jueves, 21 de mayo de 2015

Los Primeros usuarios



Vengo con frecuencia a este café. Alguna vez  deicidium, Ruiz y yo vinimos aquí para saludar a un escritor novato. Era una tarde lluviosa del 2011. Deicidium y yo esperábamos un  hombre enorme, masculino, algo similar al escritor ficticio Hank mooby, y en cambio encontramos a un muchachito asustado, medio excitado por la idea de publicar, con el acento típico de los costeños modestos, pálido y vestido de negro, con unos lentes de pasta similares a los míos. Un costeño pequeño sin forma, tembloroso, conocido en twitter como perrohijueputa. Le conocíamos virtualmente, y le respetábamos por su irreverencia, por su carácter, pero su faceta de escritor nos era del todo desconocida. Creo que no duró mucho en Bogotá, y que por hacerme caso publicó un pequeño ebook con varios de sus cuentos en una licencia creative commons (me la he pasado pensando, desde entonces, que la idea de los ebooks independientes y de licencia libre era prematura en aquel entonces) Su trabajo, debo decirlo, es impecable y poderoso. Lo leí con algo de envidia, con algo de admiración. Como deicidium anotó alguna vez, éramos en cuestiones creativas completamente contrarios. En la construcción de su libro perrohijueputa denotaba un rigor y una disciplina de la que yo carecía por completo. Tenía un notorio interés por cuidar el lenguaje, los hechos se deslizaban  en la narración de la manera más suave posible y la lectura tenía un impacto impecable "que gran escritor es perrohijueputa" pensé. Y al pensarlo su imagen de turista tembloroso no salía de mi cabeza. 

A su diferencia, yo necesito golpear al lector, aturdirlo. Él lo hacía elegantemente, sin necesidad de construir  imágenes  grotescas o repelentes.

Conversé con él un par de ocasiones, mediado por mi amiga Laura Ruiz. Noté que no tenía grandes pretensiones al conversar. Era reservado, respetuoso y sin embargo un poco hostil. No sé si por el hecho de que tuviese, en alguna medida, pretensiones  románticas con mi pequeña  amiga, o si sencillamente no le simpaticé de ningún modo. El hecho fue que su poco sentido conversador contribuyó a mi respeto por su forma de escribir.



Es curiosa la contradicción de algunos sujetos, entre su aspecto y su lenguaje. Al ver el secuestro de Houellebecq, noté una contradicción similar. Un hombre diminuto y menudo con una voz poderosa, con las palabras lo suficientemente densas como para producir la sensación de provenir del centro de la tierra. Algunos escritores están llamados a ser telúricos. Hacen temblar la tierra con sus palabras.  Hace poco compartí Stand en la feria del libro con un coterráneo mío, Omar Ardila. Publicó recientemente un libro  de ensayos titulado devenires menores, también en una licencia Creative commons (un libro agradable, de edición delicada y de muy buen gusto) los que renovó mi respeto por su trabajo. Como ya tiene varios libros encima, ignoro si su primer trabajo también fue Creative commons; de serlo nos desplazaría a Perrohijueputa y a mí a un papel un poco más secundario en eso de los precursores de la literatura libre.

 Título que por cierto, nos dí sin la más mínima investigación histórica.



Precursores. Creo que sentimos una  profunda nostalgia por la primera soledad, la primera intimidad de las redes sociales. En el 2007 cuando Facebook era usado en Colombia por un puñado de usuarios alrededor de la Universidad Nacional y los Andes, o twitter  en el 2008, o 2009, antes de ser traducido al español. Había una complicidad agradable entre nosotros. En los primeros diez años del siglo eran posibles las conversaciones, la interacción desinteresada e inocente entre los internautas. Era la herencia de los antiguos foros, ahora en desuso, donde se aprendían cosas, y quienes conocían algo lo compartían sin ningún reparo. No existía Adsense, no existía el interés económico o la censura al compartir archivos en la Web. Los trolls eran escasos, insignificantes, y expulsarlos era sencillo. Deseábamos, generalizadamente, conocer personas, y la poca afluencia nos causaba una interesante sensación de confianza, de cercanía.  Recuerdo con cariño una ocasión en donde mis viejos amigos, Farid y Sonia, me invitaron a una fiesta donde todo el mundo se presentaba con su usuario de twitter (en aquel entonces no se veía ridículo) todos eran miembros de la comunidad entusiasta del software libre.

Mi visión puede parecer elitista, pero no lo es en lo absoluto. El primer internet era un lugar para compartir información, y esa idea sobrevivió durante bastante tiempo en los primeros usuarios. El internet visto como medio masivo de consumo es el que ha deformado las prácticas virtuales de un alto porcentaje de los usuarios—que ya ni siquiera pueden llamarse así. Puede que ahora sólo sean consumidores— que utilizan conexiones poderosísimas y equipos de última tecnología para chatear con sus propios vecinos, creando distancias donde antes no las había.



Sin embargo los primeros usuarios sobreviven. Aún están obsesionados con el intercambio de enlaces y la conservación de la información. Somos grandes acumuladores de datos, somos mineros de toneladas de kilobytes. Creo que somos el último vestigio de la filosofía de los creadores de la red, aquellos hackers que querían construir una biblioteca absoluta, libre y anarquista. Los primeros usuarios de las redes sociales seguían al pie de la letra esa concepción; multiplicar la información, compartir links, hacer colectivo la minería de biblioteca. Preservar datos. Conservar el conocimiento.

