sábado, 28 de noviembre de 2015

Imperare






Imperium, imperare… (Mandar) un imperio es un territorio que obedece a un centro de mando. En el centro se construye lo que interpretamos como civilización. Estar dentro del imperio es placentero. La cultura y la plenitud, los lujos y el oro; estar fuera implica someterse a la barbarie que construye la dinámica del imperio para sobrevivir. Afuera están los valores de la fuerza y la dominación, pero lo que ocasionalmente no racionalizamos es el papel del imperio dentro de la violencia que él mismo rechaza.  Existe una gran distancia entre lo que significa la vida dentro del imperio y fuera de él, y esto puede entenderse en la forma distintiva en la que se comporta un soldado dentro y fuera de las fronteras. Adentro, en la zona de sus iguales, el soldado es completamente civilizado; puede participar en el festín estético, del arte, la cultura y los modales refinados. Puede ser caritativo y religioso. Es propietario, un miembro de la sociedad; puede ser respetado y construirse una reputación. Fuera del imperio, en el campo de batalla, el soldado es  prácticamente igual o aún más sanguinario que el bárbaro,  y sólo puede enfrentarlo bajo la convicción de que combate en contra de algo  que no le pertenece y nada tiene que ver con él mismo. Por ello es obvio que el imperio centra la cultura y desplaza la violencia de sus ciudadanos hacia el mundo exterior. Es una arquitectura psicológica masiva. No corresponde que la violencia y la barbarie lleguen al centro de mando, pues ello implicaría la caída misma del imperio (por ello es tan interesante pensar en los resientes atentados de París) Las grandes ciudades, los lujos y la arquitectura, las salas de teatro y los conciertos deben estar alejados de la violencia. Cuando se relaciona el interior y el exterior como una unidad, como una realidad única, es casi inevitable el presentimiento de que los ciudadanos del imperio están atrapados en un sueño ¿Nos engaña acaso el imperio?  El presentimiento de un sueño nos lleva a la oposición, a resistir, pero esta oposición es aún más idílica que la existencia misma del imperio. La violencia es la frontera real  y el mundo, por fuerza, no puede unificarse. El imperio, por tanto, va hasta donde estén sus soldados aplacando a los otros, aquellos que justifican la existencia de sus muros, y la defensa militar de sus fronteras.


Pero, ¿No es esta acaso una interpretación inversa? ¿No aparecen primero los intrusos y luego las fronteras? ¿No creamos, precisamente, las fronteras y los muros para expulsarles?


Es casi una necesidad psicológica que los soldados destruyan al enemigo con placer y sin ninguna inhibición compasiva. Entre menos empatía desarrollen, entre menos humanistas sean, tanto mejor será su vida privada y su ejercicio militar. Nada peor para los militares que la idea de relacionar aquel ser exterior, aquel bárbaro (ser que balbucea nuestro idioma, que ni siquiera puede dirigirnos la palabra correctamente) con su propia humanidad, con los suyos, con lo que resguarda el imperio dentro de sus muros. La orden imperare implica expansión, someter y extinguir. La relación mental del soldado entre lo que hay dentro del imperio y lo que hay fuera; no es posible que el imperio sobreviva a la vehemente penetración de la compasión. Es imposible la existencia de un imperio humanista, civilizado en las dos direcciones.

Claro, esta idea sólo se sostiene si extirpamos quirúrgicamente la obsesión humana del poder en sí, la megalomanía.


Tampoco creo que existan imperios que en el transcurrir de los siglos puedan sobrevivir al golpeteo constante de la barbarie en sus puertas.


A veces la humanidad actúa como un líquido, insoluble en sí mismo.
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