viernes, 23 de enero de 2015

Contra la Libertad. Capítulo 1


Contra la Libertad es mi proyecto de escritura para el año en curso, un libro de ensayos que espero, estará listo para diciembre. El libro estará compuesto por los temas que he tratado recurrentemente en este blog. Algunas personas me han notificado de la extrañeza que les produce la ausencia de un noventa por ciento de las entradas, pero precisamente las he bajado para trabajarlas. El primer capítulo es "El pathos de la indignación" un texto que no había subido hasta ahora, y que parecerá incompleto sin el siguiente capítulo, la libertad y el territorio, que subiré un día que me sienta de ánimo.  Este será un trabajo que no pienso comercializar, y que estará a disposición de quien quiera leerlo, tanto en papel como digital, a través de Bubok.

Estimados amigos. Estaré gustoso de leer sus opiniones. 



El pathos de la indignación.

A la hora de escribir nos acecha el temor a la falta de credibilidad, ¿tengo derecho a escribir? ¿Puedo alzar mi voz? ¿Alguien me escuchará? Mucho antes que las preocupaciones estilísticas o incluso creativas amarguen el texto no existente, pareciera que la pertinencia opaca el entusiasmo inicial de muchos individuos que de antemano, puede percibirse que tienen algo que decir. Justo en una época en la que cualquiera puede publicar un blog y ser escuchado la mesura aplaca a los espíritus más tímidos y prudentes. “No soy digno de defender una opinión” “Soy un individuo limitado, mi opinión está restringida por una visión específica y seguramente errónea del mundo” “no tengo la educación indicada, ni estudié en la universidad más prestigiosa, o peor aún, no he ido a la universidad” Esta suerte de certeza humilde tiene muchas razones que la justifican y nadie las contradecirá. Lejos de procurar una comprensión universal, la educación superior delimita cada vez más la conciencia de los individuos y la restringe en un campo limitado de acción. Somos ciudadanos de segunda en un mundo con una producción cultural centralizada y defensiva. El hombre ha muerto y también han muerto los grandes relatos.  Es cierto que la educación contemporánea delimita el conocimiento del hombre por comodidad, pero también al hacerlo obedece un conjunto de sentencias que asumimos como absolutas; “el iluminismo fracasó”, se dice habitualmente, “el conocimiento total de la humanidad excede las capacidades individuales”.

Y la novedad es tan basta, y la velocidad del desarrollo técnico es tan acelerada, que entendemos esta sentencia como verdad.

Hemos perdido la autorización para opinar, ya que el mundo es más grande que nosotros. Por tanto, educamos individuos desfasados de las instituciones que los educan y los gobiernan, pues nuestras instituciones son, de un modo estrictamente histórico, herederas de la ilustración. La escuela surca una crisis esencial en donde apenas y puede certificar conocimientos que no le importan a nadie. El conocimiento esencial ha perdido su validez dentro de la bastedad de lo incomunicable.  La cultura y la capacidad individual, al menos en Colombia, se resume en un proceso lento de constante certificación. Esta certificación es  atomista respecto al conocimiento, y ya que puede tardar una vida entera queda poco espacio para reflexionar otros caminos. Pero, ¿que importan los aportes de un hombre, de un solo hombre, en el desenfreno de la novedad? Ya que el hombre no es más el epicentro de la razón,  ya que el mundo de hoy es muy superior al mejor de los hombres e incluso supera los límites de la más amplia de las instituciones, podemos aceptar con tranquilidad  que el aniquilamiento conceptual de la ilustración fue exitoso. La modernidad sobrevive en una ley que nadie con poder obedece y en una institución política que se desquebraja sobre el peso de la corrupción. La única ley vigente es el apetito regulador del mercado. La modernidad es un cadáver institucional que nos cobija débilmente, así que, ¿Qué esperar de la individualidad, del derecho y de los fundamentos institucionales de los ciudadanos? ¿Que esperar de mi voz, que no es más que una partícula de polvo en medio de un desierto de exiliados y sordomudos? Ya no importa la opinión y la indignación de un individuo particular. Hoy las multitudes de indignados son inútiles, y la protesta nos produce una fuerte incomodidad práctica. El poder se centralizo hasta superar nuestras posibilidades. La prudencia nos invita a preservar el orden. No hagamos ruido; guardemos silencio y defendamos la última comodidad, la del consumo; no hay indignación en nosotros a menos que seamos directamente perjudicados, ni tampoco hay honestidad en los conceptos de sociedad y colectividad. El contrato social se ha descontinuado. En lo referente a la opinión, nadie será escuchado si no porta la máscara monstruosa de una institución mucho más grande que él mismo, una certificación que demuestre que él ha seguido el lento proceso de sometimiento inductivo, pero por desgracia, es evidente que al alcanzar la cúspide de la certificación ya no tiene nada que decir.

Este es un escenario de absoluta impotencia individual. Sostener una opinión y defenderla en lo escrito pareciera requerir de un alto grado de valentía, pero al hacerlo aparece la censura de lo políticamente correcto. A veces es una penosa obligación, un requisito burocrático engorroso. Es molesto, en definitiva, poner en juicio de los demás nuestras convicciones, y soportar el examen meticuloso de nuestro pensamiento. Sopesar nuestras inseguridades, todo eso ocurre cuando exponemos a otros nuestro trabajo; a veces puede enriquecerse, otras veces puede desaparecer.

El mundo académico contemporáneo puede describirse como una escuálida torre de babel.

Y nosotros sólo queremos opinar. Decir algo respecto a lo que ocurre. No queremos derrumbar la torre. Entre nosotros mismos nos anulamos porque odiamos el ruido. No queremos escuchar voces. Queremos estar a solas y en silencio con nuestra fría comodidad.

No puedes escribir un ensayo sin fuentes. El mercado editorial, sin embargo, está lleno de basura y de mercachifles. No estás autorizado para hablar sin títulos que te respalden. E incluso cuando los posees, debes delimitarte a tu campo, respaldándote en una torre robusta de sabios que apoyen tus palabras. Si eres titulado en letras, puede que te veas ridículo hablando de política. Puede que a nadie le interesen las opiniones literarias de un físico, y ni hablar de la enorme brecha comunicativa entre las matemáticas y las ciencias humanas. La universidad te convence de que tus palabras no pueden sostenerse por sí solas, así que no hay forma de hablar, pensar o discutir en los espacios abiertos, no intelectualizados. No hay espacios para nuevas brechas y nuevos caminos. Por otro lado, la juventud posee un malestar esencial y característico que no encuentra forma de argumentarse. Al carecer de argumentos, cae presa de las justificaciones sociales más banales. A nivel de esfuerzo, es más sencillo consumir drogas que leer un libro. Las drogas ya poseen de antemano un rol social de impostura, así que no necesitas esforzarte demasiado para que los demás reconozcan tu contrasentido, tu incomodidad con el mundo, pues antes que nada, necesitas canalizar tu desprecio por el mundo, tu incomodidad con la realidad. Pero antes, y para justificar tus palabras, debes conocer lo que críticas. De lo contrario, puede que pases por un loco.

Sin embargo, cuando estás certificado, cuando por fin tienes un empleo y una estabilidad simbólica en el mundo, cuando por fin tienes un departamento y un lugar fácilmente te vuelves conservador. No quieres que nadie toque tu mundo. Te costó llegar donde estás. Para ti ha desaparecido la indignación. Ahora todo es cosa de esperar la muerte.

Quisiera lidiar con esos polos opuestos que son el versado intelectual sin nada que decir y el adolescente rebelde con el deseo de hablar pero titubeando por temor a su propia estupidez. Ambos son víctimas de esa torre de babel o  mundo intelectual que funciona como una estructura colosal, ortodoxa, con métodos defensivos, con el ánimo de aplacar las intrusiones de los que no han sido iniciados. Esta torre de babel es el gran logro del método, la cúspide del intelecto humano,  y sólo parece exigirnos una cosa, veneración. Aquellos en la cima gozan de la inmortalidad, son como dioses. Incluso el más humilde defensor de aquella torre tiene claro que no queremos charlatanes entre nosotros, no queremos sospechar de lo que parezca plausible. Queremos, en lo posible, no abusar de nuestro criterio. Es cierto que el contenido en el mundo es demasiado y que no tenemos tiempo para leerlo o considerarlo por completo. Aún necesitamos críticos, aún necesitamos la luz de los criterios directivos, somos existencias inauténticas según Heidegger, necesitamos la guía pastoral de la academia, o de una institución moral o religiosa. La torre posee su propia luz, inerte, opaca, distante. La autoridad intelectual pareciera ser un buen juicio de selección para evitarnos la molestia de las equivocaciones, pero a veces es lenta y poco aplicable a la vida cotidiana.

Queremos ser existencias auténticas, tener un alma ontológica, tener un sentido, comprender el mundo. El mundo es una suma de espejos y de engaños, de mercados e intereses económicos. Sabemos que vivimos engañados, pero el camino hacia la autenticidad es peligroso.  Estamos rodeados de abismos y de falacias. Los mesías y las doctrinas amenazan nuestra integridad moral, y nuestro bienestar como individuos.

