jueves, 16 de febrero de 2017



Posterior a la derrota que Trump  y el Brexit significaron para los medios tradicionales,  florece en buena parte de occidente  un creciente interés por combatir los rumores y las noticias falsas de internet. Se asume (prematuramente) que estas dos derrotas fueron obra de factores externos al sistema,  elementos que por su naturaleza volátil y efímera son absolutamente incontrolables para los medios tradicionales y la censura del estado. Luego de años publicando mentiras en búsqueda de clicks y respaldando con espejismos artículos amarillistas y morbosos sin ninguna verificación, los medios colombianos, en un inexplicable ataque de pudor, procuran establecer una distancia entre su papel de rectores de la verdad y los “mercachifles de la verdad” calificativo donde  ubican a todos aquellos que difunden información sin un sello editorial a sus espaldas.  El término “posverdad” suena  por aquí y por allá en discusiones acaloradas sobre lo que sea que cada quien entiende por verdad, y  en esa verdad sin duda es palpable una poderosa carga ideológica.  Personalmente, que la veracidad de la información se transforme en una preocupación colectiva me parece maravilloso, pero antes de discutir sobre lo que es verdad y lo que es mentira  deberíamos definir unos mínimos comunicativos para poder conversar con tranquilidad. Por primera vez es necesaria una reflexión sobre lo que debe o no debe decírsele a la gente, por primera vez se reflexiona en el impacto de una mentira sobre la opinión,  todo gracias al temor que impone el único  populismo que respetan los medios, el populismo de derecha; esa abstracción demoniaca que amenaza con  devorar en su necedad lo poco que queda de las sagradas y tambaleantes instituciones democráticas.

 La escurridiza verdad está en peligro—dicen los titulares—los presentimientos de guerra florecen como si alguna vez  hubiesen estado ausentes; los tambores del totalitarismo resuenan en el mundo y alguien nos pone a cinco minutos del apocalipsis nuclear. Sabemos—en eso estamos más bien de acuerdo—que sin importar la inclinación ideológica inicial, el totalitarismo es la conclusión natural de todos  los populismos. El concepto de posverdad parece ser apasionante para los periodistas,  que se arrojan sobre la posmoderna  palabra  como si fuese un salvavidas etimológico.

—Esto es lo que sucede; ha llegado la posverdad—dice algún periodista cualquiera, como quien anuncia la llegada del invierno.

 Se supone que la posverdad es lo opuesto a la verdad y por tanto existen unos hechos cuantificables e incontrovertibles que alguien intenta ocultar en provecho propio   ( aunque el prefijo pos pareciera indicar que la posverdad es lo que acontece a posteriori de la verdad)  Al elegirla como la palabra del año, los académicos de Oxford la definen como “lo relativo a circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal” En medio de las sombras de la pasión y la incertidumbre,  los medios tradicionales persisten en la creencia de que la opinión pública sigue siendo ese borrego maniatado y crédulo que nada comprende sobre la complejidad del mundo. Sin embargo, algo debe existir previamente para que los consumidores de información respondan con “emoción y creencias personales” contrarias a los medios, pues la posverdad pareciera no ser más que una crisis de confianza en la información,  una sensación de engaño constante que parece encontrar alivio en verdades alternas, locales y casi tribales, verdades más cómodas y  cercanas, pues pareciera tan implícito que los medios tradicionales han mentido y no están dispuestos a reconocerlo que la posverdad nos deja la sensación de haber salido de la nada. En algo sin embargo tienen razón, aquellos periodistas amigos del apocalipsis. Internet, efectivamente, tiene mucho que ver con su tragedia.
Antes de hablar de posverdad debería hablarse de la verdad (pero se supone que eso ha hecho la filosofía desde sus inicios, sin llegar a materializar una definición lo suficientemente concreta como para solucionar nuestra incertidumbre) la definición de los académicos de Oxford habla de “hechos objetivos” Medibles, cuantificables, indiscutibles. Por ejemplo; que Colombia tenga un ingreso per cápita de 1.311€ euros es seguramente un hecho objetivo e indiscutible.  Que al menos el 60% de la población subsista con menos de eso y no sientan que las cifras de crecimiento económico y prosperidad les incumban es un hecho subjetivo que apelará a mi emoción y mis creencias personales. Es decir, queda anulado por carecer de cualidades cuantitativas para contrastarse. Los hechos objetivos, si hablamos de una enorme población, son abstracciones que no tienen relación con las realidades particulares de las personas y que nada le dicen a la vida de un ciudadano común. La percepción popular  cree que la prosperidad es una fiesta privada, con la certeza de que la mayoría de seres humanos no fuimos invitados.

