La parálisis facial del mundo
Te ha vencido
Eres crédulo como el zumbido de una telaraña
Y tus ventiscas ya no dañan los tejados ni
Tampoco los titulares,
De los párpados pesados
Que no hace mucho al verte sonreían.

Derrotado y perfectamente curvo
Productivo como la más diligente de las hormigas
Sofisticado y tenue por omisión y por destierro
Gélido en los parpados y en la calvicie prominente
Con el paso de los años, cada vez menos imaginativo
Las ampollas de tus pulgares han ido decreciendo
Y se apagarán un día en el que no puedas percatarte
                                                     Pues el ruido de la rutina habrá agotado
Para siempre la cavidad intestinal de tus sonidos

Un holocausto a la intemperie, eras un incendio que sobreviviría
A las tormentas, eras un glacial que se apoderaba del silencio
Eras un mar en calma saturado de medusas
 Eras una montaña plagada de serpientes.

Derrotado...
Productivo...
Sofisticado...

Gélido.

Y con el paso de los años
Las ampollas y los sonidos
Se apagarán
Para siempre

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El ser humano no es la única criatura que utiliza la vistosidad para diferenciarse de sus semejantes. El comportamiento en realidad es más común en las aves, donde el ejemplo más fácil de mencionar es el del pavo real, cuyos atributos sexuales son medidos a través de lo deslumbrante de sus plumas. Impresionar con sus atributos le permite a determinado espécimen reproducirse o no, y aunque la utilidad práctica de esta característica no está del todo clara su efectividad sexual resulta indiscutible. El mismo Darwin reflexionó al respecto sin llegar a tierra firme, pero teorizó que la vistosidad estaba relacionada con la salud y la buena condición del organismo, y por algún mecanismo desconocido a mayor vistosidad, mayor calidad genética y por tanto mayor preferencia sexual. Los seres humanos en este sentido tenemos tanto en común con los primates como con algunos grupos de aves, cuya organización social, selectividad sexual y métodos de defensa del parentesco son bastante parecidos a los nuestros (de allí viene el término que Dawkins acuñó como sociobiología genética, donde justifica años de estudio de complejas sociedades de carriceros africanos que cuestionaban la tesis de su libro “El gen egoísta” debido a su inexplicable altruismo) en los mamíferos y en los primates más avanzados el criterio de diferenciación sexual más común es la violencia. En este punto podemos devolvernos fácilmente a Darwin, ¿No tiene más sentido privilegiar los genes del individuo más fuerte y no los del más vistoso? hábilmente los seres humanos solemos mezclar ambos atributos, pues la vistosidad y la fuerza no riñen para nosotros, ello porque cargamos de símbolos de poder a la vistosidad, armados con nuestra poderosa y única capacidad de abstracción. La genética apenas y empieza a contestar las preguntas que la naturaleza lleva años planteándonos, pero la vistosidad, que seguramente es el germen biológico de la moda, tiene sus raíces en la selección natural, y aunque la moda sea un mecanismo propio del capitalismo no podemos desechar sus raíces dentro de nuestra sangre y nuestra mente. 

El primer fundamento con el que argumentamos la existencia de la individualidad es la elección, y la elección siempre se ejerce sobre la posibilidad de consumir. En la edad media, sólo un hombre podía consumir y diferenciarse a través de su elección, y ese era el Rey. George Simmel dice que la individualidad moderna nació con el renacimiento italiano, donde el individuo buscó “ser notado y famoso…el individuo quiso llamar la atención” comportamiento reflejo al del monarca, quien contaba con la única posibilidad institucional de ejercer y disfrutar de la individualidad. A su alrededor una corte de aduladores no tenía otra razón más de ser que la de imitarle, y de la imitación de esa única individualidad posible nació la moda, superflua por naturaleza púes sólo contaba con la apariencia para existir, donde la vistosidad adquirió un significado simbólico y era la cercanía con el poder. La semiología de la moda va acompañada también de materiales exquisitos, de calidad, terminados notables, diseños pomposos, esto a su vez cumplen de nuevo una función de diferenciación. Para poder realzar la idea de exclusividad, la moda debe tener un criterio de separación con lo vulgar. Capitalismo y biología entablan entonces una forma de simbiosis, pues la moda sólo como recurso económico desaparecería sin dejar rastro. Necesita de un fundamento instintivo y psicológico para sobrevivir.

