miércoles, 21 de junio de 2017

conversación con una feminista ( parte II)






—Adán para ti es un símbolo bastante extraño. No he comprendido del todo el significado que le das—pregunté

—En primer lugar, Adán es el hombre, y por ello representa a todos los hombres,  el estatus quo  y la jerarquía

— El patriarcado…—concluí.

—Exacto.

—Mientras que, según tu ensayo, la mujer es el llamado a la trascendencia. Es quien le dice a Adán. “debemos salir de aquí. No podemos inclinarnos ante dios. Debemos ser iguales a él”

—Ese llamado se ha repetido toda la historia; es la mujer la responsable de que el hombre se obligue a sí mismo a trascender. No sólo como ideal, sino también como tormento.

—Son palabras extrañas para una feminista

—No te estoy diciendo que crea en ellas, estamos hablando del símbolo judeocristiano. En muchos sentidos la idealización romántica es una promesa de superación espiritual, una carnada que obliga a los hombres a trascender a través de la procreación, o mejor dicho, a suponer que la procreación les permitirá trascender.  Para que ello suceda la mujer tiene que detenerse en un punto entre el mundo de las ideas y la realidad. Un ser mitad idilio mitad carne. Pero procrear dejó de ser trascendente. La individualidad arrancó el sentido que tenía el amor, las promesas ideales del amor.

—Y con ellas el papel del ser idílico llamado mujer…

—No sólo eso—continuó levantando la mano derecha para pedir otro café— se llama a reformar por completo el significado de la palabra mujer, y con ello, por obviedad, el del ser humano en conjunto. Tienes razón en algo; es necesario un nuevo contrato social. Sin embargo, en muchos aspectos tu punto de vista es muy superficial, el asunto es más complejo, pues el hombre idílico también tendrá que desvanecerse. El sentido de voluntad cambiará, la economía, el derecho, el deseo.

— ¿Por eso el rechazo a la masculinidad? —pregunté con incomodidad.

—La individualidad debe dar un paso adelante, redefiniendo nuevos valores.

—Esos nuevos valores me suenan al poshumanismo. ¿El feminismo es una antesala al poshumanismo?

—En muchos sentidos debería serlo, pero puede que aún no sea consciente de esa responsabilidad. En primer lugar, muchas mujeres no son conscientes de que sus alegatos de dignidad y liberación hacen que la sociedad tradicional se tambalee, pues depende en muchos sentidos de la abnegación femenina, y en el papel la mujer como objeto de deseo para sustentar el capitalismo. Tampoco parecen muy conscientes de que sus peticiones a la sociedad, o bueno, la palabra petición es muy abnegada, sus “exigencias” puede afectar realmente a la sociedad, pues reconocer eso será interpretado por muchas como una concesión a los conservadores. Sin embargo, ¿qué tiene de malo? ¿Se sentaron los esclavos a pensar en la sostenibilidad económica de los esclavistas? Una igualdad intrínseca entre hombres y mujeres, una liberación del pacto de la maternidad ayudará a la construcción de nuevas formas de entender la sociedad. Nuevas interacciones, nuevas ideologías, y muy seguramente existirán efectos secundarios. Muy probablemente la familia como concepto deba desaparecer.

—Ese suele ser el argumento más defendido por la extrema derecha.

— Y por ti, mi querido amigo. Tus argumentos contra mi texto son simplemente conservadores. Acudes a la biología como un determinante absoluto

— ¿Y no lo es? — pregunto con curiosidad

— ¿Debería serlo? ¿guardarle lealtad melancólica a la naturaleza no es una forma de guardarle lealtad a dios? Para la iglesia católica, y los movimientos cristianos, su unidad ideológica es la familia. Las madres no sólo son sus donadoras más fervorosas, sino también sus portadoras ideológicas. Dogmatizan a sus hijos indefensos, asegurando la perpetuidad de su doctrina. Privados del control sobre la familia están condenados a desaparecer.

— Yo dudo bastante que desaparezcan.

— ¿Por qué? en algún momento ocurriría ¿Acaso temes que la sociedad, que la ciencia, toque las fibras de la naturaleza humana? ¿Temes que  esas fibras se alteren de tal manera que el hombre pueda asignarse roles de dios?

— ¿Bajo qué ideología va a hacerlo? ¿Con los designios de quién? ¿Del estado? ¿De una corporación? —no sé por qué, pero la conversación empezaba a ponerme nervioso.

Empezaba a anochecer. Ya terminados los cafés y sin una excusa válida para quedarnos en aquel lugar, le propuse a mi amiga que camináramos por la séptima, en dirección al Transmilenio que debería tomar en la estación de las Aguas. Ella aceptó, en caja pagó su parte (no me permitió invitarla) y abandonamos el lugar.

—Recapitulemos—empezó ella— ¿Temes al poshumanismo?

—Honestamente, es un tema con el que no me he familiarizado completamente, y en muchos sentidos, todavía es para mí un tema de ciencia ficción—contesté

—Si leyeras a Butler, verías que no es sólo un tema de lesbianas locas, como imagino piensas.

—No pienso eso…en lo absoluto.

—Entonces hagamos esta suposición, y dame tu opinión. Si te digo que el próximo paso de la evolución humana es binario, ¿qué papel jugaría el género?

— ¿Te refieres al día que copiemos nuestra consciencia en una computadora?

—Exacto.  

—Que coincidencia; dos amigos me han hablado del tema recientemente. Uno fue el profesor Isaías, que había visto un documental al respecto. El otro fue mi amigo deicidium, que colocó un margen de doscientos años para que suceda.

—Es un margen aceptable. En tu primera exposición, acudiste a lo práctico como justificación de la diferencias de género. Eso hace parte de los argumentos de Butler a favor del género como construcción social.

—Es decir que, ¿en mi intento de minimizarla le doy la razón?

— ¿Y por qué vas a minimizar a Butler? ¿Y sin leerla? ¡Que ambicioso y tonto la verdad!

—Bueno, minimizarla es una expresión errada y estúpida. No puedo minimizarla, pero puedo evitarla. Y también quisiera evadir el tema binario en la naturaleza humana, porque me desconcierta, y porque le considero el fin de la humanidad.

—Seguramente lo será, pero no será el fin de la razón. Esta no es una idea nueva, en lo absoluto. Ya lo decía Stelarc “el cuerpo humano está obsoleto”

—Es precisamente lo que más me desconcierta de todo esto.

— ¿Y por qué te desconcierta?

—Porque mis razonamientos tienen trabas que se inutilizan en un escenario semejante. La primera de todas es cultural, ¿qué sucederá con la cultura? si el cerebro se transforma en un algoritmo será inmortal, y la inmortalidad inmovilizará la cultura ¿Qué sucederá con la política? cuando hablamos de poshumanismo cyborg hablamos de un salto biológico que no estará al alcance de todos los seres humanos. Si me dices que es un salto biológico, evolutivo, hablaremos de dos especies que estarán separadas por su capacidad adquisitiva.

—Entonces tu incomodidad es lealtad de clase.

—En parte, no puedo negarlo, pero yo lo llamaría, en este caso particular, lealtad de especie. Pero antes de hablar del temor al poshumanismo, hablemos del temor a la desaparición de la maternidad.