¿Significa esto que la riqueza no se socializa? seguramente no lo hace al ritmo que las personas esperan. Es cierto que las estadísticas (esos demonios de la abstracción)  demuestran que las expectativas de vida en el mundo han mejorado en los últimos años, al igual que el poder de consumo y los ingresos medios. Sin embargo la gente no se compara con sus abuelos a la hora de preguntarse por su infelicidad, aunque tenga la certeza de que vive mucho más cómodo que sus antepasados. Lo hace con sus vecinos, sus enemigos naturales.

Miles de medios pequeños surgen todos los días. Todos aturden al consumidor de información con verdades diminutas y parciales. El consumidor de información que quiera tener cierta independencia ideológica ya no puede conformarse con recibir información  de un solo origen y confiar en la veracidad del receptor. El acto de confianza, si existió alguna vez, se rompió en la proliferación de múltiples versiones de la realidad, y con el evidente interés editorial de los medios privados de defender sus intereses particulares y no el interés de sus lectores. La única forma de acercarse a la verdad (si es que existe) es contrastando distintas versiones de un fenómeno. Es decir, el consumidor de información realiza hoy la racionalización de la información que antes realizaban los buenos periodistas.

A medida que  se acrecienta la banalización en la que los medios se han metido intentando ser más populares, la desconfianza sobre su papel e imparcialidad frente a la verdad aumenta. Otro tipo de consumidor, que a lo mejor no comprende la relación de los hechos objetivos con su vida, decide acercarse al lenguaje familiar,  a lo cultural y cercano, a una definición simple y precisa de lo que sucede y no sucede en el mundo. Basta con que alguien le diga lo que es blanco y negro para ganar su confianza. Ese consumidor es la presa predilecta del populismo, y jamás me atrevería a culparlo por ello.

En realidad, más que una crisis del periodismo como profesión, existe una crisis del concepto editorial de la información.  Ya no podemos someternos a una visión ideológica y editorial del mundo que nos guie como analfabetas. Todos (sin importar nuestro nivel educativo) queremos tener nuestra propia interpretación del mundo (no importa si para ello buscamos en distintos medios o en las versiones de nuestros vecinos, que pueden o no estar tan desinformados como nosotros) y por intuición, por desconfianza y por amor propio desconfiamos de la verdad de los demás.









domingo, 12 de febrero de 2017



La vitalidad de la carrera séptima siempre me entusiasma; me gusta trabajar y vivir aquí, recorrer casi todos los días su tramo peatonal entre la 13 y la 24, y durante algunos años más (al parecer) este será el principal escenario de mi vida. Resulta imposible por tanto no escuchar a los músicos de la calle que se amontonan cada cierta cantidad de pasos todos los días por aquí. Hay música para todo el mundo y para todos los gustos, pero son poco frecuentes los músicos profesionales. Los géneros más comunes suelen ser el pop, los corridos, el jazz,  los intérpretes de acústica solitaria, la música cristiana, sólo una vez he visto un grupo vallenato (nunca he visto un grupo de rancheras) y aunque abunda el rock, tanto que a veces  parece ser el género dominante, todos están tan juntos y tan cerca que resulta imposible que no se toquen.  Ese contacto entre músicos amateurs me emociona. Este texto junta mis reflexiones sobre su trabajo.

Ayer recordaba cierta chica escuálida y sin talento que cantaba  lambada junto al éxito de la plaza de bolívar. Al principio cantaba horrible (la última vez que la escuche aún lo hacía relativamente mal) pero con los meses aprendió a afinar un poco su voz, e incluso  elevó perceptiblemente su registro  (¿o fue mi oído el que se acostumbró a ella? quien sabe) y la idea de que una mala cantante pudiera evolucionar y aprender me tomó un poco desprevenido. Pero en realidad, ¿por qué no iba a hacerlo? mi sorpresa fue evidentemente un prejuicio. Después de todo ella cantaba en el mismo lugar al menos seis horas al día.  Algunos amigos se preguntaban sobre  qué era aquello que atraía a la gente a mirarle (cantaba mal, no era bonita, pero amontonaba a una pequeña multitud a su alrededor) y con el tiempo nos resignamos a una conclusión simple; era el acto de bailar nada más. Lo hacía terrible, por cierto. Llevo meses sin verla. 

