La memoria de mi padre.

Leave a Comment





Mi padre tenía una biblioteca. Para la edad que tenía a la hora de morir (28 años) era una biblioteca bastante nutrida, pero cuyo interés más usual era la medicina. O en realidad, los libros que mejor recuerdo son libros de medicina; como escritor ocasional de poesía, puede que tuviera entre sus libros uno que otro libro de poesía e incluso alguna que otra novela. De niño sentí más atracción por los libros de medicina por las ilustraciones y las imágenes, así que puede que descartara visualmente los libros que sólo tenían texto. Además, tuve acceso a esa biblioteca hasta los ocho años, así que puede que mi memoria se equivoque o sea engañosamente selectiva.

Mi padre escribía poesía. Del único poema que conservo de él, hay una evidente influencia de Rubén Darío. Fany me dijo alguna vez que no era un buen poeta, pero creo que él intentaba imitar a poetas del siglo XVIII y XIX, así que su estilo ya sería bastante anacrónico en la década de los ochenta. Siempre quiso ser médico, pero terminó estudiando derecho en una universidad nocturna para poder trabajar y estudiar al tiempo. De no haber sido asesinado,  habría sido un abogado más en este país. Claro que, incluso en su época, el derecho era la forma más digna de sobrellevar el humanismo. 

Que mezcla tan extraña, pienso una que otra vez. Y lo único que atino a concluir; mi padre era tan extraño como podría serlo yo, pues ambos somos simples campesinos con unas extrañas ínfulas de apetito intelectual.  

Mi padre tenía dos hermanos (mis tíos) que son personas honestas, dos buenos ciudadanos que sin embargo no demuestran mucho interés en aquellos rastros de interés que él dejó. Tanto peor, yo también tengo dos hermanos ( y una hermana) cuyos intereses también son muy distantes a los míos. Mi hermano menor es tan melancólico como podría serlo yo,  su personalidad es evidentemente depresiva sin llegar a ser precisamente introspectivo. Mi hermana menor, Isis, es la más parecida a mi, y con ello ha demostrado tener una buena cantidad de mis defectos; no diferencia la izquierda de la derecha, a los doce años  aún no aprende a amarrarse los zapatos, tiene evidentes problemas visuales, posee cierto gusto por la invención de historias y tiene una imaginación abstracta avanzada para su edad.

Aunque me gasto buena parte de lo que gano en libros, ninguno de mis tíos me ha criticado cargar a donde voy con una pesada biblioteca. 

Todos los amigos con los que crecí saben que la idea que tuve de mi padre fue más mitológica que real, pues al morir tan joven dejó poco de si para mí. Sé que me quiso profundamente, sé  también que quiso lo mejor para mí y a lo mejor odiaría notar que de cierta manera un tanto irónica, sigo sus pasos. Para armar ese mito que durante toda mi adolescencia designé como mi padre tomé algo de Albert Camus y de Kafka, que tienen algo de él en su rostro. Me cuesta ahora pensar en mi padre sin esas dos imágenes, aunque la amistad y cercanía reciente que he tenido con mi familia paterna y con mis tíos me ayudaron a crear una imagen más realista de lo que era él. Esa imagen realista,  a su vez, ha quebrantado profundamente mi mito personal. 

El primer mito quebrantado fue el mito de su muerte.

Naturalmente, mis familiares me dieron una versión de los hechos apta para ese niño de seis años que alguna vez fui; él murió intentando socorrer a un hombre que intentaban secuestrar. De algún modo, pensé toda mi vida, murió como un héroe, pues nunca cuestioné ninguna línea de ese relato. Mis amigos en el colegio ridiculizaron una que otra vez esa sensación heroica que yo intentaba darle a mi orfandad, y ahora creo que tenían algo de razón. Pues bien, en realidad fue torturado y asesinado por sus propios compañeros. Era policía, y todo en su muerte aún es tan turbio y tan absurdo que parece mejor olvidarlo y seguir adelante, como se aceptan las muertes de los accidentes de tráfico. Una naturalidad melancólica y marchita que define muy bien lo que significa ser colombiano.

Como Camus está teñido de esa ficción de paternidad mitológica que yo inventé al crecer, no pude más que tomar sus palabras como mis palabras. Sobre todo en este fragmento de “El primer hombre” novela en la que trabajaba antes de morir. 


“...Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. Él tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él. Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora presa de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido los padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento. Porque él mismo creía estar vivo, se había hecho él solo, conocía sus fuerzas, su energía, hacía frente a la vida y era dueño de sí. Pero en el extraño vértigo de ese momento, la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años para vaciarse en ella y esperar el desmoronamiento final, se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba. El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.  Volvía a ver su vida loca, valerosa, cobarde, obstinada y siempre orientada hacia ese objetivo del que ignoraba todo, y en verdad había transcurrido enteramente sin que él tratara de imaginar lo que podía haber sido un hombre que justamente le había dado esa vida para ir a morir poco después a una tierra desconocida, al otro lado de los mares. A los veintinueve años, ¿acaso él mismo no había sido frágil, doliente, tenso, voluntarioso, sensual, soñador, cínico y valiente? Sí, todo eso y muchas cosas más, alguien vivo, un hombre al fin, pero sin pensar nunca en el ser que allí descansaba como en alguien viviente, sino como en un desconocido que había pasado antes por la tierra donde él naciera, y que, según su madre, se le parecía y había muerto en el campo de honor. Sin embargo, ahora pensaba que ese secreto, lo que ávidamente había tratado de conocer a través de los libros y de los seres, tenía que ver con ese muerto, ese padre más joven, con todo lo que éste había sido y con un destino, y que él mismo había buscado muy lejos lo que estaba a su lado en el tiempo y en la sangre. A decir verdad, no había tenido ayuda. Una familia en la que se hablaba poco, donde no se leía ni escribía, una madre desdichada y distraída, ¿quién le hubiera informado sobre ese padre joven y digno de lástima? Sólo su madre lo había conocido, y lo había olvidado. 

Estaba seguro. Y había muerto ignorado en esta tierra por la que había pasado fugazmente, como un desconocido. Era él, sin duda, quien debía informarse, preguntar. Pero a alguien, como él, que nada posee y que quiere el mundo entero, no le basta toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo. Al fin y al cabo no era demasiado tarde, aún podía buscar, saber quién había sido ese hombre que le parecía ahora más cercano que  ningún otro ser en el mundo…”


Sin dar muchas explicaciones, ya he publicado este fragmento en este blog, siempre en vísperas de mi cumpleaños, porque evidentemente me pesa la idea de que lentamente envejezco y mi padre sigue allí, por los juegos absurdos del mundo, congelado en sus eternos 28 años.  

A veces me despierto renegando de los libros, creyendo que no hay nada en ellos que valga lo suficiente como para dedicarles una vida. Entonces recuerdo a Camus frente a su padre, y me recuerdo frente a la tumba del mío. Sus palabras son mis palabras, y sólo por ello, no me siento solo. Supongo que todo aquel que tenga que pararse frente a la tumba de un padre-niño sentirá lo mismo una y otra vez, y podrá acudir a Camus para sobrellevar su melancolía. 

Esto es un testimonio que vale la pena contar, y que salva a los libros de mi nihilismo vocacional. 
Siguentes entradasEntrada más reciente Anteriores EntradasEntrada antigua Página principal

0 comentarios: