miércoles, 26 de abril de 2017








     A la playa llegaron seis camionetas y un autobús. De la primera camioneta bajó un hombre vestido de negro, de rostro enfermizo aunque su cuerpo parecía pesado e imponente, con  el cabello cubierto y una larga barba descuidada. Una veintena de hombres descendieron tras él de otras camionetas —aunque ninguno lograba su tamaño ni imponencia—  para luego  formar disciplinadamente frente al primer hombre, que dio al grupo una pequeña explicación en árabe de lo que debían hacer desde ese instante, y luego arrojó una bengala sobre los riscos para que otra treintena de hombres que aguardaban entre las rocas descendieran para unirse a los que ya escoltaban el autobús.

     El primer hombre empujó del autobús a una mujer que llevaba los brazos amarrados a la espalda y la cabeza cubierta con una tolda negra. La mujer tenía un largo vestido de noche que entorpecía su caminar en la arena. Del autobús fueron saliendo uno a uno varios hombres más, atados de manos y armados con algunos instrumentos. Los prisioneros iban vestidos de gala, y también tenían el rostro cubierto. Apenas la mujer sintió la arena bajo sus pies empezó a gimotear e intentó arrojarse al suelo (creyendo que en el suelo entorpecería su martirio) pero las manos de dos hombres se lo impidieron. Ya entonces estaba cansada de preguntar “¿qué quieren?” en todos los idiomas que manejaba (fluidamente en  polaco, inglés, alemán y francés, y con torpeza en español y portugués) así que terminó dejándose llevar, en medio de un llanto digno y seco. Los hombres que la escoltaban la colocaron junto a una especie de mástil enterrado en la arena, amarrada por las manos, de frente a la parte más baja del océano.

     Sara presintió una larga temporada de torturas y humillaciones, y tuvo la esperanza que durante un combate o un intento fallido de rescate una bala perdida acabara con su vida lo más rápido posible. Sin embargo, cuando sintió las manos de uno de sus secuestradores tocando sus pies (ante la posibilidad de morir violada por desconocidos, prefería un fusilamiento urgente) una racha de energía y adrenalina la obligó a forcejear golpeando y mordiendo todo lo que tuviera cerca. En medio de su forcejeo, alguien le retiró la mortaja del rostro.

     Estaba en la playa (hasta entonces ella lo ignoraba, a pesar del ruido, la arena y del olor a sal en el aire; a ese grado de nerviosismo había llegado) la playa era pedregosa y carmesí. No reconocía ninguna forma, e incluso el cielo nublado le resultó extraño. 

      —Cálmate, prostituta —le dijo el primero de los hombres, con un acento amargo cuyo origen le resultó difícil de distinguir—. Mientras nos escuches y obedezcas, nada malo te pasará.

     La mujer tenía el rostro golpeado y los ojos enrojecidos, pero asintió nerviosamente. Sabía que había estado algo más de cinco horas maniatada y con el rostro cubierto, primero en un avión y luego en el autobús, pero no lograba intuir su posición, ¿es el océano atlántico o el pacífico? el agua era particularmente oscura y de aspecto frío, ¿para qué alguien secuestraría unos músicos y los llevaría tan lejos? ¿Qué sentido tenía todo aquello? 

     Desconcertada, descubrió que otros hombres trabajaban en una especie de escenario improvisado en la arena, dirigido hacia el océano. Enormes amplificadores de sonido se enfocaban en dirección a las profundidades, ¿Era esta una broma que había llegado demasiado lejos? Tras el hombre que le descubrió el rostro, al que asumió como el líder ya que los demás se le subordinaban, vio en fila a casi casi todos los músicos (sus amigos) conducidos por otros hombres armados, que les apuntaban por la espalda mientras caminaban en dirección al escenario.

     Cuando puso sus pies sobre una plataforma de piedra medio enterrada en la arena sintió un escalofrío. En algo le recordó a las plataformas de sacrificio de la cultura Azteca. En la plataforma destacaba un agujero pequeño y circular. Un par de gritos en un idioma difícil de distinguir bastaron para que otros hombres sacaran la arena del agujero y colocaran en su lugar  un atril de partituras. El director de la orquesta fue arrastrado hasta allí, y  uno de los soldados se colocó en su espalda. Otro de los soldados colocó un atril frente a ella con partituras. Era una pieza del compositor Zbigniew Preisner: Labyrinthe

      — ¿Ustedes son fanáticos de Preisner? ¡Yo lo conozco! — gritó la mujer— Si nos dejan ir podría presentárselo. Es un gran hombre...

      El líder de los hombres armados se acercó a ella, por primera vez con un atisbo de amabilidad.

      —Elegimos el tema del compositor pagano Preisner por simple casualidad, pues se ajusta a la frecuencia que necesitamos. Cántalo y te dejaremos ir.