Esto, sin embargo, no atenúa la inevitable  y evidente decadencia de las redes sociales.






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jueves, 7 de mayo de 2015

Ambigüedad Moral





Aquella mañana usted me dijo “todo hombre debe reconciliarse con su propia muerte, negociar con ella, posponerla a través de la más pulcra diplomacia. No existe otra forma de vivir”

Los hombres se hermanan para combatir la muerte, para oponerse a ella. Es el temor a la muerte lo que los obliga a estar juntos, y crear ciudades amuralladas, rascacielos y sistemas digitales. Yo le respondí que la lucha contra la muerte nunca ha sido un trato diplomático, sino más bien violento. La vitalidad del hombre no puede definirse con nada distinto a la violencia más elemental. El hombre es un virus apasionado, y su entusiasmo por la vida sólo es compartido por las criaturas más dañinas sobre el planeta tierra.

A lo que usted respondió, ya que la muerte es inaplazable, ninguna violencia puede aturdirle, socavarle. Por ello la diplomacia, el aplazamiento. La violencia vital contra la muerte carece de esperanzas. Es apenas una forma de hablarle con dulzura en su mismo lenguaje. 

Nos conocimos en una antigua mansión del centro, construida por el padre de una cervecera popular del país. Usted compartía con varios de sus amigos mientras juntos examinaban la hoja de vida de un muchacho de 17 años, recién llegado de un pueblo del sur del país. Recuerdo la incomodidad que me producía la forma en la que me observaban. Una y otra vez me preguntaban por mi filósofo favorito, por mi escritor favorito, por mis pasatiempos predilectos. Una y otra vez yo sonreía con malestar, y pronunciaba el nombre de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y el de Frank Kafka con recelo, con temor—en aquel entonces creía en la historia, creía en el progreso, y eso me hacía hegeliano, dialéctico y tonto como el caballo de Rebelión en la granja de Orwell. Sin embargo, entendía a la perfección la disfuncionalidad del mundo, su ausencia de esperanzas, eso me hermanaba con Kafka. No entendía, no dimensionaba, la contradicción entre apasionarse por Hegel y por Kafka a la vez—recuerdo que almorzamos en un restaurante anticuado, agobiado por el olor a tabaco. La comida era confusa para mi, pero exquisita. Hombres como usted fumaban en la sala principal y conversaban con entusiasmo de la situación política del país. Había entre los presentes un entusiasmo eufórico y violento que me desconcertaba. La mansión, quejumbrosa en cada paso que uno daba sobre el piso de madera, parecía ya entrar en los primeros pasos de la decadencia. Esa decadencia, comprendí después, era compartida por usted y sus amigos, de un modo mucho más profundo. He tardado años en comprender aquellos presentimientos. 

Recuerdo pocas frases de aquella tarde, pero la sensación en el aire nunca desaparecerá de mi memoria. Me sentía incómodo allí. Con el tiempo nos distanciamos por discusiones políticas que hoy lo tienen a usted a las puertas de la cárcel. A veces creo que en vez de discutir por algo tan banal como la ideología, debí intentar labrarme su amistad, y aceptar la simpatía que me ofrecía. No exactamente porque usted fuese, en aquel entonces, un funcionario poderoso, sino por la certeza de sus opiniones durante nuestra conversación. Realmente me simpatizaba.

Yo le vi como un igual, un igual enceguecido. Usted, hombre ya entrado en años, nacido en una opulenta familia conservadora y despreciable, educado en una de las ciudades más racistas de Latinoamérica, me trataba con respeto; eso no dejaba de sorprenderme. Durante aquella época Uribe gobernaba el país y empezaba la campaña por su segundo mandato. La guerrilla había retrocedido en su dominio territorial y poco a poco desfallecía gracias al poder del Estado. Existía entre los suyos la clara esperanza de una victoria militar. Los negocios funcionaban, y muchos de los suyos por fin podían trabajar sin temor a las vacunas y los sobornos. Entusiasmados por esa sensación de victoria, no tuvieron reparos en invertir en ejércitos privados y autodefensas para “limpiar” la sociedad más allá de los límites institucionales. Con tal de sacar a la guerrilla de los negocios, poco importaba algo de ambigüedad moral. La opresión había terminado. Eso les hizo pensar que la luz de la victoria cercana les abría el mundo para una sentencia engañosa “todo está permitido” “la tierra será nuestra de nuevo” “todo funcionará otra vez”

Hacer política con un enemigo debe ser de las cosas más sencillas de hacer. Los pésimos administradores se refugian tras enemigos absolutos. Gracias a nuestras conversaciones tengo bastante claro el espíritu de aquellos años. Esa sonrisa jovial ante la derrota del enemigo absoluto. Las copas y el  whiskey, los puros y las conversaciones sobre las grandes exportaciones que pronto se esperarían, que pronto iluminarían el país. La prosperidad universal. La tierra convertida en una despensa para el mercado extranjero. Todo está permitido. Esa es autorización implícita para asegurar el exterminio. Todo está permitido. Podemos hacer lo que sea necesario para detenerlos. Todo está permitido
Hoy creo que su caída, su espantosa caída, es una victoria para la historia. Esa historia misma en la que precisamente, ya no tengo ninguna esperanza.  
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