La chica crecía. Cambiaba su repertorio, aprendía nuevos movimientos y desarrollaba en la práctica y error un carisma. Así que, ¿por qué mi primera conclusión sobre ella fue que sería mala para siempre?

Recuerdo especialmente a una mujer madura, rubia y bonita que tocaba una guitarra acústica y amplificada junto al crepes & waffles del antiguo edificio del espectador. Su interpretación era elegante y poderosa. Supongo que era uno de los pocos músicos profesionales que se pueden encontrar con relativa frecuencia. En cierto sentido, en la séptima funciona una especie de selección natural que privilegia los siguientes aspectos. 

  • ·         La popularidad del tema
  • ·         La capacidad del intérprete para llamar la atención (su carisma)
  • ·         La calidad de la interpretación
  • ·         La originalidad. 

Así, la mujer de la guitarra tenía muchas veces menos público que la chica cantante junto al éxito (no puedo considerar la cantidad de dinero que recogen, pero supongo que la guitarrista atraía una mayor solidaridad) pero bueno, el público para mí se justificaba en la popularidad de lo que cantaba la chica. 

Sin embargo estoy seguro (insisto)  que a la guitarrista le llegaba más dinero que a la chica. ¿Se equilibrarán las cantidades por el número de personas? 

Mi suposición implica que los músicos populares tienen una ventaja. Pero los rockeros abundan en Bogotá, y  la gente común suele sentirse atraída por la capacidad del músico de ser intrépido con su instrumento, además de su carisma para convocar gente. Eso ayuda a los rockeros a equilibrar un poco la balanza a su favor, pese a la impopularidad de sus temas. Son intrépidos y llamativos. No son grandes intérpretes (existen algunas excepciones)  sus temas no son populares (aquí también hay unas tres excepciones) y tampoco son originales, pero sin duda son muy llamativos. 

Como ellos (todos ellos) son muy conscientes de lo que aquí digo han empezado a alimentarse de lo que hacen sus vecinos. Por eso es posible ver en la séptima a un músico de cumbias y boleros realizando solos de guitarra de 20 minutos con la guitarra en los hombros (saltando, e incluso tocando un punteo extendido con la lengua) y a los rockeros haciendo sus versiones  de canciones populares. Ambas mezclas llaman a la gente y a sus monedas. Claro que también compiten con otros artistas callejeros que enturbian un poco la selección natural. Existen imitadores en karaoke infinito, y con ellos la competencia es dura. Sólo sabemos al respecto que el más llamativo sobrevivirá a la inclemencia de un público despiadado y efímero. 

Sin embargo, escribo esto por una única suposición; creo que este caldo de cultivo (la séptima) es ideal para que algo realmente bueno salga de aquí.

No en un mes, ni tampoco en un año. En algún momento algo interesante aparecerá.

El más famoso de los chicos del karaoke infinito es un chico plateado que imita a Carlos Vives. Ciertamente es idéntico, tanto que al escuchar su voz real me sorprendió que no fuese idéntica a la voz del verdadero Carlos Vives. El tiempo.com hace poco le hizo un pequeño homenaje, ayudándole a que conociera al verdadero Carlos vives. 

En la séptima con 19, en la esquina del McDonald’s solían hacerse tres Michael Jackson a bailar (alguna vez los tres quisieron golpearme; caminaba distraído por allí, y accidentalmente desconecté su amplificador) Observando a la gente que los observaba recordaba ciertas anotaciones mías sobre el ritual, el teatro y la religión. Mientras suena la música los presentes asumen que aquel hombre disfrazado es el verdadero Michael Jackson, y lo juzgan como tal. Entre más se ajusta el imitador al real Michael Jackson mayor es  la emoción cuando la canción termina.

Es  como una diminuta  y poderosa concesión mágica. 