     ¿Tenían sentido esas palabras? ¿Significaban algo para alguien? por un minuto Sara sintió que soñaba, que hasta el momento todo lo que ocurría no era más que la escenografía de una pesadilla.

      — ¿Esto es una broma verdad?—susurró.

     Pensó que aquel hombre le diría que sí, lo que la obligaría a despertar en su cuarto, semidesnuda y cubierta de sudor; se descubriría entonces un poco ebria y maldormida, lo que justificaría la pesadilla. En cambio, el hombre hizo una señal para que le acercaran a uno de los músicos. Mientras la observaba, y sin ningún otro gesto distinto,  apretó el gatillo de su arma, disparándole al músico justo en la frente. Era un chico joven (no llevaba mucho tiempo en la orquesta, apenas unos tres meses) que cayó al suelo con una suavidad inquietante. Del agujero fluyó una sangre espesa que le recordó a la mermelada de mora. El ruido pastoso de su caída en la arena no le dejó otra opción más que reaccionar. No era un sueño. El olor a pólvora hizo que le picara la nariz, y el olor a sangre se hizo sentir con suavidad en el viento de la playa. Tuvo que vomitar para tomar conciencia definitiva de lo que sucedía a su alrededor.

     —De usted depende que eso no vuelva a suceder —le comentó el hombre de negro, con cierta suavidad.

     Después de ello los músicos se organizaron frente a los atriles con obediencia. El sonido era particularmente potente; un amplificador Peavey TransTube de 500 watts (suficiente para un concierto enorme) mientras todos los micrófonos de los músicos y el suyo propio conducían a un Mixer de aspecto rudimentario. Probó el sonido como lo haría en un concierto cualquiera, en otro lugar distante, aunque la mayoría de veces no le fuera necesario usar amplificación.

      —1, 2,3,4,5...—susurró Sara al micrófono.

      Pero nadie administraba el sonido. Fue la última vez que sintió que debía estar soñando. Los soldados rodearon al grupo de músicos, e incluso algunos se sentaron en el suelo mientras se afinaban los instrumentos.

     —Quieren que cantes para darle una señal a algo que se encuentra en el mar —le susurró Dabir, un músico de origen Iraquí que tocaba el violín en la orquesta.

    — ¿Sabes de donde son? ¿Sabes qué quieren? —le preguntó Sara

     —No —respondió Dabir—. Tienen un acento nadji que me resulta casi incomprensible, pero repiten algo constantemente.

     — ¿Qué dicen?

     —”Para derrotar al demonio es necesario un demonio mayor”

     — ¿Y se supone que nosotros llamaremos a ese demonio? ¿Qué pasará cuando descubran que no podemos hacerlo? —Había desesperación en las palabras de Sara, pero el susurro era casi imperceptible en medio del ruido exterior— ¿dirán que canté mal, que tocamos mal? ¿Pensarán que a propósito torpedeamos su plan?

     Dabir guardó silencio por un instante

     —Es lo más seguro —susurró—. Igual, ya estamos muertos.

    La preparación terminó cuando el sol empezó a aparecer en medios de las nubes. Serían algo más de las tres de la tarde cuando el hombre de negro dio la orden de empezar, pero algunos de los músicos comentaron —con temor—  que sus instrumentos no se encontraban en las mejores condiciones.

    Sara empezó a cantar. Los violines siguieron el camino que marcaba su voz. El amplificador empezó a chirriar cuando Sara alcanzó las notas más altas, pero no tuvo ningún ánimo de quejarse; donde el piano marcaba los tiempos de un silencio de los demás instrumentos, Sara tuvo que mover los brazos en forma de compás, recordando las pausas y momentos fuertes a los demás músicos.

     Fue entonces cuando el hombre de negro se acercó a Sara. Tenía un libro de cubierta rugosa en la mano derecha, y una lata llena de musgo y hongos en la izquierda.

      —Repite conmigo—. Le dijo. Ambos repitieron palabras ininteligibles en un idioma desconocido.

     Luego colocó la lata a los pies de Sara, y encendió su contenido con un fósforo. De inmediato empezó a emerger un humo negro parecido al del engrudo. Sara dejó de cantar por un instante, pero retomó la letra de la ópera con un brillo extraño en los ojos. Nadie dejó de tocar, pero notaron que el mar empezó a retroceder y que la voz de Sara se hizo más potente. El cielo mismo se oscureció a pesar de que no había entonces demasiadas nubes en el cielo, y la tierra, de forma inexplicable,  rítmicamente empezó a temblar. Eran temblores breves que se sincronizaron con el compás que aún marcaban los brazos de Sara.

    Mientras tanto, los soldados se arrojaron al suelo y empezaron a rezar. Dabir, que tocaba el violín junto a Sara, entendió por sus plegarias que se aproximaba el fin del mundo.

