias personales y locales, es una tragedia muy nuestra, lo sé, pero que sus causas sean minúsculas o triviales raya en la insensatez, o más bien en la locura. Es absurdo el modo en el que el sicario acude silenciosamente a espaldas de Flor y le dispara en la cabeza, matándola con una insoportable sencillez. Ese fue un sólo disparo que nos calló a todos. Es absurdo que ese vídeo esté repetido en todos los medios nacionales y ese suceso se repita incontables veces, con la misma crueldad: que no pueda borrarse, que esté atrapado en la memoria absoluta y tenue de Internet. Siempre es absurdo sobrevivir a la muerte de la gente que se quiere. Y no lo digo por mí, pues pese a que la estimaba, no era tan inmediato a ella como mis hermanos o mi madre. Lo digo por sus seres queridos más cercanos. 

Es absurdo matar al mensajero y creer que eso detiene la verdad. Lastimosamente, en Colombia es una medida pragmática y eficiente: a puertas de las elecciones todos los periodistas locales tienen miedo. Como ya dije, no sólo callaron a Flor, nos callaron a todos. Nadie esculcará demasiado, nadie dirá nada temiendo encontrarse con la serpiente que encontró Flor, sin saberlo. 

Todas las posibilidades son absurdas. Todas las muertes son absurdas. Ciento cuarenta y cuatro periodistas han muerto en Colombia en los últimos años. Es una cifra Absurda. Alguien publicó en el facebook de Flor, hace algunos días "no se mata la verdad matando periodistas" ciertamente la verdad no se mata de este modo, pero si se aplaza: en Colombia padecemos una verdad aplazada ciento cuarenta y cuatro veces. Una verdad tan dura que no la queremos oír, que preferimos olvidar.


 Y ciento cuarenta y cuatro veces hemos hecho la misma súplica, casi siempre en vano. “ojalá se haga justicia” 
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Soy combustible como tú.
Ardemos en el mismo espectro.
En mi sangre hay sangre de otras galaxias.
¿Cuántas veces tuvo que morir la misma estrella?
Mi sangre también es sangre de otros seres,
Otros mundos,  otros cielos.
Que se aglutinan en el recuerdo secreto de mis átomos.
Fluidos en la tierra, explosión de cráneo y médula.
Calcio, hierro y zinc concebidos en una supernova.
Para mis partículas la vida no es más que un accidente.
Y mi alma es ese fuego que aún espera por consumirme.

Somos huérfanos.
Barro rebelde, hielo desnudo.
Contaminamos la oscuridad
Con luz temerosa,
Ciudades de costra reseca.
Somos cazadores solitarios,
Depredador y despojo.
Famélicos sin gracia
Combustión  violenta, lápida terráquea.
Sabemos que
Nacemos para arder, y que el fuego nos aguarda.
Para perecer y ser destierro.
Para amar y ser cenizas.
Labios húmedos en el papel perdido.
Pasos fósiles en el  tiempo y el asfalto.

Soy combustible como tú.
Un milagro
 Una desgracia a la espera de holocausto.
Una máquina de lágrimas y óxido.
Somos la vanidad del mundo
Admirándose a si mismo.
Ardo como los bosques y los automóviles.
Ardo como el petróleo y la lluvia
Sobre el océano.
Desaparezco lentamente
Como el hielo, como la savia.
En el fuego dionisíaco
     De millones de vidas consumadas.     


08/09/15
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Eduardo Salles, en su página el espíritu de los cínicos, publicó hace algunos meses un "mapa de la indignación" una poderosa broma que demarcaba los lugares del planeta donde una tragedia podía despertar la empatía o la indiferencia de la opinión pública. Como suele suceder en su trabajo, Salles hace un comentario incómodo y demoledor. Es evidente que al mundo no le importan todas las tragedias por igual, y que el primer mundo tiene un papel privilegiado en lo respectivo a la sensibilidad mediática. La última tragedia, sin embargo, ocurrió en una zona amarilla, calificada por Salles como de tristeza intermedia.

