Fernando Soto Aparicio; sobre un buen hombre

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El ejemplar de “la rebelión de las ratas” que tengo es bastante viejo.

 Un niño al que apodábamos ratón me lo regaló, a principios del 2003. Fue el único libro que llevó al liceo andaki, colegio donde nos conocimos. Entraba a séptimo y era un campesinito diminuto, moreno y delgado, con cara alargada, casi lánguida y rasgos indígenas. Admiraba con fervor a Fernando Soto Aparicio, hablaba del libro con entusiasmo y me pidió insistentemente que lo leyera. Ratón era uno de los cinco estudiantes con los que yo compartía habitación. Dormíamos en camarotes. Durante algún tiempo, Ratón ocupó la cama justo debajo de la mía.

 Sé que es bastante curioso que alguien apodado Ratón me haya regalado un libro llamado “la rebelión de las ratas”

 Siempre admirando a escritores de otras latitudes, terminé leyendo la rebelión varios años después, una tarde que seguramente no tenía gran cosa que leer. Es un libro apasionado y panfletario, con una escena que se repite y se repitió intermitentemente en muchas partes de América. Hace poco, precisamente, veía la película norteamericana “la sal de la tierra” de 1948, prohibida en estados unidos hasta 1999. La película narra otra rebelión de las ratas, mucho más sindical, que logró una victoria meritoria gracias al papel de las mujeres. La película, de hecho, es una oda a la mujer comprometida con las causas sindicales, y no es para nada misterioso que el gobierno norteamericano la prohibiera durante tanto tiempo. 

 De los cinco estudiantes que dormíamos en aquel diminuto cuarto, dos eramos de décimo, uno de noveno y los otros eran niños. A veces, durante las noches, teníamos tanta hambre que salíamos a media noche a robar guayabas en los árboles de un campesino que cuidaba el colegio. Salíamos los dos más grandes, y cuidaba la entrada el estudiante de noveno. Los árboles de pera/guayaba ( pues era una especie de injerto) eran resguardados por una telaraña de alambre que resultaba a veces imposible de cruzar. El campesino tenía en las noches tres perros merodeando el cultivo. Nunca nos atacaron, pues nos conocían. Pese a todas las prevenciones, lo despertamos varias veces. Pudo dispararnos en cualquier instante, pero nunca lo hizo. A lo mejor sospechaba que quienes robaban guayabas eran estudiantes del liceo, hambrientos y temerarios como gatos ladronzuelos de vereda. 

recuerdo que nos devolvíamos con las camisetas llenas de guayabas para que los cinco comiéramos con cierto rigor igualitario que yo imponía. Por ello y por compartir toda la comida que me enviaba mi abuela, Ratón y los otros me tenían  cierto cariño. 

La edición (pirata) de la rebelión que tengo tiene una fotografía de Soto Aparicio en donde tendrá quizá unos cuarenta años. Viste una chaqueta de cuero y luce una barba que cubre toda su quijada y le da un aspecto fuerte y serio. Nada que ver con sus últimas fotografías de anciano octogenario, inteligente y bonachón, de mirada tranquila y amable, como quien ha tenido una larga y productiva vida feliz. De hecho, esa fue la impresión que me dio muchos años después, cuando lo agregué en facebook. Soto Aparicio tenía Facebook, y al parecer aceptaba a todo el mundo. En las mañanas subía pequeños poemas, hermosos por su pasividad y sencillez, palabras de un anciano nostálgico y tranquilo. A veces acompañaba sus palabras con una foto suya paseando por el Park Way. Un par de veces (muchas veces) caminé por el Park Way con la esperanza de verlo. Lo vi dos veces. Nunca me atreví a acercármele. Supuse que algún día podría conocerlo y conversar con él, mediado por el Maestro Isaías Peña.

 Precisamente sobre él, el maestro escribió. “La bondad de Fernando Soto Aparicio jamás la he conocido en ningún otro escritor colombiano. Lección de vida fue su vida” 

Y si lo dice él, que a su vez es la persona más bondadosa que yo he conocido en mi vida... 

Pero lo curioso es que para saber de esa bondad me basta recordar la mirada de Ratón hablando de la rebelión, o de mi novia, siempre emotiva, hablando de mientras llueve. Ese fue su libro de juventud, que aún aplazo para después, pues la edición que tengo, tan vieja como la que me regaló Ratón, falta de varias páginas. Muchas veces me repite las últimas palabras de aquel libro, como quien repite un poderoso conjuro.

 “Y esperaré la muerte, amiga muerte, mientras afuera llueve”
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