 Por un lado, no soy tan tonto como para discutir que se requiere de experiencia, y de un baraje mínimo para entender una situación, para suponer que se comprende, así que el adolescente inconforme, si desea ser integro, está condenado al esfuerzo (y toda moda que requiera esfuerzo está condenada al fracaso mercantil) Sin embargo los títulos suelen hacer a las opiniones inofensivas. Cuando un joven llega a la cúspide de una carrera y consigue un empleo, puede que sus malestares con el mundo ya estén silenciados. Es el orden natural, dirán muchos. La universidad le ha enseñado a desconfiar de los grandes relatos. Es un escéptico que jamás se ha aventurado, un pesimista sin decepciones. La juventud expresa esta conciencia utilitarista a plenitud.

La opinión como Mercancía.

¿Necesito que alguien piense por mí?

En el siglo veinte el pensamiento se convirtió en un objeto de consumo ¿Sostener una opinión? Esa es la tarea específica de una carrera profesional en particular, comunicación social, hervidero de periodistas que distribuirán su opinión entre sus oyentes o seguidores. El periodista es el opinador por antonomasia, una criatura de bastos y superficiales conocimientos que debe guiar a la humanidad. Más que la verdad, su poder se radica en la convicción y la amplia difusión.  Y ya han pasado los tiempos en donde el periodista podía catalogarse como un humanista en formación, o mejor aún, un humanista en miniatura. El periodista contemporáneo es un crítico postizo de cuidadosos conocimientos técnicos y un superficial sentido social. Las reformas académicas han reforzado la superficialidad de esta profesión,  sin embargo,  en el más profundo  de los sentidos la comunicación moderna siempre será un pozo de superficialidad. Sospechamos que necesitamos leer entre líneas, y adentrarnos mucho más allá del titular para comprender el sentido del mundo. Estamos obligados a comprender lo que nos rodea. Ese es el sentido de la libertad.

Ya que hay unos intereses económicos en la política y en la información es menester desconfiar de la información.  Debemos sopesar las evidencias, descubrir el engaño detrás de la cadena de televisión, o la campaña publicitaria en contra de cierta tendencia política o cierto acto de crueldad. Hay una agenda que nos gobierna y que conoce nuestras reacciones. Los medios saben cómo indignarnos. Saben cómo ofendernos. Una campaña publicitaria nos llevará a las calles para protestar contra lo que nos digan que debemos protestar. Sin embargo, la crueldad no desaparece, el mundo es  inmune a la indignación. Tenemos derecho a cansarnos de protestar.  El problema es que nuestra indignación no obedece ya a intereses humanistas. Es evidente que se apegan a un criterio profundamente unido a una agenda que desconocemos. No hay sinceridad en la información. Los medios modelan y controlan nuestro malestar.

Una agenda para la indignación. Por un lado esto parece superchería, pero basta con una mirada rápida a un noticiero.

Sabemos que más allá de lo que conocemos existe una indignación secundaria, una injusticia por la que no debemos preocuparnos. Una injusticia que no aparece en los titulares.  Nuestra libertad económica, nuestro derecho a la indignación llega hasta esa frontera. No tenemos derecho a indignarnos contra lo que no es difundido. Esa es la injusticia invisible, la que no despierta la solidaridad de los titulares ni la sensibilidad del público. Es una injusticia cotidiana que ocurre gracias al curso normal de la economía. Cuestionar aquella injusticia implica cuestionar los cimientos del orden establecido.

Hay víctimas de primera y de segunda categoría. Lo sabemos. Es el costo del progreso. Es el sacrificio de la civilización. La barbarie moderna es pragmática, impersonal. Extraer petroleo de medio oriente implica muerte de inocentes. Extraer soya del amazonas implica deforestación.  El hastío de la indignación no es otra cosa que la resignación dentro del totalitarismo. En este último estado renunciamos a nuestro destino y al destino de nuestro prójimo. Lo hacemos por comodidad, pues somos impotentes; el mundo es muy superior a nosotros. 

Tengo la certeza de que la indignación es un recurso limitado, y que la sobreexposición a tragedias sin sentido terminará hartándonos. La insensibilidad nos devorará y lo humano dejará de levantarnos del sillón del televisor, así que nos convertiremos en simples televidentes. Hastiados de la injusticia, del crimen, de la corrupción y del odio puede que perdamos interés por nosotros mismos y por quienes nos rodean. En ese entonces ya no importará nuestro destino como ente colectivo. Todas las injusticias del mundo serán finalmente invisibles.

"Destruyan al mundo, llévense a mi vecino, pero a mí déjenme tranquilo" Ese es el último estrado de la descomposición de la sociedad.


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