 En la frontera sur de Europa, el mar Mediterráneo, han sucedido constantemente naufragios de migrantes africanos que no parecen importarle a nadie. A La larga son tragedias que le pertenecen a África y no a Europa, un continente envenenado por la xenofobia y que históricamente se ha enriquecido con la sangre de su continente vecino. Los políticos conservadores quieren cerrar cada vez más las fronteras a las personas, a la par que piden a otros países que las abran para sus mercancías. Los muertos de aquel genocidio silencioso se amontonan en las orillas del Mediterráneo. Nadie llora por ellos.

 Por Turquía, desde las zonas destruidas por la confrontación contra el estado islámico, un sinnúmero de refugiados intentan alejarse lo más que pueden de la guerra. Al morir, uno de aquellos migrantes tuvo la gentileza de escupir a Europa en lo más hondo de sus prejuicios. Era un niño de tres años. Su nombre era Aylan Kurdi.

Miles de niños iguales a él han muerto en oriente medio en las guerras del petróleo, sin despertar la simpatía de nadie. Su muerte aumentó por diez años las desaforadas ganancias de los invasores.  Cientos de imágenes horrendas abundan en internet sobre el genocidio palestino, e Israel sigue siendo intocable, recordando aquella vez que ser víctimas los convirtió en monstruos. Una fotografía, sin embargo, logró el toque exacto para provocar una respuesta emocional en los decadentes humanistas del viejo continente. La fotografía produce, a su vez, un profundo malestar moral en muchas personas. ¿Es ético mostrar el cadáver de un niño? ¿Debería censurarse su publicación?

En la zona gris del mapa de Salles, áfrica, ocurrió hace algún tiempo uno de los últimos genocidios tolerados por la opinión pública. Un fotógrafo estuvo allí, buscando humanidad con su lente, contándole al mundo lo que sucedía. Su nombre es Sebastião Salgado.

Hablamos de un tiempo previo a las redes sociales. Un tiempo en el que la prensa tenía el monopolio absoluto de la información y donde nadie dijo nada porque a nadie le importaba ese país de nadie en aquel continente de nadie. En el genocidio de Ruanda el mapa de Salles se confirma con crueldad; de no ser por el petróleo, nadie mueve ejércitos para remediar o causar tragedias. Ruanda estaba sola con su locura. Las  bolsas participaban como cómplices en la distancia. Salvo aquellos que anhelaban el genocidio por motivos económicos, nadie se interesaba en Ruanda.

El propio Salgado nos cuenta, en el documental sobre su vida “la Sal de la tierra”

“Un grupo de 250.000 personas abandonó la ciudad de Goma y se adentró en el bosque del Congo. Los perdimos. Todos sabían que estaban perdidas unas 250.000 personas. No sabíamos dónde estaban. Seis meses después, empezaron a aparecer por Kisangani, en el centro del Congo. Estuvieron en el bosque durante seis meses. (…)
Había un tren y yo me monté. El tren, tras dejar los víveres, debía volver. Pasé tres días con esas personas que seguían llegando. Grupos y grupos de personas que venían. Pero, cuando piensas que se fueron unas 250.000 personas, y que regresaron 40.000... Faltaban 210.000 personas. Y paralelamente, la vida seguía. (…)
Llegó un momento, en que la guerrilla de Kisangani, que era protutsi, comenzó a echar a esta gente. A enviarlos de vuelta. Tenían que andar otros seis meses para volver a Ruanda. Empezaron a matar a algunos. Allí, encontré a gente que no podía más. Habían empezado a delirar, habían perdido la cabeza. Se habían vuelto locos. En realidad, de esta gente a la que expulsaron, no hemos vuelto a oír hablar. Estoy seguro de que todos fueron asesinados.
Este fue mi último viaje, esta triste aventura en Ruanda. Me fui de allí. No creía en nada. No creía en la salvación de la especie humana. No podíamos sobrevivir a tal cosa. No merecíamos vivir más. Nadie merecía vivir.
 ¿Cuántas veces tiré al suelo la cámara para llorar por lo que veía?”

En lo que a mi respecta, si el cadáver de Aylan Kurdi puede convertirse en un símbolo, que así sea. Un niño muerto a las puertas de la “civilización” más antigua bien podría despertar a Europa de su cruel narcisismo racial. O bien, podría sólo ser un fenómeno efímero, y será olvidado en un par de semanas por otra tragedia igual o peor a esta.

