La Banalidad del bien.

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Todo quedará registrado en la memoria absoluta de internet...

 (obviamente  esta sentencia me intranquiliza)

Y  mi intranquilidad va más allá del derecho al olvido que fue reglamentado en la Unión Europea, o siquiera del respeto por la privacidad del usuario, o la desaparición de esa minúscula cantidad de bytes que somos cada uno de nosotros en la red. Al morir, quisiera que también desapareciera mi información, este blog y desaparecieran también mis discos duros junto con toda mi metadata. El impacto en la sociedad del registro absoluto me empieza a generar un terror absoluto junto con una pesada sensación de bastedad empalagosa. Inicialmente siento que la sociedad se ahogará en la cantidad desmesurada de información inútil que está produciendo sin tener la capacidad de discernir. Pero por otro lado, tengo la sensación de encontrarme frente a un problema moral; ayer veía a un cantante de pop que le llevó una rosa a una niña, famosa en YouTube por hacer un berrinche frente a una cámara al enterarse que él estaba casado.

Un par de páginas atrás, estaban las fotografías de un actor que visitaba  niños enfermos de cáncer disfrazado como su personaje  de cine más popular. En otro lado, un cantante famoso se unía a un cantante callejero que interpretaba una de sus canciones y lo acompañaba frente a los “atónitos” transeúntes. Todos estos gestos fueron cuidadosamente registrados y presentados a los medios para su difusión, pero su mayor impacto fue en Internet. Numerosas personas comparten y comentan estas fotografías y vídeos, otorgándoles a los actores o celebridades lo que siempre han buscado desesperadamente; que hablen de ellos. Se convirtió en noticia mundial que determinada celebridad realizara un acto de amabilidad, o de empatía, en esa lucha publicitaria por demostrar que las celebridades son de carne y hueso como nosotros, y que tienen corazón, o que nos simpatizan por ser buenas personas.

 En lo personal, creo que no había naturalidad en aquellos gestos, y como puestas en escena, ni siquiera eran situaciones originales. El más claro fue el del cantante con la niña. Se notaba demasiado la intención de crear un espectáculo. La niña y su madre fueron llevadas a un programa de entrevistas donde le regalaron un traje lleno de fotos del cantante, y una chaqueta con un corazón y los nombres del cantante y de la niña encerrados en letras amarillas. De repente la niña se convirtió en un emblema de publicidad. La bondad  en cualquiera de sus formas se convirtió en una forma elevada de mercadeo. Y bueno; a veces no hay una distancia demasiado grande entre ser bueno y aparentar serlo.

Pero hay algo que no me gusta. Algo en el espectáculo diario que me resulta desalentador. 


El Internet se convierte con rapidez en un suplemento mecánico del dios omnipresente judeocristiano. Todo lo malo que hagas será registrado por una cámara. No puedes tener una discusión, realizar algo ridículo o asesinar a alguien en la calle. De la nada puedes convertirte en un ser repudiado por el mundo entero o en una celebridad ridícula; todo quedará registrado y serás víctima del criterio totalitario de la opinión web, cada día más importante, cada día más violento. Frente a su omnipresencia, es normal que queramos aparentar ser buenos frente a la lente de cualquier cámara o cualquier teléfono. No me preocupa, a la larga, que un actor o un cantante finjan que les importa una mocosa malcriada o un niño con cáncer. Me preocupa que no tengan alternativa, y que ya no tengan ningún derecho a la indiferencia, so pena de ser juzgados por la red. La omnipresencia de dios siempre hizo la bondad cristiana banal. La omnipresencia nos obliga a ser políticamente correctos, a presenciar el mundo con unas emociones públicas, hipócritas. El registro absoluto nos puede llevar, de alguna manera, a una segunda gran oscuridad. Creo que por fin estamos cerca de que exista un verdadero dios que todo lo ve. Y no estamos a salvo de su juicio, su memoria absoluta o su capacidad  ininterrumpida de observación.   

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