sábado, 22 de julio de 2017

Porque soy una isla.



Últimamente me es inevitable compararme con Roberto Bolaño (por motivos muy ajenos a la calidad literaria)  y al hacerlo  me sorprende por contraste mi absoluta soledad literaria. Tengo una pequeñísima y pálida interacción con mis contemporáneos. Puede que tenga una facultad entera con maestros y alumnos a mi disposición, y además cuente con la red para comunicarme con quien quiera (con quien se anime a contestarme) donde abundan los grupos que emulan a las vanguardias y las publicaciones periódicas de autores jóvenes y  ya no tan jóvenes (me incluyo en ese segundo grupo) No siento ningún interés por interactuar con ellos. En realidad mi soledad es una decisión  incómoda pero personal. (¿Podría serlo realmente?) Y la idea de unirme a cualquier cosa que pretenda ser una vanguardia me parecería un anacronismo y una incoherencia conmigo mismo (¿qué soy? a veces una isla y a veces una náufrago) En este instante de mi vida los movimientos artísticos me parecen imposibles y superfluos, y en esa convicción también se desvanecen los fundamentos de la amistad entre autores...( mi único amigo frecuente en este punto es el maestro Isaías)  Pero estar solo en la literatura es bastante peligroso, y puede que sea la ruta más corta para la completa desaparición (extrañamente, la idea no me molesta por completo) me mortifica sin embargo la imposibilidad del contraste inmediato, pues es muy fácil engañarse a uno mismo cuando tu ego está demasiado ileso. Sin embargo no puedo contrastarme con mis compañeros; siento que soy injusto con su talento y que ellos son injustos conmigo. Como son más jóvenes los subestimo (subestimo a todos mis contemporáneos) y ellos, como son más jóvenes me subestiman de una manera que me resulta aburridamente desafiante. Somos, por tanto, mutuamente desconocidos, y es posible que  nuestra comunicación no pueda ser de otra manera. 

Mi utopía en los días que transcurren se parece un poco a Houellebecq y un poco a Borges. Un futuro como el descrito en “utopía de un hombre que está cansado”  o en “la posibilidad de una isla” siempre me ha parecido ineludible y francamente deseable.  Los primeros síntomas del desvanecimiento de la comunicación en la sociedad son aquellos ancianos que mueren solos en sus apartamentos en algunas partes del mundo. Son descubiertos varios años después como momias secas que gritan el final de los conceptos  más básicos de humanidad en pleno siglo de la hiperconexión. Una sociedad de ermitaños que viven incómodamente juntos carece de comunicación emocional y por tanto debería carecer de literatura. A pesar de todo sospecho que la literatura será la última conversación posible, y algo dentro de mí añora desde ya ese momento.
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viernes, 14 de julio de 2017

Ante la poesía ( adaptación kafkiana)



Ante la poesía hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la poesía. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la poesía está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la poesía debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pana, su nariz grande y aguileña, su barba de chivo,y su título de doctorado en el exterior decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la poesía. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su bufanda, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la poesía. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la poesía -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

FIN
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jueves, 13 de julio de 2017

Masonería, rituales, mitos y positivismo



Incluso si sólo los sostiene la credulidad de las personas, hay algo esencial y poderoso en los mitos, por el simple hecho de ser artefactos de fe para miles de personas. Aún más allá, comprenderlos como estructuras narrativas fue lo más revelador de todo lo que aprendí en la universidad. Al respecto el positivismo sólo nos ofrece una “conciencia de la negación” que me impide la comunicación simbólica con aquellos que comparten la conciencia del mito. Ello implica que no tiene mucho sentido la frase “dios ha muerto” si los hombres le siguen manteniendo vivo a través del ritual. Aislado de lo simbólico, el positivismo sólo puede especular desde el exterior en la absoluta soledad (y como ateo, comparto con tristeza parte de esa soledad) Hace algunos años la lectura de Levis-Strauss se me mezcló con ciertas enseñanzas de la masonería, pues dentro de las logias no importa el contenido intimo que le des al símbolo, si no el respeto (o valor ritual) que sientas por el significado que le den otros y por la capacidad de compartir un valor común que supere cualquier confrontación. Comparto con otros un valor supremo (el lugar que para mí ocupa la razón bien puede ocuparlo para ti Dios, y ello no impide que nos pongamos deacuerdo, o en otras palabras, deberíamos estructurar nuestra comunicación de tal modo que esos dos principios superiores no entren en confrontación)