     Sara continuó cantando, alargando ciertos momentos de la Opera que requerían su mayor esfuerzo vocal. A unos seis kilómetros de donde se encontraban, un par de riscos enormes surgieron del agua, distanciados uno del otro por unos cinco kilómetros (la línea divisoria del  agua continuaba retrocediendo y ya se encontraba a unos doscientos metros de la playa, mientras la luz del sol, pese a la hora, casi había desaparecido) Dabir vio como aquellos riscos empezaron a emerger y a acercarse a mayor velocidad a la playa. En medio de ellos, una isla enorme de redondez alargada emergió justo en dirección a ellos. El mar continuó retrocediendo. Dabir observó a Sara y la vio como una mancha extraña que se movía de forma inhumana y antinatural, como convulsionando a una velocidad de vértigo. Lo primero que pensó fue que el humo de la lata en sus pies, que seguramente lo había alcanzado, era alucinógeno. Cerró los ojos y empezó a repetirse “nada de esto está ocurriendo”

      Pero sólo tuvo el coraje de cerrarlos diez segundos. Cuando los abrió de nuevo vio en el horizonte, bajo aquella misteriosa isla que se levantó en medio del mar, dos ojos fríos que observaban sin observar, dos cristales vacíos del tamaño de un estadio de fútbol. El tono de los ojos era el de un azul gélido. Carecían de conciencia y de algún modo parecían dormidos. Sara, que hasta entonces tuvo los ojos verdes, transmitía una luz similar en su mirada.

       —Es mucho más grande de lo que dice el libro — Susurró en árabe uno de los soldados junto al hombre de negro.

       Los soldados estaban tan asustados como los músicos, y por un momento dejaron de apuntarle a aquellos que hasta ese momento fueron sus prisioneros. David, el hombre que tocaba el tambor, soltó las baquetas y quiso correr, pero un disparo que no iba dirigido a él lo detuvo.

        —Si dejan de tocar nada podrá controlarlo —. Gritó el hombre de negro, que parecía disfrutar el momento— Si dejan que despierte será el final de la humanidad y de la vida.

     Ya entonces en el horizonte había un ser del tamaño de una montaña que avanzaba hacia la playa. Su cuerpo era colosal, y de él caían trozos enormes de musgo, algas y coral. Donde debía estar el rostro emergían cientos de tentáculos enormes que se estremecían y convulsionaban al ritmo de la voz de Sara. Los primeros riscos que emergieron del agua demostraron ser las garras que coronaban dos alas enormes en la espalda de la criatura. Ya de pie frente a la playa eclipsó la luz de un sol enclenque en el horizonte y eclipsó las estrellas.

      Entonces Sara levantó los brazos y empezó a levitar, repitiendo la ópera otra vez.

      — ¡Si él la alcanza estamos muertos!—gritó el hombre de negro

      De inmediato tres soldados intentaron sujetar a Sara de los pies, pero ella los levantó del suelo hasta que no pudieron sostenerse. Sara se elevó por los aires hasta estar a la altura de su rostro. El brillo azul que ambos tenían en la mirada se intensificó. Ya no había nada de Sara en su cuerpo, su mente se encontraba abandonaba en oscuridad y vacío. Pero algo dentro de ella pudo repetir unas palabras que el ser comprendió.

       —”Te han nombrado en vano”—dijo Sara, en una lengua que los hombres nunca han usado.

      La criatura respondió golpeando la tierra, como quien aplasta una cucaracha. La arena se levantó por el golpe hasta casi tocar a Sara, y las aguas se levantaron también en una onda expansiva que evaporó todo lo que había alrededor, desvaneciendo el risco y todo lo vivo que hubiera en él. Los vehículos que antes estaban en la playa se levantaron y desaparecieron. Las rocas se desvanecieron también, pulverizadas unas contra otras. Cuando cayeron los escombros, el brillo del magma se dejó entrever en el centro del impacto.

     Sara continuó levitando a la altura de la criatura, que estiró una de sus manos y la acarició  entre la punta de sus garras. De inmediato se dio media vuelta y regresó al mar, aún con el brillo azul en los ojos. Las profundidades se abrieron delante de él; cuando el agua ya lo cubría otra vez una ciudad inundaba dejó entreverse, y en ella ningún muro y ninguna columna poseía forma euclidiana. Caminó hasta el centro mismo de la ciudad, y en ella levantó una especie de caja de cristal que contenía a cientos de mujeres en un vaho inmóvil, todas levantando los brazos, en trance infinito, con los ojos azules, petrificadas en el tiempo. En sus ropas estaban todas las épocas de la humanidad. Allí colocó a Sara con las demás, y luego regresó a su trono, para continuar durmiendo.