—Siento que tienes una fijación temblorosa en ese tema

— ¡Claro que la tengo! y parte de la siguiente premisa; tengo treinta años. Las mujeres educadas y cultas de mi generación han decidido casi que unánimemente no tener hijos. Las clases superiores son poco reproductivas, y el estado poco a poco se anula junto a la desaparición de la clase media, ¿Quién va a pagar mi pensión?

Ella no pudo contener la carcajada

— ¡En cualquier escenario, lo más seguro es que no te vas a pensionar!

—Segunda premisa: de proliferar el rechazo a la maternidad, ¿se encargará el estado de la reproducción? ¿Le entregaremos al estado nuestro derecho a la progenie?

—No hay respuestas para eso. Sólo conjeturas. Yo diría que sí, ¿qué hay de malo en eso?


continuará--- ( la parte tres será la final)


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viernes, 16 de junio de 2017

Conversación con una feminista ( parte I)




Nos encontramos en una pastelería del centro de la ciudad. Ella tenía un largo  y tedioso ensayo titulado “la paradoja de adán” que me pidió leer con cierto orgullo. Prometí  hacerlo, y además, sugerí que nos sentáramos en algún lugar tranquilo a conversarlo, aunque sabía que en su petición de lector había algo de desafío.

— ¿Y bien? —Me preguntó apenas llegaron los cafés— ¿qué te pareció?

Sonreí con incomodidad.

—No encontré ningún error ortográfico, gramatical o de sintaxis, si a eso te refieres.

Es una tarde de Junio cualquiera, afuera llueve. El chapoteo del ruido exterior me adormece un poco.

—No te puse a leer mi ensayo para que buscaras errores—contestó.

—Lo supuse—confesé con un bostezo—pero también supongo que conoces mi punto de vista sobre los temas que tratas en tu trabajo. Así que lo que esperas, supongo, es un debate.

—Me conformo con una conversación—contestó mientras se acomodaba el cabello y me miraba a los ojos por primera vez—Si puedo callarte puede que calle a buena parte de los hombres impertinentes que lean mi trabajo.  

—No voy a decir nada impertinente, si es lo que supones. Respeto tu trabajo, pero… 

— ¡Después del “pero” es donde las cosas se ponen interesantes! ¿No crees? —dijo interrumpiéndome con una sonrisa desafiante. 

—…No he leído a Judith Butler, ni pienso hacerlo—confesé— Mi conocimiento del feminismo teórico se limita al Segundo sexo, de Beauvoir, y desde allí, todas tus autoras favoritas me son desconocidas. Sé que Butler es una pensadora extremadamente influyente, no sólo para el feminismo, sino para toda la biopolítica…

— ¿Sientes que al leerla tu heterosexualidad tambaleará?—me comentó con una sonrisa.

Sonreí también, tan incómodo como al principio.

—Todo lo contrario. Sucede que no me sorprende. Estoy de acuerdo en casi todo lo que dice.
Ella guardó silencio

—Veo que ahora la sorprendida eres vos—continué—pero todo tiene su explicación. Pero en fin, ¿de qué hablaba? Butler se limita a llevar más allá la frase de Beauvoir “no se nace mujer, se llega a serlo” está parada sobre el existencialismo de Beauvoir, expandiendo y actualizando sus límites. El existencialismo feminista, sin embargo, siempre me resultó muy consecuente con la libertad de determinación que ofrecía el existencialismo Sartriano. Es muy posible que todas las feministas sean existencialistas, en esencia…

—A lo mejor ella lo pensó antes que él, ¿lo has considerado?

Sonreí, pero con una diminuta mueca de incomodidad.

—Honestamente me tiene sin cuidado; no vinimos a discutir quien lo tenía más largo, si Simona o Juan Paúl—contesté—de adolescente me importaba muchísimo el existencialismo, hoy me da igual. El punto es que cuando aceptas que el hombre (o la mujer) no posee una determinación metafísica y puede elegir su esencia, que es el postulado esencial del existencialismo, pues la teoría de  género de Butler no te choca. La aceptas de buena gana. Si podemos ser lo que deseemos ser y algo nos lo impide, ese algo que se opone a nuestra libertad puede tener cualquier nombre. Si se llama falocentrismo o patriarcado me tiene sin cuidado.

—Es curioso que agregues a la mujer cuando hablas del hombre como el centro del pensamiento.

Una mesera de estatura baja y lentes gruesos sirvió los postres. Guardamos silencio durante algunos minutos. Ella aprovechó el silencio para revisar su teléfono y contestar un par de mensajes de WhatsApp. Yo hice lo mismo con Telegram y con Twitter.

—Si soy honesto, tienes toda la razón en reprochármelo, pero es algo tan interiorizado que no puedo evitar recurrir a los mismos imaginarios de mi formación—terminé esas palabras levantando los últimos sorbos de mi café— No lo voy a cambiar sólo porque me lo censures, o porque lo censure el feminismo en general, con su doctrina de los micro-machismos, que por cierto me parece terriblemente peligrosa. Además, estoy demasiado emparentado con los conceptos de poder, virilidad y fuerza, todos culturalmente masculinos, así que seguramente te parezco un sujeto muy reprochable: por lo que leí todos esos postulados  te resultarán chocantes. Pero aquí hablaremos de tu ensayo, no vamos a discutir mis lógicas internas, ¿verdad?

—En parte, deberíamos. Es el sentido de mi texto—contestó

—Es una tarea inútil, estimada colega. No puedes corregir esas cosas. A lo mucho, la tarea sería corregir la lógica de la educación. Más que corregir, la palabra precisa es “censurar” Eso evitaría que nacieran otros cerdos machistas como yo.

—En ningún momento te he tildado de tal, cretino susceptible—contestó ofuscándose por primera vez— Déjame retomar un poco lo que dices: hay valores que no puedes desprender de tu lógica interna, como la llamas, ¿verdad? son los valores del patriarcado. La virilidad y la fuerza, el deseo. Por eso te molesta la lógica de Butler.

—En ese punto creo que ustedes la han malinterpretado, pero no lo puedo afirmar tajantemente, pues no la he leído con cuidado. Y no, no me molesta su lógica. A grandes trazos estoy de acuerdo con ella.

—Pues deberías leerla. No creo que pierdas nada.

— No me interesa por ahora, pero a lo mejor lo haga a futuro—contesté finalmente, suspirando—Los roles de género asignan los valores de poder y virilidad al hombre, mientras que la mujer debe cederlos, convirtiéndose muchas veces en objeto y no en sujeto. El sujeto desea el poder, anhela el control.  Butler ataca los roles de género porque relegan a la mujer el papel de objeto de deseo. La desaparición de los géneros como determinaciones biológicas permitiría que todos los seres humanos sean sujetos activos. Existiría otra sexualidad, otro orden. ¿Me equivoco?

—Más o menos.