Ya que la moda acude a materiales de calidad, ¿puede detenerse a esperar el deterioro normal de una prenda para remplazarla? ¿No inmoviliza esta espera el ciclo natural del aparato productivo de una economía hambrienta de consumo? cuando la vistosidad se hace cotidiana ¿no pierde vigencia e impacto? ¿No pierde originalidad y con ella la ilusión de individualidad? el concepto industrial de obsolescencia programada es la extrapolación de la moda a la dinámica mercantil de la industria del siglo XX. ¿Por qué esperar que el objeto se haga obsoleto por sí mismo? ¿Por qué no empujarlo a través de ciclos ilimitados, fijos y predecibles de renovación y obsolescencia?

No hay nada misterioso en las dinámicas del mercado, y por tanto hoy en día es algo ingenuo esperar de la moda profundidad que nunca ha tenido y que nunca ha pretendido, pues apariencia y pensamiento son cosas perfectamente diferenciadas. No hay pensamiento profundo dentro de la moda, y ello ha sido tácitamente aceptado durante los siglos como una de sus características, hasta los años 60, donde la moda intentó disfrazarse de pensamiento para combatirse a sí misma. A su modo el movimiento hippie y el punk en su intención contracultural intentaron disfrazarse de pensamiento, y tras ellos, todas las subculturas del consumo han tenido la misma ambición. Nunca, sin embargo, han dejado de vender mercancías, decoraciones y prendas específicas que caracterizan a alguien como parte de su juego entre el glamour, lo adecuado y lo vulgar. 

La idea clásica de la moda nos dice que el único requisito para sostenerse dentro de sí misma es lo superfluo, lo externo, pero ya que en el siglo XX además de ropa la moda es en realidad un conjunto de fenómenos económicos y publicitarios, y por tanto además de prendas de vestir necesita vnder música, libros y películas, es razonable la exigencia del conocimiento de un contenido cultural que de testimonio de autenticidad. Ya no basta entonces con vestirme como un punk, debo consumir lo que la industria cultural ha catalogado como “apto para punks” y rehuir de todo aquello no destinado a mi nicho. Sin embargo, ¿Podría responder esto a la diversificación de mercados y no a una moda con profundidad? ¿No podría ser simplemente una forma de superficialidad extendida? 



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La palabra alienación me produce escalofríos, pues aunque resulta tan subjetiva (he incluso un poco anacrónica) y tan amplia en sus posibilidades interpretativas y significantes—tanto que podría pensarse como un concepto rimbombante y baldío—hay en ella una piedra con la que mentalmente me tropiezo repetidas ocasiones. Sin un contexto, la palabra alienación no significa nada, pero esa ausencia de significado es engañosa y mefítica; aunque deba existir un precedente y un sistema desde el cual se hable de alienación, la etimología (“alíen-ajeno, lo que no nos es propio”) ya nos presenta un punto de apoyo. Si existe algo ajeno, algo extraño que nos aliena, ¿existe algo contrario que nos da autenticidad, que nos identifica como individuos? ¿Existe la identidad? ¿Hay algo que la determina?
Estas preguntas, en alguna de las definiciones, podrían definirse perfectamente como alienadas. Es difícil aceptar cualquier forma de desconfianza sobre la identidad, sobre la personalidad y en definitiva, sobre el yo, del mismo modo en que no puedes ver un microscopio con un microscopio. Tomás de Aquino le da a alienación el significado de posesión demoniaca, y también existe dentro de  los terribles anales de la psiquiatría un parentesco con la locura. Marx dice que los trabajadores, reducidos a objetos dentro del capitalismo, son alienados, y Marcuse suma la tecnología como estrategia política de alienación. La sociología aporta lo suyo emparentando la alienación con la aculturización. De algún modo, pareciera que todas estas definiciones se suman y se sobreponen en una definición popular, coloquial y esquizofrénica. Así, cuando hablamos hoy de alienación la posesión demoniaca, la locura, la deshumanización, la tecnología y la aculturización se hacen presentes pero a su vez— y es este el motivo de mi incomodidad—también parecen dibujar una descripción sintomática del individuo contemporáneo. 