Oscar M Corzo

25 de abril del 2017






jueves, 16 de marzo de 2017


 La historia transcurre en un presente alternativo donde los dinosaurios existen y gobiernan el mundo, mientras los seres humanos somos sus esclavos y su principal alimento. El protagonista se llama Augusto (al igual que el autor) es un esclavo del sector de producción de carnes procesadas que trabaja en el palacio imperial. Está enamorado de una chica llamada Johana, que trabaja en el sector de textiles. 

En el segundo capítulo vemos que hay una rebelión secreta en contra de la tiranía de los dinosaurios. Existe un plan para acabar con su líder, el supremo Tiranosaurio Rex. Augusto se ve involucrado en esta conspiración al intentar hablar con Johana. Cómo está enamorado, y a pesar de ser un completo cobarde, no puede rechazar la posibilidad de participar en la conspiración. 

Para los conspiradores Augusto es una oportunidad única, pues llevan meses intentando infiltrarse en el palacio, así que se ven obligados a confiar en él. Entre la planeación sin sentido Augusto es la primera oportunidad real de acercarse al dictador. Johana es una de las figuras claves de la resistencia, una mujer fuerte, fría e inteligente. Su única razón para interesarse por Augusto es su cercanía al dictador, pues esto materializaría su sed de venganza ( los padres de Johana fueron fusilados por orden expresa del T. Rex)  Sin embargo su opinión personal de él es bastante despectiva, y sabe que de tener éxito él tendrá pocas posibilidades que de sobrevivir. 

 En el tercer capítulo hay una breve remembranza del pasado de Augusto y de Johana, que nos enseña como el régimen de los dinosaurios permite a los humanos vivir, crecer y morir. Descubrimos que estos humanos no son producto de la selección natural, sino de un cuidadoso proceso de crianza, cruce y diseño genético. Por ello Augusto no es cobarde por determinación propia, sino a consecuencia de su diseño de cocinero, pues para su oficio no necesita ningún grado de valentía. La rebeldía de Johana en cambio sí parece un acto de individualidad o mutación.

 En el cuarto capítulo se describe la planeación del atentado. En el quinto la ejecución y el fracaso. Johana es capturada y aparentemente asesinada. Augusto logra huir a las montañas donde se convierte en ermitaño. Allí conoce una comunidad de dinosaurios que rechaza el consumo de humanos y promueven el consumo de vegetales. 

 En el quinto capítulo Augusto tiene pesadillas donde ve a Johana torturada una y otra vez. Las pesadillas lo atormentan cada noche, así que decide regresar a la capital. Allí descubre que Johana sigue viva y que sus sueños fueron clarividentes. También descubre que su cabeza tiene un precio, entonces decide entregarse. Es condenado a muerte en un juicio público, pero en la noche logra escapar del calabozo e infiltrarse en la habitación del dictador gracias a un plan de los miembros que quedan de la resistencia. Augusto intenta una lucha cuerpo a cuerpo con el dictador, armado de una lanza y un escudo improvisados. El dictador logra herirlo gravemente, pero alguien ataca al dictador justo cuando augusto pierde el conocimiento.

 La frase final del texto “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” no aclara si el dictador está vivo o muerto, tampoco aclara quien lo atacó por la espalda ni la suerte final de Augusto.

 Los críticos lo consideran un final abierto perfecto por la incertidumbre que genera en el lector.

jueves, 23 de febrero de 2017



Muy preocupante me resulta la postura que Café Tacuba ha tomado recientemente sobre su canción “ingrata” de 1995. Para resumir; han decidido no volver a tocarla porque hace referencia a un feminicidio. 

 éramos bien jóvenes cuando se compuso y no estábamos sensibilizados con esa problemática como ahora todos sí lo estamos. Y yo, personalmente, no estoy interesado en apoyar eso” dijo hace poco Ruben Albarrán (vocalista de la banda) a un medio mexicano “Mucha gente puede decir que es sólo una canción. Pero las canciones son la cultura, y esa cultura es la que hace que ciertas personas se sientan con el poder de agredir, de hacer daño, de lo que sea

Café Tacuba no es directamente una banda de mi afecto, pero las implicaciones que tiene esta declaración me parecen importantes. En primer lugar, porque sus motivos son más que razonables; las canciones son cultura y la cultura empodera una ideología y por tanto una conducta legitimada por esa ideología (he hablado de eso con anterioridad) es cierto que toda la música popular latinoamericana llora el abandono de la mujer, es decir, su capacidad para decidir. Pero no estoy seguro de que la censura correctiva sea el camino adecuado (especialmente si es el mismo autor el que se censura. Yo tenía una esperanza distinta, y es que toda esa música fuera olvidándose con el tiempo) Pues el revisionismo a lo que ya está escrito implica abrir una monstruosa caja de pandora.