—El problema es que el feminismo convencional, mediático al que parece te suscribes, ha asumido que cualquier símbolo de voluntad y virilidad es un atentado contra el feminismo. Eso les ha dado más enemigos que simpatías. Cuando Butler juzga el término “mujeres” y dice “Este es un calificativo del opresor para darnos un papel en la sociedad, un papel de objeto pasivo” Pienso, ok, Butler, acepto la premisa, pero ¿qué viene después? yo supondría que sería la transformación de la mujer en sujeto activo, y no la minimización del hombre. Otras cosas son necesarias ¿Renegociar privilegios? ¿Ajustar las cargas de la sociedad? Es necesario un nuevo contrato social. Como dijo Simone, “Es válido violar una cultura, pero con la condición de hacerle un hijo”

—Es una frase grotesca

Sonreí de nuevo, pero esta vez con simpatía.

—En este punto, creo que  las diferencias de objeto - sujeto no las crearon los hombres en su sociedad patriarcal, sino que las creó la naturaleza. Son muchas las especies donde el hombre debe demostrar su competencia para poder reproducirse. Es su papel biológico desear transmitir sus genes, buscar hacerlo y superar a sus iguales, mientras que la mujer es la que accede, la que lo permite, la que otorga. Esto no es ideología conservadora…es el mecanismo primario de la naturaleza para la supervivencia del más apto. Las hembras son un filtro de calidad genética, pues sólo le otorgarán la posibilidad de perpetuarse a los más competentes. La idealización femenina a la larga no es más que la idealización de este mecanismo de supervivencia genética. Claro que existen especies donde las hembras son más grandes, más fuertes, pero el mecanismo primario no cambia en lo absoluto: aunque sean más fuertes siguen ejerciendo por completo el poder final sobre la perpetuidad de una especie, y por consiguiente es el macho el responsable de persuadir. En nuestro grupo familiar, los primates, existe el patriarcado y el celo por la herencia genética, y esto añade mayor combustible a la discusión; pero no evita que la selectividad genética siga siendo un papel estrictamente femenino. El patriarcado primate, por su lado, ha generado todo tipo de comportamientos aterradores…

—No creo por completo lo que dices,  pues no se le puede achacar todo a la naturaleza—contestó ella—El ser humano posee la capacidad de generar complejos sistemas simbólicos, es decir, la posibilidad de cambiar el mundo factual a través de ideas. Su organización social hoy responde a elecciones ideológicas y muchas veces carece de sentido juzgarlas, compararlas siquiera con la biología de otros animales. Los animales carecen de ideología.

Los postres se acabaron. Pedimos otra tanda de café. Junto a nosotros se sentó una pareja bastante melosa.

—Te acepto lo del hombre que crea la sociedad, es válido hoy en día, y es válido para intervenir la sociedad, pero no era válido hace doscientos mil años—le respondí—El orden de la sociedad no fue una decisión racional e ideológica, si no funcional. Responde a razones funcionales. Pero ustedes decidieron convertir a la biología en un discurso político y hostil. Si me preguntas, eso no tiene ningún puto sentido.

— ¡Claro que lo tiene hombre! —Respondió, golpeando la mesa con energía— y hoy podemos modificar el discurso que acuñas como natural. Es por ello que el feminismo hoy tiene más fuerza, y puede reescribir los discursos científicos: someteremos la sociedad a un nuevo orden más racional, más justo con todas sus partes.

—El comunismo también intentó algo parecido. Fracasó estrepitosamente…

—No lo ha fracasado de manera definitiva—me respondió desafiante.

—Ahhhh—suspiré. Es aquí donde recuerdo, la discusión se puso complicada. —No creo ser el indicado para hablar de la naturaleza, te estoy exponiendo mi opinión nada más, pero creo que hay un hecho;  a la naturaleza le valen tres cojones las ideologías.

Mi amiga se llama Sara. Es socióloga de la Universidad Nacional, y lidera un pequeño grupo feminista muy vinculado con el animalismo y  otras causas igual de perdidas. La conocí como novia de un buen amigo, pero se apartaron hace algunos años. Hoy en día vive con una chica en Medellín, y me citó en una visita esporádica a Bogotá. Ella y su novia van a casarse a principios del año entrante.

—Conoces muy bien mi punto de vista—continué luego de quedarme en la ventana algunos minutos— Creo que el comunismo, el liberalismo, el feminismo, la democracia, todas las ideologías subestiman la biología, el comportamiento animal que conserva el hombre, pero ninguna doctrina lo hace de un modo tan ingenuo como el feminismo mezclado con el comunismo.

—En ese punto creo que estás siendo bastante arrogante.

—Quiero aclararte que no tengo nada en contra de la teoría Queer. Si somos libres de elegir lo que deseamos ser, si no hay una naturaleza humana que lo determine, ¿por qué no decidir por nosotros mismos el género? si acepto a Sartre acepto a Butler. Es decir, los problemas contra el feminismo vienen desde la teoría que les precede; los conservadores no soportan la autodeterminación de los individuos. Pero ese no es el problema, sino su consecuencia; en cierto sentido los conservadores tienen buenas razones en molestarse. ¿Qué sucederá con la reproducción? ¿Qué sucederá con el sostenimiento de la especie?

—Si de mi depende, la especie bien puede desaparecer.

—Precisamente por eso eres la demostración de lo que critico, ¡la exaltación del individualismo a costa de la desaparición de la especie! A grandes rasgos el feminismo que practicas es la exaltación de la individualidad femenina, del mismo modo que el padre irresponsable o el asceta lo es de la individualidad masculina. Ambas son formas de rechazo a las responsabilidades de la procreación. La ideología dominante del siglo XX nos empuja a la individualidad, al rechazo de los compromisos sociales. Queremos ser libres y que la sociedad no se interponga. No queremos ninguna responsabilidad con la especie. Bueno, en cierto sentido, tras la exaltación del individuo que ha hecho el capitalismo el feminismo como doctrina es completamente consecuente: en la división de responsabilidades sociales y la distribución de tareas, no voy a negarte que la responsabilidad femenina es mayor que la del hombre.

—Ya empezabas a asustarme, monseñor Ordoñez.

—Es que eso es evidente, pero no sólo en nuestra especie, si no en la mayoría de mamíferos. Es difícil que el feminismo me diga que hay un discurso político en que sea la vaca la responsable de cuidar al ternero, y que además sea quien me ataque al acercármele a su cría. En las aves y los insectos también es la hembra la que ataca a quien atente contra la seguridad de la progenie. Sólo sé de algunos casos de apatía como regla general  en los reptiles y en los peces. En la palabra mamífero viene implícito el amamantamiento. Es decir, somos hijos de madres que nos amamantan, que nos cuidan de pequeños. Ahora bien, la cría humana es bastante estorbosa. Muchas veces he escuchado que es precisamente la debilidad de los humanos al nacer la condición responsable de crear y fortalecer grupos sociales, donde varios individuos pueden cuidar con mayor facilidad a los recién nacidos. Las mujeres, sin embargo, tienen las manos atadas, pues las crías humanas no pueden aferrarse a sus madres por sí mismos. La defensa de depredadores le corresponde al hombre y al grupo familiar.

—Me estás reproduciendo los dogmas del patriarcado, y creo que los tengo claros…No necesito que me repitas…

—Mira, si se te ocurre un orden distinto para esas sociedades, me encantaría escucharlo. Pero no quiero una respuesta ideológica, si no práctica. ¿Crees que aquellos primeros humanos tenían ideología o les importaba cinco cuál de los géneros dominaba la sociedad?