Y paralelamente, la vida seguía…



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por su lado, la Sal de la tierra es un grito ensordecedor. Salgado nos presenta una camino al tártaro que empieza con la tragedia humana coloquial, cotidiana de Latinoamérica rural. Incluso las primeras imágenes parecen provocar una sensación nostálgica de expulsión, de destierro—nostalgia acentuada por la condición de Salgado como exiliado—Estas imágenes son tratadas con cierto grado de ingenuidad moral y parecen, en sí mismas, una especie de manifiesto humanista. Ruanda por su lado es distorsión y enajenación, barbarie y absurdo. No hay humanismo ni esperanza posible en Ruanda, tampoco lo hay para la humanidad; no hay siquiera alguna categoría objetable para su densidad simbólica, para la eternalización realizada por el mismo Salgado. Podríamos insinuar que Ruanda es lo grotesco en su esplendor, a diferencia de la definición de Floegel, sin atisbo alguno de poesía. Es consecuente que Salgado abandonara la fotografía social con la esperanza de una reconciliación estética con el mundo. A su modo, Aylan Kurdi también nos recuerda que no hay esperanza en el mundo, y que no merecemos la existencia que llevamos.

Tras ver "la sal de la tierra" siento que el fotógrafo es un artista desafortunado. No hay ningún nivel de distancia entre la obra mundo y su interpretación, su mirada. La obra que se erige como mundo no es otra que el mundo mismo que lo rodea, que lo sostiene. El escritor, el músico, el poeta o el pintor pueden mantener una distancia con su obra, están a salvo de ella. El fotógrafo no tiene esa posibilidad. Es normal que el alma de Salgado se ahogara en la humanidad que buscaba tan desesperadamente. Es normal su intoxicación, es razonable que abandonara la esperanza y el oficio. También es razonable la salida que encontró a esta desesperanza.   

Salgado regresó al Edén para curar su alma. Hoy tiene una fundación con 600 hectáreas de selva restaurada, y pensar en el mundo antes del hombre le permitió seguir viviendo. Europa no tiene esa posibilidad. Pareciera estar condenada a ver sus propias orillas, cada vez más, llenándose de muertos. 


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Este es un cuento experimental que publicaré muy pronto en el libro "La Galería de los Grotesco", el año que viene. 








A — ¿Qué clase de título es ese? Suena muy tonto. ¿Sabes? Empiezo a preocuparme por tu falta de imaginación 




B —No lo sé; sólo quería ser creativo. Y el problema no es mi imaginación; sucede que con el tiempo te has hecho un niño muy exigente.

A— Es una historia tonta, ¡ba!, un pollito tostador, desde ya me aburre, pero te escucho; mira, estoy aburrido. Trata de no decepcionarme de nuevo.


B—Ok, préstame atención; había una vez, un tostador que quería ser pollito…

A (interrumpiendo) —ZzZzZzZzZzZ

B— ¿me dejarás continuar?

A—Desde ya sé que vas mal. “Érase una vez” no necesito ser un genio para notar tu completa falta de imaginación. ¿Sabes que? Empieza por el nudo…de pronto así me convences de escucharte.

B—Diablos, me fastidias, pero escucha; el pollito tostador, liberado de su prisión de hielo, voló hasta el tejado, y de ahí, en medio de una furiosa tempestad, pudo llegar hasta el balcón de la casa. Era una diminuta manchita gris en la inmensidad de lozas de barro y pedazos de tronco mohoso; su energía era crítica. La oscuridad devoraba aquella vieja casa. Ingresó por una ventana rota que daba al desván. Una vez bajó al pasillo principal, sintió una fuerte opresión, resultado de estrellarse con un lugar desconocido. Aunque aquella era la casa donde había nacido, ya todo era diferente, pues mucho tiempo había pasado, de eso se dio cuenta al percibir los calendarios de la cocina y la densa capa de polvo en el estudio. Habían robado algunos libros. El modelo de diseño que le dio vida había desaparecido. Buscó en cada una de las habitaciones, pero el doctor no estaba; se había ido, al parecer, hace mucho, y eso desorientó totalmente sus objetivos. ¿Quien más podría ayudarle? ¿A quien podría acudir? Se vio al espejo y no pudo más que sentir desprecio por si mimo. Nada se parecía a él. Él era una abominación. Se sentía terriblemente desorientado. Todo estaba destruido. La energía se agotó, y el pollito se instaló en medio de la sala, con su convertidor de materia encendido, y sus circuitos desconectados. Pensó; si el doctor llega, me verá aquí y me reparará, pero eso nunca pasó. Decidió dormir para extender la energía que alimentaba su conciencia todo el tiempo posible, pero su muerte estaba ya predicha. Sin embargo, mucho antes de que su energía se agotara completamente, un gato se acercó. Tenía muy malas intenciones. El convertidor de energía se activó justo en el momento en el cual el gato trató de devorarlo. El convertidor de materia reaccionó con la carne del gato y su forma metálica se unió a la estructura muscular del felino, fusionándolos en una monstruosa y anormal criatura tostipollitogatuna. Un gato mecánico, con ojos brillantes, que desde el tejado decía “pio, pio” devoraba carne, y vivía en lo alto de la casa abandonada, algunos lo vieron mordiendo las cuerdas de la energía eléctrica, y chirriando como si se comiera la energía.