He escuchado ya el juicio crítico a toda la literatura por su carácter patriarcal, por su espíritu masculino. No importa que existan grandes maestras de la literatura, y que algunos de los grandes clásicos hayan sido escritos por mujeres (en este blog nunca me he cansado de exaltar a Woolf, a Shikibu por la novela de genji y especialmente a Herta Müller, que aunque sin duda contemporánea, con el tiempo, estoy seguro, será un clásico) la pintura, que posee una carga conceptual inferior, parece estar al margen de esta revisión ideológica. Pero lo primero que pensé al leer las palabras de Albarrán fue en Crimen y Castigo. De profundizarse este revisionismo bien podríamos censurar la obra de Dostoievski por contener también un feminicidio. Y de estar vivo, tendría que disculparse con palabras similares.

Era muy joven cuando la escribí y no estaba sensibilizado con esa problemática como ahora todos sí lo estamos. Personalmente no estoy interesado en apoyar eso.  Mucha gente puede decir que es sólo una novela. Pero las novelas son la cultura, y esa cultura es la que hace que ciertas personas se sientan con el poder de agredir, de hacer daño”

Es normal que ideológicamente algunas cosas del pasado nos molesten (aunque hablemos de 1995, o 1866) el problema aquí tampoco es el capricho bienintencionado de Albarrán. Es válido tener un juicio histórico hacia el arte; eso es precisamente lo que hace que olvidemos obras o exaltemos otras, o que seamos humanamente tolerantes con algunos escritores. Borges y Lovecraft eran abiertamente racistas, pero nunca tratamos los aspectos incómodos de sus personalidades cuando tratamos o disfrutamos sus obras. Omitimos sus defectos. A veces bien podríamos practicar una vieja frase de Goethe “lo que nos horroriza en la vida  nos encanta en la literatura”

Que Café Tacuba se censure no significará que Latinoamérica olvide la que probablemente es la canción más popular de la banda. Ya Andrea Echeverri había tenido una postura similar con “baracunatana” aunque no le veo sentido a la autocensura con retrovisor, es completamente válido que el artista rechace en su creación futura los tópicos que considere (si eso altera la cultura bien lo dirá el tiempo)  bien le hará a la música  popular olvidar el duelo por la libertad femenina, tema que si no se acaba por la corrección política, ojalá lo haga por ser un insufrible lugar común.

También es cierto que es un poco exagerado comparar Crimen y Castigo con Ingrata, pero mi critica no es a Café Tacuba, si no al ambiente en general. Crimen y Castigo está más allá de ser simplemente el asesinato de una mujer. La canción es un ente mucho más limitado,  y puede que simplemente se limite a eso; censurar la libertad. Sin embargo, creo firmemente que cuando una ideología se apodera del sentido común, debería dejar a un lado el arte. El cristianismo también tuvo en su momento un punto de juicio donde juzgó el arte a partir de su criterio de lo correcto (grandes obras se perdieron, entre ellas, muchas obras de  grandes mujeres, como la mayoría de los poemas de Safo de Lesbos)

Y cuando ese criterio de lo correcto se supera o simplemente se olvida, sólo nos queda lamentar los estragos de la censura.

jueves, 16 de febrero de 2017



Posterior a la derrota que Trump  y el Brexit significaron para los medios tradicionales,  florece en buena parte de occidente  un creciente interés por combatir los rumores y las noticias falsas de internet. Se asume (prematuramente) que estas dos derrotas fueron obra de factores externos al sistema,  elementos que por su naturaleza volátil y efímera son absolutamente incontrolables para los medios tradicionales y la censura del estado. Luego de años publicando mentiras en búsqueda de clicks y respaldando con espejismos artículos amarillistas y morbosos sin ninguna verificación, los medios colombianos, en un inexplicable ataque de pudor, procuran establecer una distancia entre su papel de rectores de la verdad y los “mercachifles de la verdad” calificativo donde  ubican a todos aquellos que difunden información sin un sello editorial a sus espaldas.  El término “posverdad” suena  por aquí y por allá en discusiones acaloradas sobre lo que sea que cada quien entiende por verdad, y  en esa verdad sin duda es palpable una poderosa carga ideológica.  Personalmente, que la veracidad de la información se transforme en una preocupación colectiva me parece maravilloso, pero antes de discutir sobre lo que es verdad y lo que es mentira  deberíamos definir unos mínimos comunicativos para poder conversar con tranquilidad. Por primera vez es necesaria una reflexión sobre lo que debe o no debe decírsele a la gente, por primera vez se reflexiona en el impacto de una mentira sobre la opinión,  todo gracias al temor que impone el único  populismo que respetan los medios, el populismo de derecha; esa abstracción demoniaca que amenaza con  devorar en su necedad lo poco que queda de las sagradas y tambaleantes instituciones democráticas.