 El embrujo del ritual tiene su mérito, después de todo el teatro es un arte como lo es la música. Sin embargo, suele darme algo de tristeza  que a unos 20 o 30 metros del Carlos Vives plateado ( lleno de monedas y público) dos ancianos que tocan un violín apenas tengan público y monedas suficientes para continuar insistiendo, y perseverando. 

Esto es simplemente una metáfora del arte contemporáneo; la calidad de la interpretación está subyugada a la popularidad.

jueves, 2 de febrero de 2017







Cuando el Ángel encargado de preparar el diluvio fue a buscar a Noé, lo encontró sentado afuera del Arca, pensativo, con esa tonta expresión que poseen los irresponsables en los momentos trascendentes. Decidido a no tolerar ningún descuido en los planes de dios, el ángel le ordenó que abordara la nave para cerrar la puerta y así ponerle punto final al mundo conocido, pero Noé, en vez de obedecerle, continuó abstraído en su tonta meditación.
— ¡Necio!—gritó el Ángel— morirás con toda tu familia, ¿Acaso no te importa?
Noé, aún pensativo, no respondió al alegato. Peor aún; apenas y empezaron las lluvias  su primera acción fue intentar socorrer a los que se ahogaban en las primeras corrientes de la catástrofe. E incluso su desafío fue tal que con un gesto autoritario de su mano derecha ordenó a sus hijos hacer lo mismo.
— ¿Desobedeces a dios? ¿Y por estos pecadores? ¡No valen nada! ¡¿dios te ofrece el mundo y lo rechazas?! ¡No salvarás a nadie! ¿Me oyes? ¡Morirás inútilmente!
Noé, con un niño desmayado en brazos, respondió al Ángel.
—Obedeceré a dios, y lo glorificaré toda mi vida, le seré fiel; solo pido que detenga esta matanza.
— ¡Tú no le ordenas a tu dios, insensato! —Respondió colérico el Ángel— ¡Todos los pecadores morirán, es la voluntad del Señor!
El agua le llegó a Noé a la altura del cuello, apenas y podía sujetarse de un árbol moribundo. A unos diez metros de él, dos padres trataban de salvar a sus hijos, y un tigre socorría a sus cachorros apartándolos del agua que inevitablemente lo sepultaría todo. Sin embargo, pese a la imagen no se escuchaban llantos; el rugido del oleaje y la tormenta, los truenos y la lluvia eran tan poderosos que acallaban todos los demás sonidos del mundo.
 Desesperado y sin soltar al niño, Noé gritó al cielo, en medio de lágrimas que sabía, no conmoverían a nadie.
— ¡Por favor, Dios todopoderoso, salva a estos hijos tuyos, y seré tu siervo eternamente!
La única respuesta que recibió fue un trueno espantoso, que estremeció la tierra y manchó las aguas de lodo y sangre negra.
— ¿Que no comprendes? ¡Son pecadores! ¡Sus vidas no importan!—gritó el Ángel, con una voz aún más poderosa que la del trueno.
—En ese caso— respondió Noé, con un hilo de voz, ya sin fuerzas— la mía tampoco importa.
Exhausto, soltó el árbol que lo sostenía, y se ahogó bajo un gigantesco remolino de lodo y escombros.
 Al verle morir, el ángel tomó al niño, lo convirtió en paloma y al cuerpo de Noé lo transformó en una rama de olivo que puso en el pico del ave. Inmediatamente los liberó con un soplo y aún irritado, desapareció en medio de la  tormenta.

jueves, 19 de enero de 2017






Las estrellas mueren

Las estrellas mueren siendo indiferentes
La redención no ensombrece su lenta decadencia
No conocen sus nombres, ni el de quienes las bautizaron
Sus fotones llegan a nosotros, siendo viajeros indiferentes
La frecuencia  de su crepúsculo mancha abismos sombríos.
Torres extrañas e invisibles, cuya naturaleza
Débilmente percibimos.

Somos átomos separados en un piélago de vacío
Algunas estrellas ya estaban muertas el día que nacimos
 Su luz bien podría ser testimonio
De una pretérita apatía
Apatía que colapsa en
Círculos de polvo
 Arboledas de luz, sombras, faros y ciudades secretas
Construidas una y otra vez
Con los mismos azulejos de silencio infinito.