Por ello, parte de lo que yo aceptaría como identidad hoy en día incluye una buena dosis de alienación. Quienes mejor entienden esto podrían ser, para mi pesar, los psicoanalistas. Uno de los conceptos de Freud que hoy resultarían más polémicos y políticamente incorrectos es el de afánisis, que por algún motivo se limitó a designarlo como el temor a la castración en el varón y envidia por la posesión de un pene por parte de la mujer. Comprendiendo la división irónica de Freud, E. Dones dio una definición la Afánisis más universal “la abolición total, y por lo tanto permanente, de la capacidad (y de la posibilidad) de gozar” Agregaría a ella el temor a carecer de poder, aunque en el ego, poder y gozar, o la capacidad de placer bien pueden ser sinónimos. Aquellas definiciones circulares de alienación que pueden perfectamente intercambiarse como descripciones sintomatológicas, pueden aquí entenderse como síntomas de la castración y de la impotencia del hombre contemporáneo; por tanto, la alienación que me interesa está vinculada al temor a ser incapaz de incidir en el mundo, algo que Freud pudo confundir con virilidad, retenida y limitada por su obsesión por los órganos sexuales. 

Sin embargo, mi definición personal está más vinculada a Camus y al existencialismo. Es decir, creo en la libertad como respuesta a la alienación. Una voluntad debe avasallar la castración, pero ocurre que mi voluntad es débil, o mejor aún, minusválida.  La piedra sobre la que tropiezo constantemente es precisamente esa, pues me comprendo como un ser alienado. De las definiciones que traté antes, la que más me preocupa es la sociológica; no creo ser un resultado natural del entorno en el que nací, y aunque guardo con mi territorio todos los reparos sentimentales posibles, no me siento ni orgulloso ni a gusto en mi nación, o peor aún, en mi ciudad natal. Apenas y siento un sentido del deber hacia mi entorno de origen. En otras ocasiones he llamado a esto, el síndrome del primer hombre. 

Soy muy consciente de que esta sensación me seguirá a donde vaya, pues los rastros de la identidad  que heredé de mi entorno ya no son simbólicos (no acudo a los mismos símbolos, ni al mismo arte, ni siquiera cargo una cosmovisión parecida, ni  mucho menos una religión) no sé cómo calificar aquello que me une a una comunidad con la que ya no tengo símbolos en común. Modos, manías, pequeños vicios de comportamiento y de lenguaje que otro entornó detectará en mí y jamás reconocerá como propios. Los símbolos estan cortados pero los comportamientos inherentes están ahí. No puedo deshacerme de ellos, no puedo negarlos ni adoptar otros, pues se suman incrementando el grado de separación. Sin embargo están ahí, haciendo parte del sentido mismo de mi identidad, como una abstracción difusa difícil de retratar en el papel.

¿Qué es un hombre que ha cortado los símbolos comunicantes frente a una comunidad?  Sin duda alguna un ser alienado. Sin embargo, en este punto se encuentra la crisis de la comunidad. La crisis no está en el primer hombre si no en las comunidades rotas que van quedando atrás. Los emigrantes de una sociedad son aquellos que en otra época de aislamiento habrían decidido moverla, modificarla o darle perspectivas distintas que ayudarían a que se vuelva compleja culturalmente. Las comunidades por tanto van perdiendo capacidad de renovación y adaptación, y ese es el motivo de su decadencia. 

La primera alienación es la de la impotencia; la segunda, la del desarraigo. 

Seres alienados, seres totalmente impotentes e incapaces de incidir en el mundo, cargados de neurosis y angustia pueden unirse en una voluntad, en una decisión de poder, en un líder que prometa redimirles. Por contradictorio que parezca, el deseo de voluntad conduce a una renuncia franca y total de la voluntad, con la esperanza de no ser castrados, de incidir en el mundo a través de otro; esa es mi definición actual del fascismo. Eliminar los factores que construyen alienados de la impotencia, eliminar los factores que construyen la impotencia en la humanidad sería la única manera real de desaparecer el fascismo. Esto es abiertamente improbable.
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Mi padre tenía una biblioteca. Para la edad que tenía a la hora de morir (28 años) era una biblioteca bastante nutrida, pero cuyo interés más usual era la medicina. O en realidad, los libros que mejor recuerdo son libros de medicina; como escritor ocasional de poesía, puede que tuviera entre sus libros uno que otro libro de poesía e incluso alguna que otra novela. De niño sentí más atracción por los libros de medicina por las ilustraciones y las imágenes, así que puede que descartara visualmente los libros que sólo tenían texto. Además, tuve acceso a esa biblioteca hasta los ocho años, así que puede que mi memoria se equivoque o sea engañosamente selectiva.