 La escurridiza verdad está en peligro—dicen los titulares—los presentimientos de guerra florecen como si alguna vez  hubiesen estado ausentes; los tambores del totalitarismo resuenan en el mundo y alguien nos pone a cinco minutos del apocalipsis nuclear. Sabemos—en eso estamos más bien de acuerdo—que sin importar la inclinación ideológica inicial, el totalitarismo es la conclusión natural de todos  los populismos. El concepto de posverdad parece ser apasionante para los periodistas,  que se arrojan sobre la posmoderna  palabra  como si fuese un salvavidas etimológico.

—Esto es lo que sucede; ha llegado la posverdad—dice algún periodista cualquiera, como quien anuncia la llegada del invierno.

 Se supone que la posverdad es lo opuesto a la verdad y por tanto existen unos hechos cuantificables e incontrovertibles que alguien intenta ocultar en provecho propio   ( aunque el prefijo pos pareciera indicar que la posverdad es lo que acontece a posteriori de la verdad)  Al elegirla como la palabra del año, los académicos de Oxford la definen como “lo relativo a circunstancias en las que hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal” En medio de las sombras de la pasión y la incertidumbre,  los medios tradicionales persisten en la creencia de que la opinión pública sigue siendo ese borrego maniatado y crédulo que nada comprende sobre la complejidad del mundo. Sin embargo, algo debe existir previamente para que los consumidores de información respondan con “emoción y creencias personales” contrarias a los medios, pues la posverdad pareciera no ser más que una crisis de confianza en la información,  una sensación de engaño constante que parece encontrar alivio en verdades alternas, locales y casi tribales, verdades más cómodas y  cercanas, pues pareciera tan implícito que los medios tradicionales han mentido y no están dispuestos a reconocerlo que la posverdad nos deja la sensación de haber salido de la nada. En algo sin embargo tienen razón, aquellos periodistas amigos del apocalipsis. Internet, efectivamente, tiene mucho que ver con su tragedia.
Antes de hablar de posverdad debería hablarse de la verdad (pero se supone que eso ha hecho la filosofía desde sus inicios, sin llegar a materializar una definición lo suficientemente concreta como para solucionar nuestra incertidumbre) la definición de los académicos de Oxford habla de “hechos objetivos” Medibles, cuantificables, indiscutibles. Por ejemplo; que Colombia tenga un ingreso per cápita de 1.311€ euros es seguramente un hecho objetivo e indiscutible.  Que al menos el 60% de la población subsista con menos de eso y no sientan que las cifras de crecimiento económico y prosperidad les incumban es un hecho subjetivo que apelará a mi emoción y mis creencias personales. Es decir, queda anulado por carecer de cualidades cuantitativas para contrastarse. Los hechos objetivos, si hablamos de una enorme población, son abstracciones que no tienen relación con las realidades particulares de las personas y que nada le dicen a la vida de un ciudadano común. La percepción popular  cree que la prosperidad es una fiesta privada, con la certeza de que la mayoría de seres humanos no fuimos invitados.

¿Significa esto que la riqueza no se socializa? seguramente no lo hace al ritmo que las personas esperan. Es cierto que las estadísticas (esos demonios de la abstracción)  demuestran que las expectativas de vida en el mundo han mejorado en los últimos años, al igual que el poder de consumo y los ingresos medios. Sin embargo la gente no se compara con sus abuelos a la hora de preguntarse por su infelicidad, aunque tenga la certeza de que vive mucho más cómodo que sus antepasados. Lo hace con sus vecinos, sus enemigos naturales.

Miles de medios pequeños surgen todos los días. Todos aturden al consumidor de información con verdades diminutas y parciales. El consumidor de información que quiera tener cierta independencia ideológica ya no puede conformarse con recibir información  de un solo origen y confiar en la veracidad del receptor. El acto de confianza, si existió alguna vez, se rompió en la proliferación de múltiples versiones de la realidad, y con el evidente interés editorial de los medios privados de defender sus intereses particulares y no el interés de sus lectores. La única forma de acercarse a la verdad (si es que existe) es contrastando distintas versiones de un fenómeno. Es decir, el consumidor de información realiza hoy la racionalización de la información que antes realizaban los buenos periodistas.

A medida que  se acrecienta la banalización en la que los medios se han metido intentando ser más populares, la desconfianza sobre su papel e imparcialidad frente a la verdad aumenta. Otro tipo de consumidor, que a lo mejor no comprende la relación de los hechos objetivos con su vida, decide acercarse al lenguaje familiar,  a lo cultural y cercano, a una definición simple y precisa de lo que sucede y no sucede en el mundo. Basta con que alguien le diga lo que es blanco y negro para ganar su confianza. Ese consumidor es la presa predilecta del populismo, y jamás me atrevería a culparlo por ello.