Pronto la gente se reunió, alarmada por tan extraña criatura…


A— ¿y qué pasó después?

B— No sé, ¿sabes? Me voy a dormir. Hasta mañana; duérmete rápido.

A— ¡Por favor, cuéntame!

B— ¿No decías que era una mala historia? Mejor me iré a dormir. (Fingiendo
sueño) ZzZzZzZzZz

A— ¡cuéntameeeeeeeeeeeeee!
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Este es un siglo de miedo e incertidumbre. De repente, y a razón de un miramiento práctico un poco estéril, todas las teorías parecen incompletas y discutibles. Ya no parece posible a la vez tener una mirada apasionada respecto a una idea y a la vez asumir una postura crítica frente al mundo, pues toda postura que pretenda contundencia esta rebatida de antemano y es, ante cualquier juicio, sospechosa y subversiva. Sin percibirlo nos adentramos colectivamente a un estatus de realidad insostenible y a la vez incuestionable. Para parecer consecuentes es obligatorio perpetuar la sonrisa hipócrita de lo políticamente correcto y alejarnos del compromiso vital en lo ideológico por temor a ser confundidos con los doctrinarios—al parecer, ser doctrinario es hoy en día algo realmente despreciable— esta concepción, vista de manera superficial, parece saludable para el mercado de las ideas. Define una línea muy definida entre lo metodológico y lo no metodológico, arrancando de raíz todo síntoma de pasión humana en lo discursivo. El intelectual contemporáneo esta obligado a no ser un ente ideológico, a ser fríamente imparcial, objetivo, inhumano. Esta es, en mi opinión, un la falacia académica que nos volvió inmóviles y pasivos, pues si el movimiento es una infracción discutible y sospechosa, ¿cómo no desligar al sujeto pensante de cualquier compromiso que su realidad histórica y social pretenda gestar en él? Pues al pretender que toda doctrina es por principio, equivocada, cada postulado se cae incluso antes de brotar del cerebro. Y si el intelectual debe insistir, antes de nada, en ser políticamente correcto, debe rechazar tajantemente cualquier infracción al orden establecido, ergo, su obra de antemano esta condenada a la superficialidad. 
Como toda doctrina contraria a lo establecido es arbitraria recibe antes de ir a la práctica el título de prejuicio. Por lo tanto, el Árbol de las ideas está marchito, y todo fruto que provenga de él parece inoportuno, si no equivocado. En mi opinión, si lo establecido es disfuncional, lo verdaderamente enfermizo está realmente en el temor al cambio. Desconocemos entonces, por enamoramiento con lo racional, todo síntoma anterior de nuestra historia democrática. La historia, antes y después, puede definirse  como un conflicto permanente de intereses que procuran perpetuarse y empotrarse en el poder por medio de la violencia. No encuentro en el pasado un sólo instante que pueda tildarse de racional.  Todos  los cambios de los que nos sentimos orgullosos  no curaron la disfuncionalidad de nuestra administración social, si no que modificaron ligeramente algunos aspectos ciertamente insostenibles. Sin mal no recuerdo la democracia que hoy defendemos se estableció globalmente gracias a las armas. Esta trajo consigo un evidente cambio en el estilo de vida de una buena parte de la población, aunque sólo basta interpretarla como la transformación técnica de los medios de producción. Miles de vidas, de un bando o de otro, desaparecieron de la tierra gracias a un cambio ideológico. La sangre es uno de los daños colaterales del progreso humano, y es, en mi opinión, un daño inevitable—cada tanto resulta inevitable si no necesario guillotinar de nuevo a Luis XVI— Por eso es evidente que tememos sacudir al árbol por temor a ser tildados de incendiarios. Caemos entonces un vacío  cargado de omisiones y de silencios.
pues aunque no lo parezca, la omisión política también posee una carga indudablemente ideológica.