Mi padre escribía poesía. Del único poema que conservo de él, hay una evidente influencia de Rubén Darío. Fany me dijo alguna vez que no era un buen poeta, pero creo que él intentaba imitar a poetas del siglo XVIII y XIX, así que su estilo ya sería bastante anacrónico en la década de los ochenta. Siempre quiso ser médico, pero terminó estudiando derecho en una universidad nocturna para poder trabajar y estudiar al tiempo. De no haber sido asesinado,  habría sido un abogado más en este país. Claro que, incluso en su época, el derecho era la forma más digna de sobrellevar el humanismo. 

Que mezcla tan extraña, pienso una que otra vez. Y lo único que atino a concluir; mi padre era tan extraño como podría serlo yo, pues ambos somos simples campesinos con unas extrañas ínfulas de apetito intelectual.  

Mi padre tenía dos hermanos (mis tíos) que son personas honestas, dos buenos ciudadanos que sin embargo no demuestran mucho interés en aquellos rastros de interés que él dejó. Tanto peor, yo también tengo dos hermanos ( y una hermana) cuyos intereses también son muy distantes a los míos. Mi hermano menor es tan melancólico como podría serlo yo,  su personalidad es evidentemente depresiva sin llegar a ser precisamente introspectivo. Mi hermana menor, Isis, es la más parecida a mi, y con ello ha demostrado tener una buena cantidad de mis defectos; no diferencia la izquierda de la derecha, a los doce años  aún no aprende a amarrarse los zapatos, tiene evidentes problemas visuales, posee cierto gusto por la invención de historias y tiene una imaginación abstracta avanzada para su edad.

Aunque me gasto buena parte de lo que gano en libros, ninguno de mis tíos me ha criticado cargar a donde voy con una pesada biblioteca. 

Todos los amigos con los que crecí saben que la idea que tuve de mi padre fue más mitológica que real, pues al morir tan joven dejó poco de si para mí. Sé que me quiso profundamente, sé  también que quiso lo mejor para mí y a lo mejor odiaría notar que de cierta manera un tanto irónica, sigo sus pasos. Para armar ese mito que durante toda mi adolescencia designé como mi padre tomé algo de Albert Camus y de Kafka, que tienen algo de él en su rostro. Me cuesta ahora pensar en mi padre sin esas dos imágenes, aunque la amistad y cercanía reciente que he tenido con mi familia paterna y con mis tíos me ayudaron a crear una imagen más realista de lo que era él. Esa imagen realista,  a su vez, ha quebrantado profundamente mi mito personal. 

El primer mito quebrantado fue el mito de su muerte.

Naturalmente, mis familiares me dieron una versión de los hechos apta para ese niño de seis años que alguna vez fui; él murió intentando socorrer a un hombre que intentaban secuestrar. De algún modo, pensé toda mi vida, murió como un héroe, pues nunca cuestioné ninguna línea de ese relato. Mis amigos en el colegio ridiculizaron una que otra vez esa sensación heroica que yo intentaba darle a mi orfandad, y ahora creo que tenían algo de razón. Pues bien, en realidad fue torturado y asesinado por sus propios compañeros. Era policía, y todo en su muerte aún es tan turbio y tan absurdo que parece mejor olvidarlo y seguir adelante, como se aceptan las muertes de los accidentes de tráfico. Una naturalidad melancólica y marchita que define muy bien lo que significa ser colombiano.

Como Camus está teñido de esa ficción de paternidad mitológica que yo inventé al crecer, no pude más que tomar sus palabras como mis palabras. Sobre todo en este fragmento de “El primer hombre” novela en la que trabajaba antes de morir. 