— ¿Y por qué no cazaban las mujeres y los hombres cuidaban a los niños? —La pregunta es desafiante pero cordial—Existen numerosos estudios sobre el matriarcado como estructura inicial de la sociedad.

—Todos teóricos—respondo encogiendo los hombros— El 95% de las sociedades eligieron una distribución de trabajos similar. Alrededor del matriarcado existe más un discurso romántico que realista, y no quiero decir que no sea un sistema válido, pero en realidad recargaría a la mujer de más responsabilidades, en vez de liberarla. Ahora bien, podría funcionar lo que propones, pero habría que esperar la superación del amamantamiento. Durante al menos un año la mujer está amarrada al bebé. Y para que un buen número sobreviviera, la mujer era entonces una máquina de partos. Estamos hasta aquí hablando de hechos que podemos verificar en la historia y el rastro antropológico de las sociedades. Esto lo reconocen las teóricas feministas, que evaden el tema de su importancia para la supervivencia de la especie y la trasforman en un discurso político de opresión intencionada. ¡Y claro que lo es! ¡Todo en el ser humano es político! Sin embargo es un acto de torpeza juzgar el pasado con la ideología del momento. Puedes explicar el pasado con perspectivas nuevas, desde ángulos nuevos, ¡pero es inútil juzgarlo de la forma en la que lo hacen las feministas, y menos imponer criterios de individualidad donde el concepto ni siquiera existía! Esa extraña  racionalización inversa, ese prejuicio  de altura moral desde un momento de la historia les impide percatarse de que en la sociedad de entonces no existía una idea de la individualidad como lo existe ahora. No sólo no existía la “mujer” como un ente independiente, tampoco existía “el hombre” sólo existían los pueblos. Éramos comunidades, familias, herencias, y la misma existencia de la voluntad del padre como ente rector es cuestionable. Primaba el deseo de sobrevivir, un llamado biológico a preservar los genes y eso lo representaban los niños. El hombre y la mujer eran (y siguen siendo) simples herramientas de ese llamado.

—Todo lo que dices quedaría muy bien si no existiera el judeocristianismo.

No esperaba esa pregunta, y la obviedad del vacío me dejó pensativo por algunos minutos.

—El papel de la mujer en el judaísmo es muy complejo, y difícilmente podríamos cerrarlo en una sola conversación.

— ¿No sabes que decir verdad? el judaísmo es una religión machista, en esencia…

—Mira, primero que todo te aclaro que no niego la existencia del machismo. Pero no creo que sean machistas todas las interacciones de poder entre hombre y mujer, ni mucho menos una división de responsabilidades. ¿Sabes qué considero machistas?

— ¿Qué? —y al preguntar abrió los ojos enormes con un gesto que bien podría interpretar como sarcasmo...

—Las restricciones sobre la sexualidad.

— ¡Vaya! —Respondió ella—empezaba a preocuparme por nuestra amistad.

— ¿Sabes que el judaísmo se transmite por línea materna? no es el padre el que te hace judío, si no la madre. Ello implica una preocupación adicional sobre la herencia sanguínea.

— Sí, lo sabía, pero no lo había pensado así.

—Es aquí donde conectamos con tu ensayo ¿verdad? el papel de la mujer en el judaísmo lo determina la necesidad de restringir la sexualidad, por temor a que la pureza de una descendencia se pierda.

continuará...
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domingo, 4 de junio de 2017

Apocrafía y terror.



Aunque no lo parezca, es muy fácil desaparecer de internet. Sólo es cuestión de tiempo; los formatos caducan y las plataformas desaparecen sin dejar rastro. 

Creo que me he leído todos los cuentos de Borges. Incluso podría recitar el Aleph o las ruinas circulares de memoria, pero es posible que alguno que no me despierte tanta admiración se me  haya olvidado por completo. Sin embargo, tengo dos cuentos apócrifos que recuerdo constantemente, aunque ya no los conservo físicamente.

Primero que todo; lo de apócrifos es una suposición. Para explicar su origen tengo que hablar del Ares, y del internet de principios de siglo. Ares es un programa de compartición p2p que fue la primera ventana a los archivos piratas de internet. Todos los teníamos entonces, y lo usábamos para conseguir cualquier cosa. Con conexiones telefónicas de un máximo de 5kb/s , descargar un video tardaba un mes y una canción probablemente una semana. Los recibos de los teléfonos fijos costaban una barbaridad, pero lograr un archivo extraño producía una alegría intensa que es poco probable hoy en día volver a sentir.

En el 2004 o 2005 se me ocurrió buscar libros de Borges en Ares. Como eran archivos pequeños se descargaban con facilidad. Encontré un montón de cuentos desordenados. Sin embargo, en Ares había una práctica extraña para darse a conocer; pequeños escritores, músicos o artistas sin nombre firmaban cuentos, canciones o pinturas propias con nombres de artistas famosos para difundirlos mejor. También era común cambiar autores de cuentos. Por ejemplo; en aquella época leí el cuento “los nueve millones de nombres de dios” firmado por Asimov. Muchos años después, luego de buscarlo inútilmente con un nombre errado me enteré que el cuento en realidad le pertenecía a Arthur C. Clarke.

En el caso de las obras propias,  inevitablemente se compartían y difundían con un crédito ajeno ( la mitad del plan funcionaba) pero vos continuabas en el completo anonimato. Se corrió el rumor alguna vez que un cantante colombiano se apropió de una canción que alguien distribuyó diciendo que era suya. ¿Y quién podría decirle lo contrario? 

Respecto a estos dos cuentos, los archivos originales los perdí hace mucho, y no tuve forma de recuperarlos.

El primero se llamaba el Necronomicón de Borges. El narrador era un periodista mexicano que entrevista a un Borges taciturno y angustiado. La conversación fluye con normalidad, Borges poco a poco toma confianza con el periodista hasta que se decide invitarlo a su despacho. Allí, luego de un par de bebidas y cierta complicidad, Borges se anima a mostrarle un libro extraño al que tuvo acceso recientemente. Le advierte que el libro tiene una fama macabra y que muchos lo suponían en la Biblioteca de la Universidad de Buenos Aires. Pero no. Estaba en la biblioteca Nacional, donde él era el director. 

De inmediato saca el Necronomicón. Su comportamiento con el libro es enfermizo y recuerda un poco a Gollum con el anillo único. 

El resto del cuento es un epistolario, donde Borges empieza a sumergirse en una especie de locura frenética por el libro y sus secretos. El periodista guarda el secreto, pero empieza a preocuparse por su salud mental. Toda la oscuridad y ansiedad concluyen, sin embargo, con la ceguera, que de algún modo lo libran del hechizo del libro maldito. La última carta es angustiosa. Borges ha perdido a todos los libros del mundo, pero se siente aliviado de no poder acceder otra vez a aquella adictiva fuente de conocimiento prohibido. El libro regresa a la biblioteca, Borges lo coloca en algún anaquel cualquiera y se esfuerza en olvidar donde, pues su mayor deseo es que no sea recuperado. Y no existe mejor forma de desaparecer un libro que enterrarlo en un millón de otros libros.