la observación desinteresada de la historia nos da dos alternativas de apreciación. por un lado el empañamiento hegeliano,  la percepción de que la historia es una escalera interminable en donde el hombre va haciéndose más y más perfecto en el transcurrir del tiempo.  Por otro lado la aceptación de que  apenas y modificamos la técnica,  y que nuestro bienestar sólo fue fruto de la sobreabundancia de recursos en un modelo de explotación optimizado. el poder jamás ha perdido la dosis de concentración etnológica que tenía en tiempos de la monarquía.  la historia cambia, la técnica cambia, los discursos cambian, pero seguimos siendo los mismos.
y lo seguiremos siendo durante mucho tiempo. El único problema es que empiezan a escasear los recursos necesarios para perpetuarnos.
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Vengo con frecuencia a este café. Alguna vez  deicidium, Ruiz y yo vinimos aquí para saludar a un escritor novato. Era una tarde lluviosa del 2011. Deicidium y yo esperábamos un  hombre enorme, masculino, algo similar al escritor ficticio Hank mooby, y en cambio encontramos a un muchachito asustado, medio excitado por la idea de publicar, con el acento típico de los costeños modestos, pálido y vestido de negro, con unos lentes de pasta similares a los míos. Un costeño pequeño sin forma, tembloroso, conocido en twitter como perrohijueputa. Le conocíamos virtualmente, y le respetábamos por su irreverencia, por su carácter, pero su faceta de escritor nos era del todo desconocida. Creo que no duró mucho en Bogotá, y que por hacerme caso publicó un pequeño ebook con varios de sus cuentos en una licencia creative commons (me la he pasado pensando, desde entonces, que la idea de los ebooks independientes y de licencia libre era prematura en aquel entonces) Su trabajo, debo decirlo, es impecable y poderoso. Lo leí con algo de envidia, con algo de admiración. Como deicidium anotó alguna vez, éramos en cuestiones creativas completamente contrarios. En la construcción de su libro perrohijueputa denotaba un rigor y una disciplina de la que yo carecía por completo. Tenía un notorio interés por cuidar el lenguaje, los hechos se deslizaban  en la narración de la manera más suave posible y la lectura tenía un impacto impecable "que gran escritor es perrohijueputa" pensé. Y al pensarlo su imagen de turista tembloroso no salía de mi cabeza. 

A su diferencia, yo necesito golpear al lector, aturdirlo. Él lo hacía elegantemente, sin necesidad de construir  imágenes  grotescas o repelentes.

Conversé con él un par de ocasiones, mediado por mi amiga Laura Ruiz. Noté que no tenía grandes pretensiones al conversar. Era reservado, respetuoso y sin embargo un poco hostil. No sé si por el hecho de que tuviese, en alguna medida, pretensiones  románticas con mi pequeña  amiga, o si sencillamente no le simpaticé de ningún modo. El hecho fue que su poco sentido conversador contribuyó a mi respeto por su forma de escribir.



Es curiosa la contradicción de algunos sujetos, entre su aspecto y su lenguaje. Al ver el secuestro de Houellebecq, noté una contradicción similar. Un hombre diminuto y menudo con una voz poderosa, con las palabras lo suficientemente densas como para producir la sensación de provenir del centro de la tierra. Algunos escritores están llamados a ser telúricos. Hacen temblar la tierra con sus palabras.  Hace poco compartí Stand en la feria del libro con un coterráneo mío, Omar Ardila. Publicó recientemente un libro  de ensayos titulado devenires menores, también en una licencia Creative commons (un libro agradable, de edición delicada y de muy buen gusto) los que renovó mi respeto por su trabajo. Como ya tiene varios libros encima, ignoro si su primer trabajo también fue Creative commons; de serlo nos desplazaría a Perrohijueputa y a mí a un papel un poco más secundario en eso de los precursores de la literatura libre.