“...Fue en ese momento cuando leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre, percatándose entonces de haberla ignorado. Después leyó las dos fechas, «1885-1914», e hizo maquinalmente el cálculo: veintinueve años. De pronto le asaltó un pensamiento que lo sacudió incluso físicamente. Él tenía cuarenta. El hombre enterrado bajo esa lápida, y que había sido su padre, era más joven que él. Y la ola de ternura y compasión que de golpe le colmó el corazón no era el movimiento del ánimo que lleva al hijo a recordar al padre desaparecido, sino la piedad conmovida que un hombre formado siente ante el niño injustamente asesinado, algo había ahí que escapaba al orden natural y, a decir verdad, ni siquiera tal orden existía, sino sólo locura y caos en el momento en que el hijo era más viejo que el padre. La sucesión misma del tiempo estallaba alrededor de él, inmóvil, entre esas tumbas que ya no veía, y los años no se ordenaban en ese gran río que fluye hacia su fin. Los años no eran más que estrépito, resaca y agitación, y Jacques Cormery se debatía ahora presa de angustia y piedad. Miraba las otras lápidas del entorno y reconocía por las fechas que ese suelo estaba sembrado de niños que habían sido los padres de hombres encanecidos que creían estar vivos en ese momento. Porque él mismo creía estar vivo, se había hecho él solo, conocía sus fuerzas, su energía, hacía frente a la vida y era dueño de sí. Pero en el extraño vértigo de ese momento, la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años para vaciarse en ella y esperar el desmoronamiento final, se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba. El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre.  Volvía a ver su vida loca, valerosa, cobarde, obstinada y siempre orientada hacia ese objetivo del que ignoraba todo, y en verdad había transcurrido enteramente sin que él tratara de imaginar lo que podía haber sido un hombre que justamente le había dado esa vida para ir a morir poco después a una tierra desconocida, al otro lado de los mares. A los veintinueve años, ¿acaso él mismo no había sido frágil, doliente, tenso, voluntarioso, sensual, soñador, cínico y valiente? Sí, todo eso y muchas cosas más, alguien vivo, un hombre al fin, pero sin pensar nunca en el ser que allí descansaba como en alguien viviente, sino como en un desconocido que había pasado antes por la tierra donde él naciera, y que, según su madre, se le parecía y había muerto en el campo de honor. Sin embargo, ahora pensaba que ese secreto, lo que ávidamente había tratado de conocer a través de los libros y de los seres, tenía que ver con ese muerto, ese padre más joven, con todo lo que éste había sido y con un destino, y que él mismo había buscado muy lejos lo que estaba a su lado en el tiempo y en la sangre. A decir verdad, no había tenido ayuda. Una familia en la que se hablaba poco, donde no se leía ni escribía, una madre desdichada y distraída, ¿quién le hubiera informado sobre ese padre joven y digno de lástima? Sólo su madre lo había conocido, y lo había olvidado. 

Estaba seguro. Y había muerto ignorado en esta tierra por la que había pasado fugazmente, como un desconocido. Era él, sin duda, quien debía informarse, preguntar. Pero a alguien, como él, que nada posee y que quiere el mundo entero, no le basta toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo. Al fin y al cabo no era demasiado tarde, aún podía buscar, saber quién había sido ese hombre que le parecía ahora más cercano que  ningún otro ser en el mundo…”


Sin dar muchas explicaciones, ya he publicado este fragmento en este blog, siempre en vísperas de mi cumpleaños, porque evidentemente me pesa la idea de que lentamente envejezco y mi padre sigue allí, por los juegos absurdos del mundo, congelado en sus eternos 28 años.  

A veces me despierto renegando de los libros, creyendo que no hay nada en ellos que valga lo suficiente como para dedicarles una vida. Entonces recuerdo a Camus frente a su padre, y me recuerdo frente a la tumba del mío. Sus palabras son mis palabras, y sólo por ello, no me siento solo. Supongo que todo aquel que tenga que pararse frente a la tumba de un padre-niño sentirá lo mismo una y otra vez, y podrá acudir a Camus para sobrellevar su melancolía. 