Estoy casi seguro que esa fue la primera vez que escuché hablar (indirectamente) de Lovecraft. 

La segunda historia (tan poderosa que bien podría ser de Borges, pero nunca lo he encontrado en ninguna de sus obras completas) transcurre en una Inglaterra victoriana. Un acaudalado comerciante recibe una carta. Una sociedad secreta (el nombre de la sociedad era el título del cuento,  y lo he olvidado)  le advierte que debe entregarles el dinero que ha ganado durante toda su vida, o de lo contrario alguien morirá cada noche y será culpa suya. En un principio el comerciante se burla, y toma la carta como una broma, pero la sociedad secreta cumple su amenaza con una mecánica precisión. Creo que antes de los asesinatos el comerciante se entera por algunos minutos el nombre y el lugar del asesinato para resaltar su culpabilidad e impotencia. Siempre tiene la esperanza de intervenir en el asesinato y salvar a la víctima, pero esa esperanza es engañosa.

Las víctimas son personas completamente comunes. Puede morir cualquiera en cualquier momento, es imposible detenerlos porque es imposible proteger a todo el mundo al mismo tiempo. El cuento expresaba una forma de terror absoluto que está muy de moda en nuestros días. Recordé el cuento con los recientes atentados de Londres. El comerciante termina suicidándose y entregando su dinero. No encontró forma de detener esta macabra forma de terror.  

PS:   La muerte del comerciante me resultaba inverosímil. En el mundo hay miles de empresarios que son muy conscientes de que sus negocios producen muertes. Claro que no tienen el nombre y el lugar de las víctimas, en cierto sentido no las han racionalizado como seres humanos y eso les permite no sentir empatía, y por ello nunca tienen la sensación de dañar realmente a nadie. Su consciencia de sus actos no llega hasta ese punto. 

Bogotá  4 de Junio del 2017
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lunes, 29 de mayo de 2017

Gabo Periodista




Ponencia presentada en el Marco de “encuentros literarios – 2017 cien años de soledad,  50 años después”  por Oscar M Corzo el 10 de mayo del 2017 en la Biblioteca Nacional.

El título de esta ponencia parece escueto y ambiguo. Aparentemente es mucho más específico hablar del Gabo novelista, pues varios títulos vienen de inmediato a la memoria. Gabo novelista se materializa y se reconoce, mientras que Gabo periodista pareciera un proceso previo, o como se dice en informática un subproceso, o proceso en segundo plano, y nuestra conclusión inmediata es que Gabriel García Márquez se puso un traje de arqueólogo para excavar en la piedra de la realidad los elementos útiles para concretarse en la novela. Como no soy un especialista no puedo decir si la imagen es real o no, pero puedo afirmar como lector que la sensación estética de su obra es distinta. Mi ponencia no tiene una búsqueda bibliográfica exhaustiva pues plantea un juego de posibilidades. Específicamente, quiero preguntarme cual fue el papel de Gabriel García Márquez en el nuevo periodismo, que inició con la publicación de a Sangre fría de Truman Capote.

Gabo periodista también fue el título de una recopilación de textos que publicó hace cuatro años  la fundación Gabriel García Márquez y el fondo económico sobre su faceta como educador y como reportero. En este libro Sergio Ocampo nos recuerda que el realismo mágico es el resultado natural de la interacción entre la realidad y la ficción que sólo podía darse en un periodista que quería ser escritor. Con los mismos elementos, el nuevo periodismo de Capote llegó a un resultado completamente diferente, y esta disociación responde tanto a culturas como a tradiciones distintas, que sin embargo, tienen en Faulkner un hilo conector.

Retomando, ¿quién era Gabo como periodista? ¿Cuál fue su aporte a una de las carreras más importantes del siglo xx? estas preguntas de naturaleza obscena, para algunos,  han sido la preocupación de múltiples estudiosos de su obra. El más llamativo e interesante de los análisis que encontré pertenece a Juan Nadal Palazón, de la facultad de filosofía y letras de la UNAM.

En su texto, “discurso narrativo y descriptivo en las entradas de los primeros relatos periodísticos de García Márquez” destaca el  uso magistral del “entrada periodística” también conocida como Lead, o lid, que en palabras de Martin Vivaldi, citado por Nadal “toda entrada periodística debe llamar de tal modo la atención del lector que lo obligue prácticamente a la lectura” esa concentración se basa tanto en la dosificación de información como en su organización, en resumen es cazar, pescar lectores usando el momento más poderoso de la noticia para forzar al lector a comprar el periódico, con sólo leer el titular.

 En este propósito tiene un papel protagónico el concepto de la pirámide invertida  muy conocido por los periodistas y que Wikipedia define así.

“la pirámide invertida es una estructura que organiza la información acorde al interés plausible del lector, de mayor a menor importancia, a través de la respuesta a las denominadas 6 preguntas clave: qué (what), quién (who), cuándo (when), dónde (where), por qué (why) y cómo (how)

Si el escritor lleva interiorizado el concepto de pirámide invertida, y la transforma en una abstracción  que desecha las preguntas y se centra en lo narrativo, priorizando la información más importante como criterio de organización, podemos llegar más fácilmente al estilo de Gabo. Pero entonces, ¿El Gabo periodista era un donante de técnicas y estructuras al Gabo novelista? creo que esa pregunta merece una revisión más profunda,  retomando de nuevo su rastro bibliográfico como reportero.

La pregunta inicial de la ponencia parece tener dos respuestas aparentes. Gabo en el periodismo fue ante todo un literato, pero eso no distrajo un ápice su calidad de reportero y por el contrario, le otorgó un cristal distinto para apreciar la realidad.  Esa capacidad de destacar los aspectos narrativos y empáticos de las noticias durante la publicación de “relato del náufrago” publicado durante catorce días consecutivos a partir del 5 de abril de 1955, le valió un exilio pero también le simpatía de miles de lectores en Colombia.

Gabo le planteó a Luis Alejandro Velasco (para quienes no lo recuerden, el protagonista del naufragio) un método lineal, implacable, que ambos siguieron ordenadamente, y en ese momento tenemos testimonio de un Gabo que ya puede dar un uso de la estructura narrativa  y puede usar ese conocimiento para crear un método investigativo en función a la historia, pues era urgente organizar todo el estallido anecdótico de Velasco y lo que significó  para él su naufragio, darle a todo ese caos un formato ordenado, y peor aún, en medio de esa maraña de datos y sensaciones había que responder a los tiempos del cierre del espectador, construyendo esa novela-crónica sobre la marcha en un tiempo de vértigo.  Claro que en ese momento, 1955, Gabo ya tiene escrita la hojarasca, está a punto de publicarla y ya ha adelantado una parte de su siguiente novela.

La idea central es esta; la narrativa le da estructura a la crónica, y el camino inverso también podría ser válido. Gabo tuvo que ser un detective lógico dentro de la historia de Velasco, e incluso usó preguntas concretas que buscaron contradicciones en su testimonio, y a partir de ese método surgió una crónica novelada que los lectores del espectador devoraron apasionadamente.