 Título que por cierto, nos dí sin la más mínima investigación histórica.



Precursores. Creo que sentimos una  profunda nostalgia por la primera soledad, la primera intimidad de las redes sociales. En el 2007 cuando Facebook era usado en Colombia por un puñado de usuarios alrededor de la Universidad Nacional y los Andes, o twitter  en el 2008, o 2009, antes de ser traducido al español. Había una complicidad agradable entre nosotros. En los primeros diez años del siglo eran posibles las conversaciones, la interacción desinteresada e inocente entre los internautas. Era la herencia de los antiguos foros, ahora en desuso, donde se aprendían cosas, y quienes conocían algo lo compartían sin ningún reparo. No existía Adsense, no existía el interés económico o la censura al compartir archivos en la Web. Los trolls eran escasos, insignificantes, y expulsarlos era sencillo. Deseábamos, generalizadamente, conocer personas, y la poca afluencia nos causaba una interesante sensación de confianza, de cercanía.  Recuerdo con cariño una ocasión en donde mis viejos amigos, Farid y Sonia, me invitaron a una fiesta donde todo el mundo se presentaba con su usuario de twitter (en aquel entonces no se veía ridículo) todos eran miembros de la comunidad entusiasta del software libre.

Mi visión puede parecer elitista, pero no lo es en lo absoluto. El primer internet era un lugar para compartir información, y esa idea sobrevivió durante bastante tiempo en los primeros usuarios. El internet visto como medio masivo de consumo es el que ha deformado las prácticas virtuales de un alto porcentaje de los usuarios—que ya ni siquiera pueden llamarse así. Puede que ahora sólo sean consumidores— que utilizan conexiones poderosísimas y equipos de última tecnología para chatear con sus propios vecinos, creando distancias donde antes no las había.



Sin embargo los primeros usuarios sobreviven. Aún están obsesionados con el intercambio de enlaces y la conservación de la información. Somos grandes acumuladores de datos, somos mineros de toneladas de kilobytes. Creo que somos el último vestigio de la filosofía de los creadores de la red, aquellos hackers que querían construir una biblioteca absoluta, libre y anarquista. Los primeros usuarios de las redes sociales seguían al pie de la letra esa concepción; multiplicar la información, compartir links, hacer colectivo la minería de biblioteca. Preservar datos. Conservar el conocimiento.

Esto, sin embargo, no atenúa la inevitable  y evidente decadencia de las redes sociales.






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Aquella mañana usted me dijo “todo hombre debe reconciliarse con su propia muerte, negociar con ella, posponerla a través de la más pulcra diplomacia. No existe otra forma de vivir”

Los hombres se hermanan para combatir la muerte, para oponerse a ella. Es el temor a la muerte lo que los obliga a estar juntos, y crear ciudades amuralladas, rascacielos y sistemas digitales. Yo le respondí que la lucha contra la muerte nunca ha sido un trato diplomático, sino más bien violento. La vitalidad del hombre no puede definirse con nada distinto a la violencia más elemental. El hombre es un virus apasionado, y su entusiasmo por la vida sólo es compartido por las criaturas más dañinas sobre el planeta tierra.

A lo que usted respondió, ya que la muerte es inaplazable, ninguna violencia puede aturdirle, socavarle. Por ello la diplomacia, el aplazamiento. La violencia vital contra la muerte carece de esperanzas. Es apenas una forma de hablarle con dulzura en su mismo lenguaje. 

