Los músicos de la séptima

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La vitalidad de la carrera séptima siempre me entusiasma; me gusta trabajar y vivir aquí, recorrer casi todos los días su tramo peatonal entre la 13 y la 24, y durante algunos años más (al parecer) este será el principal escenario de mi vida. Resulta imposible por tanto no escuchar a los músicos de la calle que se amontonan cada cierta cantidad de pasos todos los días por aquí. Hay música para todo el mundo y para todos los gustos, pero son poco frecuentes los músicos profesionales. Los géneros más comunes suelen ser el pop, los corridos, el jazz,  los intérpretes de acústica solitaria, la música cristiana, sólo una vez he visto un grupo vallenato (nunca he visto un grupo de rancheras) y aunque abunda el rock, tanto que a veces  parece ser el género dominante, todos están tan juntos y tan cerca que resulta imposible que no se toquen.  Ese contacto entre músicos amateurs me emociona. Este texto junta mis reflexiones sobre su trabajo.

Ayer recordaba cierta chica escuálida y sin talento que cantaba  lambada junto al éxito de la plaza de bolívar. Al principio cantaba horrible (la última vez que la escuche aún lo hacía relativamente mal) pero con los meses aprendió a afinar un poco su voz, e incluso  elevó perceptiblemente su registro  (¿o fue mi oído el que se acostumbró a ella? quien sabe) y la idea de que una mala cantante pudiera evolucionar y aprender me tomó un poco desprevenido. Pero en realidad, ¿por qué no iba a hacerlo? mi sorpresa fue evidentemente un prejuicio. Después de todo ella cantaba en el mismo lugar al menos seis horas al día.  Algunos amigos se preguntaban sobre  qué era aquello que atraía a la gente a mirarle (cantaba mal, no era bonita, pero amontonaba a una pequeña multitud a su alrededor) y con el tiempo nos resignamos a una conclusión simple; era el acto de bailar nada más. Lo hacía terrible, por cierto. Llevo meses sin verla. 

La chica crecía. Cambiaba su repertorio, aprendía nuevos movimientos y desarrollaba en la práctica y error un carisma. Así que, ¿por qué mi primera conclusión sobre ella fue que sería mala para siempre?

Recuerdo especialmente a una mujer madura, rubia y bonita que tocaba una guitarra acústica y amplificada junto al crepes & waffles del antiguo edificio del espectador. Su interpretación era elegante y poderosa. Supongo que era uno de los pocos músicos profesionales que se pueden encontrar con relativa frecuencia. En cierto sentido, en la séptima funciona una especie de selección natural que privilegia los siguientes aspectos. 

  • ·         La popularidad del tema
  • ·         La capacidad del intérprete para llamar la atención (su carisma)
  • ·         La calidad de la interpretación
  • ·         La originalidad. 

Así, la mujer de la guitarra tenía muchas veces menos público que la chica cantante junto al éxito (no puedo considerar la cantidad de dinero que recogen, pero supongo que la guitarrista atraía una mayor solidaridad) pero bueno, el público para mí se justificaba en la popularidad de lo que cantaba la chica. 

Sin embargo estoy seguro (insisto)  que a la guitarrista le llegaba más dinero que a la chica. ¿Se equilibrarán las cantidades por el número de personas? 

Mi suposición implica que los músicos populares tienen una ventaja. Pero los rockeros abundan en Bogotá, y  la gente común suele sentirse atraída por la capacidad del músico de ser intrépido con su instrumento, además de su carisma para convocar gente. Eso ayuda a los rockeros a equilibrar un poco la balanza a su favor, pese a la impopularidad de sus temas. Son intrépidos y llamativos. No son grandes intérpretes (existen algunas excepciones)  sus temas no son populares (aquí también hay unas tres excepciones) y tampoco son originales, pero sin duda son muy llamativos. 

Como ellos (todos ellos) son muy conscientes de lo que aquí digo han empezado a alimentarse de lo que hacen sus vecinos. Por eso es posible ver en la séptima a un músico de cumbias y boleros realizando solos de guitarra de 20 minutos con la guitarra en los hombros (saltando, e incluso tocando un punteo extendido con la lengua) y a los rockeros haciendo sus versiones  de canciones populares. Ambas mezclas llaman a la gente y a sus monedas. Claro que también compiten con otros artistas callejeros que enturbian un poco la selección natural. Existen imitadores en karaoke infinito, y con ellos la competencia es dura. Sólo sabemos al respecto que el más llamativo sobrevivirá a la inclemencia de un público despiadado y efímero. 

Sin embargo, escribo esto por una única suposición; creo que este caldo de cultivo (la séptima) es ideal para que algo realmente bueno salga de aquí.

No en un mes, ni tampoco en un año. En algún momento algo interesante aparecerá.

El más famoso de los chicos del karaoke infinito es un chico plateado que imita a Carlos Vives. Ciertamente es idéntico, tanto que al escuchar su voz real me sorprendió que no fuese idéntica a la voz del verdadero Carlos Vives. El tiempo.com hace poco le hizo un pequeño homenaje, ayudándole a que conociera al verdadero Carlos vives. 

En la séptima con 19, en la esquina del McDonald’s solían hacerse tres Michael Jackson a bailar (alguna vez los tres quisieron golpearme; caminaba distraído por allí, y accidentalmente desconecté su amplificador) Observando a la gente que los observaba recordaba ciertas anotaciones mías sobre el ritual, el teatro y la religión. Mientras suena la música los presentes asumen que aquel hombre disfrazado es el verdadero Michael Jackson, y lo juzgan como tal. Entre más se ajusta el imitador al real Michael Jackson mayor es  la emoción cuando la canción termina.

Es  como una diminuta  y poderosa concesión mágica. 

 El embrujo del ritual tiene su mérito, después de todo el teatro es un arte como lo es la música. Sin embargo, suele darme algo de tristeza  que a unos 20 o 30 metros del Carlos Vives plateado ( lleno de monedas y público) dos ancianos que tocan un violín apenas tengan público y monedas suficientes para continuar insistiendo, y perseverando. 

Esto es simplemente una metáfora del arte contemporáneo; la calidad de la interpretación está subyugada a la popularidad.
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