jueves, 13 de julio de 2017

Masonería, rituales, mitos y positivismo



Incluso si sólo los sostiene la credulidad de las personas, hay algo esencial y poderoso en los mitos, por el simple hecho de ser artefactos de fe para miles de personas. Aún más allá, comprenderlos como estructuras narrativas fue lo más revelador de todo lo que aprendí en la universidad. Al respecto el positivismo sólo nos ofrece una “conciencia de la negación” que me impide la comunicación simbólica con aquellos que comparten la conciencia del mito. Ello implica que no tiene mucho sentido la frase “dios ha muerto” si los hombres le siguen manteniendo vivo a través del ritual. Aislado de lo simbólico, el positivismo sólo puede especular desde el exterior en la absoluta soledad (y como ateo, comparto con tristeza parte de esa soledad) Hace algunos años la lectura de Levis-Strauss se me mezcló con ciertas enseñanzas de la masonería, pues dentro de las logias no importa el contenido intimo que le des al símbolo, si no el respeto (o valor ritual) que sientas por el significado que le den otros y por la capacidad de compartir un valor común que supere cualquier confrontación. Comparto con otros un valor supremo (el lugar que para mí ocupa la razón bien puede ocuparlo para ti Dios, y ello no impide que nos pongamos deacuerdo, o en otras palabras, deberíamos estructurar nuestra comunicación de tal modo que esos dos principios superiores no entren en confrontación)

Pero existe una distancia infranqueable entre este ideal y la vida común... 
La masonería bien podría ser una religión laica en su utilización de los símbolos y los mitos. Y con religión me refiero a la utilización psicológica de los símbolos para fortalecer la vida común de las personas. Las religiones para mí son apropiaciones íntimas del poder de los símbolos narrativos en los mitos. Los mitos, construidos por la narrativa, poseen tótems que a través de un vínculo emocional le ofrecen “poder psicológico” a las personas. El mito de Jesús consuela a quienes creen en él, ese es su valor más importante. Negar su capacidad de consuelo es arrancarle  por completo su significado. 

Para mí el epicentro del liberalismo político se encuentra en la masonería, y de esa consciencia deriva mi admiración por la orden. Sin embargo, en los últimos años no he hecho más que confrontarme a mí mismo con toda la artillería de mi ocio y mis lecturas.  Lo que busco es mi posición en el mundo, y mi primer movimiento es confrontar con dureza todo aquello que el mundo hizo de mí. Y en mis convicciones políticas  la masonería tuvo un poder excepcional. 

En otras palabras, en este instante no me aferro a ninguna convicción. Todo para mí (y dentro de mi) está cuestionado y en constante confrontación. 

Cuando en sus requisitos de enlistamiento la masonería exige la consciencia  y el respeto por un principio superior, pareciera en realidad no cerrarle la puerta a los ateos, si no a los nihilistas. Por ello mi propio nihilismo ha llegado a entristecerme. Es más, a veces pareciera que el nihilismo en sí es mi principio superior. 

Pero soy muy consciente de que  el nihilismo no puede durar para siempre. La vida de otro modo sería insostenible ( Y no estoy completamente seguro de esta afirmación)

Sin embargo (y en lo que respecta en mi papel en la sociedad) no desestimo en lo absoluto el valor de los rituales y la importancia en la comunicación e interacción de las comunidades. El mayor problema del ateísmo es que lejos de la academia no cuenta con canales de vínculo entre los individuos, y por ahora, aunque la academia y la ciencia procuren crear comunidades, no hay verdaderos valores colectivos que creen identidades comunitarias. A medida que envejezco pierdo interés en mis pasiones juveniles (la música y la literatura son excelentes excusas para crear comunidades laicas, pero tengo muy poco interés en interactuar con gente usándolas como excusas) Yo mismo he decidido respetar ciertos rituales y ciertos mitos por su incalculable valor narrativo, y por su efectividad para conmoverme y crearme sensaciones profundas. 

 Todo lo que tenga que ver con los muertos, con los ritos funerarios y por tanto con la memoria y como la sociedad de manera íntima asume la mortalidad. En cierto sentido, los ritos funerarios reflejan como confrontamos la desaparición de la individualidad con la memoria y el olvido. Al respecto creo que hay más verdad en ellos que en la psicología y el psicoanálisis, doctrinas demasiado jóvenes como para ser juzgadas con severidad. 

Tengo poca habilidad para comunicarme con las comunidades laicas (la academia, los hobbies, los clubs temáticos e incluso la difusión científica o literaria)  pues en ellas ciento una falta de honestidad, compromiso y autenticidad. 

Siento dentro de mí una poderosa nostalgia por el valor tribal de las comunidades pequeñas, y de las logias. 

Esta nostalgia es un completo contrasentido. Las comunidades pequeñas también poseen su propia dosis de veneno, pero es la nostalgia la que con el tiempo lo vuelve invisible. 

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