The End Is Here

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Escribí esta historia a mediados del 2004, y la publiqué en facebook por primera vez a mediados del 2008.  Hace parte de la colección la Galería de lo Grotesco, y es precisamente uno de los últimos cuentos del libro. El argumento proviene de cierto error en el videojuego Nightmare Creatures II que mi amigo Yesid y yo jugábamos como locos en nuestra época del colegio. Sucedía que en un punto el protagonista del videojuego siempre se perdía dentro de un espacio tras una pared, luego de bajar una escalera. Allí, en medio de una oscuridad total, perdía la posibilidad de regresar o de moverse; se había salido repentinamente del código. Era un bug terrible que nos obligaba a regresarnos al último punto guardado. Odiábamos profundamente aquella pared y aquella escalera, pero con el tiempo aprendimos a pasar por ahí sin caer en el agujero negro.


Si el universo que comprendemos es una simulación, tal y como lo afirmaron ciertos científicos interpretando algunos fenómenos de la física cuántica, puede que existan bugs, errores de programación, sucesos similares que nos permitan salirnos del código principal, pero, ¿habrá algo al otro lado? ¿puede el pensamiento existir fuera del código? Sólo la oscuridad, la anulación, concluí con mi atrevida ignorancia juvenil. La anulación de toda posible percepción. La anulación de todo pensamiento



Pues, siendo el pensamiento un fenómeno que ocurre dentro del tiempo, ¿Cómo podría sobrevivir sin él? 



el nombre de la historia proviene de una canción de The End is Here, de  Alter Bridge


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The  End Is Here

Caminé por la ciudad hasta el restaurante XXXX de la cuarta con séptima, y me dirigí luego al parque de los periodistas. Había poco tráfico. Un par de personas estaban sentadas en una de las bancas, y hablaban pausadamente. Eran pareja; observé a la chica un largo instante.  Bonita, delicada, perfectamente torneada, y quizás algo orgullosa. Creí que me miraba, y lo hacía, pero con una punzante desconfianza. El hombre que la acompañaba me observó también, e hizo una señal a la chica con la mano izquierda. Al verme ambos habían contraído sus rostros y desde entonces controlaron con incomodidad sus palabras. Luego se levantaron y desaparecieron en una esquina al otro lado de la calle. Los observé mientras cruzaban y  me fue inevitable sentir algo de desprecio. Después sentí lastima. Un perro se acercó a mi e hizo popo junto a la fuente del parque (le agradecí con la mirada el buen acto de distraer mi mal humor) Era blanco, con manchas cafés; tenía una herida en la oreja, y sus ojos eran algo tristes. Su pelo se movía al ritmo del viento que nos golpeaba. Un ligero vértigo me sorprendió al observar como los árboles más grandes eran inclinados por ese mismo movimiento de aire; numerosas hojas eran arrastradas por la corriente y se arremolinaban a mí alrededor. Gracias al desprecio social de la pareja tenía un parque para mí solo; un pequeño huracán de escombros orgánicos, y un pequeñísimo montón de popó de perro. Un cuerpo de órganos oxidados. Un perro herido y una tarde fría. No había razón para quejarme. También tenía una cabeza llena de abrumadoras obsesiones. Me sentí asqueado. Luego, no sé por qué razón, lamenté no tener en mis manos una cámara fotográfica. Lamenté que nadie más comprendiera o presenciara mi diminuto acto de comunión espiritual, lejos del mundo, lejos de mis propias ambiciones.