Las agujas del tiempo, las sombras del tiempo
También les son indiferentes
A pesar de ser mortales
Tan mortales como nosotros
No sueñan con principios, ni abismos ni finales.
La vida se amontonará a sus pies
Como naufragios que temen a la oscuridad y al frío
Pero cuando (incluso) ellas perezcan
Aquella vida, de antemano condenada
Se extinguirá manchando la soledad
Con la luz carmesí violenta
De los más antiguos y colosales cataclismos.

jueves, 5 de enero de 2017




Manizales.

He estado ahí unas cuantas veces
Las mismas páginas pasaron sobre los mismos árboles
Los atardeceres mancharon el cielo con la misma sangre
Justo antes de que las estrellas florecieran
Como almendras que se desgranan junto a lunas y nubes
Constelaciones fugaces que nos iluminaron y luego desaparecieron.


Las mismas calles nos vieron una y otra vez de la mano
Conversando sobre leyendas y principios de leyendas
Esos mitos solemnes que construyen las ciudades que ambicionan
Que creen en sí mismas a pesar de todo.
Yo desconozco esa fe—te dije
Nadie cree honestamente en los lugares por donde he pasado.
Pero incluso esa deserción—a tu lado—parecía ilusoria y distante.

Hablábamos sobre nosotros a futuro, sobre extraños entre nosotros
Sobre amores y fábulas de amor
Como quienes encontraron un lugar en el mundo
Y sólo esperan arraigarse;
Somos arcianos buscando un suelo firme
Para transformarnos en Arboles gigantes
Ya irreductibles por simple plenitud
Pues el último límite nos pertenece
E incluso la muerte nos resulta un simple y fugaz acontecimiento

Y aún así el tiempo nos agobia
(Sólo nosotros sabemos cuánto)
 Decolorando nuestras pequeñas y vulnerables fantasías

Aguardábamos el sol en un mar de asteroides dormidos.
La ciudad nos daba un poco de su declive melancólico
Su tibieza apenas y lograba tocar nuestras despedidas
Éramos un trozo más en la forma de un viejo rito
Los hombres mueren con facilidad
 Las leyendas los sobreviven
Pero incluso los grandes mitos colapsarán
Con humildad en el absoluto olvido.

(El tiempo continuó sin nosotros)

La aguja de la catedral ha caído
 La ciudad y sus habitantes perecieron
Incluso las ruinas se fragmentan y se difuminan
Ya nadie recuerda sus leyendas
 Pero en aquellos bosques, aún estaremos tú y yo
Deambulando como partículas elementales
Conversando sobre cielos que germinaron y luego desaparecieron


Oscar M Corzo
05/01/17 

(foto yainis.com)

lunes, 21 de noviembre de 2016




El hexágono de saturno es una lámpara
 un templo construido por inmigrantes
 un ojo de seis pupilas y seis huracanes
 Girando como un motor de propulsión a chorro
 un motor apagado pues carece de destino
 una flor de fuego en el monte aventino 
Un invierno mas antiguo que la raza humana 
 aguardando los eones y los cataclismos

 Nunca he olvidado el aterrador canto de tus sirenas.

 El ojo de saturno es un hexágono dorado
 Un volcán con seis párpados cerrados
 el otoño de un planeta de sulfuro
vientos volcánicos, tres anillos rotos 
la aureola de un viejo titan pagano
 a quien nadie rinde ya 
los antiguos sacrificios

 Padre saturno, la hoz romana que demacra al tiempo
 y que todo lo desgasta, está sobre mi cabeza
 caelus dominant 
somos sombras de viajeros hermanos que se ahogaron
 otro gigante nos sepultó en los abismos
 Estrellas se derramaron en nuestro génesis
 fuimos semillas de la peste 
Envenenamos los mares
 y devoramos las entrañas de la tierra 

El hexágono de saturno es un saludo 
un invierno de hordas y lámparas de obsidiana
 el usurpador robó tu equinoccio
 y a cambio sólo te ofreció una tormenta
con rayos y gritos en vez de cruces y espinas


 Te exiliamos a un minúsculo fragmento de cielo
 tú, que en un principio todo lo gobernaste 

 Por eso
 cada vez que escuchas “los dioses han muerto” 
en cualquier lengua humana 

Sé que sonríes con melancolía.