En realidad, más que una crisis del periodismo como profesión, existe una crisis del concepto editorial de la información.  Ya no podemos someternos a una visión ideológica y editorial del mundo que nos guie como analfabetas. Todos (sin importar nuestro nivel educativo) queremos tener nuestra propia interpretación del mundo (no importa si para ello buscamos en distintos medios o en las versiones de nuestros vecinos, que pueden o no estar tan desinformados como nosotros) y por intuición, por desconfianza y por amor propio desconfiamos de la verdad de los demás.









domingo, 12 de febrero de 2017



La vitalidad de la carrera séptima siempre me entusiasma; me gusta trabajar y vivir aquí, recorrer casi todos los días su tramo peatonal entre la 13 y la 24, y durante algunos años más (al parecer) este será el principal escenario de mi vida. Resulta imposible por tanto no escuchar a los músicos de la calle que se amontonan cada cierta cantidad de pasos todos los días por aquí. Hay música para todo el mundo y para todos los gustos, pero son poco frecuentes los músicos profesionales. Los géneros más comunes suelen ser el pop, los corridos, el jazz,  los intérpretes de acústica solitaria, la música cristiana, sólo una vez he visto un grupo vallenato (nunca he visto un grupo de rancheras) y aunque abunda el rock, tanto que a veces  parece ser el género dominante, todos están tan juntos y tan cerca que resulta imposible que no se toquen.  Ese contacto entre músicos amateurs me emociona. Este texto junta mis reflexiones sobre su trabajo.

Ayer recordaba cierta chica escuálida y sin talento que cantaba  lambada junto al éxito de la plaza de bolívar. Al principio cantaba horrible (la última vez que la escuche aún lo hacía relativamente mal) pero con los meses aprendió a afinar un poco su voz, e incluso  elevó perceptiblemente su registro  (¿o fue mi oído el que se acostumbró a ella? quien sabe) y la idea de que una mala cantante pudiera evolucionar y aprender me tomó un poco desprevenido. Pero en realidad, ¿por qué no iba a hacerlo? mi sorpresa fue evidentemente un prejuicio. Después de todo ella cantaba en el mismo lugar al menos seis horas al día.  Algunos amigos se preguntaban sobre  qué era aquello que atraía a la gente a mirarle (cantaba mal, no era bonita, pero amontonaba a una pequeña multitud a su alrededor) y con el tiempo nos resignamos a una conclusión simple; era el acto de bailar nada más. Lo hacía terrible, por cierto. Llevo meses sin verla. 

La chica crecía. Cambiaba su repertorio, aprendía nuevos movimientos y desarrollaba en la práctica y error un carisma. Así que, ¿por qué mi primera conclusión sobre ella fue que sería mala para siempre?

Recuerdo especialmente a una mujer madura, rubia y bonita que tocaba una guitarra acústica y amplificada junto al crepes & waffles del antiguo edificio del espectador. Su interpretación era elegante y poderosa. Supongo que era uno de los pocos músicos profesionales que se pueden encontrar con relativa frecuencia. En cierto sentido, en la séptima funciona una especie de selección natural que privilegia los siguientes aspectos. 

  • ·         La popularidad del tema
  • ·         La capacidad del intérprete para llamar la atención (su carisma)
  • ·         La calidad de la interpretación
  • ·         La originalidad. 

Así, la mujer de la guitarra tenía muchas veces menos público que la chica cantante junto al éxito (no puedo considerar la cantidad de dinero que recogen, pero supongo que la guitarrista atraía una mayor solidaridad) pero bueno, el público para mí se justificaba en la popularidad de lo que cantaba la chica. 

Sin embargo estoy seguro (insisto)  que a la guitarrista le llegaba más dinero que a la chica. ¿Se equilibrarán las cantidades por el número de personas? 

Mi suposición implica que los músicos populares tienen una ventaja. Pero los rockeros abundan en Bogotá, y  la gente común suele sentirse atraída por la capacidad del músico de ser intrépido con su instrumento, además de su carisma para convocar gente. Eso ayuda a los rockeros a equilibrar un poco la balanza a su favor, pese a la impopularidad de sus temas. Son intrépidos y llamativos. No son grandes intérpretes (existen algunas excepciones)  sus temas no son populares (aquí también hay unas tres excepciones) y tampoco son originales, pero sin duda son muy llamativos. 

Como ellos (todos ellos) son muy conscientes de lo que aquí digo han empezado a alimentarse de lo que hacen sus vecinos. Por eso es posible ver en la séptima a un músico de cumbias y boleros realizando solos de guitarra de 20 minutos con la guitarra en los hombros (saltando, e incluso tocando un punteo extendido con la lengua) y a los rockeros haciendo sus versiones  de canciones populares. Ambas mezclas llaman a la gente y a sus monedas. Claro que también compiten con otros artistas callejeros que enturbian un poco la selección natural. Existen imitadores en karaoke infinito, y con ellos la competencia es dura. Sólo sabemos al respecto que el más llamativo sobrevivirá a la inclemencia de un público despiadado y efímero. 