El relato de un náufrago es una crónica, sí, pero también posee una preocupación estilística, un lenguaje novelesco que  mereció esa pasión voraz de los lectores del espectador. El relato de un náufrago se ciñe mejor a los estándares del nuevo periodismo que “crónica de una muerte anunciada” a quien los críticos golpean como ambigua o como tenue, tenue si la colocamos al lado de la demás obra de Gabo. En el periodismo no funciona por sus detalles ficcionales,  y en la ficción se le considera  una obra inferior. Buena, sí, pero inferior.

Este es quizás el argumento central para muchos de la invisibilidad de su obra periodística. Y aquí volvemos a ese punto medio entre lo novelado y lo verídico, que encierra casi toda la tensión que sufrió el periodismo en la segunda mitad del siglo XX. Sobre este tema, quizás el trabajo más juicioso le pertenece a Carmen Rabell en su tesis de posgrado “periodismo y ficción en  crónica de una muerte anunciada”. Escrito para la universidad de Chile,  que presenta una particularidad poco usual en las tesis: tiene lectores, y por ello se ha reeditado dos veces. Rabell hace una revisión de las publicaciones críticas de crónica de una muerte anunciada y en su primer capítulo nos muestra cierta hostilidad tanto de la prensa como de la crítica. Para esta publicación, cuya primera edición se realizó al tiempo en México, Colombia y argentina, con un millón de ejemplares y una gran campaña publicitaria que creó una expectativa que para muchos la obra no pudo cumplir.

Rabell se da la tarea de hacer minería inversa en los artículos de Gabo publicados tanto en el Heraldo como en el Espectador, encontrando elementos comunes que sugieren una construcción collage de la novela. Rabell también utiliza el libro Nuevo periodismo de Tom Wolfe para justificar la pertinencia de Crónica de una muerte enunciada al género, nuevo periodismo, que floreció en Estados unidos y revolucionó el uso de la información que usarían los medios a partir de entonces.

Wolfe exalta el valor del nuevo periodismo como toda historia de índole real que no quepa dentro del argumento del reportaje. Llama a estas historias de “interés humano” por contener lecturas entre líneas, por realizar críticas en donde el lector, puesto como espectador, sólo puede ponerse de lado del punto de vista que le ha insinuado el autor.  El ejemplo predilecto que utiliza Rabell es la crítica a la iglesia católica implicita en crónica de una muerte anunciada, cuando hablamos de ese vicario que se negó a descender al pueblo para saludarlo. Como indiqué anteriormente, Rabell saca este detalle y lo relaciona con las crónicas de Gabo en roma sobre la salud de Pio XII.

Ciertos sacerdotes y monjes dominicos siempre tenían un chocolate listo para compartir con el vicario de cristo, y sin embargo este pasaba de largo.

La crónica moderna tiene la capacidad, o más bien el gusto, por enfocar su lente en los detalles más humanos de la realidad, en buscar elementos sensibles de la historia, en destacar las heridas de una comunidad, sus flaquezas. Es responsabilidad estética del periodista tener el suficiente tacto, el suficiente sentido estético para no convertir esa herida en espectáculo morboso, pero esta flaqueza nunca se le detectó a Gabo.  El amarillismo y el reportaje llorón son las formas en las que hoy catalogamos al nuevo periodismo que acude a la audiencia sin capacidad crítica, despertando emociones sin tocar ninguna fibra reflexiva. Digamos, que el baraje cultural del periodista le permite ser directo y ser crítico siendo sutil. Como escritor y como periodista, Gabo fue poderosamente sutil, y eso le permitió ser tanto molesto como efectivo.

Rabell cita de nuevo a Wolfe para darnos las claves del nuevo periodismo, con las siguientes coordenadas:

“El nuevo periodismo requiere la utilización de escenas en la construcci6n de la obra, el uso del dialogo para caracterizar los personajes, la narración desde el punto de vista de un narrador-personaje y la descripción minuciosa de aspectos materiales de la existencia -tales como el vestido, la vivienda y las costumbres cotidianas—para simbolizar el status de los personajes y su posici6n en el mundo que habitan”

Rabell utiliza estas directrices para sugerir que Crónica de una muerte anunciada”pertenece al nuevo periodismo. Mi opinión es que las mismas directrices son mucho más aplicables a “relato de un náufrago”  y peor aún; por la biografía de Gabo, y por los comentarios del propio autor, sabemos que crónica fue una historia pospuesta por treinta años, por voluntad de la Madre de Gabo, en respeto de la madre de Cayetano Gentile Chimento, nombre real del personaje Santiago Nasar. Treinta años esperó Márquez para escribir su historia.

¿Qué hubiese pasado si Gabo escribe en su momento crónica de una muerte enunciada? Esto es mi simple especulación: La hojarasca se aplaza como primer libro. Quizás el carácter ficcional de crónica se hubiese desplazado un poco por un carácter más periodístico. Pero su calidad de vanguardia hibrida entre ficción y realidad,  o más exactamente entre realidad y lenguaje literario hubiese permanecido intacto. También el orden de la historia, pues obedece al criterio de la pirámide invertida que ya cumplía la hojarasca.

Es extraño que alguien desplace al nuevo periodismo más allá de Wolfe, más allá de Truman Capote. Se dice frecuentemente que más allá de a Sangre fría, quien inició la ola del nuevo periodismo fue operación masacre, de Rodolfo Walsh, obra publicada en 1957,  9 años antes de a sangre fría pero dos años posterior a la publicación en el espectador de  relato de un náufrago.

Mi conclusión es que el Gabo periodista estaba a la vanguardia de su tiempo, y su papel como precursor y como hombre adelantado a su tiempo en el oficio del periodismo no debería pasar desapercibido. Sin duda el boom latinoamericano tiene mucho que ver con la construcción del nuevo periodismo, Capote y otros fueron lectores de Gabo, pero este reconocimiento es marginal, al punto que crónica de una muerte anunciada se considera una obra reflejo de a Sangre fría y no una obra autónoma, resultado de un proceso paralelo y propio. Gabo no siguió la tendencia del nuevo periodismo. Gabo bien pudo haber sido su padre.

El florecimiento de los medios y la importancia de la información como producto de consumo son hoy mucho más significativas que en los años cuarenta, cuando a los 21 años el joven Gabo se enlista en el diario El Universal, el 20 de mayo de 1948. Allí llega con tres cuentos publicados en el suplemento sábado, dirigido por Eduardo Zalamea Borda, que le permitieron una reputación de cuentista. En definitiva, es la literatura la que lo conduce a las puertas del periodismo, único modo aparente vivir de escribir.  Pero también es evidente que en su labor de periodista expresó amor, inteligencia y sentido crítico. Se podría insinuar también que una de las grandes características de Gabo Periodista fue su capacidad para ser incómodo, y esa incomodidad es difícil de resaltar hoy institucionalmente, y más aún en los tiempos de la posverdad. Considerando, y aceptando también, que la obra novelística de Gabo es tan brillante que opaca y enceguece la importancia de su obra periodística y su obra híbrida.

Pero la dualidad entre periodista y escritor es engañosa. Ambas facetas buscan contar historias. Concluiré que Gabriel García Márquez fue un trovador, un juglar, un contador natural de historias, esa era su pulsión,   y para satisfacerla descubrió en la literatura y el periodismo sus dos predilectos campos de batalla.