Nos conocimos en una antigua mansión del centro, construida por el padre de una cervecera popular del país. Usted compartía con varios de sus amigos mientras juntos examinaban la hoja de vida de un muchacho de 17 años, recién llegado de un pueblo del sur del país. Recuerdo la incomodidad que me producía la forma en la que me observaban. Una y otra vez me preguntaban por mi filósofo favorito, por mi escritor favorito, por mis pasatiempos predilectos. Una y otra vez yo sonreía con malestar, y pronunciaba el nombre de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y el de Frank Kafka con recelo, con temor—en aquel entonces creía en la historia, creía en el progreso, y eso me hacía hegeliano, dialéctico y tonto como el caballo de Rebelión en la granja de Orwell. Sin embargo, entendía a la perfección la disfuncionalidad del mundo, su ausencia de esperanzas, eso me hermanaba con Kafka. No entendía, no dimensionaba, la contradicción entre apasionarse por Hegel y por Kafka a la vez—recuerdo que almorzamos en un restaurante anticuado, agobiado por el olor a tabaco. La comida era confusa para mi, pero exquisita. Hombres como usted fumaban en la sala principal y conversaban con entusiasmo de la situación política del país. Había entre los presentes un entusiasmo eufórico y violento que me desconcertaba. La mansión, quejumbrosa en cada paso que uno daba sobre el piso de madera, parecía ya entrar en los primeros pasos de la decadencia. Esa decadencia, comprendí después, era compartida por usted y sus amigos, de un modo mucho más profundo. He tardado años en comprender aquellos presentimientos. 

Recuerdo pocas frases de aquella tarde, pero la sensación en el aire nunca desaparecerá de mi memoria. Me sentía incómodo allí. Con el tiempo nos distanciamos por discusiones políticas que hoy lo tienen a usted a las puertas de la cárcel. A veces creo que en vez de discutir por algo tan banal como la ideología, debí intentar labrarme su amistad, y aceptar la simpatía que me ofrecía. No exactamente porque usted fuese, en aquel entonces, un funcionario poderoso, sino por la certeza de sus opiniones durante nuestra conversación. Realmente me simpatizaba.

Yo le vi como un igual, un igual enceguecido. Usted, hombre ya entrado en años, nacido en una opulenta familia conservadora y despreciable, educado en una de las ciudades más racistas de Latinoamérica, me trataba con respeto; eso no dejaba de sorprenderme. Durante aquella época Uribe gobernaba el país y empezaba la campaña por su segundo mandato. La guerrilla había retrocedido en su dominio territorial y poco a poco desfallecía gracias al poder del Estado. Existía entre los suyos la clara esperanza de una victoria militar. Los negocios funcionaban, y muchos de los suyos por fin podían trabajar sin temor a las vacunas y los sobornos. Entusiasmados por esa sensación de victoria, no tuvieron reparos en invertir en ejércitos privados y autodefensas para “limpiar” la sociedad más allá de los límites institucionales. Con tal de sacar a la guerrilla de los negocios, poco importaba algo de ambigüedad moral. La opresión había terminado. Eso les hizo pensar que la luz de la victoria cercana les abría el mundo para una sentencia engañosa “todo está permitido” “la tierra será nuestra de nuevo” “todo funcionará otra vez”

Hacer política con un enemigo debe ser de las cosas más sencillas de hacer. Los pésimos administradores se refugian tras enemigos absolutos. Gracias a nuestras conversaciones tengo bastante claro el espíritu de aquellos años. Esa sonrisa jovial ante la derrota del enemigo absoluto. Las copas y el  whiskey, los puros y las conversaciones sobre las grandes exportaciones que pronto se esperarían, que pronto iluminarían el país. La prosperidad universal. La tierra convertida en una despensa para el mercado extranjero. Todo está permitido. Esa es autorización implícita para asegurar el exterminio. Todo está permitido. Podemos hacer lo que sea necesario para detenerlos. Todo está permitido
Hoy creo que su caída, su espantosa caída, es una victoria para la historia. Esa historia misma en la que precisamente, ya no tengo ninguna esperanza.  
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En el 2003 mi antiguo amigo Yesid y yo buscábamos influencias sobre el tipo de música que queríamos hacer. La idea de que éramos o haríamos una banda ya era vieja en nosotros. De hecho, nos obsesionaba desde mucho tiempo antes de que pudiésemos tocar un instrumento.  Era una pulsión, algo que a veces resultaba un poco enfermizo. Teníamos un concepto estilístico claro. Éramos, después de todo, imitadores apasionados de Radiohead, pero nos limitaba el idioma. Lo que deseábamos hacer  era incomprensible para la mayoría de nuestros posibles oyentes, así que, ¿Que camino debíamos tomar? En el 2004  Fabián (con quien luego nos uniríamos para tocar) nos mostró a zoe, que para entonces era una banda primeriza con un disco fantástico para mostrar. Si mal recuerdo, era el rockanlover, y el sencillo peace & love.  Recuerdo que le dije a Yesid, este es el camino, o se aproxima bastante a lo que deseamos. En esa búsqueda de influencias llegaron después las bandas chilenas,  y ya al final, algunas españolas. Zoe era la única banda mexicana.  En chile admirábamos a casino, a Elso Tumbay, a Muza, a Saiko,  a Leche, a Nicole,  a Lucybell. En mi criterio artístico, muza tocó la perfección con dream electrónico y con  terciopelo. Casino rompía todas las limitaciones que le atribuíamos al idioma, y saiko construía canciones potentes y honestas. Especialmente para mí Casino fue una profunda revelación. Fabián nos empujó, a la final, por los clásicos, que eran lo que la gente deseaba escuchar en los bares que frecuentábamos. Terminamos tocando canciones de caifanes y de héroes del silencio. Mentiría si digo que la pasamos mal.