Sin embargo, escribo esto por una única suposición; creo que este caldo de cultivo (la séptima) es ideal para que algo realmente bueno salga de aquí.

No en un mes, ni tampoco en un año. En algún momento algo interesante aparecerá.

El más famoso de los chicos del karaoke infinito es un chico plateado que imita a Carlos Vives. Ciertamente es idéntico, tanto que al escuchar su voz real me sorprendió que no fuese idéntica a la voz del verdadero Carlos Vives. El tiempo.com hace poco le hizo un pequeño homenaje, ayudándole a que conociera al verdadero Carlos vives. 

En la séptima con 19, en la esquina del McDonald’s solían hacerse tres Michael Jackson a bailar (alguna vez los tres quisieron golpearme; caminaba distraído por allí, y accidentalmente desconecté su amplificador) Observando a la gente que los observaba recordaba ciertas anotaciones mías sobre el ritual, el teatro y la religión. Mientras suena la música los presentes asumen que aquel hombre disfrazado es el verdadero Michael Jackson, y lo juzgan como tal. Entre más se ajusta el imitador al real Michael Jackson mayor es  la emoción cuando la canción termina.

Es  como una diminuta  y poderosa concesión mágica. 

 El embrujo del ritual tiene su mérito, después de todo el teatro es un arte como lo es la música. Sin embargo, suele darme algo de tristeza  que a unos 20 o 30 metros del Carlos Vives plateado ( lleno de monedas y público) dos ancianos que tocan un violín apenas tengan público y monedas suficientes para continuar insistiendo, y perseverando. 

Esto es simplemente una metáfora del arte contemporáneo; la calidad de la interpretación está subyugada a la popularidad.

jueves, 2 de febrero de 2017







Cuando el Ángel encargado de preparar el diluvio fue a buscar a Noé, lo encontró sentado afuera del Arca, pensativo, con esa tonta expresión que poseen los irresponsables en los momentos trascendentes. Decidido a no tolerar ningún descuido en los planes de dios, el ángel le ordenó que abordara la nave para cerrar la puerta y así ponerle punto final al mundo conocido, pero Noé, en vez de obedecerle, continuó abstraído en su tonta meditación.
— ¡Necio!—gritó el Ángel— morirás con toda tu familia, ¿Acaso no te importa?
Noé, aún pensativo, no respondió al alegato. Peor aún; apenas y empezaron las lluvias  su primera acción fue intentar socorrer a los que se ahogaban en las primeras corrientes de la catástrofe. E incluso su desafío fue tal que con un gesto autoritario de su mano derecha ordenó a sus hijos hacer lo mismo.
— ¿Desobedeces a dios? ¿Y por estos pecadores? ¡No valen nada! ¡¿dios te ofrece el mundo y lo rechazas?! ¡No salvarás a nadie! ¿Me oyes? ¡Morirás inútilmente!
Noé, con un niño desmayado en brazos, respondió al Ángel.
—Obedeceré a dios, y lo glorificaré toda mi vida, le seré fiel; solo pido que detenga esta matanza.
— ¡Tú no le ordenas a tu dios, insensato! —Respondió colérico el Ángel— ¡Todos los pecadores morirán, es la voluntad del Señor!
El agua le llegó a Noé a la altura del cuello, apenas y podía sujetarse de un árbol moribundo. A unos diez metros de él, dos padres trataban de salvar a sus hijos, y un tigre socorría a sus cachorros apartándolos del agua que inevitablemente lo sepultaría todo. Sin embargo, pese a la imagen no se escuchaban llantos; el rugido del oleaje y la tormenta, los truenos y la lluvia eran tan poderosos que acallaban todos los demás sonidos del mundo.
 Desesperado y sin soltar al niño, Noé gritó al cielo, en medio de lágrimas que sabía, no conmoverían a nadie.
— ¡Por favor, Dios todopoderoso, salva a estos hijos tuyos, y seré tu siervo eternamente!
La única respuesta que recibió fue un trueno espantoso, que estremeció la tierra y manchó las aguas de lodo y sangre negra.
— ¿Que no comprendes? ¡Son pecadores! ¡Sus vidas no importan!—gritó el Ángel, con una voz aún más poderosa que la del trueno.
—En ese caso— respondió Noé, con un hilo de voz, ya sin fuerzas— la mía tampoco importa.
Exhausto, soltó el árbol que lo sostenía, y se ahogó bajo un gigantesco remolino de lodo y escombros.
 Al verle morir, el ángel tomó al niño, lo convirtió en paloma y al cuerpo de Noé lo transformó en una rama de olivo que puso en el pico del ave. Inmediatamente los liberó con un soplo y aún irritado, desapareció en medio de la  tormenta.

 
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