Esto es un testimonio que vale la pena contar, y que salva a los libros de mi nihilismo vocacional. 
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Hay algo profundamente ingenuo al suponer que una ideología basta para enfrentar al mundo. Y ello es válido tanto para el discurso de la lucha de clases como para la libertad de los mercados, las dialécticas la sexualidad o los discursos religiosos.  En conjunto nos oponemos a la uniformidad, nos oponemos a una regla absoluta que explique nuestras vidas, pero ello contrasta con la utilidad práctica que le damos a los prejuicios: un discurso, una sentencia nos basta para explicar a los otros. Porque yo soy un libro. El otro, apenas una frase lapidaria. 

No hay información nueva al denunciar la liquidez, la levedad y la superficialidad del mundo. Cuando lo obvio ya se ha dicho, lo mínimo que espero es una forma de resistencia a la frivolidad, incluso cuando sólo sea posible en el anacronismo. 

Sólo conozco una forma de vivir, y es levantándose en contra el mundo. En ello se encuentra el origen de mis desgracias personales, y también el sentido mismo de mi falta de carácter. 

La ansiedad y el insomnio construyeron todo lo que soy, y me explican como individuo mejor que cualquier teoría psicoanalítica. Todos los demás aspectos dentro de mí son superficiales y ficticios. 

Cualquier discurso sobre la muerte debería tener en el mito de Sísifo su punto de partida.

Cuando sientas que tu obra es inútil introduce uno o dos conflictos freudianos para simular profundidad. Ten cuidado en la dosificación de Jung, o pasarás por un simple hablador. 

De hecho, la narrativa era más poderosa cuando no acudía al psicoanálisis para generar mapas prestablecidos del comportamiento humano. Las exploraciones personales de la psicología humana basadas en la experiencia eran más poderosas que el más repetitivo y predecible de los arquetipos. 

Nuestra pesadilla; la sensatez se convirtió en una cualidad exclusiva de los vagabundos. 

Vivimos una época en donde la sensibilidad enfermiza es la única forma que tenemos para demostrar que aún estamos vivos. 

Detrás de la violencia existe un insoportable y muy humano hastío por lo dialéctico.

Tras la muerte hay una ficción de la tranquilidad que ha justificado millones de suicidios. Sin embargo, ¿no huye con desesperación el más diminuto organismo de la muerte? ¿No hay en su terror algo que desde la racionalidad hemos olvidado?


Del arte y sus ficciones proviene la extraña conclusión de que los placeres del mundo deben ser absolutos. 

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Morir en Detroit


A veces también quisiera ir a morir a Detroit.
O algún otro lugar en ruinas y sin esperanza.

En algún hotel de mala muerte,
 Intoxicado de calmantes
Mientras en la noche alguien pronuncia mi nombre
Como si de verdad importara el duelo.

En cierto lugar de la montaña
Descubres que el mundo es una llanura engañosa
No hay arriba ni abajo
No hay indulgencias ni privilegios.
En cierto lugar del pensamiento, llegas al nihilismo.
En cierto lugar de la tristeza llegas a lo absurdo
Te sientes ligero por insignificancia;
Abres los ojos frente a los espejos
Y tan sólo atinas a pensar
“Pronto todo estará consumado”

Debes derrumbarte para volver a comenzar.
Pero sólo tienes una vida;
Las posibilidades, finitas y difíciles;
Sólo empeorarán
Con el inexpresivo paso de los años.

Habrá que huir antes del invierno
A una tierra estéril, sin estaciones.

¿Acaso buscamos la ruina como liberación?
¿No habrá ternura y oscuridad en el fracaso?
El umbral y su penumbra están en mi corazón
No en las paredes manchadas
No en los vagabundos del insomnio.
En la nada absoluta,
Es tan válido continuar como detenerse
Aquellos que viven y aquellos que mueren
Son exactamente lo mismo
Escombros en el palpitar del tiempo
Y el tiempo mismo es un escombro más, de
Algo que aún desconocemos.

Adentro
Una molécula grita
¡Sobrevive!
¡No importa cómo!
¡Mantente a flote!
Dale a la sombra de tus átomos
El chance de vivir hasta el último
De los abismos,
Allá, donde a fuerza
De abandono, está condenado a morir
Incluso el más sagrado de nuestros mitos.


...
Y en ese momento
¿Qué sentirá el último de nosotros?
¿Resignación, alegría, o alguna extraña forma de
 Desconsuelo?


O. Corzo
20/09/17





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