Algunas ocasiones tus pensamientos son tan absorbentes que la realidad te abofetea cuando los abandonas. Eso me sucedió la primera vez que estuve ahí. Despiertas atontado, absorbido, y sientes que tus recuerdos no son demasiado diferentes a lo que te rodea. Entonces imaginas que los recuerdos y la realidad son sensaciones familiares, y tímidamente dudas de la realidad. Las conexiones cerebrales en un segundo se reactivan y nace un dejabú. Tal vez también sea un sueño. En casa, desde la llegada de mi hermano, me era difícil pensar con tranquilidad. Nos maltrataba el silencio; sencillamente, no nos llevábamos bien, y a pesar de que no habláramos, nuestro mutismo lo denunciaba. Una total ausencia de comunicación y un olor a tensión hacían imposible la soledad que siempre había construido en mi vida. “no se quedará mucho” había dicho mamá, desde hace más de cuatro meses. Ya ni siquiera respondía mis llamadas de reproche. Con el correr de los días pasé más tiempo a diario en aquel parque; algunas veces llevaba libros, otras ocasiones sólo llevaba mi cuerpo. Dormía en casa y desaparecía pasadas las ocho; cuando alguien preguntaba por mi domicilio, no sabía que responder. “En realidad vivo en el parque, pero las cuentas llegan a esta dirección” dije alguna vez a un funcionario de la universidad, que tomó mi expresión como una broma grosera ante la dignidad su cargo. Tras la llegada de las vacaciones estudiantiles el parque empezó a burlarse de mi vejez, atrayendo a niños para que jugaran a mí alrededor. El ruido que hacían y su incontenible felicidad terminaron ahuyentándome; cada día me adentraba más—hasta las zonas menos tramitadas—y por fin, ya en el último rincón del lugar, me descubrí solo. Por fin solo. Proseguí mis lecturas tranquilamente en un lugar donde podría olvidar visualmente la ciudad. Pero alguien me acompañaba. Tardé varios minutos en advertirlo.
Era un indigente bastante descuidado, parado en el último tramo de la vía peatonal del parque, con una barba mugrosa, y la piel curtida por el sol. No comprendí hacia donde se dirigía el otro extremo de la vía, pues no conocía completamente la ciudad. Estaba parado justo en el centro, y se mantenía en pie con dificultad. En su pecho sostenía un cartel viejo escrito quizás con un carbón que decía
“el final está aquí”

Más abajo continuaba, con un tipo de letra diferente.

“dios es una máquina de juguetes; la salida está aquí”

Tras él un conjunto de árboles rodeaban el camino, y su ramaje era tan denso que la oscuridad en su interior resultaba irracional.

La frase no parecía del todo religiosa, a pesar de que el hombre tenía la apariencia de ser uno de aquellos profetas de la demencia que abogaban por el apocalipsis. Me acerqué un poco. A unos seis metros sentí un aroma putrefacto, una sensación de muerte fermentada y multiplicada que literalmente hacía irrespirable el aire. El individuo ni siquiera se movió, permaneció inmóvil. Creo que ni notaba mi presencia. Di la vuelta y regresé a casa. Busqué en algunos textos lo que otros habían dicho sobre el fin; ignoré intencionalmente a la filosofía helenística y a la teología, porque su paranoia existencial me fastidiaba. Me dediqué a la ciencia. Los únicos divulgadores científicos que había leído en mi vida eran Carl Sagan y Sthepen Hawkings. Nada significativo. La astrofísica de los últimos ciento veinte años revelaba la finitud y la mortalidad del universo. Algunos sospechaban una infinitud de universos que nacían y se destruían infinitamente. La muerte de lo existente podría generarse por una contracción o por un colapso gravitacional luego de la total expansión. Una explosión. Einstein siempre defendió el universo eterno y alterable de la física clásica, a pesar de que su teoría de la relatividad fuese la piedra angular de la mortalidad.

“el fin está aquí”

Un meteorito puede matarnos, pero también puede matarnos un automóvil, una aspirina, una relación amorosa irresponsable, somos frágiles. Dios es una máquina de juguetes. George Berkeley (contradictor de Locke) enseñó cómo convertir al empirismo en un idealismo teológico; Considero que los hermanos Wachowski se inspiraron en su filosofía y que Berkeley habría gustado de la Matrix. El mundo es una falacia. En realidad todos estamos engañados. No conocemos los objetos, solo lo que percibimos de ellos. Eso dicen los idealistas.  Pero ¡imbéciles! El secreto está en el lenguaje, en lo comunicativo, y si solo las características del objeto pueden ser comunicables, solo existen en el lenguaje.  Esa noche, luego de volver del parque, dibujé los cultivos de seres humanos, sentados frente al televisor, estimulados por información falsa y excitados por la pornografía de los medios. Todos habían arrojado a la basura sus cerebros porque odiaban la obligación de pensar. Todos sentían lo que la maquina les ordenaba sentir. Acepto que mi sueño es un ridículo cliché; contemporáneamente predecible, pero eso no le redujo lo perturbador de mis obsoletas conclusiones visuales. Todos se masturbaban con máquinas en forma de órganos sexuales y mataban por diversión, pero en realidad, no le hacían daño a nadie. Eran pacíficos felices. Todos Vivian en capsulas de bienestar ilimitado. Me desperté asustado, sudando a cantaros. La libertad es dolorosa pero ineludible. Mi boca tenía un asfixiante sabor a sangre. Eran las tres de la mañana.

