martes, 15 de noviembre de 2016

Trump y la crisis del liberalismo.





En el 2011 leí “ha vuelto” de Timur Vernes y su argumento me resultaba entonces divertido aunque inverosímil; aún  fresco el recuerdo de la crisis del 2008, me resultaba un poco extraño que se olvidara fácilmente la responsabilidad de la especulación financiera y simplemente se acudiera a culpar a inmigrantes y foráneos como responsables del desplome. Creo que olvidé o no comprendí la crítica al establecimiento que realizaba Vermes en boca de su "Hitler-personaje" hacia los medios como representaciones del establecimiento liberal.  Después de todo el nacionalsocialismo es la derrota del liberalismo económico (lo era en la década de los 30 y lo es ahora) y yo en el 2011 aún me consideraba un liberal convencido. Por tanto, un resurgimiento de la ultraderecha me resultaba simplemente absurdo e inconcebible.

En el 2016 pienso distinto. En algunos aspectos Trump no me tomó por sorpresa.  Sin embargo, estoy lejos de comprender todo lo que quisiera comprender.

 Además voy a confesar algo; siento más aversión por Hillary Clinton que por Donald Trump.

Así que debo remitirme constantemente al racismo para recordarme por qué el discurso de Trump no tiene cabida en este momento. Luego tenía que cuestionar esa primera frase “no tiene cabida en este momento”  pues una época es naturalmente el resultado de sus confrontaciones. En cierto sentido, si un discurso sigue generando debate político, no puede considerársele descontextualizado o anacrónico. Sencillamente no hemos superado (aunque creamos que si con mucho orgullo) el racismo y la homofobia.

Es más, creo que nunca los superaremos. No como colectivo o como especie. Esta idea desmorona también el concepto de la globalización. Trump representa ese desmoronamiento en lo económico y en lo social.

Es prematuro sin embargo decir que concepto prevalecerá.

Creo que Trump no es una causa, es un síntoma. Esa fórmula “causa no síntoma” la he repetido aquí hablando de muchas otras cosas (las farc, Ordoñez) ahora bien, creo que la continuación a los próximos diez años del liberalismo económico será muy difícil. El liberalismo le propone al mundo entero un salto al vacío, y sus soportes de confianza son demasiado etéreos.  La globalización avanza centralizando más y más los capitales, reduciendo las fábricas y concentrándolas  en China y países cercanos. Las fábricas son el símbolo del liberalismo económico. Su partida hacia China es el principal síntoma de la incertidumbre.

La economía dejó los puestos estables, la promesa del empleo fijo como generador de estabilidad social, y plantea un concepto de movilidad e incertidumbre que no le gusta a todo el mundo. Esto también representa la desaparición del estado de bienestar, en muchos sentidos. El millenial es el ciudadano ideal del salto al vacío que propone el capitalismo contemporáneo. Esporádico, volátil, superficial y sin raíces. Muy pocos seres humanos nos adecuamos a esas condiciones.

La concentración de la mano de obra en China le deja un solo campo de acción a occidente, que suele llamársele “innovación” por tanto, se hace énfasis en la educación y en el emprendimiento. El problema es que las cifras no necesitan demasiados emprendedores. Más aun cuando la educación se encarece y el emprendimiento tiene una mortalidad alarmante. La concentración de las fábricas en China ha generado el aumento progresivo de la informalidad en todo el mundo. 

Es normal que los cambios generen estragos y que la economía necesite algunos años para remplazar los puestos de trabajo que se pierden en un lado y los remplace por otros. Aquí entran a participar los millenials al relevar a la generación que va de salida, votantes  más activos y más acostumbrados a la estabilidad laboral como símbolo de bienestar económico. Esto empeorará dramáticamente con la inteligencia artificial (que temo acabe con la mayoría de puestos de trabajo del mundo) el economista prevé esto y sabe que durante algunos años las cifras serán malas pero supone, mejorarán con el tiempo. El trabajador no visualiza esa esperanza. Es difícil que lo haga.

Ahora bien, la antiglobalización ha sido una causa notable en Trump y un buen motivo para explicar  por qué  la gente salió a votar por él. Es un problema que los medios y la clase política tratan de invisibilizar, pues no tienen una solución para él, y lo aceptan como un daño colateral del que es mejor no hablar “en algunos años, se recuperarán esos puestos de trabajo” dicen los políticos. Estoy seguro que no tienen idea de cómo hacerlo.

De no haber rescatado bancos en el 2008 con dinero público ( o haberlo hecho priorizando a las deudas de la gente y no  las deudas de los bancos) probablemente esto no habría sucedido. 

El problema es que Trump no es una persona idónea para solucionar o siquiera enfrentar el problema de la globalización. Muchos de sus postulados sobre el proteccionismo recuerdan a los años previos a la crisis del 29. Una guerra de aranceles desestimulará la economía y llevará a muchas empresas a la quiebra.

La guerra contra los inmigrantes y el cambio climático tampoco tiene ningún sentido. Aunque expulsar inmigrantes le de apoyo popular y negar el cambio climático le permita soltar las trabas ambientales a la industria ambas decisiones tendrán un costo monetario altísimo a mediano plazo.

¿Y qué hará cuando fracasen sus políticas económicas? Sin duda buscará a un enemigo al cual culpar de sus errores. Dio señales de tomar una decisión semejante cuando culpó a los medios de organizar las protestas actuales en contra de su elección. Esto es una señal  muy clara de desconocimiento completo al electorado que le es contrario. No son contradictores para él. Son enemigos que conspiran en su contra.

Ojalá me equivoque, pero supongo que en una economía deprimida optará por la guerra para recuperar credibilidad (es la salida fácil a la que acudiría cualquier populista si la economía se pone difícil) 


La gravedad de esa guerra depende del tamaño de la crisis.
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