La banda se disolvió por idioteces, y en el 2007 me rompí un hueso del brazo derecho. Tocar  la guitarra se volvió doloroso. Por fuerza mayor me desentendí de la música, hasta hace relativamente poco.

Yo sentía un profundo respeto por Marcela Thais de saiko, por  Pablo Giadach de Casino  y  por Sol Aravena de muza, a quienes consideraba (y sigo haciéndolo) grandes cantautores.  En el 2010 conocí personalmente a Lucrecia Dalt, a quien desde entonces sigo y admiro, siendo, sin embargo, algo completamente distinto a todos los demás.






Hace un par de noches soñé con todos ellos.

Soñé que me los encontraba  en un bar en el que hablaban con despecho de la visita de pearl jam. Hablaban de una ley en donde las emisoras eran forzadas a colocar un porcentaje de música nacional.  Y sin embargo la gente no los escuchaba. Chile, quizás el país más culto de América latina, y uno de los mejores productores de música alternativa e independiente, prefería en el área alternativa la música norteamericana. Siendo honestos, ninguno tenía el nivel de las bandas norteamericanas que frecuentemente visitaban chile, así que perdían terreno.  Siendo aún jóvenes, parecían estar atrapados en esa pre adolescencia en donde vives en la casa de tus padres y otro pone las normas. Habían retrocedido.


— vayámonos — les dije.

— ¿a dónde? — Me preguntaron.

— Conozco una cantante colombiana que triunfa en Europa siendo ella misma. Musicalmente hablando, es inferior a ustedes, aunque no deja de ser espectacular. Es una cuestión de mercados. Ustedes están derrotados si siguen aquí. Deben irse, olvidarse de Latinoamérica, deben ir a Europa. Es decir, vayámonos. Yo quiero irme con ustedes. 

— ¿Y vos por qué? 

—Yo soy escritor, pero quiero irme por hastío. Aunque puedo serles útil, si alguien necesita un bajista. 

Alguien sonrió en el fondo. 

De inmediato empezaron a nombrar todas las dificultades que implican un traslado semejante. Nadie tenía ánimos de irse y dejarlo todo atrás. Tenían hijos, empleos, familia. Entre ellos, Parecía que yo era el único que nada tenía que perder. Nada dejaba tras de mí. Y lo importante, lo único importante, podía llevarlo a mi lado.

—Europa hoy en día es un lugar horrible para los inmigrantes — Dijo alguien.

— Siempre lo ha sido.

—No lo sé. Irse es apostar el alma. Es un costo desmesurado. 


—Creo que por desgracia, seguimos viviendo en un mundo demasiado centralizado para ser mínimamente justo.



Me desperté  aburrido, melancólico. Lo primero que hice fue buscar a Marcela Thais y a Sol Aravena. En redes son usuarias promedio. Las suposiciones de mi sueño no eran descabelladas. Las canciones de Thais, en youtube, no superaban las 200 visitas. Ya no era parte ni de Saiko ni de Leche. Sol Aravena tiene una página de amigos en Facebook con cuatrocientos suscriptores.

En fin. Ese es el costo de los caminos distintos. 
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