Múrcíélágó—decía el reloj electrónico.

No comprendí la palabra, ni su intencionalidad.

Me vestí y bajé hacia el parque. La ciudad estaba desierta. A lo lejos se escuchaba la música posesiva y monótona de los antros; las mujeres de vida interesante paseaban por toda la ciudad cada veinte minutos en un auto diferente. Todo parecía perfecto. Todo parecía cotidiano. Escasas tres horas separaban a la noche del amanecer. Llegué en veinte minutos al lugar que buscaba. Crucé el parque que reposaba bajo una sospechosa tranquilidad. Todas las hojas inmóviles; tuve la sensación de caminar en una fotografía.

“el final está aquí”

Vi el cartel del hombre, gracias a la luz de un alumbrado extrañamente funcional. El hombre continuaba inmóvil en el lugar de siempre, observando en silencio mi curiosidad. Mi corazón se aceleró.

—Soñé que los hombres se engañaban— le dije; comenzaba a creerlo un guía espiritual lleno de respuestas ambiguas e inimaginables— con sensaciones y emociones externas, y que dependían de las máquinas para recibir placer. Olvidaban la amistad, las relaciones humanas, el amor, y se encerraban en sí mismos

— Si un hombre se engaña, todos lo hacen. —respondió el indigente, con voz cansada. — No habría ninguna diferencia técnica entre el hombre que penetra a una mujer buscando un orgasmo y el que se inyecta heroína. No hay diferencia entre el religioso que recurre al fanatismo para ignorar su soledad y entre el ebrio que luego de perder la razón olvida que está solo. Si uno no es libre, ninguno lo es. Si alguno es libre, todos lo son.

— ¿Qué quieres decir con que el fin está aquí?

—Simplemente el fin está aquí.

— ¿El mundo se acabará? —Pregunto de nuevo, cargado de escepticismo, para conocer qué tan basta es su coherencia y que tan argumentativa era su locura

—No.  Simplemente el fin está aquí.

Observo el túnel, está oscuro tal y como lo fue en la mañana

—Al fin y al cabo, sólo somos cerebros, recompensados por nuestros genes con sensaciones hormonales—digo, para entrar en discusión, y buscando igualmente liberar su habla— En realidad no somos libres. Nuestra única libertad corresponde a cumplir una predestinación genética.

—“somos maquinas diseñadas por los genes para perpetuarse indefinidamente” ese es el sentido de la amistad, de la biología, de la filosofía, de la religión, del amor. Todo se define así—dijo él—solo hay una salida; huir del universo.

— ¿Ese túnel es una salida del universo?

—Simplemente el fin está aquí. El universo es limitado, pero infinitamente curvo.

Los astrofisicos Martin Rees y John Barrow  afirmanque el universo es una emulación por computadora (un juego) cuyo sistema incluye una representación ilimitada de espacio. Cada detalle habría sido diseñado por una raza superior para estudiar el raro fenómeno de la conciencia. Si alguna vez el hombre logra procrear la I.A entenderá (propone Barrow) por acto reflejo, que en algún punto podría existir a su vez un creador que lo hizo a él. Es la lógica borgeana… si el universo es una emulación podría tener defectos; espacios que no concuerdan con las leyes físicas que controlan las reglas de los demás estamentos, puertas que van a ningún lado, gravedades contradictorias; todo era posible, incluso un agujero en el universo. Una salida.

— ¿Te molesta si hecho un vistazo?

—El fin está aquí. Es tu elección.

Pase a su lado; el hombre se moría de pudrición en vida. Pensé que era su forma de advertir un infortunio, o de incrementar su apariencia de loco; era un egoísta que no deseaba mostrar a los demás una maravilla; una salida al universo. En la distancia la luz del sol empezaba a distinguirse. Sentí frío. Caminé dos o tres pasos dentro del enramado de árboles, y sentí que algo me absorbía desde adentro. Me sentí infinitamente triste. Traté de voltear atrás, pensé en mi madre, en mi hermano, entendí que cometía una locura, pero ya era demasiado tarde; el suelo, el hombre, la luz y mi percepción de lo existente de repente desaparecieron.


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