sábado, 19 de noviembre de 2016



Con los años he perdido interés en confrontarme con la filosofía. En mi adolescencia, al provenir de una sociedad y de una familia que por sus limitaciones no podía ofrecerme respuestas espirituales e intelectuales acorde a mis necesidades, terminé creándome una especie de filosofía personal, basada en lecturas fugaces y problemas literarios. Como todo un pre-moderno me enfrenté a la filosofía buscando verdades equiparables a la religión. Fui un adolescente problemático que al deshacerse de la religión tuvo más problemas que ventajas. Sin embargo, creo que me hice una identidad irremediablemente práctica. La practicidad fue inevitable porque en esencia, soy hijo de campesinos, no de filósofos.  Una de las piezas base de esa delimitación personal, de esa personalidad que soy ahora es Erich Fromm, la otra seguramente es Sartre. Cuando ambas piezas cayeron yo ya era lo suficientemente fuerte como para mantenerme en pie, o quizá lo suficientemente práctico como para no tambalear si ponía algo en duda de mí mismo.

Algo dentro de mí se sostiene. De algún modo, la pregunta esencial de Sísifo ha sido respondida. Ignoro que es o que provecho podría sacar de ello, ignoro también su fortaleza o perseverancia. Estoy seguro de que no es la voluntad, ni la identidad, ni el alma, o siquiera mi médula. 

Tambalear es problemático, y todos los seres humanos tememos a esas vibraciones. La religión es un soporte efectivo para que muchos no tambaleen, y a veces me pregunto si en algún momento de mi vida acudiré de nuevo a Dios para menguar la desesperación o la angustia. No lo sé; será una experiencia inesperada y terrible. Sartre te habla de la libertad de elección como justificación del yo, Fromm acusa al existencialismo de Sartre de demasiado burgués para ser universal, pero entonces—en mi adolescencia—me funcionó pensar que yo definía mi destino. Necesitaba definir algo para mí, para seguir viviendo. Me fue útil de adolescente declararme existencialista. 

Es primero la existencia y luego la esencia; es decir, existo sin que una voluntad me determine de antemano, así que me corresponde a mí decidir la esencia de mi vida. Ergo, si quería que mi vida tuviese un sentido debía crearme una voluntad a la qué aferrarme.  Yo decido quien soy. Nadie me ha diseñado y no cumplo la voluntad de nadie.

Esto suena anacrónico para ser un problema de la primera década del siglo XXI, pero en mi pueblo natal la modernidad (y por tanto la posmodernidad) aún no existen. Por eso para mí lo anacrónico es un problema estrictamente geográfico, y la filosofía es un problema atemporal, que sólo puede narrarse a partir de los problemas que he ido enfrentando. 


La libertad ofrece incertidumbre; no funciona como principio en sí. Por eso es mejor dejar que otro decida por mí y me libre de la ansiedad de la elección. El mundo requiere decisiones que alguien aterrado con su propia existencia no pude tomar. Pero la libertad como principio también puede neutralizar el pensamiento; la única libertad real está en la incertidumbre de la confrontación constante. Eso no tiene ningún sentido.  

 Respondemos al llamado de cristo “la verdad os hará libres”  fue en ese instante en que que consideramos que una razón podía confrontarse a la oscuridad del mito (que eran todos los mitos que no estuvieran dentro del mito cristiano, cuya limitado campo de acción aprendimos a evitar probablemente 17 siglos después)  por eso el racionalismo no es más que un cristianismo sin cristo, un misticismo ateo. 

La verdad no nos hará libres, nos hará infelices, apáticos

Peor aún; la libertad no tiene sentido por sí misma. Debe servir para algo. Sólo es un objetivo romántico, un fin en si cuando carecemos de libertad. La libertad requiere de una voluntad de ser libre. La libertad sin voluntad es una indeterminación apática.

La voluntad requiere una identidad, un deseo.

El deseo y la voluntad, incluso la identidad son valores que hoy parecen abstracciones sin sentido. 

Explotamos la voluntad y el deseo, lo convertimos en estadísticas mercantiles. La reacción natural a esto, la apatía es extremadamente dañina para la existencia, tanto del individuo como de la sociedad.