Pero existe una distancia infranqueable entre este ideal y la vida común... 
La masonería bien podría ser una religión laica en su utilización de los símbolos y los mitos. Y con religión me refiero a la utilización psicológica de los símbolos para fortalecer la vida común de las personas. Las religiones para mí son apropiaciones íntimas del poder de los símbolos narrativos en los mitos. Los mitos, construidos por la narrativa, poseen tótems que a través de un vínculo emocional le ofrecen “poder psicológico” a las personas. El mito de Jesús consuela a quienes creen en él, ese es su valor más importante. Negar su capacidad de consuelo es arrancarle  por completo su significado. 

Para mí el epicentro del liberalismo político se encuentra en la masonería, y de esa consciencia deriva mi admiración por la orden. Sin embargo, en los últimos años no he hecho más que confrontarme a mí mismo con toda la artillería de mi ocio y mis lecturas.  Lo que busco es mi posición en el mundo, y mi primer movimiento es confrontar con dureza todo aquello que el mundo hizo de mí. Y en mis convicciones políticas  la masonería tuvo un poder excepcional. 

En otras palabras, en este instante no me aferro a ninguna convicción. Todo para mí (y dentro de mi) está cuestionado y en constante confrontación. 

Cuando en sus requisitos de enlistamiento la masonería exige la consciencia  y el respeto por un principio superior, pareciera en realidad no cerrarle la puerta a los ateos, si no a los nihilistas. Por ello mi propio nihilismo ha llegado a entristecerme. Es más, a veces pareciera que el nihilismo en sí es mi principio superior. 

Pero soy muy consciente de que  el nihilismo no puede durar para siempre. La vida de otro modo sería insostenible ( Y no estoy completamente seguro de esta afirmación)

Sin embargo (y en lo que respecta en mi papel en la sociedad) no desestimo en lo absoluto el valor de los rituales y la importancia en la comunicación e interacción de las comunidades. El mayor problema del ateísmo es que lejos de la academia no cuenta con canales de vínculo entre los individuos, y por ahora, aunque la academia y la ciencia procuren crear comunidades, no hay verdaderos valores colectivos que creen identidades comunitarias. A medida que envejezco pierdo interés en mis pasiones juveniles (la música y la literatura son excelentes excusas para crear comunidades laicas, pero tengo muy poco interés en interactuar con gente usándolas como excusas) Yo mismo he decidido respetar ciertos rituales y ciertos mitos por su incalculable valor narrativo, y por su efectividad para conmoverme y crearme sensaciones profundas. 

 Todo lo que tenga que ver con los muertos, con los ritos funerarios y por tanto con la memoria y como la sociedad de manera íntima asume la mortalidad. En cierto sentido, los ritos funerarios reflejan como confrontamos la desaparición de la individualidad con la memoria y el olvido. Al respecto creo que hay más verdad en ellos que en la psicología y el psicoanálisis, doctrinas demasiado jóvenes como para ser juzgadas con severidad. 

Tengo poca habilidad para comunicarme con las comunidades laicas (la academia, los hobbies, los clubs temáticos e incluso la difusión científica o literaria)  pues en ellas ciento una falta de honestidad, compromiso y autenticidad. 

Siento dentro de mí una poderosa nostalgia por el valor tribal de las comunidades pequeñas, y de las logias. 

Esta nostalgia es un completo contrasentido. Las comunidades pequeñas también poseen su propia dosis de veneno, pero es la nostalgia la que con el tiempo lo vuelve invisible. 

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