Oscar M Corzo
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miércoles, 26 de abril de 2017

Cuento - Te han nombrado en vano







     A la playa llegaron seis camionetas y un autobús. De la primera camioneta bajó un hombre vestido de negro, de rostro enfermizo aunque su cuerpo parecía pesado e imponente, con  el cabello cubierto y una larga barba descuidada. Una veintena de hombres descendieron tras él de otras camionetas —aunque ninguno lograba su tamaño ni imponencia—  para luego  formar disciplinadamente frente al primer hombre, que dio al grupo una pequeña explicación en árabe de lo que debían hacer desde ese instante, y luego arrojó una bengala sobre los riscos para que otra treintena de hombres que aguardaban entre las rocas descendieran para unirse a los que ya escoltaban el autobús.

     El primer hombre empujó del autobús a una mujer que llevaba los brazos amarrados a la espalda y la cabeza cubierta con una tolda negra. La mujer tenía un largo vestido de noche que entorpecía su caminar en la arena. Del autobús fueron saliendo uno a uno varios hombres más, atados de manos y llevando en las manos algunos instrumentos musicales. Los prisioneros iban vestidos de gala, y también tenían el rostro cubierto. Apenas la mujer sintió la arena bajo sus pies empezó a gimotear e intentó arrojarse al suelo—creyendo que en el suelo entorpecería su martirio—pero las manos de dos hombres se lo impidieron. Ya entonces estaba cansada de preguntar “¿qué quieren?” en todos los idiomas que manejaba (fluidamente en  polaco, inglés, alemán y francés, y con torpeza en español y portugués) así que terminó dejándose llevar, en medio de un llanto digno y seco. Los hombres que la escoltaban la colocaron junto a una especie de mástil enterrado, amarrada por las manos, de frente a la parte más baja del océano.

     Sara presintió una larga temporada de torturas y humillaciones, y tuvo la esperanza que durante un combate o un intento fallido de rescate una bala perdida acabara con su vida lo más rápido posible. Sin embargo, cuando sintió las manos de uno de sus secuestradores tocando sus pies (ante la posibilidad de morir violada por desconocidos, prefería un fusilamiento urgente) una racha de energía y adrenalina la obligó a forcejear golpeando y mordiendo todo lo que tuviera cerca. En medio de su forcejeo, alguien le retiró la mortaja del rostro.

     Estaba en la playa (hasta entonces ella lo ignoraba, a pesar del ruido, la arena y del olor a sal en el aire; a ese grado de nerviosismo había llegado) la playa era pedregosa y carmesí. No reconocía ninguna forma, e incluso el cielo nublado le resultó extraño. 

      —Cálmate, prostituta —le dijo el primero de los hombres, con un acento amargo cuyo origen le resultó difícil de distinguir—. Mientras nos escuches y obedezcas, nada malo te pasará.

     La mujer tenía el rostro golpeado y los ojos enrojecidos, presentía una mentira pero asintió nerviosamente. Sabía que había estado algo más de cinco horas maniatada y con el rostro cubierto, primero en un avión y luego en el autobús, pero no lograba intuir su posición, ¿es el océano atlántico o el pacífico? el agua era particularmente oscura y de aspecto frío, ¿para qué alguien secuestraría unos músicos y los llevaría tan lejos? ¿Qué sentido tenía todo aquello? 

     Desconcertada, descubrió que otros hombres trabajaban en una especie de escenario improvisado entre las rocas dirigido hacia el océano. Enormes amplificadores de sonido se enfocaban en dirección a las profundidades, ¿Era esta una broma que había llegado demasiado lejos? Tras el hombre que le descubrió el rostro, al que asumió como el líder ya que los demás se le subordinaban, vio en fila a casi casi todos los músicos (sus amigos) conducidos por otros hombres armados, que les apuntaban por la espalda mientras caminaban en dirección al escenario.

     Cuando puso sus pies sobre una plataforma de piedra medio enterrada sintió un escalofrío. En algo le recordó a las plataformas de sacrificio de la cultura Azteca. En la plataforma destacaba un agujero pequeño y circular. Un par de gritos en un idioma difícil de distinguir bastaron para que otros hombres sacaran la arena del agujero y colocaran en su lugar  un atril de partituras. El director de la orquesta fue arrastrado hasta allí, y  uno de los soldados se colocó en su espalda. Otro de los soldados colocó un atril frente a Sara con partituras. Era una pieza del compositor Zbigniew Preisner: Labyrinthe

      — ¿Ustedes son fanáticos de Preisner? ¡Yo lo conozco! — gritó la mujer— Si nos dejan ir podría presentárselo. Es un gran hombre...

      El líder de los hombres armados se acercó a ella, por primera vez con un atisbo de amabilidad.

      —Elegimos el tema del compositor pagano Preisner por simple casualidad, pues se ajusta a la frecuencia que necesitamos. Cántalo y te dejaremos ir.

     ¿Tenían sentido esas palabras? ¿Significaban algo para alguien? por un minuto Sara sintió que soñaba, que hasta el momento todo lo que ocurría no era más que la escenografía de una pesadilla.

      — ¿Esto es una broma verdad?—susurró.

     Pensó que aquel hombre le diría que sí, lo que la obligaría a despertar en su cuarto, semidesnuda y cubierta de sudor; se descubriría entonces un poco ebria y maldormida, lo que justificaría la pesadilla. En cambio, el hombre hizo una señal para que le acercaran a uno de los músicos. Mientras la observaba, y sin ningún otro gesto distinto,  apretó el gatillo de su arma, disparándole al músico justo en la frente. Era un chico joven (no llevaba mucho tiempo en la orquesta, apenas unos tres meses) que cayó al suelo con una suavidad inquietante. Del agujero fluyó una sangre espesa que le recordó a la mermelada de mora. El ruido pastoso de su caída en las rocas no le dejó otra opción más que reaccionar. No era un sueño. El olor a pólvora hizo que le picara la nariz, y el olor a sangre se hizo sentir con suavidad en el viento de la playa. Tuvo que vomitar para tomar conciencia definitiva de lo que sucedía a su alrededor.

     —De usted depende que eso no vuelva a suceder —le comentó el hombre de negro, con cierta suavidad.

     Después de ello los músicos se organizaron frente a los atriles con obediencia. El sonido era particularmente potente; un amplificador Peavey TransTube de 500 watts (suficiente para un concierto enorme) mientras todos los micrófonos de los músicos y el suyo propio conducían a un Mixer de aspecto rudimentario. Probó el sonido como lo haría en un concierto cualquiera, en otro lugar distante, aunque la mayoría de veces no le fuera necesario usar amplificación.

      —1, 2,3,4,5...—susurró Sara al micrófono.

      Pero nadie administraba el sonido. Fue la última vez que sintió que debía estar soñando. Los soldados rodearon al grupo de músicos, e incluso algunos se sentaron en el suelo mientras se afinaban los instrumentos.

     —Quieren que cantes para darle una señal a algo que se encuentra en el mar —le susurró Dabir, un músico de origen Iraquí que tocaba el violín en la orquesta.

    — ¿Sabes de donde son? ¿Sabes qué quieren? —le preguntó Sara

     —No —respondió Dabir—. Tienen un acento nadji que me resulta casi incomprensible, pero repiten algo constantemente.

     — ¿Qué dicen?

     —”Para derrotar al demonio es necesario un demonio mayor”

     — ¿Y se supone que nosotros llamaremos a ese demonio? ¿Qué pasará cuando descubran que no podemos hacerlo? —Había desesperación en las palabras de Sara, pero el susurro era casi imperceptible en medio del ruido exterior— ¿dirán que canté mal, que tocamos mal? ¿Pensarán que a propósito torpedeamos su plan?

     Dabir guardó silencio por un instante

     —Es lo más seguro —susurró—. Igual, ya estamos muertos.

    La preparación terminó cuando el sol empezó a aparecer en medios de las nubes, ya pasadas unas cuatro horas. Serían algo más de las tres de la tarde cuando el hombre de negro dio la orden de empezar, pero algunos de los músicos comentaron —con temor—  que sus instrumentos no se encontraban en las mejores condiciones.

    Sara empezó a cantar. Los violines siguieron el camino que marcaba su voz. El amplificador empezó a chirriar cuando Sara alcanzó las notas más altas, pero no tuvo ningún ánimo de quejarse; donde el piano marcaba los tiempos de un silencio de los demás instrumentos, El director movía los brazos en forma de compás, recordando las pausas y momentos fuertes a los demás músicos.

     Fue entonces cuando el hombre de negro se acercó a Sara. Tenía un libro de cubierta rugosa en la mano derecha, y una lata llena de musgo y hongos en la izquierda.

      —Repite conmigo—. Le dijo. Ambos repitieron palabras ininteligibles en un idioma desconocido.

     Luego colocó la lata a los pies de Sara, y encendió su contenido con un fósforo. De inmediato empezó a emerger un humo negro parecido al del engrudo. Sara dejó de cantar por un instante, pero retomó la letra de la ópera con un brillo extraño en los ojos. Nadie dejó de tocar, pero notaron que el mar empezó a retroceder y que la voz de Sara se hizo más potente. El cielo mismo se oscureció a pesar de que no había entonces demasiadas nubes en el cielo, y la tierra, de forma inexplicable,  rítmicamente empezó a temblar. Eran temblores breves que se sincronizaron con el compás que aún marcaban los brazos del director.

    Mientras tanto, los soldados se arrojaron al suelo y empezaron a rezar. Dabir, que tocaba el violín junto a Sara, entendió por sus plegarias que se aproximaba el fin del mundo.

     Sara seguió cantando, alargando ciertos momentos de la Opera que requerían su mayor esfuerzo vocal. A unos seis kilómetros de donde se encontraban, un par de riscos enormes surgieron del agua, distanciados uno del otro por unos cinco kilómetros (la línea divisoria del  agua continuaba retrocediendo y ya se encontraba a unos doscientos metros de la playa, mientras la luz del sol, pese a la hora, casi había desaparecido) Dabir vio como aquellos riscos empezaron a emerger y a acercarse a mayor velocidad a la playa. En medio de ellos, una isla enorme de redondez alargada emergió justo en dirección a ellos. El mar continuó retrocediendo. Dabir observó a Sara y la vio como una mancha extraña que se movía de forma inhumana y antinatural, como convulsionando a una velocidad de vértigo. Lo primero que pensó fue que el humo de la lata en sus pies, que seguramente lo había alcanzado, era alucinógeno. Cerró los ojos y empezó a repetirse “nada de esto está ocurriendo”

      Pero sólo tuvo el coraje de cerrarlos diez segundos. Cuando los abrió de nuevo vio en el horizonte, bajo aquella misteriosa isla que se levantó en medio del mar, dos ojos fríos que observaban sin observar, dos cristales vacíos del tamaño de la luna. El tono de los ojos era el de un azul gélido. Carecían de conciencia y de algún modo parecían dormidos. Sara, que hasta entonces tuvo los ojos verdes, transmitía una luz similar en su mirada.

       —Es mucho más grande de lo que dice el libro — Susurró en árabe uno de los soldados junto al hombre de negro.

       Los soldados estaban tan asustados como los músicos, y por un momento dejaron de apuntar a aquellos que hasta ese momento eran sus prisioneros. David, el hombre que tocaba el tambor, soltó las baquetas y quiso correr, pero un disparo que no iba dirigido a él lo detuvo.

        —Si dejan de tocar nada podrá controlarlo —. Gritó el hombre de negro, que parecía disfrutar el momento— Si dejan que despierte será el final de la humanidad y de la vida.

     Ya entonces en el horizonte había un ser del tamaño de una montaña que avanzaba hacia la playa. Su cuerpo era colosal, y de él caían trozos enormes de musgo, algas y coral. Donde debía estar el rostro emergían cientos de tentáculos enormes que se estremecían y convulsionaban al ritmo de la voz de Sara. Los primeros riscos que emergieron del agua demostraron ser las garras que coronaban dos alas enormes en la espalda de la criatura. Ya de pie frente a la playa eclipsó la luz de un sol y eclipsó las estrellas.

      Entonces Sara levantó los brazos y empezó a levitar, repitiendo la ópera otra vez.

      — ¡Si él la alcanza estamos muertos!—gritó el hombre de negro

      De inmediato tres soldados sujetaron a Sara de los pies, pero ella los levantó del suelo hasta que no pudieron sostenerse. Sara se elevó por los aires hasta estar a la altura de su rostro. El brillo azul que ambos tenían en la mirada se intensificó. Ya no había nada de Sara en su cuerpo, su mente se encontraba abandonaba en oscuridad y vacío. Pero algo dentro de ella pudo repetir unas palabras que el ser comprendió.

       —”Te han nombrado en vano”—dijo Sara, en una lengua que los hombres nunca han usado.

      La criatura respondió golpeando la tierra, como quien aplasta una cucaracha. Las rocas se levantaron por el golpe hasta casi tocar a Sara, y las aguas se arquearon en una onda expansiva que evaporó todo lo que había alrededor, desvaneciendo el risco y todo lo vivo que hubiera en él. Los vehículos que antes estaban en la playa se levantaron y desaparecieron. Cuando cayeron los escombros, el brillo del magma se dejó entrever en el centro del impacto.

     Sara continuó levitando a la altura del rostro de la criatura, que estiró una de sus manos y la acarició  entre la punta de sus garras. De inmediato se dio media vuelta y regresó al mar, aún con el brillo azul en los ojos. Las profundidades se abrieron delante de él; cuando el agua ya lo cubría otra vez una ciudad inundaba dejó entreverse, y en ella ningún muro y ninguna columna poseía forma euclidiana. Caminó hasta el centro mismo de la ciudad, y en ella levantó una especie de caja de cristal que contenía a cientos de mujeres en un vaho inmóvil, todas levantando los brazos, en trance infinito, con los ojos azules, petrificadas en el tiempo. En sus ropas estaban todas las épocas de la humanidad. Allí colocó a Sara con las demás, y luego regresó a su trono, para continuar durmiendo.







Oscar M Corzo

25 de abril del 2017






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