Mi experiencia de lo que es Oscar Corzo está desvirtuada, y a veces se desvanece. A veces soy muchas cosas. Cada vez que leo olvido quien soy, y si la lectura es penetrante despierto con una pequeña crisis de identidad. 

desvirtuada mi identidad, termino con una reacción de angustia frente a las historias. Eso ha dificultado mis lecturas en los últimos años ( eso y mi ansiedad conceptual, mi incapacidad para ser paciente y disfrutar del paisaje)

 Soy un cumulo de información con memoria y con una conciencia del presente. Ni siquiera mis átomos me pertenecen, y sin embargo el mito de la propiedad, de lo mío ( de que estas palabras me pertenecen) de lo que soy me resulta útil para sentirme tranquilo. 

Técnicamente el problema es circular; debo volver a preguntarme cual es el sentido. Es el que yo desee—dijo Sartre—pero yo carezco de deseos.

Es el que decida el amor—dijo Fromm—pero sin deseo el amor pierde significado.

La verdad y la identidad son ilusiones. Como ente limitado apenas y puedo con un trozo de verdad, con una interpretación de los hechos. 


La razón a veces es un callejón sin salida. 

Ciorán se burla de estos sinsentidos sin atreverse a proponer nada; sólo los deslumbra y los profetiza. 

Creo que incluso los hombres menos educados de mi tiempo se han confrontado con esa incertidumbre. No lo han hecho racionalmente, lo han presentido cuando se deshacen de sus soportes. Todos los hombres religiosos cuando consideran por un instante que sería de la existencia si dios no está ahí han tenido el mismo escalofrío. Ese escalofrío es el mordisco de la muerte. La futilidad del hombre cuando la existencia sólo se justifica con la muerte.

Indirectamente a veces llego a una conclusión análoga a la religión. A veces el dios cristiano se confunde con el universo y el universo se confunde con dios. La tranquilidad, la ataraxia de la religión proviene de la confrontación contra el mundo, pues necesitamos que algo nos recuerde que no estamos solos y que no somos un ente aislado de la realidad y del mundo. Las religiones nos recuerdan que no somos sólo conciencias. Hay una estructura racional, funcional  a nuestro alrededor. 

El misticismo ateo que más me ha importado proviene de Sagan y su interpretación de la identidad, de la especia humana y la existencia desde la astrofísica. 

Esa sensación de insignificancia que obtenemos al sabernos finitos, insignificantes frente al universo, al reconocernos como simples observadores “motas de polvo” como dice la biblia, mientras nos enfrentamos a una lógica que no nos requiere y que sin embargo nos envuelve ( podemos llamarla dios si se nos da la gana)  sin importar si su voluntad la determinan un cúmulo de ecuaciones o un libro plagado de sentencias y directrices de comportamiento… como animales racionales, como huérfanos ya no de dios si no de la inconciencia de la materia y de la inacción ( es normal que la materia que cobra movimiento y conciencia se sienta asustada de si misma y quiera autoexplicarse) necesitamos que un mito nos recuerde que no somos seres extraños y que en realidad tenemos un lugar en el universo y un suelo firme sobre el cual sostenernos.

En realidad, la individualidad y la razón no nos son gratas, y requiere de un esfuerzo utilizarlas, enfrentarnos a ellas con valentía.

 Es muy fácil deshacerse de la razón; no nos gusta la incertidumbre. Por eso no creo que la razón sea la principal característica del ser humano. Creo  que es su temor a la soledad. Su temor a no sentirse parte de algo, pues cuando este temor aparece, el hombre puede desentenderse de la razón con facilidad. 

Es decir, de nada sirve la consciencia de los grandes discursos, de su igualdad e inutilidad, si esa consciencia nos lleva a la inmovilidad y el ostracismo. Dios no ha muerto ni morirá. Tampoco los grandes discursos han muerto, ni el nacionalismo, ni el racismo o la religión. Mientras tratemos de negar nuestras debilidades basándonos ingenuamente en el mito de la razón, la historia seguirá siendo circular, un cumulo de errores reincidentes. Podemos decantar entre los mitos aquellos que nos sean útiles. Yo por ejemplo destaco entre los demás el mito de la especie humana.

La religión nos dice que la vida es una ilusión. Quizás lo sea (esa conciencia de la ilusión me recuerda a la teoría de la simulación y a los discursos finales de Bill Hicks; la vida sólo es un paseo, y creo que así como todos partimos de la misma incertidumbre, en el fondo buscamos la misma tranquilidad) pero no perdemos nada tomándonosla en serio.
 
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